domingo, 17 de noviembre de 2013

Monsanto





libertycrier.com

He visto varios posts sobre transgénicos. Alguno de ellos incluso llega a conectar el tema con el agotamiento de los recursos minerales y energéticos, una vez más el verdadero leitmotiv del entuerto. Pero sigue sin quedar claro que es lo que realmente buscan quienes promueven, favorecen y dirigen, en la luz y en la sombra, esta pavorosa industria.

Para apartar el rábano de las hojas, y tener un atisbo fugaz de la realidad oculta tras las apariencias es conveniente empezar por un documental muy bien fundamentado, “El mundo según Monsanto”, de la periodista francesa Marie-Monique Robin, en relación a la citada multinacional americana, epítome del corporativismo depredador.

Si nos fijamos en la publicidad de Monsanto podemos acabar deslumbrados. Esta amable y piadosa “empresa agrícola” (algo así como una pacífica granja de cabras) “pretende ayudar a los agricultores a producir alimentos más sanos, reduciendo el impacto de la agricultura sobre el medio ambiente”. Para llorar de emoción. Pero no acaba la cosa aquí. Los lemas de esta compañía filantrópica son: “alimento”, “salud” y “esperanza”. Su compromiso, con la “integridad”, el “diálogo”, la “transparencia” y la necesidad de “compartir”, el respeto por las “inquietudes éticas” y la “agricultura sostenible”. Entrañable. Me recuerda las soflamas del opus dei sobre el “la libre elección de una vida plena”. Y es que las palabras, empleadas según como, tienen un fuerte componente tóxico, capaz de emborrachar anímicamente a quien no está debidamente vacunado contra ciertos manejos. Este post es una vacuna, tal vez demasiado fuerte, pero hay venenos prácticamente indetectables y muy violentos, con los que no son útiles los paños calientes, pues requieren un tratamiento de choque.

Fundada en 1901 en Saint Louis, Missouri, Montsanto no siempre ha sido una empresa agrícola. Fue originariamente una empresa química. Veamos algunos de sus “logros”.
Durante la segunda guerra mundial se barajó la idea de matar de hambre a Japón destruyendo sus cosechas de arroz por medio de un potente herbicida. El Gobierno financió las investigaciones que desembocaron en una combinación de dos componentes, el 24-D y el 245-T, que pasará a la historia con el nombre de agente naranja (el color de los toneles que lo contenían). A partir de la fabricación del segundo herbicida mencionado, que constituye el 48 por ciento de la composición de este defoliante, apareció un producto derivado: el TCDD, más conocido con el nombre de “dioxina”.

El agente naranja se probó en un atolón del Pacífico y su nocividad fue tal que el Presidente Roosevelt decidió renunciar a él y prohibió al ejército estadounidense su utilización. Sus sucesores no tuvieron los mismos escrúpulos y Eisenhower autorizó en 1959 que se pusiese a punto la tecnología aérea que hiciese posible la fumigación del herbicida

A principios de los años sesenta, Monsanto y otras seis empresas estadounidenses produjeron herbicidas que contenían TCDD, mientras las investigaciones médicas determinaban, de forma incuestionable, que provocaba cáncer, causaba modificaciones genéticas y malformaciones congénitas en el feto.

Durante la guerra del Vietnam, por primera vez en la historia, el medio ambiente se convirtió en objetivo de guerra. Había que evitar que la selva y los matorrales ocultaran al adversario, sus escondites y sus desplazamientos. Había que destruir las cosechas de las que se alimentaba la población y provocar la huida de los campesinos de los campos en los que se había infiltrado la guerrilla. Durante diez años, la aviación estadounidense lanzó 72 millones de litros de herbicidas, de los que 41 millones eran agente naranja, sobre una superficie de cerca de dos millones de hectáreas de bosques y arrozales, no solamente en Vietnam sino también en Camboya y Laos.

Pero no se acaba aquí la colaboración de Monsanto para con la felicidad del género humano (en el otro mundo). Desde los años veinte del siglo pasado esta empresa benefactora desarrollaba y comercializaba el PCB, policloruro de bifenilo, usado masivamente como aislante de transformadores y condensadores industriales, pese a que, al menos desde 1937 sus responsables eran conscientes de que el producto constituía un grave riesgo para la salud, provocando un sinnúmero de enfermedades. Fue clasificado como uno de los productos más tóxicos jamás creados por el hombre, y prohibido en todo el mundo a partir de los años setenta. Monsanto lo fabricaba en Anniston, Alabama, contaminando el agua, al derramar el producto en canales de evacuación, y la tierra, al descargar residuos muy contaminantes a cielo abierto, ocultando sistemáticamente la peligrosidad del compuesto, a fin de no perder un maldito dólar, con la connivencia de las autoridades, que sabían y callaban. Finalmente Monsanto y su filial Solutia Inc. fueron condenados a pagar crecidas indemnizaciones y a descontaminar el lugar, pero tales responsabilidades supusieron una mínima parte de los ingentes beneficios de la empresa.

A partir de los años 90 Monsanto cambia de tercio y se orienta a la biotecnología. Previamente desarrolla su producto estrella, el Roundup, un herbicida no selectivo, o total, que destruye absolutamente todo lo verde que encuentra a su paso, excepto los organismos modificados genéticamente (OGM) patentados por la multinacional. ¿Cómo fue posible la creación de una planta resistente a semejante producto? Mediante ingeniaría genética. Pongamos el caso de la soja. El núcleo de cada célula contiene el ADN. Se seleccionó una bacteria que era resistente al Roundup. A continuación el gen de dicha bacteria se incorporó a micropartículas de oro con las que se bombardearon las células de soja, mediante un cañón de genes. El gen de la bacteria penetró en el ADN de la soja, y fabricó una proteína que permitía a la planta resistir el Roundup. Como veis, lo mejor para tener en la mesa durante el desayuno.

Pero centrémonos en el producto milagroso, el Roundup. Según los prospectos iniciales era biodegradable y no perjudicial para el medio ambiente. Sin embargo Monsanto fue demandada en Usamérica y en Francia, y condenada en ambas ocasiones por publicidad engañosa. En efecto, al parecer sólo el 2% del producto se degradaba en contacto con el medio ambiente. Pero es que además, resultó ser altamente tóxico (como podía deducirse fácilmente de sus efectos antes descritos, sin necesidad de un doctorado en biología). Al parecer provoca alteraciones en los mecanismos que controlan la división de las células, por lo que podría inducir las primeras etapas que conducen al cáncer.

Científicos que habían advertido de los efectos perniciosos de la biotecnología, fueron conminados a no hacer públicas sus investigaciones, bajo amenaza de acciones legales, o directamente apartados de sus trabajos. Además el primer aditivo modificado genéticamente introducido en el mercado (el L-triptófano) provocó una epidemia de una enfermedad desconocida, 37 muertos y más de 1.000 inválidos. A pesar de lo cual, durante años pareció que oponerse a los “avances” de la ingeniería genética era ser contrario al progreso, razón por la que las autoridades norteamericanas sufrieron serias presiones para permitir la comercialización de los OGM sin realizarse pruebas exhaustivas, ante las importantes inversiones que había acometido la industria en su desarrollo. Para conseguirlo se utilizó un truco legal. Se aplicaron normativas de seguridad ya existentes a los nuevos productos, con base en el denominado Principio de Equivalencia Sustancial, falacia legal que pontifica que una planta transgénica es similar a una tradicional, pues las proteínas que se inducen en las células genéticamente modificadas no son diferentes a las desarrolladas durante milenios por la agricultura convencional (átame la mosca por el rabo).

Con ello se evitaba considerar los transgénicos como lo que eran, productos totalmente novedosos, o aditivos alimentarios, que hubieran requerido de pruebas suplementarias para probar que no eran nocivos para la salud humana. La aplicación del “principio” aludido permitía una reglamentación en la que dichos controles eran soslayados, y Monsanto podía sacar sus productos al mercado sin injerencias gubernamentales y sin preguntas. La desregulación impulsada por los gabinetes republicanos ferozmente conservadores, desde Reagan, fue perfecta para los intereses de Monsanto. Pero hubo algo más de ayuda. El documental explica como la multinacional asaltó las estructuras de control sanitario (en USA, en la materia, representadas por la Food and Drug Administration, FDA), a través de una serie de títeres trajeados vinculados a la firma, que se infiltraron en los órganos reguladores. Se habla especialmente del caso de Michael Taylor, quien había sido socio de un despacho de abogados de Atalanta, King and Spalding, relacionado con Monsanto. Pues bien, se creo en la FDA un cargo específicamente para él, Jefe de la Comisión de Reglamentación, nada menos, que tenía por objeto, esto sí que es casualidad, la elaboración de normativas específicas para la regulación del mercado de productos trasgénicos. Ni que decir tiene que la nueva reglamentación consagró la aberración jurídica y biológica del Principio de Equivalencia Sustancial, dando pista libre a la comercialización de los OGM. No se trata más que del ejercicio de un deporte frecuente en las cúpulas corporativas y partitocráticas, muy practicado aquí en Españistan, que se denomina la política de las “puertas giratorias”, y que el meritado Sr. Taylor practicó repetidamente en ambas direcciones. Se trata de una manifestación más de otro conocido axioma empíricamente demostrado, el Principio de Calícrates.

No acaban aquí las hazañas de Monsanto. A partir del 1994 se empeñó en hacer producir más leche a las vacas y desarrolló la llamada Hormona del Crecimiento Bovino (RBGH en inglés), que se comercializó bajo en nombre de Posilac. Dicho producto provocaba a los animales mastitis (infecciones en las ubres) y problemas de reproducción. Una vez más los investigadores independientes fueron marginados o despedidos, o ambas cosas sucesivamente, y de propina amenazados por los abogados de Monsanto, para el caso de que se atrevieran a revelar datos confidenciales de la empresa, en el legítimo ejercicio de su derecho de defensa.

En cualquier caso se demostró que los cambios fisiológicos en los animales tratados con la hormona eran dramáticos. La leche se trasformaba en un producto diferente. Mostraba restos de pus, por la mastitis y de antibióticos, por el tratamiento. También un contenido elevado de la proteína IGF-1, con incidencia en el cáncer de mama, de colon y de próstata. Fue prohibida en Europa, normal, y también en Canadá, menos normal, puesto que las autoridades sanitarias de este país suelen calcar las decisiones de la FDA. Pero es que surgió, como no, el escándalo. Hubo acusaciones contra Monsanto por tentativa de soborno a funcionarios de la administración de consumo, a quienes se habrían ofrecido entre uno y dos millones de dólares. Monsanto no negó haber ofrecido la cantidad (no le quedó otra), pero dijo que lo había hecho para “acometer nuevas investigaciones sobre el producto”. Un detalle curioso, los investigadores que desenmascararon la trama fueron fulminantemente despedidos.

Sin embargo Usamérica, gracias al control absoluto de la FDA por parte de Monsanto (puertas giratorias otra vez) continuó liderando los avances de la biotecnología aplicados a la producción lechera, a costa, eso sí, de la salud de las vacas y de los consumidores.

Poco a poco los transgénicos fueron desembarcando en Europa, y aquí empezaron los problemas graves. Los estudios sobre la patata transgénica en el Instituto Escocés de Investigación Agrícola fueron concluyentes:

- proliferación de células en el estómago de las ratas utilizadas en el laboratorio, que favorecía el desarrollo de tumores.
- el sistema inmunitario del estómago de los animales resultaba alterado.

En definitiva el estómago de las cobayas trataba a las patatas como cuerpos extraños. La biotecnología no era neutra, como se pretendía. Además el problema no estaba en el gen insertado, sino en la técnica de inserción. Era una andanada sin paliativos a todo el entramado biotecnológico de Monsanto. El mayor “palo” que se habían llevado en mucho tiempo, que afectaba a la raíz misma del sistema de modificación genética, poniendo en entredicho no un producto específico, sino la totalidad del entramado de diseño biotecnológico.

Monsanto se dio cuenta enseguida de la gravedad de lo ocurrido. Más aún cuando el director del equipo de investigación Arpad Pusztai, dijo aquello de que no era justo utilizar a los ciudadanos como cobayas. Aquí empezó su calvario, perfectamente previsible por otro lado. El Instituto de Investigación Agrícola, que había recibido mucho dinero de Monsanto, le despidió y disolvió su equipo de investigación. Tiempo después, y por si fuera poco, se enteró de que Downing Street había llamado hasta dos veces al director del Instituto, presionando para detener la investigación.

Y es que Monsanto cuenta con el apoyo pleno de las empresas de alimentación y distribución, medios de comunicación, agencias estatales e incluso gobiernos. Entretanto los daños son irreparables. El 90% de las plantas de soja cultivadas son transgénicas, y el 70% de los alimentos vendidos en USA en los comercios contienen elementos transgénicos. El consumidor no puede elegir, porque está prohibido etiquetar los productos como transgénicos, como se hace en Europa.

Obstáculos administrativos, ocultación de informes, utilización de animales adultos para distorsionar los experimentos. Todo ha valido para garantizar el éxito de Monsanto, de forma que los cultivos transgénicos abarcan ya los 100 millones de hectáreas en todo el mundo.

Pero la piedra de bóveda del control de la agricultura por Monsanto se encuentra en lo que la empresa denomina la “propiedad intelectual”. Las patentes. Desde que el Tribunal Supremo de Usamérica, infiltrado por Monsanto, admitió nada menos que derechos de propiedad industrial sobre seres vivos (semillas), ya no se pueden guardar granos para plantar el año siguiente, si están registrados. Pero tampoco es fácil saber si alguien ha guardado semillas para plantar de nuevo, lo que nos conduce directamente a la “policía del pensamiento”. Detectives privados contratados por Monsanto recorren los campos y piden explicaciones. Se fomenta, además, la delación entre vecinos, poniendo incluso a su disposición una línea de atención telefónica.

El documental nos cuenta el caso de Troy Roush, agricultor de Indiana, al que de nada sirvió presentar facturas de compra de las semillas y el herbicida, e incluso datos de los establecimientos autorizados donde habían sido adquiridos. Entraron en su propiedad para recoger muestras sin su autorización y le demandaron. Es muy difícil aguantar cuando van a por ti abogados carroñeros, vergüenza de la profesión, y sabes que aunque ganes apelarán, y te harán la vida imposible durante años demorando el proceso mediante triquiñuelas legales. Y si gana Monsanto es el final. Lo pierdes todo, puesto que en ejecución del título judicial la jauría conseguirá el embargo y remate de propiedades que han pertenecido a una familia durante generaciones, para liquidar responsabilidades pecuniarias, intereses y costas. No es posible enfrentarse a ellos, y lo saben. Por eso acosan a los agricultores, que carecen de medios económicos para organizar su defensa, sabiendo de antemano que al final cederán. Este debe ser el “diálogo” que publicitan en sus panfletos. Roush tuvo que aceptar un acuerdo porque su familia estaba destrozada por el estrés. Así es como doblega a los agricultores la “policía de los genes”. Así Monsanto impone su ley en los campos. “Las patentes sobre semillas lo han cambiado todo, y especialmente la confianza entre vecinos. Hay miedo. No es posible defenderse de la compañía. Buscan apoderase de la base de nuestra alimentación”. Quedémonos con estas palabras, que nos ayudarán a entender lo que verdaderamente buscan quienes manejan en la sombra los hilos de Monsanto. Puede que no sea sólo dinero lo que está en juego.

Monsanto ha adquirido en la última década una cincuentena de compañías semilleras, lo que podría hacer desaparecer del mercado las semillas tradicionales. Aquí el documental se traslada al subcontinente Indio. El algodón modificado genéticamente BT, que teóricamente resiste el gusano americano (el algodón ya no puede cultivarse sin pesticidas, debido a este parásito) se introdujo en la India en 2002, con una enorme campaña de publicidad que hablaba, otra vez, de las ventajas de la biotecnología, que permitía producir más y no emplear productos tóxicos, todo con la habitual parafernalia de cielos azules, niños con dientes fluorados y plantas robustas de un verde eléctrico, habitual en Monsanto. Nuevamente la realidad superó a la ficción. Con la introducción de los transgénicos empezó a aparecer una nueva enfermedad que afectaba a los cultivos, que nunca se había detectado antes, y que además se extendió a las plantas cosechadas con semillas tradicionales. Ingenieros agrónomos indios que investigaron la plaga sospechan que pueda existir una interacción entre la planta y el gen insertado, que debilita a aquélla y atrae al parásito.

Pero es que, y aquí está lo grave, desde la llegada de Monsanto y sus BT a la India es muy difícil encontrar semillas que no sean BT, pues Monsanto controla el mercado de semillas, y vende las modificadas genéticamente cuatro veces más caras que las convencionales. Con ello los suicidios de agricultores (bebiendo pesticidas) se han convertido en una epidemia. Explica el documental que los cultivos transgénicos hacen que los agricultores dependan de préstamos y acaben fuertemente endeudados, pues las semillas se han encarecido, deben adquirir abonos y, esto es lo más grande, ¡no se reduce el uso de pesticidas! Es la segunda revolución verde, que no tiene por objeto vender químicos y aumentar la producción, como consiguió la primera, sino directamente aumentar los beneficios para Monsanto, permitiéndole explotar sus patentes sin dejar rédito alguno al agricultor. Aquí el documental vuelve a dejar caer otra importante pista. Se nos dice que “cuando Monsanto controle las simientes, controlará la alimentación”.

En Méjico, variedades transgénicas están contaminando cultivos tradicionales, que se practican desde hace 10.000 años. Méjico ha prohibido, claro, los cultivos transgénicos, pero no puede evitar la entrada en el país de maíz americano, en un 40% transgénico. Una vez que el polen transgénico entra en el medio ambiente no se puede evitar que polinice especies criollas. Esto ya se ha verificado sobre el terreno, con especímenes monstruosos que son resultado de cruces con plantas modificadas genéticamente. Se apunta en el documental que la contaminación ha podido ser causada de propósito, a fin de acabar con las variedades locales no contaminadas. Es tan simple como diseminar semillas transgénicas por el campo.

El profesor de la Universidad de Berkeley, Ignacio Chapela, autor del artículo que advirtió de la contaminación transgénica, fue objeto de una campaña de desprestigio que se inició, como se demuestra en el reportaje, en dos direcciones de correo electrónico controladas por Monsanto. Son capaces de destruir la reputación de quien se ponga en su camino. Definitivamente la coexistencia entre la agricultura transgénica y la tradicional no es posible.

Pero la clave del verdadero objetivo de Monsanto nos lo da la última parte del documental, que transcurre en Paraguay. Allí se nos explica como inicialmente sólo se permitieron los cultivos de soja transgénica en Argentina, pero posteriormente se introdujo de contrabando la semilla de la multinacional en Brasil y Paraguay. ¿Quién lo hizo? Pues no hace falta ser muy listo, porque una vez más el negocio ha sido redondo para Monsanto. Desde que el gobierno de Paraguay se ha visto forzado a legalizar los cultivos, ante el hecho consumado y las posibilidades que se ofrecían a la exportación, ha comenzado una guerra sorda sin cuartel entre los grandes terratenientes, en su mayoría extranjeros atraídos por el negocio de la soja, y los pequeños agricultores. El “desierto verde” como lo denomina el agricultor entrevistado, crece sin control, eliminando pacíficas comunidades de campesinos que siempre habían vivido en el lugar. La deforestación avanza implacable arrollando a las familias campesinas, que ven como, desde avionetas y tractores, se fumiga con Roundup hasta la misma puerta de sus casas, poniendo en peligro la salud de sus moradores. Es impactante la escena que muestra a un niño de unos diez años, que tiene que atravesar los cultivos fumigados, pues padece afecciones cutáneas y no quiere comer.

Tengo que decir, por si alguno encuentra material para decir que todo esto es solo cosa de los “gringos”, que la Unión Europea, pese a prohibir la mayor parte de los cultivos transgénicos, es corresponsable de la situación, puesto que sí permite la comercialización de OGM, con lo que la soja que se planta en Paraguay se importa como pienso para el ganado (y cabe plantearse si es efectiva la prohibición de cultivar transgénicos, cuando los animales que se consumen han sido previamente alimentados con ellos). También se utiliza para producir los biocombustibles (por ley los carburantes que se venden en las estaciones de servicio deben tener un porcentaje de esta pacotilla pseudoenergética).

En este punto del documental cuando queda meridianamente claro el objetivo de los transgénicos. Nos lo muestra uno de los entrevistados, que manifiesta que no quiere irse a la ciudad (como han hecho muchos ante el acoso del Roundup), porque allí tienes que pagar por todo, ¡hasta por la comida! que en el campo obtienen simplemente de su trabajo. Blanco y en botella. El objetivo de la biotecnología es el control social.

Al hacer desaparecer las comunidades autosuficientes, expulsando a los agricultores a los suburbios de las ciudades, donde como me decía un buen amigo limeño “sólo hay trabajo para prostitutas y traficantes de droga” (por cierto, otros grandes medios de financiación de sistema agro-democrático-industrial), los pueblos pierden su soberanía alimentaria y quedan inermes frente al capital financiero transnacional.

El concepto de soberanía alimentaria es básico, sobre todo en los tiempos que nos esperan de declinación de disponibilidades energéticas y también, por tanto, de producción de alimentos. ¿Pensáis realmente que una simple compañía mercantil puede llegar tan lejos en sus desafueros, sin que nadie la detenga? ¿Creéis que ostentaría el poder que obscenamente exhibe, si su único objetivo fuera obtener jugosos dividendos para sus accionistas? ¿Estimáis que es sólo la engrasada máquina de los billetes la que pone a los poderes públicos a sus pies? Pues si vuestra contestación a alguna de estas preguntas, o a todas a la vez, es afirmativa, es probable que estéis equivocados.

¿Dinero? ¿Para qué? Quienes financian y dirigen en la sombra a Monsanto tienen todo el que necesitan, y fichas bancarias para crear más de la nada, si fuera preciso. Los beneficios empresariales de Monsanto, pese a resultar de una realidad incontestable, puede que sean sólo una cortina de humo. Monsanto es un arma de guerra extraordinariamente sofisticada (recordemos su vinculación con la industria militar), que probablemente se encuentra en fase de experimentación, y cuya verdadera misión debe desarrollarse en un escenario futuro, puede que no muy lejano, desde luego ligado a los terribles días que nos aguardan cuando ya no se pueda ocultar la penuria energética, alimentaria y de recursos que desde hace décadas pende como una espada de Damocles sobre el insostenible conglomerado civilizatorio industrial global.

Recordemos que el poder político se conserva y regenera a través de la centralización absoluta. Y luego pensemos. ¿Hay forma más sencilla de poner de rodillas a una sociedad que la que supone el control de sus alimentos? Lo hemos explicado ya en alguna ocasión. La única forma de mantener la cohesión social en una situación de estrés económico por decrecimiento (la que inevitablemente tenemos por delante), resulta de implementar las siguientes medidas:

- hacernos vivir en grandes ciudades, para lo cual hay que destruir comunidades campesinas fuertemente enraizadas y solidarias, que producen su propio alimento y no son controlables (por ejemplo con fumigaciones de Roundup, en Paraguay).

- ligarnos indisolublemente al circuito del dinero, que controlan y se inventan a placer, a través de sus bancos centrales, y que permite modular la demanda de productos esenciales.

- predicarnos que tenemos que ser competitivos (esto es desequilibrarnos a base de trabajos angustiosos e inhumumanos), y vendernos las pastillas que necesitamos para mantener un atisbo de cordura.

- controlar, hemos dicho, los alimentos de que podemos disponer, de acuerdo con los imponderables que puedan resultar de una producción decreciente, por supuesto en grandes extensiones mecanizadas (la agricultura sin agricultor que denuncian los detractores de Monsanto), y su distribución también centralizada.

- envenenar los alimentos controlados con tóxicos invisibles, para que no vivamos mucho y tengamos problemas para reproducirnos (todo lo cual se complementa con restricciones en el acceso a los servicios sanitarios, ya se sabe, los recortes, pues vivíamos por encima de nuestras posibilidades).

Pese a todo lo cual, es evidente que muchos de los directivos de Monsanto, empleados de diversas categorías y secciones productivas, comerciales, carretilleros, chupatintas, testaferros togados y bien pagados de corbata Hermes, e incluso patrocinados políticos de primer nivel, no pueden, por definición, ser conscientes de los verdaderos objetivos de la empresa. Pero el hecho cierto de que ésta se encuentre tan perfectamente estructurada, dirigida y planificada hacia sus objetivos a medio y largo plazo, demuestra de forma infalible que quienes verdaderamente manejan los hilos de su trama sólo pueden ser los verdaderos amos del mundo “civilizado” (a los que nunca verás en un Telediario), que empiezan a enseñar sus armas y su verdadera agenda, en relación a la castigada humanidad que apacientan. Son los hombres despiertos, los que saben, el ojo que nos mira desde lo alto de la pirámide, ocultándose, en este caso, tras el telón oscuro de una marca corporativa, para que podemos lanzarle nuestras invectivas y luego ir a pelearnos entre nosotros por votar azul o colorado (como si hubiera diferencia).

Ahora que sabes algo más sobre ellos, ¿crees que tienes alguna posibilidad, siquiera remota, de contrariar sus planes?

Saludos,

Calícrates

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