jueves, 11 de julio de 2013

Atentados peak oil ( III )



losdivulgadores.com
En la segunda parte terminamos de narrar la secuencia de lo que pudo ocurrir realmente el 11-S. Que cada uno llegue a sus propias conclusiones. Ahora vamos a los edificios siniestrados, que como ya hemos explicado más arriba estaban diseñados para resistir el impacto de un avión comercial. ¿Por qué colapsaron? Recabemos datos. Resulta que al retirarse los escombros se descubrió que el muro de contención que separaba el complejo del rio Hudson, construido en forma de bañera con placas de acero y hormigón, de tres pies de espesor (casi un metro), se había desplazado unas dieciocho pulgadas (cerca de medio metro). ¿Qué pudo producir semejante fuerza expansiva? Es evidente que a los constructores de las Torres Gemelas, únicas en su tiempo por su altura, les fue exigido por las autoridades con competencias urbanísticas, en el momento de su planificación, la instalación algún dispositivo de seguridad que garantizase su demolición ordenada, si fuera necesaria en caso de emergencia, de forma que cayeran sobre si mismas, y sin afectar a propiedades colindantes. Y es evidente que dicho mecanismo, que debía ser de una potencia increíble, y de una naturaleza tal vez diferente de los explosivos convencionales, siempre se encontró dispuesto, desde la inauguración del complejo, en la base de los edificios, y alguien lo hizo entrar en funcionamiento el día de los hechos, después de que colisionaran los aviones y de que el combustible que portaban, que no tenía potencia calorífica suficiente para fundir las vigas de acero, hubiera ardido un rato, para que nos quedáramos con la imagen de los colosos en llamas.

Hay otro dato importante. Un edificio de menor tamaño, y que formaba parte del complejo del World Trade Center, el llamado WTC7, pese a no haber sido alcanzado por ningún avión, colapsó sobre sí mismo, algunas horas después del “atentado”, también como si se tratara de una demolición controlada. El propietario de dicho inmueble sobre cuya curiosa personalidad, y su grandiosa suerte trataremos a continuación se llama, Larry Silverstein. Es un millonario dedicado a inversiones inmobiliarias. Lo curioso es que dos meses antes de los atentados había alquilado ambas Torres Gemelas, edificios enfermos y obsoletos que habían sido construidos utilizando el peligroso amianto como material ignífugo, hasta la planta cuarenta, por lo que constituían un auténtico quebradero de cabeza para su propietaria, la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, pues la retirada del indicado mineral tenía un coste astronómico, tanto como el valor de los propios inmuebles. Era más barato demolerlos y construirlos de nuevo, pero la demolición era imposible, nuevamente, por las emanaciones tóxicas que se producirían a causa del elemento mencionado, y desmontar las estructuras piso por piso era económicamente inviable.

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Por tal motivo la oferta de Silverstein, que lógicamente estaba al corriente de los problemas estructurales de los inmuebles, resultó tan extraña como atractiva. Pero este avezado inversionista parecía tener las cosas claras. Además, al poco de firmar el arrendamiento de la torres tuvo la magnífica ocurrencia de asegurar los edificios, con aseguradoras de gran solvencia, en la cantidad de 7.000 millones de dólares, para el caso de que el complejo sufriera, atención, “dos atentados terroristas”. Tras los terribles acontecimientos del 11-S, este filántropo llegó a un acuerdo con las compañías de seguros afectadas, que lógicamente no tragaban con la increíble suerte del sujeto, ni por supuesto con que hubieran tenido lugar dos atentados terroristas, pues en definitiva era uno sólo con diferentes objetivos, y terminó cobrando 4.680 millones de dólares, que destinó a la reconstrucción del complejo, que ahora es casi enteramente suyo, con su emotivo monumento a las víctimas, que seguro que le hace llorar todas las mañanas. Añadir que el día de los atentados se le escuchó decir, ante una cámara, en relación al WTC7: “We've had such terrible loss of life, maybe the smartest thing to do is pull it (“ha habido una terrible pérdida de vidas, tal vez lo mejor que podemos hacer es derribarlo”), y efectivamente, poco tiempo después cayó sobre sus cimientos.

No acaba aquí la increíble fortuna de este individuo, ya apodado Lucky Silverstein, que en la mañana del 11-S no pudo acudir a su habitual "breakfast meeting" en el restaurante Windows of the World, situado en las plantas 106 y 107 de la Torre Norte del World Trade Center (la primera en ser “atacada”), debido a una inoportuna visita que su mujer le había concertado con el dermatólogo.

Hay un principio básico en la pesquisa de un delito. Cui prodest?, ¿a quién aprovecha el crimen? Cualquier profesional de la investigación criminal mínimamente competente que hubiera tenido en sus manos la información que acabo de proporcionar, fácil de obtener, y algún poder de decisión en los terribles sucesos de aquél día, lo primero que hubiera hecho habría sido llamar a declarar al afortunado prácticamente nuevo dueño del World Trade Center. ¿Qué han hecho las autoridades policiales y judiciales americanas? Nada.

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Las consecuencias de los “atentados” del 11-S ya las conocemos. Paroxismo paranoide que recorre los Estados Unidos de América, y permite:

- la restricción inusitada, por vía legislativa de urgencia, de los derechos y libertades de los americanos (Patriot Act).

- la invasión ilegal de Afganistán, país vital para llevar al Índico las reservas de combustibles fósiles de la zona del Caspio, y primer productor mundial de opio, cuyo comercio ilegal proporciona la imprescindible liquidez al sistema financiero occidental, algún día trataremos del tema.

- la intervención igualmente ilegal en Irak, segundo país en volumen reservas de petróleo del mundo, que además es fácilmente extraíble (se encuentra a poca profundidad), y es “dulce”, esto es, bajo en contenido de azufre y fácilmente refinable.

Sí, definitivamente, caso cerrado.

Saludos,

Calícrates

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