viernes, 10 de mayo de 2013

Lechugas en la terraza



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Ante la creciente escasez de recursos energéticos, y el acongojante panorama que nos acecha, a no tardar más allá de los años 20 (de este siglo), que pueden llegar a suponer la penuria alimentaria, incluso en países del primer mundo, circulan por la red algunas soluciones que yo llamaría “localistas”, en el sentido de que todos nos vamos a ir a un pueblo a cultivar unas fanegas de tierra, coger aceitunas y agua de las fuentes, para sobrevivir.

Un panorama de estas características ha dado alas a la imaginación de algunos Robinsones modernos, que ya se ven sobreviviendo en una granja alejada, rodeados de un mundo famélico en vías de extinción. Pero creo que no han pensado en todas las consecuencias de una situación como la que estudiamos. En el mundo laboral y social que frecuento planteo en ocasiones que nos podemos ver justos de alimentos, y me encuentro con expresiones de lo más ingenuo, más o menos de este cariz: “tengo una finca con almendros en Mallorca”, o “poseo campos en Tortosa”. Ambas localizaciones geográficas son reales, derivadas de conversaciones que he mantenido con personas que viven... en Tarragona capital. Ya hay algo que falla. ¿De verdad creen que van a encontrar alimento en sus propiedades, en una situación de hambre generalizada, desplazándose a aquéllas los fines de semana y las fiestas de guardar? Evidentemente, si llega el caso, tendrán que estar al pié del cañón. Y algo más. Si la situación llega a ser verdaderamente angustiosa, ni tan siquiera su presencia física en la finca va a disuadir a los famélicos asaltantes. Tendrán que defender las judías manu militari (y a las dos personas de las que hablo no las veo con un Mauser en las manos). Pero es que además, esta defensa con uñas y dientes deberá ser ininterrumpida. El enemigo no te va a dar tregua por la noche para que duermas apaciblemente y estés fresco por la mañana para dispararle. Habrá que estar montando guardia día y noche, lo que exigirá de colaboradores con los que, claro, habrás que compartir las almendras y las coliflores. La cosa ya se pone más complicada.

Pero dejemos de imaginar y volvamos a la realidad. No digo que el panorama indicado no sea factible, cuando la quiebra civilizatoria alcance determinado un determinado nivel de gravedad, que sin duda alcanzará. Pero, a mi modo de ver, esto ocurrirá a partir de finales del presente siglo, cuando los que ahora estamos en la edad madura, evidentemente ya no recalemos en estos lares.

Entretanto, y mientras pueda sostenerse a base de recortes, guerras y mentiras, el sistema se mantendrá más o menos incólume, y por tanto, no temáis, continuaremos habitando nuestras insalubres ciudades. Os preguntaréis porqué estoy tan seguro de este extremo. Es muy sencillo. el localismo no interesa al establisment, porque perdería poder. ¿Que órdenes puedes dar, que leyes puedes imponer, y que impuestos puedes cobrar a quien se va a un poblado a recoger avellanas y vivir del trueque?

Es libre quien controla sus medios de subsistencia. Y es un esclavo, por mucho que crea otra cosa, quien depende para subsistir de complicados mecanismos de distribución económica. Por ello se promovió, desde ya finales del siglo XIX, la transferencia masiva de población a zonas urbanas, que ha culminado con éxito en los espeluznantes tiempos que vivimos, en que uno de cada dos habitantes del planeta reside en ciudades.
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El poder se basa en la extensión del espectro de control. ¿Porqué un presidente de gobierno tiene más poder que el de un club de fútbol, aunque sea de primera división? Pues porque su espectro de control es mucho más amplio, en ámbito territorial, poblacional y competencial. Por cierto, el mantenimiento de espectros de control amplios exige unas enormes cantidades de energía, el decrecimiento de las cuales fue el causante, en el pasado, del colapso de prácticamente todas las civilizaciones que nos han precedido.

En efecto, pongamos la localidad de la costa catalana donde vivo. Es obvio que podría autorregularse a nivel local, en términos de muy escaso coste energético. Sin embargo formamos parte de un estado que puede calificarse como mediano, en términos europeos, pero que supera en mucho el horizonte de los pequeños valles costeros que observo desde mi ventana. Tenemos una ciudad capital, situada a unos seiscientos kilómetros de aquí, a la cual reportan nuestras autoridades civiles, militares, judiciales, e incluso eclesiásticas, lo que supone continuas comunicaciones, e incluso desplazamientos puntuales para asistir a reuniones de trabajo, conferencias, o recepciones de protocolo. Existen además ciertos escalones intermedios, a los cuales también es preciso reportar, derivados de la concurrencia de diversos niveles administrativos (local, comarcal, provincial, autonómico). Por último, incluso los organismos estatales, tienen a su vez que reportar a entidades supranacionales (Bruselas, ya que hemos hablado de la iglesia, Roma, Estrasburgo, La Haya, Nueva York, etc...).

En definitiva, vivir en sociedad, dentro de una entidad que denominamos civilización, supone un enorme dispendio de energía. Hay quien cree que estas organizaciones, que superan con mucho el ámbito local donde habitualmente se mueve el individuo (nacionales, estatales y supraestatales), pues tienen su razón de ser y su utilidad. Lo diré muy claro. Yo no lo creo en absoluto. Si observamos atentamente, nuestras necesidades básicas estarían perfectamente cubiertas a nivel local, y requerirían de muy escasos y casi nominales estructuras algo más amplias. Es lo que ocurría en la Edad Media, en que el campesino conocía y veía a su señor feudal, y la autoridad del Rey, no digamos del Emperador, era meramente institucional y teórica.

De todo ello debemos concluir que esta sociedad en la que vivimos gasta cantidades ingentes de dinero, esto es, de recursos y energía, en mantener unas estructuras de poder, o por utilizar la nomenclatura antes vista, unos espectros de control, que sólo interesan a los que los detentan y usufructúan. Es como si viviéramos con una colonia de vampiros sobre nuestras cabezas, chupándonos la sangre y la energía, y diciéndonos constantemente que es por nuestro bien.

De lo que llevamos dicho podemos concluir, que el sistema se sirve a sí mismo, y no a nosotros como ciudadanos, y que va a hacer lo que sea necesario por sobrevivir, y para que no veamos la absoluta inutilidad de las estructuras que soportamos estoicamente. Esto no quiere decir, digámoslo todo, que a corto plazo el debilitamiento y destrucción de dichas estructuras no nos cause más de un quebradero de cabeza. Mientras habitemos zonas urbanas requeriremos de suministro en supermercados, carburante para desplazarnos, servicios sociales, sanitarios (los que vayan quedando), de infraestructura y saneamiento, provisión de agua y electricidad,... Y esto nos lo proporciona la estructura política y económica en la que estamos integrados, porque así se ha querido, no porque tenga que ser así necesariamente.

Lo dicho es aplicable a otras civilizaciones y otras épocas. El mundo mediterráneo no necesitaba a la Roma clásica, sino ésta al área geográfica que puso a su servicio, generando un tráfico mercantil dirigido a la metrópoli que drenaba una cantidad de recursos inmensa de todas las provincias del imperio. El espectro de control del emperador romano era tremendamente exigente en energía, pues requería el mantenimiento de comunicaciones a lo largo de líneas de suministro de más de cuatro mil kilómetros. Además durante el período invernal, debido a las condiciones climatológicas y de morfología costera, las comunicaciones entre la parte occidental y oriental del imperio quedaban prácticamente cortadas (lo que a la larga contribuyó a la diferenciación de dos estructuras políticas diferentes).

es.wikipedia.org


Otro tanto ocurre ahora. El mantenimiento de nuestros estados-nación (o plurinacionales), estructuras globales regionales, y organizaciones planetarias (humanitarias o no) requiere de inmensas cantidades de energía, que pronto no van a encontrarse disponibles. Pienso que el uso y divulgación de Internet, tiene precisamente por objeto evitar el derrumbamiento del sistema de comunicaciones global. Antes el correo exigía papel y desplazamiento físico. Ahora es electrónico. Si teníamos una reunión en Singapur, pues había que coger un avión, y emprender un largo desplazamiento energívoro. Ahora se puede hacer por Skype. No es que la red sea irrelevante en términos de energía consumida. Los servidores consumen mucha electricidad. Pero desde luego es cierto que ahorran desplazamientos y permiten una intercomunicación global en términos bastante asequibles, desde el punto de vista energético.

El problema es que la electricidad, aunque no es lo que más nos faltará a corto plazo, tiene unas expensas de distribución que también se harán inasumibles en una sociedad escasa de combustibles fósiles. Pensemos, y con esto creo que lo decimos todo, que muchas torretas de alta tensión deben ser limpiadas con helicópteros. El sistema eléctrico, ante la escasez de combustible y de capitales para su renovación, también se hará inestable. Ya ocurrió en California, por diversos motivos, entre otros la falta de inversiones necesarias para la renovación de equipos obsoletos, la pasada década.

De lo que llevamos visto, lo que podríamos llamar los “poderes fácticos”, cuando la cosa se ponga fea, darán prioridad, de los cuatro modelos propuestos por Richard Heinberg y examinados en un post anterior, a la llamado provisión centralizada de servicios básicos. Pero este sistema de distribución, ya lo dijimos, requiere de reformas políticas de calado, o mejor dicho, de un vuelco total en el esquema institucional de Occidente.

Saludos,

Calícrates

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