lunes, 4 de noviembre de 2013

Trampa de liquidez




somosmuchos.es


El término “trampa de liquidez” es empleado en la teoría económica para describir una situación en la que los tipos de interés se encuentran muy bajos, próximos a cero, de forma que la preferencia por la liquidez tiende a hacerse absoluta, es decir los agentes económicos prefieren conservar todo el dinero líquido, y no invertirlo, por lo que las medidas tendientes a aumentar la masa monetaria no consiguen dinamizar la economía y las autoridades monetarias no pueden hacer nada para llevar de nuevo la tasa de interés a un nivel adecuado. En otras palabras, se postula que en estas situaciones la política monetaria se vuelve inservible para estimular la actividad económica.

Llegados a este extremo, el aumento de dinero en circulación no tiene ningún efecto sobre la producción o los precios, en contraste con la teoría cuantitativa del dinero (monetaristas, Milton Friedman) que sostiene que los precios y la producción son, en términos generales, proporcionales a la cantidad de dinero en circulación. En este supuesto, lo que ocurre es que la curva de preferencia de liquidez se hace infinitamente elástica (prácticamente horizontal), debido a la convicción unánime entre los inversionistas de que el tipo de interés no puede bajar más, y dado que el precio de los títulos de deuda es tan alto que nadie confía en que sigan subiendo (recordemos la relación inversa entre valor del bono e interés). El bajo nivel de los tipos hace que retener activos líquidos en vez de invertirlos tenga muy bajo coste. Por otra parte, no sería cauto invertir en bonos, ya hemos dicho, pues su precio es ya muy elevado debido a la caída de tipos, y la previsible subida de éstos en el futuro haría perder valor a la cartera del inversor. Como consecuencia, las inyecciones de liquidez se atesoran en vez de destinarse a la inversión productiva, siendo por completo inefectivas.

La categoría conceptual de la trampa de liquidez fue argumentada por el economista John Maynard Keynes en su obra Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Es necesario señalar que el propio Keynes consideraba esta posibilidad como una curiosidad teórica de poca importancia, sin embargo expuso que en Estados Unidos la crisis de liquidaciones en 1932, dio lugar una situación equiparable al "aplanamiento" propio de una la trampa de liquidez y la preferencia por el dinero efectivo se hizo prácticamente absoluta. También Alvin Hansen consideró que la situación de Estados Unidos durante la Gran Depresión, especialmente desde 1934, puede considerarse un ejemplo de trampa de liquidez.

La propuesta keynesiana incluye como solución, ante una situación semejante, la realización de las inversiones públicas necesarias para conseguir el pleno empleo, aprovechando que el gobierno puede en un momento así tomar dinero prestado a tasas de interés ínfimas.

Sin embargo, y como suele ser habitual, la trampa de liquidez, como posibilidad siquiera teórica, no ha sido admitida por los monetaristas, que consideran que el modelo es muy restrictivo al contemplar sólo la variación de una tasa de interés, dejando fuera los ajustes que provoca en el conjunto de activos sustituibles, lo que da lugar a que los movimientos de los agentes económicos hagan perder eficacia al aumento de la oferta monetaria (como poco rebuscadísimo). Hay que decir que la teoría de la trampa de liquidez ha sido igualmente rechazada por la escuela austriaca, que en algo tenía que equivocarse.

En efecto los hechos son tozudos. Cuando la economía japonesa cayó en un período de estancamiento prolongado con tasas de interés cercanas a cero, el concepto de una trampa de liquidez volvió a primer plano. Ciertos economistas neokeynesianos defendieron que la denominada "década perdida" de Japón, no fue otra cosa que una situación muy similar a la descrita por Keynes, en la que los tipos de interés nominales se situaron cercanos a cero, pero la política monetaria se mostraba incapaz de reactivar la situación recesiva que sufría el país y acabar con la deflación instalada en el sistema.

También en la crisis económica en curso las tasas de interés se han acercado a cero. Paul Krugman ha argumentado repetidamente que gran parte de los países desarrollados se encuentran en una trampa de liquidez. Demostró que la triplicación de la base monetaria de Estados Unidos entre 2008 y 2011 no produjo ningún efecto significativo sobre los índices de precios internos estadounidenses, ni permitió reducir significativamente el desempleo. Krugman ha mostrado también como la trampa de liquidez funcionó en la crisis europea y ha expuesto como los planes de austeridad no pueden lograr sanear las finanzas y, por el contrario, incrementarán la recesión y el desempleo.

Observemos lo que dice al respecto un economista de opinión respetada, y respetable, aunque a veces discutible, antikeynesiano para más señas (también en algo tenía que equivocarse). Se trata de Daniel Lacalle. Resumiré su interesante artículo en el diario digital El Confidencial, de fecha de 28-09-2013.

Uno de los incentivos económicos más discutibles, afirma, es el de la patada hacia delante. Se relajan los objetivos de deuda, o de déficit, se aplica expansión monetaria, se reducen los tipos de interés y ¿qué pasa? Pues que se acelera el proceso de endeudamiento. Como fórmula mágica de solución de la crisis, sobre el papel, funciona estupendamente. El Gobierno gasta más, y la deuda sigue disparándose, pero la fórmula no funciona. En los últimos cinco años los países del G-7 han gastado 18 dólares para generar un crecimiento de uno solo, dice el articulista. Y no quiero que parezca que le critico, estoy básicamente de acuerdo con lo que expone. Pero ocurre que la situación que describe se parece bastante a una trampa de liquidez keynesiana.

Daniel Lacalle se refiere a continuación a la negociación del precipicio fiscal americano, a finales de 2012, lo que ya resulta desfasado pues se ha tenido que negociar un nuevo límite en octubre de 2013. Califica la situación de perversa, pues la máquina estatal ha añadido 300.000 millones de dólares de deuda al sistema, tras aumentar impuestos y aprobar unos recortes mínimos que luego no ha cumplido. Concluye que es la política de masiva expansión monetaria (Quantitative Easing, QE) la que permite mantener la situación controlada, dando una falsa apariencia de normalidad. Pero tal solución supone una peligrosa tesitura, pues no se puede detener el aumento de la base monetaria sin consecuencias muy negativas. Además, como dice Richard Koo el Nomura Research Institute, ningún país se ha embarcado jamás en tamaña burbuja de liquidez y ha sobrevivido, económicamente, mucho tiempo.

Esto ya resulta más interesante. Parece que sí, que Keynes tenía razón, y por eso, porque estamos en trampa de liquidez, los desbocados aumentos de la oferta monetaria (M3) no han dado lugar a una inflación rampante (de momento), puesto que la inmovilización del efectivo, que no circula, evita semejante escenario (insisto, por ahora, aunque como ya hemos explicado en otro lugar las estadísticas sobre el IPC no se las creen ni los que las manipulan). En cualquier caso, la frase final del economista americano de origen taiwanés, pone los pelos de punta, pues anuncia veladamente una futura hiperinflación, la única forma de “no sobrevivir” que tiene un sistema monetario.

A partir de aquí, y visto que Keynes una vez más acertaba, podría parecer que lo conveniente fuera terminar de aplicar sus recetas y, contrariamente a lo que se postula, aprovechar la caída en picado de las tasas de interés para poner en marcha un amplio programa de inversión pública, mediante el endeudamiento del estado, pero no, como bien indica el Sr. Lacalle en su columna, para mantener el gasto corriente, esto es, las poltronas y coches oficiales de enchufados y el salvamento de bancos atrapados en la borrachera burbujística, sino para acometer grandes obras de infraestructura que generen empleo real y mejoren la estructura productiva. Pero veremos que, hoy por hoy, la cosa no es tan sencilla.

Y es que a todo lo visto debe añadirse un evento fundamental, que no concurría en la crisis del 29, que es, ni más ni menos, que el año 2006 se llegó al cenit de producción del petróleo convencional, y que esta, y no otra, fue la espoleta de la presente larguísima y misteriosísima crisis, que no puede acabar porque no tenemos “gasolina” (nunca mejor dicho) para continuar creciendo, lo que supone que el sistema financiero occidental no puede hacer otra cosa que dar esas patadas hacia delante que tanto inquietan al Sr. Lacalle (y a mí) pero que son la única solución posible para salir del paso (poner cataplasmas) hasta que llegue el estallido final (económica y metafísicamente ineludible), por la sencilla razón de que por encima de los gráficos, balances, tasas de retorno de inversión, quantitative easing, y demás monserga, existe un axioma económico básico que no requiere acudir a una Facultad de Económicas para ser coherentemente comprendido. Es el que reza que “de donde no hay no se puede sacar”.

Es curioso que el post publicado por Antonio Turiel en su blog, The Oil Crash, titulado “La barrera de los precios”, no ha merecido especial interés (los lectores también pueden equivocarse), y sin embargo constituye el análisis interdisciplinar (cruza magistralmente datos geológicos y macroeconómicos) más certero que se ha hecho hasta la fecha sobre lo que de verdad le ocurre a nuestras obsoletas estructuras productivas, y nos muestra la única hoja de ruta factible que tenemos por delante, precisando matemáticamente las razones por la cuales, aunque se supere la trampa de liquidez y se vuelva a crecer con fuerza, si es que tal eventualidad fuera posible, no tardaríamos en tropezar con un muro invisible, y volveríamos al punto de partida.

En efecto, mientras la energía a disposición de la sociedad no era un problema, se podía superar la trampa de liquidez acometiendo un amplio programa de obras públicas (New Deal) que diera empleo a los desocupados y generara crecimiento económico, lo que a su vez permitía superar la situación de estancamiento y dar salida al incremento de la masa monetaria. Pero la situación actual es muy diferente. Hemos agotado los cartuchos, y ya sólo cabe proceder al derribo de un sistema económico injusto e insostenible, y poner las bases de una sociedad esencialmente diferente. Claro que, a ver quien le pone el cascabel al gato. Creo que Keynes, si levantara la cabeza, se daría cuenta de que las cartas repartidas han cambiado, y que el camino antes apuntado ya no es transitable. Los monetaristas, sin embargo, estarían, y de hecho están, como siempre, en la higuera (aunque no todos, algunos saben muy bien lo que ocurre, pero sirven a intereses muy poco publicitados).

Si la economía global (no algún país solitario) acometiera un crecimiento de tal magnitud inmediatamente los precios del crudo llegarían donde llegaron en el año 2008 (147 dólares), puesto que cada punto de crecimiento exige tres de aumento del consumo energético, mientras la producción de petróleo está prácticamente estancada desde el año indicado (y si ha crecido algo es a base de cierta “pacotilla pseudopetrolera” a la que hemos acudido por pura desesperación), con lo que muchos estados cuyos sistemas productivos no pueden con tales precios (ni siquiera con cincuenta dólares menos) volverían a estar de rodillas. De nuevo el desinfle global, otra vez la crisis financiera, pánico en los mercados, apetito por el efectivo, y nueva la trampa de liquidez. Se trataría ni más ni menos que del “principio del acordeón”, conforme al cual tanto como estires tendrás luego que recoger, porque en un juego de suma cero siempre se tiende a volver a la casilla de salida (sin cobrar 20.000 pesetas).

No estamos tan solo en una trampa de liquidez. Estamos en una trampa civilizatoria. Nuestro sistema económico, basado en el crecimiento sostenido regado con energía barata inagotable, no tiene salida. Y cuanto más tardemos en darnos cuenta, más dura será la caída por el precipicio de Séneca. ¿Qué hacen nuestros políticos? Procrastinar, para continuar usufructuando sus cargos hasta que la situación se vuelva irreversible, y entonces irse a su casa con la mochila bien llena, a dar conferencias (sobre como hundir un país, me imagino, no saben mucho más) de forma que la bomba de relojería que han contribuido a cebar le explote en la cara a los que vengan detrás. En estas condiciones, el futuro de todos, que es lo que está en juego, supongo que es lo que menos importa.

Saludos,

Calícrates

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