viernes, 14 de junio de 2013

¿Otra guerra civil?



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Me introduzco en terreno resbaladizo. Nadie ha examinado la guerra civil española conforme a los parámetros que a mi me parecen más correctos, y acordes con los criterios que se propone estudiar este blog: recursos y conspiración (pues como ya hemos explicado, haberlas hay las, como las meigas).

La población española, a causa de la neutralidad del Estado durante la Gran Guerra, el progreso económico, los avances en medicina curativa y preventiva, así como de los procedimientos de higiene privada y pública, creció desmesuradamente entre principios de siglo y los años treinta (en casi cinco millones de habitantes), lo que produjo dificultades de suministro de alimentos, sobre todo en las zonas rurales. El problema era especialmente grave en Andalucía, por la utilización de enormes dehesas fértiles para la cría del toro bravo. Coincido con los que piensan que el rechazo del toro, como espectáculo, esconde un cierto resquemor a España. Y no solamente por motivos simbólicos, sino porque, como hemos dicho, el mencionado animal es responsable, si bien involuntario, del hambre de muchos españoles. Claro, que los empresarios taurinos de entonces y, en general, los amantes de la lidia, quizá fueran responsables más voluntarios. Es sabido que durante la guerra casi todos los toreros eran del bando nacional, y los picadores, banderilleros y otros subalternos, republicanos.

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Los acontecimientos que tuvieron lugar en España en los años treinta, desde el punto de vista de la estricta racionalidad política, no tuvieron mucho sentido. En primer lugar la marcha del rey, que no resulta creíble, salvo que tuviera algún propósito ulterior, u obedeciese a un plan a más largo plazo que, como explicaremos enseguida, probablemente se cumplió en casi todas sus previsiones (Franco no permitió algunas de las finales, al menos en los plazos inicialmente establecidos).

Alfonso XIII no tenía ninguna razón real (nunca mejor dicho) para marcharse, salvo que quisiera quedar al margen de algo que hace tiempo estaba ya planificado pormenorizadamente, y exigiera su desaparición temporal de la vida pública, a fin de no salpicarse, ni él mismo ni la institución que representaba, de los torrentes de sangre que se iban a verter en nombre del país al que su dinastía aspira a pastorear indefinidamente.

La Segunda República fue una trampa que nos tendieron a todos, y en la que caímos. Fue una maniobra arriesgada, pues pudo salirles mal. Se trataba, ya que no había funcionado la relativamente blanda dictadura del general Primo de Rivera, pues de hacerlo un poco más a lo bravo, a través de un régimen verdaderamente brutal. Pero para ello, y mientras se realizaba la necesaria limpieza de elementos indeseables, la corona debía quedar al margen, porque si no resultaría manchada de sangre y desacreditada para siempre. Así que Alfonso XIII se fue.

En efecto, el exilio real, que no abdicación ni renuncia formal a la corona, resulta extremadamente sospechoso, porque las fuerzas monárquicas habían perdido, efectivamente, las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 en casi todas capitales de provincia, menos asequibles al pucherazo, pero no en las zonas rurales, ni tampoco en número total de concejales. Además, está la forma de marcharse, prácticamente sólo, en coche hasta Cartagena, dejando que su familia lo hiciera en tren… Está claro que se trata de la escenificación del “exilio” dorado (y presumido como breve) del monarca.

Si de verdad hubiera tenido lugar una revolución, y sus hijos hubieran estado en peligro ¿los habría dejado en Madrid mientras él conducía personalmente su vehículo para tomar el barco? Fue puro teatro. Entretanto, y aquí está lo importante, presumo que dejaba poderes verbales a varios generales, uno de los cuales era Sanjurjo, ignoro quienes eran los demás, aunque creo que inicialmente ninguno de ellos era Franco, para que se sublevaran en el momento oportuno. Lo insinúa claramente en su “carta de despedida”: “hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten”. Pero prefirió dejarlo para luego.

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Una vez establecida la República se trató de desestabilizarla por todos los medios. El que tenga dos dedos de frente sabe que las quemas de iglesias, supuestamente organizadas en disturbios anticlericales, fueron perpetradas en realidad por agentes monárquicos. Ya lo insinuaba el mismo Azaña, que decía que estos alborotos tenían “olor a chamusquina”.

De todas formas, ya dijimos, el plan pudo salirles mal. De hecho la República tuvo un momento de estabilidad, con la alternancia en el poder y los gobiernos radical-cedistas, que pudieron llegar a consolidarla. Lo que pasa es que la izquierda cayó repetidamente en las trampas adecuadamente colocadas por los provocadores, que no permitieron ni un momento de respiro al nuevo régimen, lo que incluyó operaciones de infiltración y sabotaje, todavía no desveladas, que darían una visión mucho mas amplia de este período histórico.

Seamos claros. A la República se la quiso convulsa, y se la convulsionó de propósito, para luego poder contar el cuento de hadas de que estábamos a punto de caer en manos del comunismo. Un ejemplo. Paul Preston narra en su libro “El holocausto español” que cuando se busco, para fusilarlos claro, a los anarquistas y comunistas más violentos, en Granada, se tuvo que desistir del intento, porque casi todos eran agitadores falangistas.

Tenemos que tener presente que las masas son extraordinariamente manejables e impresionables, y que con los medios oportunos son conducibles a prácticamente cualquier sitio. La razón reside en el ser individual, y la colectividad sólo puede entender argumentaciones muy simples, las que se encuentran en el nivel de sus elementos inferiores, pero en cambio tiene una gran capacidad para ser exaltada con fantasmagorías emocionales. Por eso se dice que el líder debe abstenerse de silogismos complicados, e ir directamente al bajo vientre, donde residen los instintos atávicos por todos entendibles: nos atacan, se quieren llevar a nuestras mujeres y nuestras haciendas, es una conspiración internacional con innumerables ramificaciones, etc…

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Los artífices de la conspiración (insisto, haberlas hay las, y en este caso está clarísimo que la hubo) sabían que la única fuerza armada capaz de meter en cintura a todo el país eran las tropas que operaban en Marruecos, el llamado “ejército de África”. Por dos razones. Primero, porque estaban parcialmente formadas por mercenarios extranjeros, ávidos de botín, y que no harían mohines a la hora de matar españoles, porque no los sentían como compatriotas. En segundo lugar porque constituían el único cuerpo de ejército con experiencia directa en combate y, por cierto, en una guerra colonial especialmente sanguinaria, que confirió a los mandos que en ellas sirvieron un temperamento brutal y un absoluto desprecio por la vida humana. Eran los africanistas, entre los que era muy popular el general Franco, por algunos detalles de supuesto heroísmo mostrado en combate que, por lo visto, le ocasionaron alguna secuela física. Lo cierto es que era uno más entre otros, y con el mismo menosprecio enfermizo por sus semejantes. No dudo en fusilar incluso a un primo hermano suyo en Melilla, por no sumarse al golpe militar.

Un aspecto de estos avatares históricos muy poco estudiado es la permanente hostilidad de Gran Bretaña hacia la República, que se explica, entre otros muy diversos motivos, porque el destronado rey estaba casado con una inglesa, nieta de la reina Victoria. ¿Quién facilita a Franco el avión para sacarlo de Canarias? Pues un personaje misterioso, llamado Hugh Pollard, que después de la guerra ingresaría en el MI6 (ya antes debía ser activo colaborador, puesto que estas organizaciones nunca confían misiones arriesgadas, que pueden fracasar, a agentes consagrados, sino a lo que podíamos llamar “postulantes”, que luego son recompensados, como en el caso de Pollard, con la admisión oficial).

Resulta aleccionador, para los que piensan que las conspiraciones son cosa de deficientes, leer las peripecias de la mencionada expedición, tal como las narra Ángel Viñas en su libro “La conspiración del General Franco”, desde Londres a Gran Canaria, pasando por Burdeos, donde llovía copiosamente, los picos de Europa y Portugal, donde incluso tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso, y que incluyó la compañía de dos jóvenes inglesas de “tapadera”, una de ellas hija del propio Pollard, para que todo pareciera un viaje turístico iniciativa de unos play boys sexagenarios. Sí, ya lo he dicho en algún post, soy conspiranoico, y a mucha honra. Quien escarba un poco en la historia oficial sólo puede ver como nos llevan del bozal, como al ganado, y casi siempre al matadero.

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Luego está el propio desarrollo de la guerra. Se producen una serie de muertes, en extraños accidentes de aviación, que no son otra cosa que asesinatos premeditados. Y no todos, creo, perpetrados por el bando sublevado. Primero el de Sanjurjo, en un sospechoso aterrizaje forzoso, con un piloto, supuesto héroe de la causa, que al parecer no pudo controlar el aparato al despegar en Estoril, pero que después de la guerra fue curiosamente expulsado del ejército del aire y tuvo que marchar al exilio. Quien sepa y pueda leer entre líneas que lo haga. Luego el de Mola, que tiene un presunto accidente poco después de una dura conversación telefónica con Franco, cuando se dirigía a Burgos para parlamentar con él, por lo visto exigiendo ser nombrado Jefe de Gobierno, si Franco iba a ser Jefe del Estado, error de alevín que le costó la vida. Ya en aquellos días se rumoreaba que le habían puesto azúcar en el depósito de combustible. Hubo un accidente más, el de Juan de la Cierva, el inventor del autogiro. Fue en un vuelo comercial, en lo que parece un percance en toda regla. No me fío. De la Cierva era uno de los que conspiraban en Londres contra la República, y ayudó también a la contratación del Dragon Rapide. Aquí tengo menos datos, pero al que ya se le ha puesto la nariz larga todo le huele a rancio. Y es que los servicios de inteligencia de la República, pese a su bisoñez, dieron muestras de una gran eficacia, dado el permanente estado de alerta en que se movía la nueva estructura de Estado.

Después el desarrollo de la propia guerra. Azaña y otros dirigentes republicanos creían tener la situación controlada porque el ejército no podía sublevarse, pues se trataba de unidades acuarteladas que no merecían el nombre de fuerza armada. Todas menos una, ya hemos dicho, los regulares de Marruecos, tropas mercenarias brutales con amplia experiencia de combate. Pero estaban confinadas en África. ¿Cómo dieron el salto a la península? Con la ayuda, que el gobierno legítimo no debía esperar, de la aviación alemana e italiana. A aquellas tropas sanguinarias, la “columna de la muerte” del entonces teniente coronel Yagüe, que para escarnio de todos nosotros aún tiene una importante calle en Madrid, ya como general por supuesto, nada se les podía resistir. La guerra habrían podido ganarla en cuatro meses, a lo sumo. Sin embargo Franco tomó dos sorprendentes decisiones: dejar de lado Madrid, y ralentizar la guerra.

La primera decisión era lógica. La toma de Madrid hubiera desencadenado movimientos secesionistas en Cataluña y el País Vasco. Además, quien controlaba la capital era considerado, a efectos de relaciones internacionales, por muchos países, el gobierno legítimo, que por tanto debería abstenerse de atrocidades, salvo a través de “incontrolados”, y el objetivo de los sublevados era seguir cometiéndolas abiertamente como ahora veremos. La segunda decisión está relacionada con lo anterior. Ralentizar la guerra permitía ir de pueblo en pueblo, escarmentando, asesinando y fusilando, después de gravísimas torturas, que incluían dar a beber aceite de ricino a los detenidos, rapar al cero a las mujeres y violarlas. A ello se dedicaban varias unidades de campaña que incluían a jurídicos militares, para dar apariencia de legalidad a aquellas purgas masivas. Así, y entregando mujeres republicanas a unidades moras para que las violaran hasta matarlas, fue como operaba la regeneración de las fuerzas sublevadas para con su querida España.

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Estos individuos tan carentes de escrúpulos, por decirlo finamente, que encima ganaron y expoliaron los patrimonios ganados honradamente por los perdedores, no amaban realmente a España, sino a las medallitas que tenían con sus colores, ganadas en una guerra colonial repugnante. Y querían algunas más. No sé si el peor de todos era Yagüe, en cualquier caso eran todos muy parecidos. Que decir de Queipo de Llano, o de quien era conocido en la Academia de Infantería de Toledo como “Franquito”, que se acabó llevando los máximos oropeles, y que fue nunca otra cosa que un agente de la oligarquía estatal (como quiera que se imagine), elegido para darnos nuestro merecido y luego dejar paso de nuevo a la dinastía reinante por derecho presuntamente divino. Lo que pasa es que se dio cuenta, no era listo pero sí astuto, de que si se apartaba antes de tiempo iban a utilizarlo como cabeza de turco, cosa que hicieron cuando falleció, así que decidió morir con las botas puestas.

¿Para qué cuento todas estas cosas, exponiéndome a que a partir de ahora me empiecen a aullar los lobos? Pues porque la maniobra puede volver a repetirse.

Si las cosas llegan al punto de un estallido social se pueden tomar, de principio, dos resoluciones: reprimir brutalmente, cargando con el descrédito social que ello supone, o intentar resistir haciendo concesiones (como los otros Borbones de la Revolución Francesa) sabiendo que tarde o temprano la marea se te va a llevar por delante. Pero hay una tercera, ya se ha explicado. Proceder a una hábil retirada táctica, permitiendo un régimen débil y debidamente saboteado desde dentro, para luego tocar a rebato a los fieles que has dejado en el país, permitiendo que se ensañen, y cargando sobre ellos la responsabilidad de sus brutalidades para, pasado un tiempo, hacerte llevar de vuelta al trono como el pacificador (así era conocido Alfonso XII), cuando en realidad puede que seas el que ha urdido en la sombra el asesinato y la ruina de miles de españoles. Gabriel Jackson cuenta en su obra “La República Española y la Guerra Civil” que Alfonso XIII entregó a los golpistas del 36 nada más y nada menos que diez millones de dólares, cifra fabulosa ahora y mucho más en aquél entonces, que salieron de los ochenta y cinco que había conseguido transferir al extranjero, dinero que no está claro que fuera enteramente suyo, ni que tuviera derecho a sacar del país (sí, el abuelito del actual monarca, el que quería con su marcha evitar una cruel guerra fratricida, fue uno de los principales financiadores de la carnicería).

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Si se consigue hacer caer un régimen, o lo parece, hay que actuar con audacia (ver “El Principe” de Maquiavelo), y no se puede uno andar con zarandajas o permitirse el lujo de tener piedad, como la tuvieron los bienintencionados dirigentes republicanos que llegaron a devolver sus joyas, dentro de los correspondientes estuches, a la dinastía exiliada. Otro tanto hicieron tras la “sanjurjada”. Estaba claro que dar un escarmiento ejemplarizante y fusilar a Sanjurjo, condenado a muerte en juicio sumadísimo, podría haber hecho meditar a futuros aspirantes a la sublevación y salvar la República. Pero adujeron que eso le convertiría en un mártir. Eran débiles, no estaban a la altura de los tiempos que les tocó vivir. Mirad a ver si Franco o Yagüe tuvieron reparos en hacer mártires a millares. No es obligatorio dedicarse a la alta política, y si llegado el momento piensas que, ante determinadas decisiones, te van a temblar las manos, mejor que te quedes en tu casa haciendo punto de cruz.

Los tiempos más duros, y los durísimos están por venir. Tenemos que evitar caer en la misma trampa en la que cayeron nuestros abuelos en los años treinta, esto es, que se nos vaya el rey una temporada de vacaciones, para que aquí nos ajusten las cuentas otra vez, y encima se enriquezcan con su hazaña, amarren cargos, y quieran ser tenidos por libertadores de las esencias patrias frente al comunismo, o cualquier otra francachela que puedan inventarse. No es fácil que vuelva a ocurrir. Los tiempos son otros. Ya no hay tropas coloniales, ni generales africanistas. Pero conviene no fiarse. El enemigo caciquil es pérfido y poderoso. Antes de tomar el poder con manos endebles, es mejor que se lo queden un rato más sus sempiternos detentadores, para que terminen de mancharse las suyas de sangre y no tengan excusa para decir que vienen otra vez a salvar a España, por encima de nuestras haciendas y de nuestros cadáveres.

Saludos,

Calícrates

2 comentarios:

  1. Calicrates,

    Apasionante articulo. Si algo he tenido claro desde hace muchos anhos es que mis amigos fachas no tendrian ninguna piedad contra mi en caso de que hubiera hostias. Soy de izquierdas, si, pero para ellos soy ante todo un rojo...Su nivel de pensamiento critico es nulo, no se puede razonar con ellos, su odio hacia la izquierda lo llevan en las entranhas desde ninhos. Veo desde fuera el nivel de degradacion de la sociedad espanhola, como la derecha vuelve a copar posiciones en todos los estamentos del estado, la sanha con la que han exterminado el antiguo pensamiento de izquierdas, la candidez de la oposicion, el fascismo de los cuerpos policiales...Atado y bien atado por los siglos de los siglos.
    Salu2

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  2. Interesante exposición. Muchas gracias.

    Luka

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