martes, 22 de octubre de 2013

Políticas de igualdad



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Un documental de History Channel me ha llamado la atención. Trata sobre el Muro de Adriano, que los romanos construyeron en las Islas Británicas, y tiene una moraleja muy aleccionadora. Aparentemente la fortificación defensiva fue construida para defender los dominios romanos al sur de Gran Bretaña. Pero luego el mismo narrador te empieza a insinuar que la verdadera razón de los mandamases imperiales era otra.

En efecto, en una ciudad, en un territorio eminentemente urbano, densamente poblado, un muro puede tener cierto sentido defensivo. Pero en campo abierto es mucho más sencillo articular la defensa a través de fortalezas cada cierta distancia, unidas por carreteras con patrullas. Cuando te explican que para atravesar la muralla había que pagar impuestos empiezas a entender la verdadera razón de tamaña obra de ingeniería, absolutamente inútil, ya hemos dicho, en estricta estrategia defensiva militar (pensemos, además, que era sencillo bordear la muralla utilizando la ruta marítima).

Los pueblos de la antigua Britania al principio tampoco dudaron de las intenciones de sus conquistadores. Pero cuando tuvieron que empezar a “aflojar la mosca” para comerciar con los pueblos del norte, con los que siempre habían mantenido buenas relaciones, así como para acudir a dichos territorios, ricos en oro, plomo y hierro, se dieron cuenta de que el muro no iba contra nadie en particular, sino contra todos en general,  y empezaron a suspirar por ver a los romanos, y a su muro, bien lejos de la isla (por cierto que es curioso que las palabras inglesas wall y tax, provienen de los sustantivos romanos vallum y tasa).

Aprendamos una amarga lección. Las verdaderas razones del poder pueden no ser las aparentes. Incluso pueden ser muy distintas de las públicamente proclamadas. El discurso habitual sobre la crisis económica actual que, digan lo que digan, se inició con el pico de producción del petróleo convencional, sin perjuicio de los efectos posteriores (estallido de la burbuja inmobiliaria, crisis financieras, altos precios del crudo) que son perfectamente explicables a través de un examen complejo y laborioso (no todo puede ser sencillo) de la causa primera, sean absolutamente reales. Pero, como ya nos hemos explayado sobre tales temas, vamos con otro ejemplo de carácter muy diferente.

Algunas instituciones internacionales han adoptado políticas muy activas, por no decir agresivas, para favorecer la igualdad de sexos en el ámbito laboral.

Así la igualdad entre mujeres y hombres es un principio jurídico universal reconocido en diversos textos internacionales sobre derechos humanos, entre los que destaca la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1979, y ratificada por el todavía Reino de España en 1983. En este mismo ámbito procede evocar los “avances” introducidos por las conferencias mundiales monográficas, como la de Nairobi de 1985 y Beijing de 1995.

La igualdad es, asimismo, un principio fundamental en la Unión Europea, pues desde la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam. La eliminación de las desigualdades entre hombre y mujeres es un objetivo que debe integrarse en todas las políticas y acciones de la Unión y de sus miembros.

Al amparo en el antiguo artículo 111 del Tratado de Roma, se ha desarrollado un acervo comunitario sobre igualdad de sexos de gran amplitud e importante calado, a cuya adecuada transposición se dirige, en buena medida, la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, que incorpora al ordenamiento español dos directivas en materia de igualdad de trato:

- Directiva 2002/73/CE, de reforma de la Directiva 76/207/CEE, relativa a la aplicación del principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en lo que se refiere al acceso al empleo, a la formación y a la promoción profesionales, así como a las condiciones de trabajo.

- Directiva 2004/113/CE, sobre aplicación del principio de igualdad de trato entre hombres y mujeres en el acceso a bienes y servicios y su suministro.

Y como soy mal pensado empecé a meditar sobre el asunto. ¿Cómo es que la igualdad de sexos en el ámbito laboral obsesiona tanto a nuestros dirigentes internacionales? Podríamos pensar que los desahogados que pueblan estos conciliábulos de “mamoneo” transnacional, hotel de cinco estrellas, mesa y mantel con adornos florales, bien pagados, mejor comidos y bebidos, poco susceptibles de ser tomados como modelo, salvo de ostentación de un tren de vida glamoroso e insostenible, han tenido un momento de debilidad, y en un alarde de filantropía y buenos sentimientos están de verdad especialmente preocupados por nuestras mujeres. Nuevamente es un espejismo. Como siempre, dar a los susodichos el beneficio de la duda es una actividad de alto riesgo, que suele acabar en amarga desilusión. Ahora entenderemos qué es lo que realmente buscan.

La tasa de fecundidad de una mujer trabajadora por cuenta propia o ajena se encuentra en el 1,2. Esto es, que cada mujer que trabaja fuera de casa tiene de media 1,2 hijos durante toda su vida fértil. Entendámonos, no es que se pueda tener un 0,2 de un hijo, se trata de un cociente de aproximación sobre los datos totales, resultado de dividir el número de hijos que tienen en total las mujeres con actividad laboral entre el número total de aquéllas. Las datos son globales, aunque, es evidente, varían de un país a otro, y resultan muy reveladores, puesto que conviene recordar que la cifra de reposición no se encuentra en uno, sino en dos, esto es, una mujer debe dar a luz, para que la población se mantenga al menos estable, dos hijos, uno por ella y al menos otro por el varón, que lógicamente no puede alumbrar.

Pues bien, la tasa de fecundidad en mujeres que no trabajan fuera del hogar ronda el 3,7 (en algunos países que por su estructura social la mujer prácticamente no trabaja prácticamente nunca fuera del hogar supera el 6).

Con tales estadísticas sobre la mesa, los verdaderos motivos de nuestras “caritativas” instituciones “pesebre” en el ámbito internacional resultan diáfanas. No es que les motive el bienestar, el desarrollo como personas y la realización profesional de nuestras féminas (estimar que uno se desarrolla en muchos trabajos estresantes y esclavos que ofrece el mercado es un sarcasmo). Lo que ocurre es que no saben que hacer para que paren de tener hijos. Y la razón se encuentra, una vez más, en la insuficiencia de recursos, especialmente energéticos, y por ende alimentarios, para mantener la creciente población humana del planeta.

La pantomima de las políticas de igualdad nos muestra como la dirigencia global hace tiempo que da crédito a los oscuros vaticinios del clérigo y erudito británico Thomas Malthus (que se limitó a plagiar al tratadista veneciano Giammaria Ortes). También nos enseña que los susodichos nunca dirán la verdad hasta que sea demasiado tarde, y recurrirán, mientras puedan, a remedios indirectos con señuelos sentimentaloides irrebatibles (a ver quien es el guapo que dice alguna cosa contra la igualdad de sexos), para mantenernos en ayunas sobre lo que realmente está ocurriendo y, especialmente, sobre lo que puede llegar a ocurrir. Porque información es poder, y ellos quieren el “dominio del espectro total”. Así las cosas, obtener y transmitir datos que no deben ser públicos es un acto revolucionario. Pero no basta con eso, hay que pasar a la acción, cada uno dentro de sus posibilidades. Sólo así dejaremos de ser un rebaño, conducido por impresentables pastores a quién sabe que oscuro despeñadero.

Saludos,

Calícrates

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