lunes, 2 de septiembre de 2013

Indignidad


arucasblog.blogspot.com

¿Notáis como ante la falta de efectivo, cada vez más acuciante, derivada, como sabemos, de que los bancos no dan crédito, y el dinero es deuda, se produce el decrecimiento constante en todos los sectores de la actividad económica? Sin embargo, paradójicamente, hay algo que crece, y de forma notoria: la indignidad de las personas.

Estoy generalizando, no todo el mundo está llegando a los mismos extremos, pero también es verdad que no todos están igual de apurados. Concretamente la situación de quién escribe, es bastante acuciante. A mediados de julio me alcanzó la ola decrecentista post peak oil y me quedé en situación de desempleo. Y para dichas fechas, recibí una inesperada sorpresa desagradable, proveniente de unos parientes también en crisis de liquidez, que me llenó de pesadumbre y me hizo meditar sobre si lo que nos espera no será aún más terrible de lo que pensamos.

Resulta que unos hermanos de mi mujer llevaban décadas residiendo, en régimen de alquiler, en un piso en Barcelona donde siempre había vivido la familia, y ocurría que por avatares de ese desastre legislativo, uno más, que fue la LAU de 1964, al haberse producido una subrogación, el contrato se encontraba exclusivamente a nombre de mi esposa, que hacía años que había dejado el inmueble. Hace tiempo que me planteaba el peligro que corríamos, pues como jurista he visto muchos pleitos feos, y los peores son los familiares (donde hay confianza da asco), pero mi mujer y yo pensábamos de buena fe que cuando mis cuñados no pudieran pagar, lo pondrían en nuestro conocimiento y se irían.

Hace un año se dejó de pagar desde una cuenta corriente que mi mujer controlaba desde casa. Empezamos a sospechar que algo andaba mal. Pero una de sus hermanas nos tranquilizaba diciendo que todo iba de maravilla, sólo que por circunstancias no claramente explicitados se había pasado a pagar por transferencia. Nuevos síntomas inquietantes nos indujeron a tomar definitivamente cartas y a llamar a la agencia inmobiliaria que gestionaba el arriendo. Resulta que se debían, nada más y nada menos que quince mil euros, un año rentas y otros atrasos. Inmediatamente desistimos por fax del contrato, pero claro, nos reclamaban lo que se debía, y un mes más, pues hay que preavisar al arrendador con treinta días, que por supuesto mis cuñados tampoco pagaron. Para colmo nos temimos que no se fueran, pues entonces podían reclamarnos las costas del desahucio así como otro dineral como indemnización por demora en la entrega de la posesión. Un calvario.

El caso es que, como consecuencia de lo anterior, de buenas a primeras, y recién llegado a las colas del paro, por si me faltaba algo, me vi negociando el finiquito (no diferido) de un contrato en el que no teníamos ningún interés, con relación a un inmueble donde no residíamos. Esperaba que me tocaría negociar con algún letradín con poca experiencia y menos conocimientos (son frecuentes) a quien barrería del mapa gracias a mis muchos años en tribunales, pero ni en eso tuve suerte. Me tocó un hueso duro, de lo mejor de la ciudad, y con bastantes lustros de ejercicio de la profesión. Total que las pasé canutas. Además no es bueno llevar asuntos personales, porque no actúas con el suficiente distanciamiento, pero no era el caso tener, encima, que pagar un abogado.

Después de dos meses de angustia, y unas tensas conversaciones, con sucesivos traslados en plena canícula a la ciudad condal, que incluyeron en un momento dado una amenaza formal, por mi parte, de ejercer acciones penales (lo que se llama, para los no iniciados, el momento “querella” de toda negociación), las cosas se arreglaron, y no tuvimos que pagar un euro. El piso se desalojó completamente el pasado 29 de agosto, condonándose de la totalidad de las rentas debidas.

Durante una de las entrevistas que mantuvimos en su despacho de la calle Muntaner, mi compañero y contrincante le espetó a mi mujer, que clamaba con justicia que había sido engañada, algo así como “señora, la necesidad lleva a hacer cosas terribles”. En efecto, encarados con lo desconocido a mis cuñados les importó una higa ponernos en una situación límite, que nos pudo costar un dineral, y nos ocasionó un tremendo sufrimiento psicológico. Viendo que peligraba lo único que quedaba en pie de las estructuras básicas de su intrascendente existencia (¡vivo en la Diagonal!), optaron por resistir a cualquier precio, a pesar de estar debidamente  apercibidos, en un comportamiento que sólo merece el calificativo de execrable. Y no considero que sea realmente maldad lo suyo, no tienen el coeficiente intelectual suficiente para este planteamiento, sino sólo inconsciencia. Sencillamente son unos egoístas ignorantes y no se daban cuenta de las consecuencias últimas de lo que hacían. ¡Silencio, por favor, se sobrevive! A costa de quien sea. De nuestra propia hermana que lleva treinta años dando la cara para que tengamos un techo. Y es que si hay que pisar a alguien, pues como afirma la neolengua militar norteamericana, se tratará de daños colaterales. Nada personal, simple negocio. Lo importante es tirar adelante un día más.

Sí, nuestras declinantes perspectivas económicas consecuencia de la falta de recursos (peak everything), y la creciente penuria que será su más inmediata consecuencia, traerán mucha indignidad. Y sólo estamos en los inicios del proceso. ¿Os imagináis lo que puede pasar cuando las cosas vayan a más, cuando falte para comer, calentarse o vestirse? Reconozco que el problema relatado me ha llevado a pensamientos extremadamente destructivos. Meditando sobre posibles escenarios límite, con asaltos en la calle y domicilios, saqueos en comercios e inseguridad general, hace días que me ronda la cabeza sacarme una licencia y comprarme un arma larga (hice el servicio militar de oficial y no me asustan esos cacharros, ni verlos ni usarlos). Intento alejar esos pensamientos tan nefastos. Si todos hiciéramos lo mismo, imaginaos lo que ocurriría. Pero reconozco que el desasosiego interno permanece.

¿Qué haríais si vuestros hijos no tuvieran para comer? Meditad bien la respuesta antes de contestar. Las restricciones de alimentos y combustibles han llevado a la gente a hacer cosas que nadie se hubiera imaginado. En los años setenta, durante el embargo de los países árabes, se vivieron escenas muy tensas en las gasolineras, y se exhibieron armas (en Usamérica han resuelto hace mucho tiempo mis escrúpulos). En Venezuela, durante la huelga petrolífera hubo muertos. No sé. Espero que no sea más que un bajón momentáneo. Pero si tu propia familia es capaz de ponerte en una situación como la que he descrito, ¿que no hará un parroquiano desconocido? Como decía Jean Paul Sartre “L’enfer, c’est l’Autre”, el otro es el infierno. El descenso a los abismos nos hará ver a los demás como competidores y enemigos. A partir de aquí, cualquier cosa puede ocurrir.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. En la lucha por la supervivencia no atacamos a quien mas tiene, que también, sino a quien mas fácil nos resulta expoliar. Es una simple relación coste beneficio. Robarás a tu hermana antes que atracar un banco.
    Vivo en una zona ganadero forestal, robos de gallinas, de cerdos, de herramientas empiezan a resultar demasiado habituales. Me pareció patético un artículo en "El País" donde un sesudo periodista se preguntaba por el "perfil" de estos nuevos delincuentes. A veces los eufemismos resultan mas deplorables que la realidad que pretenden suavizar.
    Las inercias legislativas y normativas serán una parte muy importante del colapso societal, si no se adaptan con la suficiente rapidez.

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