martes, 25 de junio de 2013

El principio de Calícrates

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Estimados lectores, si habéis tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, comprenderéis en toda su profundidad un axioma básico en el estudio de las estructuras sociales y su degeneración, que denominaremos, haciendo uso de un exacerbado narcisismo, como el Principio de Calícrates, que dice así: “toda sociedad organizada, conforme aumenta su complejidad, tiende a maximizar el beneficio de quienes constituyen su casta dirigente, en perjuicio de su base social”.

El meritado teorema, fruto de años de investigación, aunque no muchos porque la cosa estaba bastante clara, es aplicable a todo tipo de organizaciones humanas. Por supuesto a las  instituciones políticas, pero también, por poner un ejemplo entre otros, a las sociedades mercantiles. Hace algún tiempo, cuando cursaba mis estudios universitarios (y no hablo de antes de ayer, os aseguro que ha llovido mucho desde entonces), recuerdo que un profesor de economía política comentó en una de sus clases que desde los años setenta se venían analizando las decisiones de los directivos de las grandes corporaciones, y se observaba que no tenían como finalidad beneficiar a los accionistas, supuestos dueños de la empresa, sino favorecer las carreras profesionales y aumentar exponencialmente los emolumentos de los miembros de sus consejos de administración y otros cargos ejecutivos (esto es, de los propios directivos cuyas decisiones se analizaban).

¿Os acordáis de las stock options? Todo consiste en “crear valor”, aunque sea ficticio, y luego vincular las retribuciones de los que supuestamente lo crean a la ficción creada. El resultado es un gran negocio para los dirigentes corporativos, y la debacle para los demás.

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¿Por qué ocurren estas cosas? Pues porque la complejidad, y el aumento sustancial de tamaño de una comunidad o empresa, facilita el distanciamiento recíproco entre dirigentes y dirigidos. Vamos, que esto ya es tan grande que no sé quiénes son los que están ahí abajo, me parecen puntitos que se mueven (como en la película El tercer hombre), así que mientras no me pillen con las manos en la masa, pues para adelante, y los que no tienen mando en plaza a aguantar, pagar y molestar lo menos posible. Una sociedad cuanto más compleja, más corrupta. Nunca falla. El entramado civilizatorio-industrial occidental es extraordinariamente complejo, y por eso es extraordinariamente corrupto.

Pero volvamos a las sociedades mercantiles, cuyo desarrollo contribuyó enormemente al crecimiento económico de la edad moderna y la expansión de la cultura europea por el mundo, con sus pocas luces y sus muchas sombras. Nacieron en los Países Bajos, cuna del capitalismo supuestamente popular, aunque dudamos que ningún capitalismo haya tenido jamás tal carácter. Tenían como objetivo, sobre el papel, obtener capitales para operar en delicadas empresas de comercio con países lejanos. Falso. Las provincias neerlandesas eran repúblicas burguesas, en las que los comerciantes acaudalados ejercían, además, el control político. Estos prohombres disponían con creces del capital que necesitaban para sus inversiones. Lo que pasa es que deseaban limitar sus responsabilidades derivadas de aquéllas. Lo entenderemos con un ejemplo. Si un filibote volvía de una arriesgada travesía en las islas de las especias, pues había gran alegría, y pingües beneficios, que los “17 señores” (directores ejecutivos de la Compañía de Indias) distribuían como mejor les parecía, puesto que aun no habían nacido las auditorías, que si lo hubieran hecho aún habrían podido sisar más, “sin salvedades”, con la bendición de algún chupatintas bien elegido y mejor pagado.


Pero ¿y si la expedición no volvía? Había que asumir grandes pérdidas, e indemnizar a los familiares de los desaparecidos. Como emprendieras la operación por tu cuenta podía quedar gravemente afectado tu patrimonio. Solución: crear sociedades “populares” donde las viejecitas ahorradoras pudieran poner unos florines, con la promesa de ganancia segura. Si todo iba bien, al desinformado pequeño accionista se le daban las migajas. Pero si salía mal la responsabilidad de los verdaderos dueños del negocio estaba limitada a lo que habían aportado a la empresa, y sus haciendas a salvo. Esto se complementaba con operaciones de ingeniería financiera, a través de préstamos cruzados inexistentes entre los propios directivos y la sociedad, que les permitían cobrar antes que los demás accionistas, con elevados intereses, y además aparecer como grandes inversores sin poner un chavo. Por cierto que para esa misma época y en idéntico lugar, los Países Bajos, surgió la primera burbuja financiera moderna, la de los tulipanes, de la que puede que hablemos algún día. Es posible que no se trate precisamente de una coincidencia.

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Los tiempos y las personas, lógicamente, han cambiado, pero las tácticas básicas siguen siendo las mismas. Basta con ver los telediarios todos los días: Bankia, Marsans, Pescanova, preferentes, privatización de ganancias y socialización de pérdidas,…

Las sociedades y demás entidades jurídicas, la personalidad ficticia concedida por la ley a ciertos colectivos humanos, han servido, con frecuencia, para amparar el fraude. Por eso los jurisconsultos romanos miraban a estas personas morales con una gran prevención. A día de hoy constituyen la herramienta fundamental de la defraudación y el expolio social. Especialmente, ya lo dijimos en un post anterior, las llamadas fundaciones.

En estas entidades ya ni siquiera hay personas físicas, o al menos testaferros con nombre y apellidos, que den la cara y que formen un cuerpo societario. Se trata de un patrimonio aportado con un fin, y además de carácter teóricamente “filantrópico”, por lo que sirven para todas las fechorías anteriormente expuestas al hablar de las corporaciones, y además ahorran toneladas de impuestos. Alguien me dijo una vez que todos los “piratas”, esto es, quienes tienen algo que ocultar o se han enriquecido de forma sospechosa, creaban fundaciones. No me gusta generalizar. Puede que alguno no tuviera suficiente asesoramiento fiscal. En todo caso, si mi interlocutor tenía razón, nos encontraríamos, tan sólo, ante un supuesto de hecho más a través del cual la sofisticación social sirve activamente para saquearnos, esto es, frente a una nueva manifestación del Principio de Calícrates.

Saludos,

Calícrates

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