domingo, 24 de noviembre de 2013

El ocaso de Occidente




rincondelvago.com

En “La tercera ola", Alvin Toffler, expresaba el deseo, más que la conclusión basada en hechos reales, de que humanidad comenzara a vivir cambios importantes. El autor barruntaba que, agotada la revolución industrial, se iniciaría la era de los negocios planetarios: fusión de empresas, asociaciones productivas para acometer grandes proyectos continentales de obras públicas y corporaciones funcionando a nivel global. Lo cierto es que 30 años después del lanzamiento de ese libro la especie humana ha ingresado en una tremenda confusión social, económica y financiera. El despilfarro ha acuñado definitivamente una nueva realidad que nos compromete a todos: la escasez de alimentos, las especulaciones (certezas) sobre el agotamiento del petróleo, así como de otros recursos energéticos, minerales e hídricos, nos señalan un futuro incierto, con la negra silueta de una guerra nunca vista, un verdadero Armageddon, pero sin misiles ni escudos balísticos, basada en la pura tecnología, al fondo del escenario. Y es que lo único que no parece estar agotándose en este fin de ciclo son las disputas por el control subterráneo del poder global (de datos-bo.com).

Los gobiernos callan, los medios no informan, los corredores de bolsa juegan a la ruleta rusa con el dinero de otros y los asesores financieros sencillamente no saben, o no contestan. Algunos blogueros en la red se atreven a hablar. Unos pocos, muy pocos, analistas tienen el coraje de publicar la verdad.

Reportaba en su momento Alexander Higgins, el bloguero más leído en Usamérica, que en los primeros meses de 2012 una silenciosa corrida bancaria se extendió desde Grecia a otros bancos europeos, hasta la increíble suma de más de 10.000 millones de dólares por semana. Era sabido, pero no publicitado, que en Portugal, Irlanda y Grecia se retiraba masivamente dinero de los bancos para comprar oro, francos suizos y yenes japoneses. Por su parte las reservas de los bancos italianos y españoles también sufrieron un descenso acusado y brusco porque el dinero buscaba un lugar fuera de la zona euro para refugiarse. Tan mal estaba el panorama que se llegó al nivel de alerta "Defcon 2" (que en lenguaje militar significa nivel de peligro nº 2 de colapso de la economía planetaria, muy cercano al nº 1 que significa colapso total). ¿Oísteis algo de esto en los Telediarios de la noche? Lo preocupante no es lo que estuvo a punto de pasar, sino que prácticamente no nos enteramos de nada. Parece que, tras la zozobra inicial, las cataplasmas de las autoridades monetarias han conseguido enderezar levemente la situación. Pero no nos engañemos. Los problemas que nos llevaron al borde del abismo persisten. Se resumen en muy pocas palabras. No hay recursos para sostener la actual población planetaria, menos aún el crecimiento perpetuo que impone el actual sistema económico, ni desde luego para permitir que los países del tercer mundo accedan a los estándares de vida del primero.

Y, mientras tanto, nuevos peligros acechan. Se habla mucho del cambio climático. Personalmente creo que es mucho más preocupante el envenenamiento masivo de todos y cada uno de los ecosistemas terrestres. Pero por alguna razón sólo se habla del calentamiento global antropogénico. Y esto resulta sospechoso a los que tenemos la nariz curtida en el humo de mil batallas. De hecho, en el ámbito internacional, el escepticismo ha medrado gracias, sobre todo, a bombas mediáticas como el documental El gran timo del cambio climático, dirigido por el británico Martin Durkin, y el libro El ecologista escéptico, del politólogo danés Bjørn Lomborg. En España, la incredulidad también tiene sus popes, como el periodista Jorge Alcalde, autor del libro “Las mentiras del cambio climático”. Un puñado de estudiosos, como el economista Gabriel Calzada, o el geógrafo Antón Uriarte, se reparten las tertulias televisivas para negar la importancia del cambio climático.

Para el oceanógrafo Carlos Duarte, del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (del CSIC y la Universidad de las Islas Baleares), las causas de estas suspicacias están claras. "Los escépticos son exhibicionistas, existen porque encuentran altavoces en los medios de comunicación", afirma. En su opinión, las apreciaciones de los escépticos son enriquecedoras, siempre que se formulen dentro de las reglas del debate científico. "La crítica tiene un papel importante en el progreso de la ciencia, y hay que asumir que ninguna teoría sobrevivirá al paso del tiempo", sostiene. Para Duarte, el verdadero problema llega "cuando aparecen los friquis, que tienen paranoias y ven conspiraciones".

En la misma línea la investigadora Eva Calvo del ubicuo Instituto de Ciencias del Mar (más CSIC), afirma que no tiene sentido ser escéptico frente al cambio climático a estas alturas, ahora que el IPCC ha mostrado las mismas conclusiones que en 2001, pero con un rango de error mucho menor. Calvo, que por cierto ha colaborado en los informes del IPCC, cree que Internet ofrece un caldo de cultivo perfecto para los escépticos: "Hay mucha información, no la podemos digerir y metemos en el mismo saco los artículos de Science y las informaciones del blog de un cualquiera".

Suponemos que se refiere al que mantiene el geógrafo Antón Uriarte, profesor retirado de la Universidad del País Vasco que, como indicamos, es uno de los habituales en las tertulias televisivas sobre el cambio climático. Su blog recibe 1.000 visitas diarias y alienta abiertamente el escepticismo frente al calentamiento global en Internet. Nunca ha publicado en una revista científica, aunque sí un libro que me ha impresionado por su rigor titulado “Historia del clima de la tierra”.

En opinión de Uriarte, el cambio climático no es preocupante y puede ser, incluso, beneficioso. “Una Tierra más caliente siempre ha tenido más vida”, asegura. Para él, “el tema del calentamiento es la exageración del siglo, una bola de nieve en la que se unen intereses y miedos”. El geógrafo vasco señala con el dedo a los que, a su juicio, se encuentran detrás del “cuento” del cambio climático: el lobby nuclear, las revistas científicas como Nature y Science, “una línea editorial muy prodesastre”, y los propios científicos, “obligados a seguir la corriente oficial para obtener subvenciones”.

Vayamos por partes. El hecho de que el sospechosísimo Albert Gore (el establishment) sea el abanderado del peligro del calentamiento global es, en sí mismo, bastante desconcertante. Y aunque personalmente creo que el antropoceno sí que ha tenido alguna incidencia en el clima terrestre, no debemos ser tan vanidosos. ¿Realmente tenemos tanto poder? Los cambios climáticos no son algo extraño en el planeta, y de hecho algunos son muy recientes. Sin ir más lejos durante la Edad Media se produjo una notable alza de las temperaturas que permitió cultivar la vid en Inglaterra y que duró desde el siglo X hasta el siglo XIV, tras el cual entramos en un período de enfriamiento que ha durado hasta hace escasas fechas.

Así las cosas, sin duda las tesis de Uriarte no son desdeñables. Cuando te das un garbeo por su potente libro te das cuenta, insisto, de que los cambios climatológicos y geológicos en el planeta han sido de tal magnitud que poco ha podido hacer el ser humano en un período de apenas 150 años. Pero es que hay otro problema. Nos estamos quedando sin munición. El agotamiento del petróleo, del gas y del carbón no deja muchas más opciones para seguir aumentando las partes por millón de anhídrido carbónico en la atmósfera. Por todo lo cual me parece, insisto, que las teorías conspirativas no están del todo hueras de fundamento. Se trataría de poner obstáculos a la industrialización de los países del tercer mundo (que por otra parte es imposible debido al agotamiento de los recursos planetarios) sin dar demasiadas explicaciones que podrían desestabilizar el sistema, permitiendo al primer mundo (que puede comprar las cuotas de carbono, ¡viva Kyoto!) quedarse con los despojos de lo que queda del festín, manteniendo algunos lustros más la falacia del crecimiento ilimitado.

A lo que, desde luego, no doy mucho crédito es a que nos encontremos a las puertas de una nueva glaciación. Y es que aunque existen conspiraciones reales, también hay conspiranoicos (que por cierto impiden, en muchas ocasiones, desmontar eficazmente aquéllas).

Si el cambio climático es un señuelo, nuestra mirada puede libremente dirigirse a objetivos más reales y cercanos. Las ciudades se han convertido en puntos de consumo masivo, habitadas por un ejército de desempleados que permiten tirar de los salarios indefinidamente en dirección al subsuelo. Mientras tanto el campo dejó prácticamente de producir, y la contaminación del medioambiente ha sobrepasado todos los límites tolerables. Pese a los fondos billonarios invertidos para solucionar ambos problemas, y otros muchos (bancos), éstos siguen aumentando en cantidad y calidad, como también la riqueza personal de unos pocos. Y el descontento de las masas no conoce límites y se expande por el planeta entero.

En varios países de Europa y del mundo, miles de jóvenes desempleados, confundidos, desarraigados de sus principios y de su cultura salen a las calles para protestar contra un sistema que, en nombre de falsedades como el "multiculturalismo", la "democracia", los "derechos humanos" o “la competitividad” les ha convertido en parias sin futuro, encerrados en un callejón sin salida hipertecnológico.

En el Estado español las protestas son continuas desde mayo de 2011, en torno a numerosas plataformas y colectivos, así como redes sociales, que han puesto en marcha muy diversas convocatorias de concentraciones pacíficas, dando altavoz a un amplio y heterogéneo abanico de reivindicaciones políticas, económicas y sociales, reflejo del deseo de sus participantes de cambios profundos en el modelo vigente.

A nivel global la situación no es muy diferente. El comentarista de USA Today John Waggoner advertía (año 2011): "el aumento de los precios de los alimentos está llevando a la humanidad a la pobreza. El maíz subió un 52% en doce meses, el azúcar un 60%, la soja un 41%, el trigo un 24%. Para millones de personas, el "aumento de los precios de los alimentos significa mayor pobreza extrema y hambre", advierte el Banco Mundial. Las causas serían múltiples: los especuladores que juegan con el precio del petróleo (léase peak oil), las guerras comerciales y la explosión demográfica. Un informe especial de la revista TIME, "Pobres vs. Ricos: un nuevo conflicto mundial", advierte que "se está desarrollando un conflicto entre dos mundos, uno rico y uno pobre, y el campo de batalla es el propio mundo". Veinticinco países desarrollados con exclusivos 750 millones de habitantes consumen la mayor parte de los recursos del planeta, producen la mayor parte de bienes manufacturados y disfrutan de los más altos estándares de vida. "Ahora deben enfrentarse a 100 países subdesarrollados y con 2 mil millones de personas que viven en la pobreza y exigen una mayor participación en esa riqueza".

Mientras tanto el 1%, en cualquier lugar, lleva vidas privilegiadas. Sus familias hacen vacaciones en los mejores centros turísticos, sus preocupaciones son cómo encontrar el mejor maestro de Pilates, el mejor masajista, los mejores cirujanos plásticos y las mejores escuelas privadas. Ellos no se preocupan por el subyacente deterioro del mundo, excepto en lo abstracto, porque no se ven directamente afectados por él. Eso no quiere decir que no sean conscientes de los problemas indicados. Pero lo que principalmente les preocupa es proteger y mejorar sus posiciones económicas y sociales. Y nada de lo que escribamos cambiará esto. Se dice que todos los hombres son iguales y tienen derecho a opinar; pero quienes detentan el poder de los medios, la política, la economía y los negocios, utilizan su enorme influencia para obtener los resultados que les interesan.

El orden político descansa de facto en minorías técnico-burocráticas y, quizá, lo que llamamos democracia no sea otra cosa que una forma de seleccionar, vigilar, disciplinar y sustituir a las élites que están al frente de las agencias gubernamentales. Sin embargo, la derecha y la izquierda “oficiales” han llegado a un punto donde no hay ninguna diferencia práctica entre ambas. Unos y otros han fracasado en la administración estatal y la situación se sigue deteriorando.

Después de los disturbios en Londres (agosto de 2011), Inglaterra ya no ofrecía la misma seguridad  económica, ante la ofensiva emprendida por bandas de desocupados, sindicatos y vándalos. En Alemania, las protestas de los antiglobalistas que reclamaban más oportunidades de trabajo y mejores condiciones de vida incendiaban ese año 138 vehículos policiales en Berlín, a causa del descontento general por los bajos niveles de crecimiento económico, la desocupación y la decisión de su gobierno de destinar grandes sumas de dinero para salvar a otros países de la Unión Europea.

Bloomberg, compañía estadounidense que ofrece software financiero, datos y noticias económicas, por las mismas fechas advertía: "Los chicos no están bien" (The Kids Aren't Alright, en alusión a una canción del grupo británico The Who). El desempleo juvenil estaría impulsando una revolución. En una columna del New York Times, Mathew Klein,  investigador del Consejo de Asuntos Extranjeros establecía un paralelo entre la tasa de desempleo del 25% entre los jóvenes revolucionarios de Egipto (en España es del 56,5%) y la del 21% de los jóvenes trabajadores de EEUU: "Los jóvenes serán los más afectados por los reajustes presupuestarios de los gobiernos. Aumentarán los impuestos sobre los trabajadores y se recortará el gasto en educación, mientras que los subsidios hipotecarios y los beneficios para las personas de edad seguirán siendo intocables, como lo son los recortes fiscales para los ricos. ¿Cuánto tiempo falta hasta que el resto de los países ricos estallen como Egipto?".

Ya lo he explicado en alguna otra ocasión. Conviene no hacernos muchas ilusiones si no queremos acabar pero que muy escaldados. Se dice que las revoluciones se construyen a lo largo del tiempo. Una masa crítica de descontentos se convertiría en un punto de deflagración, se inflamaría de repente de manera impredecible. Y no diré que factores ambientales no ayuden. Pero, nuevamente contra corriente, creo que las revoluciones son un producto de laboratorio. Ni una sola ha sido espontánea, por la sencilla razón de que este tipo de decisiones son muy delicadas para dejarlas en manos de las masas. Todas han sido provocadas. Eso sí, desde la sombra. Desde el otro lado de la cortina.

Pongamos la más paradigmática de todas. La Revolución Francesa. No fue más que la venganza de la inteligencia inglesa contra Francia, por la ayuda de ésta a la independencia Usamericana. Sé que es una hipótesis novedosa. No la creáis así, sin más. Pero antes de lanzarla a la papelera estudiad los currículum vítae de todos los prohombres de las jornadas revolucionarias. El mismo Robespierre, por ejemplo, que era de Arrás, ciudad prácticamente belga, de habla picarda y muy ligada, por su posición geográfica a la pérfida Albión.

Que decir del mismo Napoleón, oriundo de Córcega, isla bañada por un, en aquel entonces, absolutamente británico mediterráneo occidental, controlado desde la base naval de Mahón, en Menorca, que es encarcelado en Antibes, al caer el Terror, cuando volvía de una extraña y nunca aclarada misión en Génova (la ciudad de origen de su madre), y dejado en libertad a los diez días a causa de una milagrosa “falta de pruebas” (que no impidió a muchos otros hacer el paseíllo en la guillotina). Como veis las cosas son siempre más complejas de lo que parece.

Pero es que ni siquiera hace falta estudiar tanto los detalles donde, por cierto, dicen que se encuentra el diablo. ¿Qué ha buscado siempre la estrategia inglesa? Pues que la Europa continental se desangre en brutales guerras intestinas, de forma que quede debilitada y exangüe, inerme ante los manejos de los pérfidos insulares. Claro, nadie te va a enseñar sus verdaderas credenciales. Pero es evidente que quien ataca Rusia desde occidente, buscando además el sacrificio “ritual” de su inmenso ejército, sólo puede ser un agente británico. Y aquí me paro, porque a alguien podría ocurrírsele el nombre de algún otro supuesto “antibritánico” que pudiera serlo mucho menos de lo que parece. Y por si alguno cree que aquí me he pasado “tres pueblos” le sugiero que investigue documentos recientemente desclasificados que demuestran, sin género de duda, que el mismísimo Mussolini, sí el duce, llevaba a sueldo del MI5 desde ¡1917!

A lo que voy es que las revoluciones ocurrirán si alguien decide que deben ocurrir. Como ha ido pasando en los países del norte de África con las “primaveras” árabes (ahora en el canoso otoño) que, cada vez resulta más diáfano, tenían prácticamente como único objetivo a Moammar al-Gaddafi (y mientras tanto una Libia agradecida se hunde en el caos y ve reducidas sus exportaciones de petróleo al mínimo). Conviene, en definitiva, no dejarse mangonear ni manosear cerebralmente, pues no es difícil acabar siendo utilizado por el peor enemigo imaginable, que tiene tendencia a abusar de la terca ingenuidad de muchos.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. Qué gran blog Calícrates. me lo he leído de una tacada al descubrirlo.
    Supongo que habrás ojeado el último post de The Oil Crash. De ser cierta esa previsión en el descenso de la energía neta, todo va a despeñarse endiabladamente rápido.
    Cómo se ha podido llegar a esto.
    Y sí, es cierto, las revoluciones siempre han servido a intereses espurios, nada que ver con el pueblo o los magnos ideales: la francesa, liberal, industrial o bolchevique, tanto da.
    Por favor, sigue amenizándonos el descenso a los infiernos.
    Enhorabuena y suerte con los tuyos.

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