domingo, 15 de septiembre de 2013

Distopía

fluzeandoando.blogspot.com
En ruta hacia los aciagos días de escasez que nos esperan en las futuras décadas, la única manera de mantener un remedo de orden social, esto es, de que los cratópatas que nos gobiernan conserven sus poltronas (pues el caos no es excesivamente gobernable ni permite el mantenimiento de “altos cargos”) es establecer algún tipo de estructura de severo control social. Aunque ya se ha avanzado mucho por dicho camino. El hecho de hacernos habitar insalubres ciudades desconectadas de los ciclos naturales, así como de la actividad de generación del imprescindible alimento (hoy casi totalmente industrializada), no fue sino un primer hito del sendero hacia la esclavización. También la promoción de grandes “ejes de comunicación” (o de desinformación masiva), con empleo de alta tecnología, tiene idéntica finalidad, aunque la red está suponiendo algunas dificultades, por lo que pronto será puesta en la cruceta.

El objetivo, como imaginaba la imprescindible obra de “ficción” de George Orwell1984”, es generar una pirámide con la casta político - financiera allá arriba, sin bajar su tren de vida, servida por una formidable aparato burocrático a su servicio, convirtiendo a los ciudadanos corrientes y molientes en “proles”, manteniendo con respiración asistida la civilización industrial, no en nuestro beneficio, sino en el de los propios elitistas, justo cuando a los pozos de petróleo se les empiece a ver el tenebroso fondo.

El mundo de Orwell se compone del omnipresente Gran Hermano, un partido único (para el caso también pudieran ser dos, que digan cosas un tanto diferentes pero a la hora de la verdad sean dóciles al establishment financiero) escindido en dos niveles, uno más próximo a la cúpula dirigente (inner party) y otro más más numeroso pero inferior, más cercano a la vida de la plebe, que permite dotar de personal laboral a las instituciones de represión y manipulación (outer party). Aquí se acaba el diseño jerárquico, realmente simple y efectivo, que tiene por base a los proletarios (denominados coloquialmente “proles”). También existe una ideología del régimen, el Ingsoc (que puede ser cualquiera de las que nos venden en la pequeña pantalla, socialdemocracia, liberalismo, que más da), y un enemigo por antonomasia, el astuto Goldstein (personaje inspirado por Troski), que a su vez dirige una supuesta organización contraria al sistema, “la hermandad”, respecto de la que Orwell sugiere que no es sino una simulación, como su propio líder, para favorecer la cohesión interior).

Cada uno de los grupos sociales indicados es totalmente hermético, por lo que podríamos decir que estamos ante un sistema de castas, que promueve, como no podía ser de otra manera, la idiotización de los proletarios, meros consumidores de cerveza y televisión, eliminando a los posibles líderes que pudieran surgir entre ellos.

Desde el punto de vista organizativo la sociedad que anticipamos tendrá, como en la novela, cuatro pilares básicos:

- Ministerio de la verdad: desinformación.
- Ministerio del amor: represión y control social.
- Ministerio de la paz, dedicado a prolongar la guerra, a fin de evitar la sublevación interior, mediante la creación de un enemigo exterior.
- Ministerio de la abundancia, para mantener a la población en permanente situación de subsistencia, consecuencia de la imposibilidad del crecimiento económico por la escasez energética.

Hasta aquí todo parece claro, pero nos falta la necesaria experimentación. Me preguntaba si en algún lugar del mundo y de la historia, en un país o nación concreto, o al menos sobre un grupo humano más o menos numeroso, se habrían puesto en acción los principios de Orwell. Tendía a pensar que no, hasta que empecé a estudiar una curiosa corporación de derecho canónico, nacida en tierras hispanas, actualmente constituida como prelatura personal del Papado, y que tiene un nombre más largo, pero es conocida popularmente como el opus dei. A través de las páginas de opuslibros.org me tropecé, punto por punto, con los métodos orwellianos, y debo decir que, aunque se trató de un descubrimiento personal, posteriormente observé que se me había adelantado un ex numerario inglés de nombre John Roche que textualmente manifiesta, en su valiente testimonio, que “el opus dei es como el mundo de Orwell, donde se emplea mucho el doble sentido, y el engaño interno y externo”. Veamos, en efecto, las similitudes.

- el Gran Hermano, que ya sabemos quien es, y con él han subido a los altares, para nuestra desgracia, la desvergüenza, la intransigencia e incluso la penalmente reprochable coacción (no lo digo yo, lo dice él). Aunque puede que sean buenas noticias para la prelatura, no lo son en absoluto para la Iglesia Católica como institución.

- el doblepensar, ver la realidad tal como es y, al mismo tiempo, como desea que la veas la organización, optando inmediatamente (tiene que ser en décimas de segundo, si no existe diálogo interno, murmuración y crítica), por la correcta. Así el opus te dice que vas a vivir una vida plena, luego te da lo que te da (una paliza de trabajo interno, otro tanto externo de “santificación de tu vida profesional” y “apostolado”, anulación de la capacidad de análisis, favorecida por la incomunicación exterior derivada de la censura prestablecida “por tu bien”, prácticas de “tortura” individual obligatorias,…), y tú inmediatamente debes decidir que sí, que tu vida es plena.

- control social: doble, a través de la charla fraterna (con tu director espiritual seglar al que cuentas tu vida social, con la obligación de una confidencia), y la confesión (con el sacerdote que se te asigne). De ambas se hacen detallados informes que se guardan en el centro y se envían a las oficinas centrales de Roma. El secreto de confesión se salva (suponemos) porque antes de confesarte el cura te interroga sin la estola puesta (sobre materia de confesiones anteriores), con lo que el Sacramento aún no ha comenzado, y es libre de mercadear con tu intimidad. Reconozco que el sistema está muy bien pensado, y es incluso mucho más eficiente que el puramente tecnológico que propone Orwell en su novela. Es prácticamente imposible colarles un engaño sistemático, tanto más cuanto el “santo” Josemaria opina que si te dejas algo por decir en la confidencia “tienes un secreto con el diablo”. Hace falta mala leche y pillería en abundancia (santas) para engendrar semejante desafuero, que tiene en una persona de mínima conciencia la efectividad de un estilete recién afilado.

- sanción organizativa (policía del pensamiento) a través de otro impresionante descubrimiento psíquico - sociológico como es la llamada “corrección fraterna”, reproche a quemarropa, con alevosía y premeditación, al que sólo se puede responder con una sonrisa. Ello convierte literalmente a todo miembro de la organización en policía secreta activa. Se concibe como un instrumento realmente sancionador y no meramente ascético, aunque para cubrir el expediente se le otorgan efectos secundarios también de dicha naturaleza. El elemento esencial, sumamente astuto, de la corrección es que debe ser autorizada por tu director espiritual (la jerarquía) lo que permite dirigir la coerción hacia las personas a las que los directores quieren escarmentar, eludiendo a los que tienen un comportamiento conforme al “buen espíritu” de la institución, o lo simulan. Te da el pensar que, aunque parece que la iniciativa de la corrección proviene de algún asociado que espontáneamente advierte la falta, en realidad deben ser los propios jerifaltes los que, en determinadas ocasiones, probablemente casi todas, dirigen las correcciones hacia donde interesa.

El problema que Orwell no vio, y que resulta claramente del resultado de la aplicación de los métodos opusianos, es que el constante embuste a ti mismo y a los demás termina provocando pequeñas heridas psíquicas, que al final se convierten en una importante úlcera mental. En efecto, de las demoledoras entradas de la página web que analizamos resulta que la obra está llena de enfermos psiquiátricos, con un enorme consumo de fármacos (para perseverar) y frecuentes visitas a médicos especialistas (por supuesto de la obra) que silencian la situación.

De todo ello debemos de deducir que la futura sociedad orweliana verá incrementarse exponencialmente el consumo de psicofármacos, cuando no directamente de drogas alucinógenas (ver también “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley), cuyo comercio será controlado, lógicamente, por los propios prebostes del sistema, que cerrarán así el círculo de su beneficio personal. La actualmente disparada prescripción de ansiolíticos y antidepresivos, incrementada por la crisis, será un juego de niños en comparación con lo que nos espera.

Otra cosa importante ocurrirá en esta nueva sociedad superficialmente dichosa y tenazmente manipulada, y nuevamente es la prelatura la que nos indica el “camino”. Tenemos la idea de que del opus dei no te dejan irte, o te ponen todas las dificultades posibles para ello, en el ejercicio de la santa coerción. Esto puede ser cierto respecto de la llamada “clase de tropa” que aún está por exprimir y no conviene que se marche antes de tiempo. Pero existen otros supuestos, mucho más ocultos, en que es el propio opus dei el que necesita que te vayas, y si no te echa por las bravas.

Ocurre que la prelatura personal diseñada por el Sr. Escriba, luego Escrivá de Balaguer (uno que sí quería ser catalán, al menos de apellido), como cualquier comunidad orweliana, es una perfecta pirámide, orientada al interés de los que ocupan su cúpula. Pero una estructura de este tipo tiene un problema. Cuanto más subes, menos sitio queda. Por lo cual, como en las empresas comerciales de gestión “moderna” (el opus no es otra cosa), solo hay dos vías posibles de desplazamiento interno: hacia arriba o hacia fuera (esto también me dijeron, lógicamente hace ya tiempo, que ocurría en la extinta Arthur Andersen, Arturo para los amigos, y debe ser práctica común en estas sociedades tipo “americano”).

En definitiva, puede haber un momento en que tengas que irte, sencillamente porque la organización ya no te necesita, pues ya no hay sitio para ti, y no saben dónde ubicarte. En este contexto debe leerse la espeluznante experiencia de Maria del Carmen Tapia, recogida en su libro “Tras el Umbral”. Entiendo que la mencionada, aun tocada por su imborrable experiencia en la obra, todavía no se ha dado cuenta, presumo, de que fue objeto de una estrategia “avanzada” de gestión de recursos humanos, y que su via crucis en dirección a la calle estaba pergeñado desde que culminó su trabajo como directora regional en Venezuela. Nunca hubo para ella otra salida que la que tuvo, ya decidida antes de que tomara el avión para ver al “padre”, en un viaje de ida sin vuelta. Lo que pasa es que no basta con decirle a una persona “vete”, después de que ha dedicado muchos años a la empresa, pues conoce muchos secretos internos de aquélla. Hay que machacarla psicológicamente, para sacarla de sus casillas y hacerla pasar por loca (psiquiatras otra vez), o amedrentarla (con algo así como “tenemos cosas que sabemos de ti que sería mejor que no trascendieran, por lo que te conviene discreción”), exactamente lo que hicieron en el caso al que me refiero.

Hay que pensar, sin embargo, que al salir del opus existe una sociedad para acogerte, donde podrás sanar de las múltiples heridas que tus andanzas en pos de la “santidad” (del acrecentamiento del ego en otro nivel que llamaríamos pseudoespiritual) te han inflingido. Como muy bien se deduce de la novela futurista que motivó inicialmente el post, en la sociedad orwelliana por venir la pirámide será la única comunidad posible para sus adherentes, por lo cual la expulsión de la estructura jerárquica sólo será posible en dirección a la eliminación psíquica (manicomio) o física, pues por pura seguridad del sistema a quien deja el “partido” (el aparato de control y sus secretos) no se le puede permitir que se vaya a comadrear con los “proles”. Eso sí, antes de su “partida” el sujeto en cuestión debe ser “reprogramado”, como ejemplo para sus iguales de que siempre hay “comprensión” para los refractarios, que vuelven “agradecidos” para prestar su testimonio de “amor al Gran Hermano”, antes de desaparecer misteriosamente. Por todo lo visto, en la futura sociedad distópica que nos espera, será poco conveniente iniciar la ascensión en la carrera de méritos, pues entonces tienes muchas más posibilidades de caer en el entredicho, con graves consecuencias. Diríamos que será más seguro gatear en el llano (ser un “prole”), que intentar escalar altas cumbres con peligro de caída por la escarpada pendiente. De todas formas es poco probable que la ubicación definitiva en el esquema social quede a criterio del interesado.

Es evidente que el opus dei no ha podido llevar la imitación de la realidad imaginada por Orwell hasta los extremos que mencionamos, y precisamente por esta razón se encuentra en graves aprietos. Los fugados y damnificados son multitud, y además ha surgido una herramienta que San Josemaría, a pesar de sus enormes recursos, no pudo prever: internet.  Los “exiliados” cuentan con múltiples páginas donde exponer sus lacerantes experiencias, poniendo en guardia a futuras posibles víctimas, y dejando en evidencia el andamiaje sobre el que se sustenta la “milagrosa” expansión e influencia de la institución.

Ahora saldrá el correoso jurista. Sabiendo que las asociaciones que persigan fines o utilicen medios tipificados como delito son ilegales (ex. art. 22.2 CE), el destino del opus dei debería estar muy claro. Pero dudo que lo veamos, porque “poderoso caballero es don dinero” (además dicen que un tercio de la carrera judicial está copado por esta secta), y porque resultará extremadamente difícil poner en dificultades a la organización que más se parece a la sociedad en la que, más pronto que tarde, nos va a tocar vivir.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. Muy buena entrada, felicidades por el Blog.

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    Un cordial saludo

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