viernes, 31 de mayo de 2013

Austericidio


amecopress.com

Cuando veo las manifestaciones de protesta por los crecientes recortes no puedo evitar una sensación ambivalente.

Por una parte pienso que quienes protestan tienen evidentes razones para estar disgustados, hartos de políticos y de un sistema que los condena al creciente descenso de su nivel de vida.

Sin embargo, por otra parte sé que el crecimiento económico no puede volver, pues no hay recursos físicos ni, sobre todo, energéticos para mantenerlo, lo que hace inevitable una política de minoración de nuestra renta disponible (la que estamos experimentando) a fin de convertir en realidad lo que no es sino una necesidad, para adaptarnos a un mundo en el que vamos a tener que consumir menos bienes y servicios, sencillamente porque no estarán disponibles.

Cuando quienes nos gobiernan dicen que no hay otra que ser austeros, y aquí seré “mosca en leche”, nos están diciendo una cruda verdad. Cuando añaden que hemos de serlo “para crecer en el futuro” (esto es para volver a vivir como antes) es cuando nos están mintiendo.

En este sentido las protestas están justificadas, pero no por los motivos que tienen interiorizados muchos de quienes protestan. No podemos manifestarnos para volver a crecer y seguir obteniendo unas migajas de la tarta de riqueza social, no porque ésta se reparta justamente, sino porque nos dan de lo que sobra. Tenemos que protestar para que el decrecimiento se distribuya de forma adecuada, afectando más a los que más tienen (cosa que veo harto difícil dado el enorme poder de distorsión que tienen del discurso público).

Pero sobre todo hemos de manifestarnos para que nos digan la verdad, para que nos cuenten las verdaderas razones de esta crisis, que sólo se explican en páginas web minoritarias. Si todos entendemos lo que ocurre, es posible que podamos dar mejores soluciones a los problemas que nos esperan. Aunque esto también lo veo muy difícil, porque la verdad es liberadora, y quienes tienen la sartén por el mango nos quieren esclavos, y por tanto ignorantes.

Saludos,

Calícrates

sábado, 25 de mayo de 2013

El interés



www.efimarket.com

Ya acometí el delicado tema del dinero, en el post anterior. Sin embargo quise empezar dando una pincelada muy superficial al tema, por una parte porque, como ya se ha explicado, se trata de una materia bastante peligrosa, pues tiene relación con el control social, con el poder. En segundo lugar porque demasiadas concreciones técnicas podían alejar al potencial lector medio, que no tiene porque entender demasiado de macroeconomía.

De todas maneras, y una vez expuesta, en términos generales, la estafa que supone el actual esquema de producción monetaria, que literalmente nos convierte en esclavos del sistema, me gustaría profundizar en como funciona de verdad el engaño.

A un millonario le preguntaron una vez cuales eran las dos cosas mejores que había en el mundo. Contestó: los intereses de los préstamos y las fundaciones. Dejemos de lado a estas últimas instituciones, de gran utilidad, en efecto, para ocultar caudales oscuros y eludir impuestos. Nos centraremos en los intereses que, en efecto, constituyen la clave de la estafa monetaria. Tal vez así empecemos a entender que algunas prohibiciones religiosas, vigentes en la Edad Media, relativas al cobro de intereses (aún existen en el Islam), y no necesariamente sólo los usurarios, estaban excelentemente concebidas, y tenían como finalidad la protección social. También entenderemos por qué, en aquéllos tiempos, quienes prestaban con interés eran mirados con sospecha, y comprenderemos que no era estrictamente por motivos racistas o xenófobos.

www.actibva.com

Hemos visto que el dinero, producto de la complejidad social es, o debería ser, un producto de un acto de autoridad, convertido en Ley, y gestionado a favor de la utilidad pública. También hemos visto como desde hace siglos se han ido prostituyendo estos nobles fines, que el dinero es emitido por entidades privadas y que, por si fuera poco, los bancos tienen la capacidad, a través del sistema de reserva fraccionaria, de multiplicar la masa monetaria en circulación. Con sólo estas determinaciones ya nos estarían robando (ya explicamos como una sociedad en crecimiento podría subsistir sin prácticamente gravar con impuestos a sus ciudadanos), pero cuanto el latrocinio se convierte directamente en atraco a mano armada es cuando en el esquema se introduce el tipo de interés.

Creado el dinero empieza a circular, su finalidad básica. Incluso otorgando el monopolio de la acuñación a entidades privadas, y permitiendo a los financieros crear dinero de la nada a través del crédito, en términos macroeconómicos no existiría gran problema. En estas condiciones lo único que ocurriría es que los bancos estarían apropiándose del crecimiento económico para su exclusivo beneficio, a cambio de nada, que no es poco, y por lo tanto vampirizando a la sociedad. Pero aún con todo, el dinero circulante serviría para ir satisfaciendo las obligaciones cambiarias. Pero si aparte lo anterior, además introduces el interés, entonces todo cambia. Se ha creado dinero, a través del préstamo o de otra manera. Ese dinero existe y, en términos globales, a salvo situaciones particulares, podrá ser devuelto. Si es dinero inventado por el banco, éste camuflará la devolución, aunque ahora ya no es necesario porque ya vimos que la estafa es legal, y simplemente amortizará un dinero que nunca existió.

Sabemos, pues, quien creó el dinero original. Sabemos quien creó el dinero derivado, producto del préstamo. Pero ahora introduzcamos un elemento nuevo. Todo el dinero, creado de una u otra manera, devenga interés. ¿Quién crea este nuevo dinero generado por la masa monetaria ya existente? La solución es muy clara: nadie. En definitiva estamos ante el juego de las sillas. Tarde o temprano va a dejar de sonar la música, y alguien va a quedarse sin asiento, esto es, no va a poder hacer frente a sus obligaciones. En definitiva: LA BANCARROTA FORMA PARTE DEL SISTEMA. No es una excepción, algo anómalo que ocurre de vez en cuando a alguien que tiene mala suerte en los negocios, sino un elemento buscado por los que manejan los hilos de la rueda financiera, para acabar acaparando, a precios de ganga, toda la riqueza de un país.

Tarde o temprano, la capacidad de crear dinero, unida al hecho de que cada centavo en circulación produce nuevos réditos para quien lo ha generado, lleva inexorablemente a que todos los capitales retornen al origen, esto es, vuelvan a manos del sistema financiero del que proceden, que tiene el monopolio de su creación y distribución.

www.rankia.com

Hagamos la prueba a nivel particular, como si se tratara de un juego. Repartamos fichas, por ejemplo cien a cada jugador. Simulemos un mercado abierto, con múltiples intercambios, algo parecido al Monopoly. Uno de los jugadores tiene que hacer el papel de banquero, será encargado de suministrar las fichas, y cobrará por sus servicios, facilitar efectivo, una modesta retribución, pongamos un exiguo cinco por ciento de las fichas emitidas, que debe abonar cada jugador en un plazo señalado, pongamos cada diez tiradas. Si mantenemos el juego el tiempo suficiente, nos daremos cuenta de que todos los jugadores van quebrando sucesivamente, y al final el que representa a la banca se hace con absolutamente todas las fichas del juego. Es simple y complicado a la vez, por eso muchos no lo entienden. Pero no es nada diferente a los mensajes de un Príncipe Nigeriano que circulan por la red, que te pide dinero para repatriar fondos de su país, a cambio de retribuirte con creces cuando lo consiga. Es sencillamente un timo. Para que no nos demos cuenta, a nosotros también nos retribuyen, eso sí muy parcamente, por el dinero que tenemos en depósito, pero claro, nosotros no podemos crear dinero de la nada, ni por tanto tenemos capacidad real para ser operadores privilegiados del sistema. Tarde o temprano también seremos expoliados.

Saludos,

Calícrates

viernes, 24 de mayo de 2013

El dinero



teayudoaserrico.com

Por si alguien no se ha dado cuenta, existe una inmensa laguna en nuestros planes oficiales de estudios, tanto para la enseñanza básica, media o superior. Se intenta, por todos los medios, evitar dar explicaciones sobre qué es y como se produce el dinero. ¿Visteis un tema dedicado al dinero en alguno de los libros de texto que manejabais durante vuestra formación? Seguro que no. Ni lo veréis. Esto llega tan lejos que incluso en Facultades de Económicas y Empresariales, y en Escuelas de Negocios, de las más reputadas, se deja de lado el estudio de tan importante materia. El dinero es algo que se da por hecho. Hay que hacer balances, previsiones de gasto, planes de producción,… Pero el dinero es algo que siempre está ahí, en realidad es el objetivo final del proceso, y sin embargo, sorprendentemente, no se profundiza en su naturaleza. Es como si no hubiera nada que explicar, como si hubiera existido desde el principio del mundo, algo así como las mareas, las nubes o las montañas.

Sin embargo hay personas, pocas, que han sabido y saben muy bien qué es el dinero. Os presentaré a una. Sir Philip A. Benson, Presidente de la Asociación de Banqueros Americanos, el 8 de junio de 1939 pronunció las siguientes palabras: “no hay manera más directa de capturar el control de una nación que a través de su sistema de crédito, de su dinero”. Ahora empezaréis a comprender porqué no sabemos nada del dinero. Sencillamente porque no nos explican lo que es y como se produce de manera deliberada, para mantenernos en la ignorancia y hacernos esclavos del sistema, manteniéndonos permanentemente en dificultades financieras. Y quienes lo hacen nunca tendrán problemas de dinero, porque sencillamente SE LO INVENTAN DE LA NADA. ¿Os imagináis que pudierais coger una hoja de papel sucio que tenéis en el escritorio, escribir “son 100.000 euros”, y seguidamente iros a un concesionario Ferrari, compraros el último modelo y que os acepten como pago vuestra nota manuscrita? Pues, con las distancias convenientes, os aseguro que hay quien tiene la posibilidad de hacer lo que os digo. Vayamos poco a poco.

Gracias al economista argentino de origen alemán Silvio Gesell y su obra “El orden económico natural” empecé a comprender la naturaleza intrínseca del dinero. Gesell atribuye al dinero tres funciones:

- medio de intercambio (de bienes y servicios).
- medida de valor.
- depósito de ahorro.

Nos interesa especialmente la primera función. Las otras no son sino extensiones de aquélla. Primera regla de oro: “el dinero es un producto de la complejidad social”. Cuando una persona hace manualmente una silla, y la cambia por seis huevos de la gallina de su vecino, no hace falta dinero alguno. Pero cuando el sillero crea una fábrica de sillas, y produce doscientas al día, la cosa se complica. El trueque ya no sirve. Hace falta un elemento que simbolice la riqueza creada (sillas) y permita su intercambio a múltiples bandas, en relación a personas que no tendrán con qué intercambiar semejante cantidad de mercancías, o que tendrán otras que no serán de interés para el sillero.

Ello nos lleva a la segunda regla de oro. Lo que se creó, conforme a lo visto en el párrafo anterior, para favorecer el intercambio de bienes y servicios (dinero) no fue riqueza real, sino sólo lo que podríamos llamar su idealización en abstracto, sobre un material que permite su más fácil transmisión, depósito y traslado. Así pues, el dinero no es riqueza real, no al menos en sí mismo, desligado del medio que lo materializa, sino sólo su representación”. Y toda representación requiere, para tener verdadero valor (ser demandado), de la cosa representada, puesto que de lo contrario se convierte en algo obsoleto, como una señal de dirección que no conduce a ninguna parte.

Enlazando con lo dicho anteriormente, en cuanto a la incorporación del dinero a un bien determinado, Gesell enseña magistralmente la tercera regla de oro del dinero: “cualquier material puede ser monetizado”. Sí, incluso las boñigas de vaca. Sé que esto significará un duro golpe para algunos. Lo digo porque suelo encontrarme, en innumerables foros, con partidarios de lo que Keynes llamaba “la reliquia bárbara”, esto es, del patrón oro, que por lo visto solucionaría todos nuestros problemas. El oro puede ser dinero, sí, y lo fue durante mucho tiempo, también la plata, el bronce, pero igualmente los papelitos filigranados con que hacemos la compra, o los bits de ordenador (dinero electrónico). Dinero es todo aquello que lleva el sello de la Autoridad (estatal o supraestatal) que convierte un material concreto, con ciertas condiciones, en medio de cambio. Por cierto que dicho acto (de plena autoridad en el más estricto sentido de la palabra, en cuanto decisión política de trascendencia pública) supone de inmediato un aumento de valor del bien monetizado, lo que nos ilustra muy claramente sobre la clara diferencia entre el dinero y el material al que se incorpora. Gesell explica como cuando la plata dejó de ser dinero legal en Alemania su valor bajo considerablemente.

El problema, desde este nuevo punto de vista, no es ya que es realmente el dinero, básicamente ya se ha explicado, sino qué material es el más conveniente para hacer dinero. Pues depende. En una sociedad en expansión exponencial, el oro es el peor dinero que existe, por la sencilla razón de que es un metal escaso, y rápidamente cercenaría las posibilidades de crecimiento. Esto creo que lo pueden entender incluso los tierraplanistas del patrón oro. Gesell cuenta como las épocas de expansión, en sociedades con masa monetaria basada en el oro, traían inmediatamente la deflación y la crisis. ¿El motivo? El comerciante de una sociedad dinámica y rica, que ve que las cosas le van bien, empieza a adquirir productos suntuarios. Por ejemplo, le compra un collar de oro a su mujer. Acude al orfebre, éste acepta el encargo y ¿de donde saca el material para hacer la joya? Pues sencillamente funde monedas, con lo cual detrae capital circulante, y por tanto el medio a través del cual se intercambiaban los bienes y servicios que generaban la riqueza de su cliente, quien pronto empezará a tener problemas de pagos, y puede que finalmente deba desistir de la compra del precioso collar que había encargado. Y así comienza la pendiente de la deflación, y de la crisis. Lo diremos más claro. Como dinero, el oro es de lo peor que hay. De hecho su escasez durante el mundo grecorromano llevó a éste al colapso, pese a que entonces no existía un problema generalizado de falta de recursos.

blog.tempsdeluxe.es
Durante las últimas décadas hemos utilizado el mejor dinero que requería nuestro crecimiento exponencial, el papel, y el crédito, que nadie puede sustraer de la circulación para hacer collares, o cualquier objeto de valor, por la sencilla razón de que no valen nada. Así, con la ayuda de los combustibles fósiles, que nos suministraban energía barata, y permitían extraer y fundir metales, especialmente el hierro, que a su vez servía para horadar el subsuelo, en busca de nuevas riquezas físicas y energéticas, crear estructuras enormes, así como realizar espectaculares desplazamientos, al servicio del sistema de acumulación consumista irracional, hemos depredado el planeta entero, generando en todos sus rincones una avidez tremenda por el símbolo de la opulencia, el dinero, que como ya sabemos no es riqueza en sí mismo, y su valor proviene enteramente de aquello que simboliza y se espera adquirir con él.

Sin embargo la llegada del cenit de producción petrolífera, y de otras muchas materias primas, está ya cambiando las reglas del juego, como nos demuestra esta singular crisis que hace ya siete años que padecemos y que nadie sabe o se atreve a explicar claramente de donde viene y hacia donde nos conduce. Antes de entrar en esta materia explicaremos porque nuestro eficacísimo dinero de los últimos lustros ni siquiera ha existido realmente, y nos hemos dejado la piel, ya no por las estampitas del célebre timo, sino por simples números que aparecían en una pantalla de ordenador, generados por impulsos eléctricos. Ello nos llevara a una somera explicación, hay muchas en la red, sobre el sistema bancario de reserva fraccionaria.

En la Italia del Renacimiento, algunos banqueros, depositarios de ciertas cantidades de metales preciosos, empezaron a librar efectos mercantiles a sus clientes para que, en lugar de trasladar sus riquezas materiales físicamente, lo que conllevaba un evidente peligro, movieran pagarés y letras bancarias (dinero fiduciario). Sin embargo estos avispados financieros pronto descubrieron que sus clientes no movían normalmente más que el 10 por ciento de los depósitos que realizaban, y como prestaban con interés y, lógicamente, cuanto más capital prestado más retorno de réditos, empezaron a librar títulos valores por valor de hasta 9 veces el capital que tenían en depósito. Así recaudaban ingentes cantidades de intereses, y nadie se daba cuenta de la superchería, puesto que los depositantes no iban a sacar todo su capital de una vez. Este sistema aumentó, lógicamente, de forma exponencial la masa monetaria, y generó un intenso crecimiento económico, pero abrió la puerta que pronto nos va a conducir a la quiebra del sistema monetario y a la catástrofe.

Con el tiempo, los bancos adoptaron abiertamente, con el beneplácito del poder público, el sistema de reserva fraccionaria. La estafa, ahora, era legal, y así la mayor parte del dinero en circulación pasó a ser meramente deuda, de manera que si se pagaran mañana mismo todas las deudas en curso, pues dejaría prácticamente de haber dinero. Esto tiene relación con la fase de la crisis en la que nos encontramos, pero entrar en el tema daría materia para otro post. Es mejor que de momento nos centremos en lo más importante que, además, y no por mera coincidencia, es lo más “peliagudo”.

En teoría la creación de dinero debería ser una prerrogativa de los poderes públicos, al menos, si no en cuanto al que se crea por reserva fraccionaria, sí en cuanto al llamado strong money, esto es, dinero directamente creado sin relación a una deuda. Ello traería grandes beneficios a los ciudadanos. Si una sociedad crece, pongamos, en un año un tres por ciento, ello quiere decir que necesita una cantidad equivalente de circulante que puede crearse de la nada, sin causar inflación. ¿Se dan cuenta de lo que digo? El Estado, hoy endeudadísimo y pendiente de primas de riesgo, en estas condiciones, contaría con un tres por ciento de la riqueza del país en efectivo sin cobrar un solo impuesto. Pero algo ha ocurrido para que las cosas no funcionen exactamente así, esto es, de la manera más lógica y adecuada a la utilidad pública (¿será porque hay a quién nuestros intereses le importan una higa?). Desde ya el siglo XVIII, a causa del control de los estados por minorías de gran poder financiero, se extendió la política de delegar la creación de dinero a instituciones bancarias privadas. Ello a pesar de que tales prácticas resultaban, de facto, inconstitucionales en algunos países. Asi la sección 8 de la Constitución de los Estados Unidos de América reserva al Congreso la facultad “de emitir dinero y regular su valor”, función pública, y por tanto indelegable, al menos a entidades privadas.

lavozdebida.wordpress.com
Podríamos pensar que haya habido algún líder político que no aceptara tener que pedir dinero a las corporaciones bancarias, y decidiera crear dinero, en uso de las facultades inherentes a su cargo, para atender los gastos públicos corrientes sin tener que expoliar a sus conciudadanos. Y en efecto, esto ha ocurrido, en los Estados Unidos de América, ya que hemos hablado de este país, en dos ocasiones:

- durante la guerra civil americana Abraham Lincoln se negó a pagar los intereses que le exigían los banqueros de Nueva York (un insignificante 36 %) y creó dinero utilizando las prerrogativas constitucionales (greenbacks, billetes de reverso en tinta verde).

- durante los años 60 del pasado siglo, John F. Kennedy, asesorado por su Interventor de Circulante, James Saxon, comprendió la estafa que se perpetraba contra el pueblo americano y dictó la orden ejecutiva 11110, permitiendo expedir dinero libre de interés sobre las reservas de plata del Tesoro.


Nótese que ambos acabaron igual, cosidos a balazos. Pero no de cualquier manera. Quiero decir, podían haberlos envenenado, y la cosa habría resultado mucho más discreta. No se quiso así. Fueron asesinados en público, el último ante una cámara, manejada probablemente por uno de los conspiradores. ¿Para qué? Como aviso. Para mostrar al mundo, o al menos a sus sucesores en el cargo, lo que cuesta enfrentarse a los amos (y son tan astutos que emitieron moneda de la Reserva Federal, pool de bancos privados, con el rostro del Presidente asesinado, para hacer olvidar el “dinero Kennedy”, de sello rojo, muy difícil de encontrar, porque la emisión fue inmediatamente retirada tras el magnicidio). Por eso digo que el tema es peligroso. Todo lo que se acerca demasiado a la fuente del poder real, siempre lo es.

www.sanmarcossucre.com
Durante las décadas de petróleo barato, los plutócratas dueños del sistema han creado dinero a espuertas y, por supuesto, se han quedado gran parte, atrincherados en sus Consejos de Administración, riéndose de los accionistas, cobrando jubilaciones millonarias, indemnizaciones por “despido” pactadas consigo mismos (que me dejen a mí decidir lo que me tienen que pagar cuando me echen), así como comisiones suculentas por operaciones absurdas que no tenían otra finalidad que ampliar sus patrimonios particulares (la última conocida la del City National Bank of Florida por Caja Madrid, aunque ya hemos visto lo que dura un banquero en la cárcel).

Pero tienen mejor información que nosotros, y saben que los tiempos están cambiando. Y no precisamente porque las masas aborregadas, siempre comprables a bajo precio y asustadizas, se les vayan a rebelar (la rebelión siempre surge en minorías valerosas, cuando no de oscuras conspiraciones, por definición mucho más minoritarias, aunque nos hayan vendido otra cosa), sino porque los recursos del planeta se están agotando, y el dinero, recordemos, símbolo pero no riqueza, pronto no tendrá base sobre la que sustentarse. Años de creación de moneda ficticia han llevado a que se necesiten 15 planetas Tierra, a precios actuales, para mantener su poder adquisitivo. Así que toca deflación, apretarse el cinturón, recortes, un ratito, para que no se note que algo nuevo e inusitado está ocurriendo, y que los billetes y sus sucedáneos (acciones, derechos de adquisición preferente, derivados financieros,…) pronto no valdrán nada, y así nuestros diligentes multimillonarios se puedan ir desprendiendo de ellos poco a poco, para ir adquiriendo activos tangibles.

Pero al final, cuando empiece a quedar claro que el crecimiento ha terminado para siempre, que la deuda no se pagará, y que el efectivo es humo, la pirámide de liquidez saldrá de golpe a escena, desde los paraísos fiscales donde se esconde, y habremos llegado a nuestro inexorable destino final, la hiperinflación, que destruirá definitivamente nuestro sistema monetario, basado en la creación de dinero de la nada, a costa del endeudamiento de generaciones futuras y la esclavización de multitudes alienadas por el consumismo, para el exclusivo beneficio de unos pocos. Cuando esto ocurra, ignoro los plazos, depende de múltiples factores y decisiones políticas, ya nada será igual. ¿Estamos preparados?

Saludos,

Calícrates

viernes, 10 de mayo de 2013

Lechugas en la terraza



www.cosladajoven.net

Ante la creciente escasez de recursos energéticos, y el acongojante panorama que nos acecha, a no tardar más allá de los años 20 (de este siglo), que pueden llegar a suponer la penuria alimentaria, incluso en países del primer mundo, circulan por la red algunas soluciones que yo llamaría “localistas”, en el sentido de que todos nos vamos a ir a un pueblo a cultivar unas fanegas de tierra, coger aceitunas y agua de las fuentes, para sobrevivir.

Un panorama de estas características ha dado alas a la imaginación de algunos Robinsones modernos, que ya se ven sobreviviendo en una granja alejada, rodeados de un mundo famélico en vías de extinción. Pero creo que no han pensado en todas las consecuencias de una situación como la que estudiamos. En el mundo laboral y social que frecuento planteo en ocasiones que nos podemos ver justos de alimentos, y me encuentro con expresiones de lo más ingenuo, más o menos de este cariz: “tengo una finca con almendros en Mallorca”, o “poseo campos en Tortosa”. Ambas localizaciones geográficas son reales, derivadas de conversaciones que he mantenido con personas que viven... en Tarragona capital. Ya hay algo que falla. ¿De verdad creen que van a encontrar alimento en sus propiedades, en una situación de hambre generalizada, desplazándose a aquéllas los fines de semana y las fiestas de guardar? Evidentemente, si llega el caso, tendrán que estar al pié del cañón. Y algo más. Si la situación llega a ser verdaderamente angustiosa, ni tan siquiera su presencia física en la finca va a disuadir a los famélicos asaltantes. Tendrán que defender las judías manu militari (y a las dos personas de las que hablo no las veo con un Mauser en las manos). Pero es que además, esta defensa con uñas y dientes deberá ser ininterrumpida. El enemigo no te va a dar tregua por la noche para que duermas apaciblemente y estés fresco por la mañana para dispararle. Habrá que estar montando guardia día y noche, lo que exigirá de colaboradores con los que, claro, habrás que compartir las almendras y las coliflores. La cosa ya se pone más complicada.

Pero dejemos de imaginar y volvamos a la realidad. No digo que el panorama indicado no sea factible, cuando la quiebra civilizatoria alcance determinado un determinado nivel de gravedad, que sin duda alcanzará. Pero, a mi modo de ver, esto ocurrirá a partir de finales del presente siglo, cuando los que ahora estamos en la edad madura, evidentemente ya no recalemos en estos lares.

Entretanto, y mientras pueda sostenerse a base de recortes, guerras y mentiras, el sistema se mantendrá más o menos incólume, y por tanto, no temáis, continuaremos habitando nuestras insalubres ciudades. Os preguntaréis porqué estoy tan seguro de este extremo. Es muy sencillo. el localismo no interesa al establisment, porque perdería poder. ¿Que órdenes puedes dar, que leyes puedes imponer, y que impuestos puedes cobrar a quien se va a un poblado a recoger avellanas y vivir del trueque?

Es libre quien controla sus medios de subsistencia. Y es un esclavo, por mucho que crea otra cosa, quien depende para subsistir de complicados mecanismos de distribución económica. Por ello se promovió, desde ya finales del siglo XIX, la transferencia masiva de población a zonas urbanas, que ha culminado con éxito en los espeluznantes tiempos que vivimos, en que uno de cada dos habitantes del planeta reside en ciudades.
blogdegeografiadejuan.blogspot.com

El poder se basa en la extensión del espectro de control. ¿Porqué un presidente de gobierno tiene más poder que el de un club de fútbol, aunque sea de primera división? Pues porque su espectro de control es mucho más amplio, en ámbito territorial, poblacional y competencial. Por cierto, el mantenimiento de espectros de control amplios exige unas enormes cantidades de energía, el decrecimiento de las cuales fue el causante, en el pasado, del colapso de prácticamente todas las civilizaciones que nos han precedido.

En efecto, pongamos la localidad de la costa catalana donde vivo. Es obvio que podría autorregularse a nivel local, en términos de muy escaso coste energético. Sin embargo formamos parte de un estado que puede calificarse como mediano, en términos europeos, pero que supera en mucho el horizonte de los pequeños valles costeros que observo desde mi ventana. Tenemos una ciudad capital, situada a unos seiscientos kilómetros de aquí, a la cual reportan nuestras autoridades civiles, militares, judiciales, e incluso eclesiásticas, lo que supone continuas comunicaciones, e incluso desplazamientos puntuales para asistir a reuniones de trabajo, conferencias, o recepciones de protocolo. Existen además ciertos escalones intermedios, a los cuales también es preciso reportar, derivados de la concurrencia de diversos niveles administrativos (local, comarcal, provincial, autonómico). Por último, incluso los organismos estatales, tienen a su vez que reportar a entidades supranacionales (Bruselas, ya que hemos hablado de la iglesia, Roma, Estrasburgo, La Haya, Nueva York, etc...).

En definitiva, vivir en sociedad, dentro de una entidad que denominamos civilización, supone un enorme dispendio de energía. Hay quien cree que estas organizaciones, que superan con mucho el ámbito local donde habitualmente se mueve el individuo (nacionales, estatales y supraestatales), pues tienen su razón de ser y su utilidad. Lo diré muy claro. Yo no lo creo en absoluto. Si observamos atentamente, nuestras necesidades básicas estarían perfectamente cubiertas a nivel local, y requerirían de muy escasos y casi nominales estructuras algo más amplias. Es lo que ocurría en la Edad Media, en que el campesino conocía y veía a su señor feudal, y la autoridad del Rey, no digamos del Emperador, era meramente institucional y teórica.

De todo ello debemos concluir que esta sociedad en la que vivimos gasta cantidades ingentes de dinero, esto es, de recursos y energía, en mantener unas estructuras de poder, o por utilizar la nomenclatura antes vista, unos espectros de control, que sólo interesan a los que los detentan y usufructúan. Es como si viviéramos con una colonia de vampiros sobre nuestras cabezas, chupándonos la sangre y la energía, y diciéndonos constantemente que es por nuestro bien.

De lo que llevamos dicho podemos concluir, que el sistema se sirve a sí mismo, y no a nosotros como ciudadanos, y que va a hacer lo que sea necesario por sobrevivir, y para que no veamos la absoluta inutilidad de las estructuras que soportamos estoicamente. Esto no quiere decir, digámoslo todo, que a corto plazo el debilitamiento y destrucción de dichas estructuras no nos cause más de un quebradero de cabeza. Mientras habitemos zonas urbanas requeriremos de suministro en supermercados, carburante para desplazarnos, servicios sociales, sanitarios (los que vayan quedando), de infraestructura y saneamiento, provisión de agua y electricidad,... Y esto nos lo proporciona la estructura política y económica en la que estamos integrados, porque así se ha querido, no porque tenga que ser así necesariamente.

Lo dicho es aplicable a otras civilizaciones y otras épocas. El mundo mediterráneo no necesitaba a la Roma clásica, sino ésta al área geográfica que puso a su servicio, generando un tráfico mercantil dirigido a la metrópoli que drenaba una cantidad de recursos inmensa de todas las provincias del imperio. El espectro de control del emperador romano era tremendamente exigente en energía, pues requería el mantenimiento de comunicaciones a lo largo de líneas de suministro de más de cuatro mil kilómetros. Además durante el período invernal, debido a las condiciones climatológicas y de morfología costera, las comunicaciones entre la parte occidental y oriental del imperio quedaban prácticamente cortadas (lo que a la larga contribuyó a la diferenciación de dos estructuras políticas diferentes).

es.wikipedia.org


Otro tanto ocurre ahora. El mantenimiento de nuestros estados-nación (o plurinacionales), estructuras globales regionales, y organizaciones planetarias (humanitarias o no) requiere de inmensas cantidades de energía, que pronto no van a encontrarse disponibles. Pienso que el uso y divulgación de Internet, tiene precisamente por objeto evitar el derrumbamiento del sistema de comunicaciones global. Antes el correo exigía papel y desplazamiento físico. Ahora es electrónico. Si teníamos una reunión en Singapur, pues había que coger un avión, y emprender un largo desplazamiento energívoro. Ahora se puede hacer por Skype. No es que la red sea irrelevante en términos de energía consumida. Los servidores consumen mucha electricidad. Pero desde luego es cierto que ahorran desplazamientos y permiten una intercomunicación global en términos bastante asequibles, desde el punto de vista energético.

El problema es que la electricidad, aunque no es lo que más nos faltará a corto plazo, tiene unas expensas de distribución que también se harán inasumibles en una sociedad escasa de combustibles fósiles. Pensemos, y con esto creo que lo decimos todo, que muchas torretas de alta tensión deben ser limpiadas con helicópteros. El sistema eléctrico, ante la escasez de combustible y de capitales para su renovación, también se hará inestable. Ya ocurrió en California, por diversos motivos, entre otros la falta de inversiones necesarias para la renovación de equipos obsoletos, la pasada década.

De lo que llevamos visto, lo que podríamos llamar los “poderes fácticos”, cuando la cosa se ponga fea, darán prioridad, de los cuatro modelos propuestos por Richard Heinberg y examinados en un post anterior, a la llamado provisión centralizada de servicios básicos. Pero este sistema de distribución, ya lo dijimos, requiere de reformas políticas de calado, o mejor dicho, de un vuelco total en el esquema institucional de Occidente.

Saludos,

Calícrates

domingo, 5 de mayo de 2013

Activos y pasivos

www.fondos10.net
Nuestra nueva e inquietante situación, de la tan pocos son conscientes aunque la padezcan a diario, derivada de la imposibilidad de continuar incrementando la producción de petróleo, que pronto, además, empezará su curva declinante, nos supone replantearnos viejos axiomas económicos que ha tiempo creíamos superados. Entre ellos uno tan simple como lo que es un activo y lo que es un pasivo.

Aunque aparentemente la cuestión es clara, puede que resulte algo más compleja, mirada más de cerca. Para estudiar el tema recomiendo vivamente los libros del escritor americano de origen japonés Robert Kiyosaki, cuya lectura me ha supuesto una gran ayuda en la gestión de mi patrimonio, y a quien me hubiera gustado descubrir antes, pues entonces, tal vez, en lugar de solamente salvar los muebles, ahora sería millonario como él.

Es muy fácil. Un activo es todo aquello que mete dinero en tu bolsillo, y un pasivo lo que lo saca, lo que te detrae liquidez. De aquí resulta una regla de oro en materia de gestión empresarial que es conocida por el acrónimo C.F.I.M.I.T.Y.M, “Cash Flow is more important than your mother”, ósea, que el flujo de caja es más importante que tu madre. Lo que queda en tu cuenta bancaria, la diferencia entre ingresos y gastos de explotación, es la clave de un negocio, la liquidez, que proporciona flexibilidad y pegada a tu empresa, te ayuda a sobrevivir en períodos complicados, te evita pedir favores, ponerte de rodillas, pasar nervios por falta de efectivo, y lo que es más importante, pedir prestado en exceso y, por tanto, apalancarte demasiado.

Así pues, un patrimonio bien gestionado requiere de abundantes activos que supongan ingresos permanentes en tus arcas, y la minimización de los pasivos, esto es, de los gastos, ligados o no a la obtención de los mencionados ingresos. Es conveniente, además, que los activos que forman parte de tu patrimonio no te exijan una dedicación constante, como por ejemplo, el activo consistente en tener un trabajo asalariado. Los activos más valiosos generan rentas sin necesidad de que tengas que estar diez horas en una oficina, dejándote los dientes delante de un ordenador y aguantando a un jefe maleducado. Y los activos invaluables te producen generosos réditos regulares sin prácticamente esfuerzo alguno.

Una idea imperante entre quienes quieren saber de gestión económica y no saben, espécimen bastante abundante, incluso con opinión autorizada en páginas de color salmón, es pensar que endeudarse es siempre algo negativo. Depende de la naturaleza de la deuda y la rentabilidad del activo que hayas adquirido con ella. Eso sí, si el importe de la deuda se destinó a adquirir un pasivo, y no digamos un pasivo oneroso y superfluo, efectivamente su asunción constituye una grave estupidez.

Otra gran dificultad, que surge para muchos, proviene de su imposibilidad de comprender la diferencia entre un ingreso corriente y uno extraordinario derivado de la disposición de un inmovilizado. Vayamos a un ejemplo. Tengo una tienda de zapatos que me produce ciertos beneficios regulares. Pero me he cansado de su gestión, porque no tengo un administrador eficiente, y su control me ocupa demasiado tiempo, que rentabilizaría mejor en otros menesteres, así que decido vender el negocio. Ello me supondrá un ingreso, que no proviene de la operación ordinaria del activo, sino de su venta. Este ingreso, por su propia naturaleza, será puntual y único, y producirá el efecto de que el activo que poseía ya no me rinda nuevos beneficios, pues ha sido adquirido por un tercero, para el que los producirá en el futuro, en cuyo caso seguirá siendo un activo, o al que generará pérdidas, en cuyo caso habrá dejado de serlo, y se habrá transformado en un pasivo.

Desde este punto de vista, adecuadamente comprendido, observaremos que muchos elementos que siempre hemos considerados activos no lo eran en absoluto. Y me ocuparé especialmente de uno de muy rigurosa actualidad, como son los bienes inmuebles que tenemos en propiedad. Es cierto que un inmueble puede ser un activo, y por cierto que muy rentable. Un patrimonio inmobiliario adecuadamente arrendado y gestionado es un activo de notable calidad. Pero sabemos que muchas personas consideran un piso o un local un activo por el solo hecho de obrar en su patrimonio, lo que, a tenor de lo explicado, no es cierto.

La titularidad de un inmueble es objeto de un intenso maltrato fiscal, con fuego cruzado. De hecho, la normativa del impuesto sobre la renta presume que generan réditos, aunque no lo hagan, salvo el domicilio habitual, en lo que constituye una burla más de nuestro sistema tributario hacia el sufrido contribuyente. Pero hay otros tributos. Alguien me ha comentado recientemente que el Impuesto de Bienes Inmuebles había subido en su municipio casi un 50 por ciento para el ejercicio 2013. Hay que pagar la tasa de recogida de basura, los gastos de comunidad, y mínimos de agua y electricidad, aunque el inmueble no esté habitado. Por cierto que algunos de los servicios mencionados tienen un fuerte componente energético y están subiendo de forma exorbitante. En definitiva, un piso en España genera unos gastos medios de 1.500 euros al año. ¿Por qué entonces considerábamos nuestros inmuebles un activo? Por lo que antes mencionábamos. Por nuestra imposibilidad de distinguir entre los ingresos corrientes y los extraordinarios de enajenación de capital.

Antes disponíamos de energía, crecíamos, fluía el crédito, y por lo tanto había liquidez. Por todo ello, los pisos se vendían y, salvo períodos muy puntuales, subían de precio, al menos al ritmo de la inflación rampante. Por ello los conservábamos resignadamente en nuestro patrimonio a la espera de una venta futura, que cubriría los gastos de adquisición y las penosas derramas de su mantenimiento.

Pero ahora las reglas han cambiado. Hemos sobrepasado el cenit de producción de petróleo. Cada vez nuestras disponibilidades energéticas serán más exiguas. No volverá el crecimiento. Y por todo ello, como ya se ha explicado en post anteriores, tampoco lo hará el crédito, salvo para el que probablemente no lo necesite. La compra de un inmueble es un gasto importante y, normalmente, necesita ser financiada. Pero es que, aunque tengas un amigo en el banco y te concedan el crédito, con más de seis millones de parados, ¿quien es el guapo que se mete en una hipoteca a treinta años? El próximo puedes ser tú. Además, en los años de la burbuja, y antes, se construyó sin control, por lo que existe exceso de oferta. Y para colmo perdemos población, por lo que cada vez se necesitarán menos viviendas. Los que vinieron huyen en busca de nuevos paraísos económicos, cada vez más escasos, y los de aquí se apuntan a la “movilidad exterior”, léase exilio económico. Entre los que no tienen otra que quedarse, muchos ya no pueden permitirse vivir independientemente y, agobiados por el desempleo y las necesidades financieras, vuelven a casa de sus padres, o comparten piso. Con estas duras realidades sobre la mesa no hace falta tener el Nóbel de Economía para saber que los precios continuaran su descenso, y esta deflación constante de nuestros “activos inmobiliarios” constituye un factor más que disuade de la compra (ya sabéis, la pescadilla). Seamos claros. Esta crisis no acabará nunca, y el precio de los inmuebles no dejará de bajar tampoco, en términos reales. Nuestras casas vacías e invendibles ya no son un activo, sino un pasivo, y para algunos un auténtico baldón, difícil de solucionar. Estoy generalizando. No es lo mismo un piso bien situado en una gran ciudad, que un apartamento de segunda residencia en una playa perdida, convertida por nuestro maravilloso boom inmobiliario en un paredón de cemento. Pero estas son las tendencias.

Siempre cabe la solución de alquilar. Pero si todos pensamos lo mismo, a la vez, pues bajarán los precios del arriendo, ya lo están haciendo. Además, el alquiler comporta riesgos importantes al propietario, porque el inquilino puede dejar de pagar y destrozarte el piso. ¿Cuál es la solución? Se publicó un post en el blog The Oil Crash titulado “Preparando la transición: qué hacemos con los coches”. Pues bien. ¿Qué hacer con los pisos? Un coche siempre lo puedes llevar a un Centro Autorizado de Tratamiento (desguace), y luego darlo de baja en Tráfico, para dejar de pagar impuestos, ITVs, reparaciones, gasolina, etc… Pero ¿y un piso, o un local de negocio?

Si un inmueble fuera como un trofeo de caza, un recuerdo de un viaje a la india, o tu libro favorito, esto es, algo que dejas en un rincón y no pide pan, ni te origina gastos, pues no pasaría nada. Pero ¿qué vale un piso o un local que no se vende, ni se alquila, y te genera unos costes anuales que se comen su valor decreciente en períodos de tiempo relativamente corto? Seamos claros, probablemente, nada. Sí, lo que acabáis de oír. Ni un euro.

Así las cosas, podrías plantearte regalarlo, y librarte de gastos inútiles, pero no es tan fácil. Si está hipotecado el banco no te lo permitirá. Si está libre de cargas la cuestión tampoco es sencilla. Se consideraría una donación, y entre personas que no son parientes próximos, con lo que la operación se encontraría severamente gravada. Si vendes por precio simbólico surge el problema enunciado más arriba, y además hay que tener en cuenta que los inmuebles tienen un valor fiscal, o lo que es lo mismo, un precio mínimo de venta, con lo que, comunicada a la Agencia Tributaria una enajenación por debajo aquél, por si te faltaba algo, te cae encima la inspección de hacienda. No puedes abandonarlo, ni tiene sentido destruirlo, ni quemarlo, pues siempre tendrá un número como finca catastral y registral, porque no se puede “dar de baja”, y además, si causas daños a inmuebles colindantes te pueden exigir responsabilidades.

En último caso la solución es dejar de pagar. Pero la corporación municipal te exigirá los impuestos atrasados en vía de apremio. La comunidad te demandará en procedimiento monitorio, y aunque no te encuentren en la vivienda, puede abrirse la vía ejecutiva mediante la dudosamente constitucional notificación edictal. Tal vez se te ocurra poner tu dinero en el banco a nombre de un tercero de tu confianza, o de una sociedad controlada por ti, aunque siempre te pueden detraer una parte proporcional del sueldo, si alcanza la cuantía suficiente, por lo que te pasará por la cabeza la idea de pasarte a la economía sumergida. Y sobre todo no generes devolución en renta, porque no la verás. En definitiva, te habrás convertido en una versión postmoderna de aquél entrañable personaje de la serie televisiva, popular en los años sesenta, “El fugitivo”.

Se trata de una dramatización, es evidente. Pero recordemos que lo peor está aún por llegar. Los propietarios romanos de los tiempos de la decadencia del Imperio abandonaban sus inmuebles para no pagar más impuestos. Claro que entonces no existía la informática, y aún podías escapar a los bosques de Germania, a sobrevivir comiendo bayas silvestres. Esta posibilidad ya no existe. Estamos acorralados.

Por otra parte, la continua depreciación de nuestros inmuebles provoca otro problema, que puede acabar de socavar nuestras castigadas finanzas públicas. Existe un tributo, de gestión municipal, que lleva el ostentoso nombre de “Impuesto sobre el Incremento del Valor de los Terrenos de Naturaleza Urbana”. En los tiempos que corren, todo un sarcasmo. Y nos lo parecerá todavía más si estudiamos detenidamente su contenido, puesto que grava, con unos coeficientes anualmente crecientes, hasta un máximo de veinte años de tenencia en el patrimonio, el valor catastral del inmueble, y es absolutamente independiente del precio que haya tenido la transacción. En estas condiciones, es posible que la venta de un piso o local, cada vez ocurre más, se haga en pérdidas, y sin embargo el sufrido transmitente haya de pagar tres mil o cuatro mil euros en concepto de “plusvalía”, esto es, por si aún no tenías bastante, tirón de orejas. En el actual contexto económico el tributo indicado resulta claramente confiscatorio, y contrario a la letra del artículo 31 de la C.E. No resultaría extraño que se acabara planteando una cuestión de constitucionalidad contra su normativa reguladora, los artículos 104 a 110 de la TRLRHL, que pondría en graves aprietos al Tribunal Constitucional, y caso de ser estimada, terminaría de llevar a nuestros quebrados ayuntamientos al fondo del abismo. Observamos, una vez más, que los efectos de la disponibilidad decreciente de energía son no lineales, y que al sistema, como al enfermo grave, no se sabe nunca de donde le puede venir el siguiente achaque. Además de que a perro flaco, todo son pulgas.

Saludos,

Calícrates