domingo, 22 de diciembre de 2013

Libia



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Pese a haber desaparecido de los radares de la “libérrima” prensa occidental (salvo cuando no les queda más remedio que informar sobre alguna nueva escabechina de inmigrantes huyendo del infierno), me veo en la obligación de confirmaros que Libia sigue existiendo, que definitivamente no ha resultado tragada por el Mediterráneo. Al menos de momento.

Sobre la situación interna de Libia, en muchos meses sólo he leído dos artículos en prensa digital. Uno en Canarias-Semanal, titulado “La barcaza procedía de Libia”, de fecha de 11 de octubre de 2013, y otro más reciente en El Confidencial bajo el título “Como perder 110 millones de dólares al día”, de 21 de diciembre del mismo año. Pronto comprenderemos las razones del súbito apagón informativo.

El pasado 20 de octubre se cumplirán dos años del asesinato del Coronel Gadafi, a manos, parece, de un agente de la DGSE francesa. ¡Ah! perdón, que ahora me acuerdo de que las conspiraciones son cosa de desequilibrados.

En todo caso, es difícil emitir un juicio ponderado sobre una personalidad tan contradictoria como la de Muamar el Gadafi. Por un lado, es cierto que se trataba de un dictador brutal, como lo son casi todos los detentadores de la brújula negra del poder, incluso en los países que podríamos denominar “de apariencia democrática”.

Sin embargo hay que reconocer, pues los datos son los que eran, y aquí hay que hablar necesariamente en pasado, que en Libia no existía el desempleo, y además encontraban trabajo en el país dos millones y medio de extranjeros. Que la sanidad era universal y gratuita, que el derecho a la vivienda se encontraba reconocido constitucionalmente, que se habían creado universidades y se ofrecían cuantiosas becas (de 1.600 euros al mes) a estudiantes libios. Gadafi había sido felicitado por la ONU, un mes antes de la intervención de la OTAN, por haber llevado a Libia a la escala más alta del índice de desarrollo humano de toda África. Seguro que todo lo que he dicho recuerda las políticas que ahora se practican en Españistán,… pero al revés.

Pues bien, ¿cuál fue el premio que recibió este benefactor del género humano? Habéis acertado. Fue brutalmente torturado, linchado y asesinado. Por cualquiera, da igual la nacionalidad de la agencia de inteligencia, es indiferente, todas son sucursales del MI-6. ¿Su pecado? Ser el máximo mandatario de un país africano, al que se ha conferido en el organigrama global el papel de exportador, y no de consumidor de petróleo, por lo que los proyectos energívoros destinados a mejorar la calidad de vida de su población debían ser arrancados de cuajo. Pronto comprobaremos el éxito de las “fuerzas de liberación” en este terrero. Por lo demás Gadafi era ferozmente antisionista, dato no desdeñable. Pero éste es un berenjenal en el que no voy a entrar.

Además, el Gobierno de Libia, un país sin deuda externa, había tenido también una brillante idea, que contaba con grandes posibilidades de prosperar: la implantación del dinar de oro en toda África, para dar independencia económica al continente, proyecto apoyado de forma entusiasta por las pútridas élites norteamericanas, y en general occidentales, ansiosas por ver hundirse el valor del dólar y acabar arruinadas, mejor hoy que mañana, pues ya sabemos que la demora acrecienta la angustia.

Por cierto, quien por lo visto sí que apoyaba la idea de Gadafi era el por entonces Director Gerente del F.M.I., Dominique Strauss-Kahn (DSK), que también consideraba que el maleado dólar no podía continuar siendo moneda de cambio internacional. Otro que ya sabemos como acabó… Vaya, otra vez. Como la cabra tiro al monte, y me sale la vena conspiranoica.

En definitiva, que Libia fue bombardeada indiscriminadamente, bajo la complacencia silente de la presunta prensa independiente corporativa mundial. Legítimos objetivos de guerra, hasta las trancas de gadafistas furibundos sedientos de sangre, tales como hospitales, conducciones de agua, centrales eléctricas, aldeas de pastores, universidades, colegios… fueron bombardeados día y noche, de forma implacable, para desesperación de la población, que no podía ni enterrar a sus muertos. Todo menos las instalaciones de extracción petrolífera, claro. ¿El objetivo? Devolver al país a la Edad de Piedra, a fin de que el jugoso oro negro pudiera fluir limpiamente hacia el primer mundo, y no se quedase pegado en las manos de los libios.

Hoy podemos decir, como en el Nodo, “henchidos de gozo patriótico” que el enemigo, cautivo y desarmado, ha abandonado sus últimas posiciones, la guerra ha terminado. Y colorín colorado, a día de hoy, es palpable que la intervención ha colmado de bendiciones el país. Libia ha desaparecido prácticamente como Estado, y los invasores han iniciado movimientos para dividirla en tres trozos: Tripolitania, Fezzan y Cirenaica. También han impuesto un Gobierno títere de doble nacionalidad (libia y estadounidense, claro), infestado el país de bandas armadas y asaltado impunemente los bancos libios, para embolsarse doscientos mil millones de dólares, y bastantes toneladas de oro (por lo visto el dinar iba a contar con un respaldo real, no como el dólar).

Usamérica, Francia y, como no, el Reino Unido, se reparten el menguante petróleo libio. El perro fiel español (léase un grupo de empresas supuestamente españolas) obtuvo como premio de consolación por participar en la destrucción de Libia la construcción del AVE La Meca-Medina. Pasen y vean. La rapiña aún no ha acabado.

Además ha habido daños colaterales. Egipto ha tenido que enfrentarse al retorno de 1.500.000 emigrantes que trabajaban en Libia, por si tenía poco con lo suyo. ¿Cómo decía Andreíta Fabra? Que se jodan. Pues eso.

Parecía que las cosas no podían torcerse más, pero no ha sido así. Libia, donde la gasolina era (otra vez pasado), literalmente, más barata que el agua, está pagando caro el caos que se ha instalado en el país dos años después de la caída del caudillo Muamar el Gadafi. ¿La causa? El bloqueo de los pozos de extracción, oleoductos de distribución e infraestructuras para la exportación de hidrocarburos, que ha reducido la producción de petróleo libia a 250.000 barriles al día, frente a los 1,4 millones en julio de 2013, según reconoce el Ministerio de Petróleo.

En Trípoli, todavía capital, cinco meses de bloqueo ya han empezado a hacer mella. Las colas ante las estaciones de servicio son quilométricas. A finales de noviembre el Gobierno admitió que había empezado a utilizar las reservas para poder atender las demandas de combustible de la población. No ha sido suficienteLas gasolineras de la ciudad llevan semanas funcionando de forma intermitente por falta de suministro, en un país donde prácticamente nadie sabe moverse sin un coche.

Ante los recientes disturbios en algunas gasolineras, el Gobierno ha desplegado patrullas militares en algunas estaciones de servicio, y ha amenazado con pasar a mayores: “sin no tenemos otra opción que usar la fuerza, usaremos la fuerza”. Pese a las amenazas del Ejecutivo (la bravata del Primer Ministro Ali Zeidan no es más que la última entrega de una serie de advertencias que arrancó en verano), el actual statu quo impone una realidad muy difícil de asumir, en un país donde ni el ejército ni la policía han logrado imponerse más allá de la capital.

Con unas pérdidas estimadas en torno a 110 millones de dólares al día, el Ministro de Petróleo ya ha anunciado que, de seguir así, Libia será incapaz de ajustar un presupuesto para 2014. Sin ingresos por impuestos, las arcas públicas dependen en un 99% de las rentas derivadas del petróleo. Tanto el combustible y los alimentos, ambos subvencionados, como la masa salarial del país, con entre un 70% y un 85% de población funcionaria, dependen del erario público. Y sin petróleo, no hay dinero.

Paradójicamente, los responsables del bloqueo son los mismos milicianos que, hasta su renuncia, formaban la Guardia de Instalaciones Petrolíferas (GIP), una brigada que agrupa a excombatientes y líderes tribales con aspiraciones federalistas de la región oriental de Cirenaica (Barqa, en árabe), que produce en torno al 65% de los hidrocarburos.

El Gobierno libio se ha negado repetidamente a negociar una de las propuestas más razonables de los federalistas disidentes, el nombramiento de una comisión que investigue los negocios de los parlamentarios y miembros del Gabinete, y siga el rastro de los contratos suscritos por el Ejecutivo en el último año, donde se sospecha que las comisiones embolsadas por los responsables políticos en obras públicas y hasta en certificaciones de la banca halal (aquélla donde las transacciones financieras se acogen al precepto islámico que impide cobrar intereses en los préstamos) honran lo peor de la etapa gadafista.

Y es que los actuales dirigentes del país, como antes Gadafi, han colocado a Libia en lugares de honor de los rankings internacionales, concretamente en el top-ten de los países más corruptos del mundo, según el índice de Transparencia internacional, que la relega al puesto 172 de 177 países.

El final del artículo de El Confidencial arriba referenciado, es impresionante. Un ciudadano explica: “Trípoli tiene tanto miedo de perder dinero, poder, de perder todo, que rechaza aceptar la idea de un verdadero estado federal, pero si Bengasi continúa así, ¿cuál es la diferencia con respecto a lo que tenía con Gadafi? Yo ya he escuchado ‘estábamos mejor antes de la guerra’, para mí eso es lo último, que la gente rememore los días bajo una dictadura en comparación con los días de libertad; hay algo que está mal, muy mal”.

Pues no se está bien o mal, pero tiene una pinta pésima, y desde luego era lo que podíais esperar, teniendo en cuenta las manos en las que habéis caído. Por cierto, quien quiera hacer un ejercicio comparativo macabro con lo que está cayendo aquí en España, que en la frase entrecomillada donde pone Trípoli, ponga Madrid, donde Bengasi, Cataluña, y donde Gadafi lo que quiera, así tendrá la cuenta clara.

Saludos,

Calícrates

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