sábado, 30 de noviembre de 2013

Vuelta al fracking



ecocosas.com

Sí, Daniel Lacalle lo ha vuelto a hacer. Mira que después del post que le dediqué, donde me limité a cuestionar, con enorme ironía, sus irredentas tendencias miltonianas, sin hacer alusión alguna, caritativamente, a su encendida defensa del fracking, fácilmente desmontable. Pues vuelve a la carga con la cantinela. Todo lo cual es especialmente penoso, pues estamos hablando de uno de los pocos economistas que comprende que sin energía barata, que no está ni se la espera, no es posible volver a poner en marcha el tractor del crecimiento (bulldozer más bien), y que escribe en uno de los pocos diarios digitales de importante difusión que nos ha deparado más de una sorpresa agradable a los peakoilers.

A pesar de todo lo cual probablemente no le hubiera dedicado más atención, salvo la siempre atenta lectura de sus interesantes artículos, pues al oponente teórico le tienes que prestar más interés que al aliado, de quien, en principio, no hay que esperar “fuego amigo” y que ya sabes el pié del que cojea.

Pero me veo obligado a hacerlo porque, si no fuera por mi sempiterna modestia, diría, que no lo digo, pues que tengo la impresión de que me ha leído. Bueno, ya lo he hecho. El caso es que ciertas alusiones a los “cazadores de Unicornios” y sobre todo a “que va a nacer el hijo del Diablo”, me hacen pensar que he merecido su interés, pues soy uno de los pocos aficionados al tema del colapso energético que ha intentado, con más o menos éxito, ligar las previsiones sobre los tiempos que nos esperan con ciertos conocimientos metafísicos (diría esotéricos si no fuera por la tremenda distorsión comercial de la palabra), en torno a la denominada “teoría de los ciclos cósmicos”.

Bien, sea así o no, voy a volver a hacer un favor al Sr. Lacalle. Voy a pensar, a pesar de lo que sugiere su nota autobiográfica en cabecera de artículo, que no tiene ningún vínculo, ni interés personal o profesional, que le obligue a defender lo indefendible, y que verdaderamente cree, debido a su ingobernable optimismo y a sus congénitas tendencias cornucopianas, que el fracking nos arrastrará por un torbellino de abundancia energética que permitirá al BAU estar operativo por los siglos de los siglos, hasta que nuestro sistema solar estalle para transformarse en una enana roja, o en un agujero negro, o ambas cosas sucesivamente, que como soy de letras no recuerdo el orden.

De todas formas, es muy fácil comprobar quien tiene razón en todo este asunto. Si el fracking es lo que me parece que es, una burbuja promovida por los colegas del Sr. Lacalle en Wall Street, basta esperar a que pinche (nunca duran mucho) para saber si efectivamente estamos en lo cierto sus detractores o sus incondicionales.

Aunque tal vez no haga falta esperar tanto. Los métodos del fracking no sólo son extraordinariamente agresivos para el medio ambiente, también son bastante caros, en términos económicos y, sobre todo, energéticos. De hecho, si la mencionada aberración extractiva se ha puesto recientemente de moda ha sido gracias a los inalcanzables precios del crudo. Sr. Lacalle, a quien como economista supongo al tanto de conceptos básicos como el de la utilidad marginal, o de los materiales sustitutivos, si no estuviéramos realmente en serios apuros energéticos ¿cree Vd. que se hubiera puesto en marcha un procedimiento de extracción de gas y petróleo caro, que tantos problemas geológicos y ambientales ocasiona, y tanta contestación social está mereciendo en las calles? ¿Por qué no se había recurrido antes a tales procedimientos, si eran la solución a todas nuestras cuitas?

Estoy seguro de que, sin mencionar este minoritario blog, pues no necesito publicidad, me dará cumplida respuesta a estos interrogantes en un próximo trabajo, que leeré, una vez más, ávidamente. Si no es así, pues esperemos al estallido final de la burbuja. No le queda mucho. Ese sí, le sugiero que mantenga a su selecta cartera de clientes fuera de posiciones donde, como se dice en catalán, “se pueden coger los dedos”.

Saludos,

Calícrates

viernes, 29 de noviembre de 2013

Declaración institucional


www.ayuntamiento.es
Todas las televisiones públicas estatales se disponen a transmitir un mensaje institucional del Presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy. Hace su aparición en pantalla, sobre un fondo azul tachonado de estrellas.

Ciudadanos de Europa, tengo algo importante que comunicaros. El petróleo extraído de pozos convencionales llegó a su cenit de producción en el año 2006. Desde entonces declina con un ritmo del 3% anual, que últimamente da signos de agudizarse hasta un 5%. Esto quiere decir que hemos agotado el petróleo de más fácil extracción, por lo que queda el más complicado de obtener, situado en lugares poco accesibles o políticamente complicados. Para mantener la producción nominal de petróleo y derivados al alza hemos recurrido a ciertos sucedáneos, como la explotación de petróleo de esquisto, de pizarra, arenas bituminosas, o biocarburantes, que nos dejan un rédito energético mucho menor.

Podríamos pensar que se trata de una noticia banal, que no puede afectar grandemente a nuestras vidas. Pero no es así en absoluto. La moderna civilización urbana no puede sobrevivir sin los insumos energéticos provenientes del oro negro. Además, la misma producción y distribución alimentaria se encuentra amenazada. Y que decir del sistema financiero, que requiere para su supervivencia de crecimientos exponenciales del PIB, que lógicamente no podrán tener continuidad en el futuro a causa de la escasez energética. Las llamadas “energías renovables” se encuentran en pañales y, aunque no lo estuvieran, realmente no son sino extensiones de la potencia energética de los combustibles fósiles.

Aún tenemos bastante carbón, pero es muy contaminante, y acelerará el calentamiento global (que como vemos es el menor de nuestros problemas), la afectación geológica derivada de la minería intensiva y la lluvia ácida. También tenemos gas, pero no sirve para nuestras necesidades de transporte, y su distribución presenta graves problemas. Aparte de que tampoco está muy lejos de su pico de producción.

En fin, me veo en la penosa obligación de transmitiros que, en realidad, la crisis del año 2008 fue causada por los problemas de oferta de petróleo y el crecimiento desbocado de la demanda, que llevaron el precio del crudo a un nivel absolutamente inasumible para el sistema productivo, lo que se tradujo en una recesión en toda regla, que causó un aumento exponencial del desempleo, redujo la renta disponible de los ciudadanos y los ingresos fiscales, y puso al sistema financiero al borde del colapso, por lo que tuvimos que rescatar a los bancos con dinero público obtenido de nuevas emisiones de deuda, cerrándose así un círculo imposible que nos puso al borde del abismo. Y es que en realidad, el dinero que manejáis no son sino unidades de disposición energética, que no nos serán tan accesibles en los difíciles tiempos que nos esperan, o sí, pero a costa de perder prácticamente todo su valor, lo que no podemos permitir para que no descienda el poder adquisitivo de nuestros millonarios.

Claro, la crisis económica nos sirvió para enmascarar el serio problema energético, al detener bruscamente el incremento desmesurado de la demanda. Pero el empuje de las necesidades de los países emergentes, la lógica del sistema, así como los problemas de producción y el propio consumo de los países exportadores constituyen una amenaza cada vez más seria para la estabilidad del mercado mundial del crudo.

Esta es la razón por la que me dirijo a todos vosotros. Comprenderéis que nada volverá a ser igual. La situación de desaceleración o franco decaimiento económico ha venido para quedarse, y en estas condiciones tendremos que acostumbrarnos a vivir con elevadas tasas de paro, el estrangulamiento del crédito, los recortes de servicios básicos, la depreciación de salarios y prestaciones públicas, y el desmantelamiento gradual pero sostenido del denominado “estado del bienestar”.

La situación es especialmente preocupante aquí en Europa, ya que apenas producimos petróleo y lo consumimos en abundancia, por lo que dependemos de importaciones que cada vez serán más caras y escasas. Necesito del esfuerzo y la comprensión de todos vosotros. Nos encontramos ante una crisis de civilización. Si mantenemos la calma mejoraremos nuestras posibilidades de supervivencia.

Evidentemente tendremos que acostumbrarnos a importantes cambios. Empresas dedicadas a la producción y distribución de bienes básicos tendrán que ser nacionalizadas. También habrá de recurrirse al racionamiento. Se establecerá un sistema de cuotas de consumo energético para cada estado de la Unión, de obligado cumplimiento bajo amenaza de que el BCE no le mantenga el crédito y deje de comprar sus bonos de deuda. Y por supuesto habrá importantes cambios políticos. No se puede votar “por el crecimiento, el consumo exponencial, y el aumento del nivel de vida de los ciudadanos” porque tales posicionamientos serán una quimera. Así que si queréis seguir introduciendo papelitos en urnas tendrá que ser para temas menos escabrosos, como hacer un homenaje a la abuela que cumple cien años y sobrevive con una pensión de trescientos euros, poner una placa conmemorativa a un Alcalde menos corrupto de lo normal, o constituir asociaciones para la popularización de bailes regionales (siempre que no requieran de desplazamientos masivos de danzantes, porque la gasolina estará racionada).

Ciudadanos de Europa. Veo un futuro esperanzador, pero esencialmente distinto del presente. Necesito la ayuda de todos. Vuestro sacrificio no será en vano. Un saludo desde el pesebre de Bruselas (porque lo que no os digo es que los funcionarios de la Unión conservaremos íntegros sueldos y dietas, que tenemos mucho estrés).

¿Os imagináis una alocución de estas características? ¿Cuál sería nuestra reacción? ¿Iríamos corriendo a apagar las luces del salón, para contribuir al ahorro energético? ¿Escribiríamos un e-mail a nuestro jefe aceptando una reducción el sueldo del 25%, para poner nuestro granito de arena en la contención del consumo, que según a lo que os dediquéis puede enviaros pronto a la cola del paro? ¿Regalaríamos nuestro Mercedes clase C al primer pobre que encontráramos por al calle? O más bien venderíamos de inmediato las acciones que tuviéramos, sacaríamos el dinero del banco, compraríamos oro y alimentos y convertiríamos nuestra casa en un bunker, desempolvando el trabuco del abuelo, por lo que pudiera venir. Creo que más bien lo segundo que lo primero. ¿Entenderéis ahora porque el anterior discurso, fruto por supuesto de la imaginación de quien escribe, nunca va a producirse? Ni aquí ni en Washinton, donde están poco mejor que nosotros. Y de esta forma nuevamente se me produce una sensación ambivalente. Es duro reconocer que quienes nos engañan están cargados de razón. Incluso la estrategia parece que les funciona bien. La gente ya se ha acostumbrado a los recortes. Los que conservan su trabajo, tras sucesivas rebajas de sueldo, se sienten fuertes y privilegiados, y opinan que si hay parados es porque son todos unos vagos y quieren vivir del cuento. Y los que llevan más de dos años sin empleo, pues piensan que debe ser culpa suya, y que ya pasará esto, mientras van sobreviviendo como pueden (dicen que el consumo de pan no ha bajado con la crisis, claro, como que hay quien prácticamente no puede permitirse otra cosa). Sí, tal vez sea bueno que no nos cuenten la verdad, y quizás sea una grave estupidez divulgar el mensaje. Al fin y al cabo, si tu sabes y otros no, pues tienes más oportunidades que los demás. Por eso las escasas visitas de este blog me llenan de esperanza. Y a veces pienso que lo que debería hacer es cerrarlo.

Pero la pregunta del millón es la que sigue: ¿cuánto tiempo podrán seguir ocultando la verdad? El reciente informe de la AIE y los gráficos que oculta entre sus más de setecientas páginas no pueden ser más espeluznantes. Tal vez tengan razón los que opinan que al final sólo una guerra pueda servir para mantener a las masas en estado de desconexión con la realidad. ¿No sería normal el racionamiento, el descenso del nivel de vida y la militarización de la población en un contexto de conflicto internacional?

En fin, esta es una de tantas veces que espero equivocarme.

Un saludo,

Calícrates

domingo, 24 de noviembre de 2013

El ocaso de Occidente




rincondelvago.com

En “La tercera ola", Alvin Toffler, expresaba el deseo, más que la conclusión basada en hechos reales, de que humanidad comenzara a vivir cambios importantes. El autor barruntaba que, agotada la revolución industrial, se iniciaría la era de los negocios planetarios: fusión de empresas, asociaciones productivas para acometer grandes proyectos continentales de obras públicas y corporaciones funcionando a nivel global. Lo cierto es que 30 años después del lanzamiento de ese libro la especie humana ha ingresado en una tremenda confusión social, económica y financiera. El despilfarro ha acuñado definitivamente una nueva realidad que nos compromete a todos: la escasez de alimentos, las especulaciones (certezas) sobre el agotamiento del petróleo, así como de otros recursos energéticos, minerales e hídricos, nos señalan un futuro incierto, con la negra silueta de una guerra nunca vista, un verdadero Armageddon, pero sin misiles ni escudos balísticos, basada en la pura tecnología, al fondo del escenario. Y es que lo único que no parece estar agotándose en este fin de ciclo son las disputas por el control subterráneo del poder global (de datos-bo.com).

Los gobiernos callan, los medios no informan, los corredores de bolsa juegan a la ruleta rusa con el dinero de otros y los asesores financieros sencillamente no saben, o no contestan. Algunos blogueros en la red se atreven a hablar. Unos pocos, muy pocos, analistas tienen el coraje de publicar la verdad.

Reportaba en su momento Alexander Higgins, el bloguero más leído en Usamérica, que en los primeros meses de 2012 una silenciosa corrida bancaria se extendió desde Grecia a otros bancos europeos, hasta la increíble suma de más de 10.000 millones de dólares por semana. Era sabido, pero no publicitado, que en Portugal, Irlanda y Grecia se retiraba masivamente dinero de los bancos para comprar oro, francos suizos y yenes japoneses. Por su parte las reservas de los bancos italianos y españoles también sufrieron un descenso acusado y brusco porque el dinero buscaba un lugar fuera de la zona euro para refugiarse. Tan mal estaba el panorama que se llegó al nivel de alerta "Defcon 2" (que en lenguaje militar significa nivel de peligro nº 2 de colapso de la economía planetaria, muy cercano al nº 1 que significa colapso total). ¿Oísteis algo de esto en los Telediarios de la noche? Lo preocupante no es lo que estuvo a punto de pasar, sino que prácticamente no nos enteramos de nada. Parece que, tras la zozobra inicial, las cataplasmas de las autoridades monetarias han conseguido enderezar levemente la situación. Pero no nos engañemos. Los problemas que nos llevaron al borde del abismo persisten. Se resumen en muy pocas palabras. No hay recursos para sostener la actual población planetaria, menos aún el crecimiento perpetuo que impone el actual sistema económico, ni desde luego para permitir que los países del tercer mundo accedan a los estándares de vida del primero.

Y, mientras tanto, nuevos peligros acechan. Se habla mucho del cambio climático. Personalmente creo que es mucho más preocupante el envenenamiento masivo de todos y cada uno de los ecosistemas terrestres. Pero por alguna razón sólo se habla del calentamiento global antropogénico. Y esto resulta sospechoso a los que tenemos la nariz curtida en el humo de mil batallas. De hecho, en el ámbito internacional, el escepticismo ha medrado gracias, sobre todo, a bombas mediáticas como el documental El gran timo del cambio climático, dirigido por el británico Martin Durkin, y el libro El ecologista escéptico, del politólogo danés Bjørn Lomborg. En España, la incredulidad también tiene sus popes, como el periodista Jorge Alcalde, autor del libro “Las mentiras del cambio climático”. Un puñado de estudiosos, como el economista Gabriel Calzada, o el geógrafo Antón Uriarte, se reparten las tertulias televisivas para negar la importancia del cambio climático.

Para el oceanógrafo Carlos Duarte, del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (del CSIC y la Universidad de las Islas Baleares), las causas de estas suspicacias están claras. "Los escépticos son exhibicionistas, existen porque encuentran altavoces en los medios de comunicación", afirma. En su opinión, las apreciaciones de los escépticos son enriquecedoras, siempre que se formulen dentro de las reglas del debate científico. "La crítica tiene un papel importante en el progreso de la ciencia, y hay que asumir que ninguna teoría sobrevivirá al paso del tiempo", sostiene. Para Duarte, el verdadero problema llega "cuando aparecen los friquis, que tienen paranoias y ven conspiraciones".

En la misma línea la investigadora Eva Calvo del ubicuo Instituto de Ciencias del Mar (más CSIC), afirma que no tiene sentido ser escéptico frente al cambio climático a estas alturas, ahora que el IPCC ha mostrado las mismas conclusiones que en 2001, pero con un rango de error mucho menor. Calvo, que por cierto ha colaborado en los informes del IPCC, cree que Internet ofrece un caldo de cultivo perfecto para los escépticos: "Hay mucha información, no la podemos digerir y metemos en el mismo saco los artículos de Science y las informaciones del blog de un cualquiera".

Suponemos que se refiere al que mantiene el geógrafo Antón Uriarte, profesor retirado de la Universidad del País Vasco que, como indicamos, es uno de los habituales en las tertulias televisivas sobre el cambio climático. Su blog recibe 1.000 visitas diarias y alienta abiertamente el escepticismo frente al calentamiento global en Internet. Nunca ha publicado en una revista científica, aunque sí un libro que me ha impresionado por su rigor titulado “Historia del clima de la tierra”.

En opinión de Uriarte, el cambio climático no es preocupante y puede ser, incluso, beneficioso. “Una Tierra más caliente siempre ha tenido más vida”, asegura. Para él, “el tema del calentamiento es la exageración del siglo, una bola de nieve en la que se unen intereses y miedos”. El geógrafo vasco señala con el dedo a los que, a su juicio, se encuentran detrás del “cuento” del cambio climático: el lobby nuclear, las revistas científicas como Nature y Science, “una línea editorial muy prodesastre”, y los propios científicos, “obligados a seguir la corriente oficial para obtener subvenciones”.

Vayamos por partes. El hecho de que el sospechosísimo Albert Gore (el establishment) sea el abanderado del peligro del calentamiento global es, en sí mismo, bastante desconcertante. Y aunque personalmente creo que el antropoceno sí que ha tenido alguna incidencia en el clima terrestre, no debemos ser tan vanidosos. ¿Realmente tenemos tanto poder? Los cambios climáticos no son algo extraño en el planeta, y de hecho algunos son muy recientes. Sin ir más lejos durante la Edad Media se produjo una notable alza de las temperaturas que permitió cultivar la vid en Inglaterra y que duró desde el siglo X hasta el siglo XIV, tras el cual entramos en un período de enfriamiento que ha durado hasta hace escasas fechas.

Así las cosas, sin duda las tesis de Uriarte no son desdeñables. Cuando te das un garbeo por su potente libro te das cuenta, insisto, de que los cambios climatológicos y geológicos en el planeta han sido de tal magnitud que poco ha podido hacer el ser humano en un período de apenas 150 años. Pero es que hay otro problema. Nos estamos quedando sin munición. El agotamiento del petróleo, del gas y del carbón no deja muchas más opciones para seguir aumentando las partes por millón de anhídrido carbónico en la atmósfera. Por todo lo cual me parece, insisto, que las teorías conspirativas no están del todo hueras de fundamento. Se trataría de poner obstáculos a la industrialización de los países del tercer mundo (que por otra parte es imposible debido al agotamiento de los recursos planetarios) sin dar demasiadas explicaciones que podrían desestabilizar el sistema, permitiendo al primer mundo (que puede comprar las cuotas de carbono, ¡viva Kyoto!) quedarse con los despojos de lo que queda del festín, manteniendo algunos lustros más la falacia del crecimiento ilimitado.

A lo que, desde luego, no doy mucho crédito es a que nos encontremos a las puertas de una nueva glaciación. Y es que aunque existen conspiraciones reales, también hay conspiranoicos (que por cierto impiden, en muchas ocasiones, desmontar eficazmente aquéllas).

Si el cambio climático es un señuelo, nuestra mirada puede libremente dirigirse a objetivos más reales y cercanos. Las ciudades se han convertido en puntos de consumo masivo, habitadas por un ejército de desempleados que permiten tirar de los salarios indefinidamente en dirección al subsuelo. Mientras tanto el campo dejó prácticamente de producir, y la contaminación del medioambiente ha sobrepasado todos los límites tolerables. Pese a los fondos billonarios invertidos para solucionar ambos problemas, y otros muchos (bancos), éstos siguen aumentando en cantidad y calidad, como también la riqueza personal de unos pocos. Y el descontento de las masas no conoce límites y se expande por el planeta entero.

En varios países de Europa y del mundo, miles de jóvenes desempleados, confundidos, desarraigados de sus principios y de su cultura salen a las calles para protestar contra un sistema que, en nombre de falsedades como el "multiculturalismo", la "democracia", los "derechos humanos" o “la competitividad” les ha convertido en parias sin futuro, encerrados en un callejón sin salida hipertecnológico.

En el Estado español las protestas son continuas desde mayo de 2011, en torno a numerosas plataformas y colectivos, así como redes sociales, que han puesto en marcha muy diversas convocatorias de concentraciones pacíficas, dando altavoz a un amplio y heterogéneo abanico de reivindicaciones políticas, económicas y sociales, reflejo del deseo de sus participantes de cambios profundos en el modelo vigente.

A nivel global la situación no es muy diferente. El comentarista de USA Today John Waggoner advertía (año 2011): "el aumento de los precios de los alimentos está llevando a la humanidad a la pobreza. El maíz subió un 52% en doce meses, el azúcar un 60%, la soja un 41%, el trigo un 24%. Para millones de personas, el "aumento de los precios de los alimentos significa mayor pobreza extrema y hambre", advierte el Banco Mundial. Las causas serían múltiples: los especuladores que juegan con el precio del petróleo (léase peak oil), las guerras comerciales y la explosión demográfica. Un informe especial de la revista TIME, "Pobres vs. Ricos: un nuevo conflicto mundial", advierte que "se está desarrollando un conflicto entre dos mundos, uno rico y uno pobre, y el campo de batalla es el propio mundo". Veinticinco países desarrollados con exclusivos 750 millones de habitantes consumen la mayor parte de los recursos del planeta, producen la mayor parte de bienes manufacturados y disfrutan de los más altos estándares de vida. "Ahora deben enfrentarse a 100 países subdesarrollados y con 2 mil millones de personas que viven en la pobreza y exigen una mayor participación en esa riqueza".

Mientras tanto el 1%, en cualquier lugar, lleva vidas privilegiadas. Sus familias hacen vacaciones en los mejores centros turísticos, sus preocupaciones son cómo encontrar el mejor maestro de Pilates, el mejor masajista, los mejores cirujanos plásticos y las mejores escuelas privadas. Ellos no se preocupan por el subyacente deterioro del mundo, excepto en lo abstracto, porque no se ven directamente afectados por él. Eso no quiere decir que no sean conscientes de los problemas indicados. Pero lo que principalmente les preocupa es proteger y mejorar sus posiciones económicas y sociales. Y nada de lo que escribamos cambiará esto. Se dice que todos los hombres son iguales y tienen derecho a opinar; pero quienes detentan el poder de los medios, la política, la economía y los negocios, utilizan su enorme influencia para obtener los resultados que les interesan.

El orden político descansa de facto en minorías técnico-burocráticas y, quizá, lo que llamamos democracia no sea otra cosa que una forma de seleccionar, vigilar, disciplinar y sustituir a las élites que están al frente de las agencias gubernamentales. Sin embargo, la derecha y la izquierda “oficiales” han llegado a un punto donde no hay ninguna diferencia práctica entre ambas. Unos y otros han fracasado en la administración estatal y la situación se sigue deteriorando.

Después de los disturbios en Londres (agosto de 2011), Inglaterra ya no ofrecía la misma seguridad  económica, ante la ofensiva emprendida por bandas de desocupados, sindicatos y vándalos. En Alemania, las protestas de los antiglobalistas que reclamaban más oportunidades de trabajo y mejores condiciones de vida incendiaban ese año 138 vehículos policiales en Berlín, a causa del descontento general por los bajos niveles de crecimiento económico, la desocupación y la decisión de su gobierno de destinar grandes sumas de dinero para salvar a otros países de la Unión Europea.

Bloomberg, compañía estadounidense que ofrece software financiero, datos y noticias económicas, por las mismas fechas advertía: "Los chicos no están bien" (The Kids Aren't Alright, en alusión a una canción del grupo británico The Who). El desempleo juvenil estaría impulsando una revolución. En una columna del New York Times, Mathew Klein,  investigador del Consejo de Asuntos Extranjeros establecía un paralelo entre la tasa de desempleo del 25% entre los jóvenes revolucionarios de Egipto (en España es del 56,5%) y la del 21% de los jóvenes trabajadores de EEUU: "Los jóvenes serán los más afectados por los reajustes presupuestarios de los gobiernos. Aumentarán los impuestos sobre los trabajadores y se recortará el gasto en educación, mientras que los subsidios hipotecarios y los beneficios para las personas de edad seguirán siendo intocables, como lo son los recortes fiscales para los ricos. ¿Cuánto tiempo falta hasta que el resto de los países ricos estallen como Egipto?".

Ya lo he explicado en alguna otra ocasión. Conviene no hacernos muchas ilusiones si no queremos acabar pero que muy escaldados. Se dice que las revoluciones se construyen a lo largo del tiempo. Una masa crítica de descontentos se convertiría en un punto de deflagración, se inflamaría de repente de manera impredecible. Y no diré que factores ambientales no ayuden. Pero, nuevamente contra corriente, creo que las revoluciones son un producto de laboratorio. Ni una sola ha sido espontánea, por la sencilla razón de que este tipo de decisiones son muy delicadas para dejarlas en manos de las masas. Todas han sido provocadas. Eso sí, desde la sombra. Desde el otro lado de la cortina.

Pongamos la más paradigmática de todas. La Revolución Francesa. No fue más que la venganza de la inteligencia inglesa contra Francia, por la ayuda de ésta a la independencia Usamericana. Sé que es una hipótesis novedosa. No la creáis así, sin más. Pero antes de lanzarla a la papelera estudiad los currículum vítae de todos los prohombres de las jornadas revolucionarias. El mismo Robespierre, por ejemplo, que era de Arrás, ciudad prácticamente belga, de habla picarda y muy ligada, por su posición geográfica a la pérfida Albión.

Que decir del mismo Napoleón, oriundo de Córcega, isla bañada por un, en aquel entonces, absolutamente británico mediterráneo occidental, controlado desde la base naval de Mahón, en Menorca, que es encarcelado en Antibes, al caer el Terror, cuando volvía de una extraña y nunca aclarada misión en Génova (la ciudad de origen de su madre), y dejado en libertad a los diez días a causa de una milagrosa “falta de pruebas” (que no impidió a muchos otros hacer el paseíllo en la guillotina). Como veis las cosas son siempre más complejas de lo que parece.

Pero es que ni siquiera hace falta estudiar tanto los detalles donde, por cierto, dicen que se encuentra el diablo. ¿Qué ha buscado siempre la estrategia inglesa? Pues que la Europa continental se desangre en brutales guerras intestinas, de forma que quede debilitada y exangüe, inerme ante los manejos de los pérfidos insulares. Claro, nadie te va a enseñar sus verdaderas credenciales. Pero es evidente que quien ataca Rusia desde occidente, buscando además el sacrificio “ritual” de su inmenso ejército, sólo puede ser un agente británico. Y aquí me paro, porque a alguien podría ocurrírsele el nombre de algún otro supuesto “antibritánico” que pudiera serlo mucho menos de lo que parece. Y por si alguno cree que aquí me he pasado “tres pueblos” le sugiero que investigue documentos recientemente desclasificados que demuestran, sin género de duda, que el mismísimo Mussolini, sí el duce, llevaba a sueldo del MI5 desde ¡1917!

A lo que voy es que las revoluciones ocurrirán si alguien decide que deben ocurrir. Como ha ido pasando en los países del norte de África con las “primaveras” árabes (ahora en el canoso otoño) que, cada vez resulta más diáfano, tenían prácticamente como único objetivo a Moammar al-Gaddafi (y mientras tanto una Libia agradecida se hunde en el caos y ve reducidas sus exportaciones de petróleo al mínimo). Conviene, en definitiva, no dejarse mangonear ni manosear cerebralmente, pues no es difícil acabar siendo utilizado por el peor enemigo imaginable, que tiene tendencia a abusar de la terca ingenuidad de muchos.

Saludos,

Calícrates

domingo, 17 de noviembre de 2013

Monsanto





libertycrier.com

He visto varios posts sobre transgénicos. Alguno de ellos incluso llega a conectar el tema con el agotamiento de los recursos minerales y energéticos, una vez más el verdadero leitmotiv del entuerto. Pero sigue sin quedar claro que es lo que realmente buscan quienes promueven, favorecen y dirigen, en la luz y en la sombra, esta pavorosa industria.

Para apartar el rábano de las hojas, y tener un atisbo fugaz de la realidad oculta tras las apariencias es conveniente empezar por un documental muy bien fundamentado, “El mundo según Monsanto”, de la periodista francesa Marie-Monique Robin, en relación a la citada multinacional americana, epítome del corporativismo depredador.

Si nos fijamos en la publicidad de Monsanto podemos acabar deslumbrados. Esta amable y piadosa “empresa agrícola” (algo así como una pacífica granja de cabras) “pretende ayudar a los agricultores a producir alimentos más sanos, reduciendo el impacto de la agricultura sobre el medio ambiente”. Para llorar de emoción. Pero no acaba la cosa aquí. Los lemas de esta compañía filantrópica son: “alimento”, “salud” y “esperanza”. Su compromiso, con la “integridad”, el “diálogo”, la “transparencia” y la necesidad de “compartir”, el respeto por las “inquietudes éticas” y la “agricultura sostenible”. Entrañable. Me recuerda las soflamas del opus dei sobre el “la libre elección de una vida plena”. Y es que las palabras, empleadas según como, tienen un fuerte componente tóxico, capaz de emborrachar anímicamente a quien no está debidamente vacunado contra ciertos manejos. Este post es una vacuna, tal vez demasiado fuerte, pero hay venenos prácticamente indetectables y muy violentos, con los que no son útiles los paños calientes, pues requieren un tratamiento de choque.

Fundada en 1901 en Saint Louis, Missouri, Montsanto no siempre ha sido una empresa agrícola. Fue originariamente una empresa química. Veamos algunos de sus “logros”.
Durante la segunda guerra mundial se barajó la idea de matar de hambre a Japón destruyendo sus cosechas de arroz por medio de un potente herbicida. El Gobierno financió las investigaciones que desembocaron en una combinación de dos componentes, el 24-D y el 245-T, que pasará a la historia con el nombre de agente naranja (el color de los toneles que lo contenían). A partir de la fabricación del segundo herbicida mencionado, que constituye el 48 por ciento de la composición de este defoliante, apareció un producto derivado: el TCDD, más conocido con el nombre de “dioxina”.

El agente naranja se probó en un atolón del Pacífico y su nocividad fue tal que el Presidente Roosevelt decidió renunciar a él y prohibió al ejército estadounidense su utilización. Sus sucesores no tuvieron los mismos escrúpulos y Eisenhower autorizó en 1959 que se pusiese a punto la tecnología aérea que hiciese posible la fumigación del herbicida

A principios de los años sesenta, Monsanto y otras seis empresas estadounidenses produjeron herbicidas que contenían TCDD, mientras las investigaciones médicas determinaban, de forma incuestionable, que provocaba cáncer, causaba modificaciones genéticas y malformaciones congénitas en el feto.

Durante la guerra del Vietnam, por primera vez en la historia, el medio ambiente se convirtió en objetivo de guerra. Había que evitar que la selva y los matorrales ocultaran al adversario, sus escondites y sus desplazamientos. Había que destruir las cosechas de las que se alimentaba la población y provocar la huida de los campesinos de los campos en los que se había infiltrado la guerrilla. Durante diez años, la aviación estadounidense lanzó 72 millones de litros de herbicidas, de los que 41 millones eran agente naranja, sobre una superficie de cerca de dos millones de hectáreas de bosques y arrozales, no solamente en Vietnam sino también en Camboya y Laos.

Pero no se acaba aquí la colaboración de Monsanto para con la felicidad del género humano (en el otro mundo). Desde los años veinte del siglo pasado esta empresa benefactora desarrollaba y comercializaba el PCB, policloruro de bifenilo, usado masivamente como aislante de transformadores y condensadores industriales, pese a que, al menos desde 1937 sus responsables eran conscientes de que el producto constituía un grave riesgo para la salud, provocando un sinnúmero de enfermedades. Fue clasificado como uno de los productos más tóxicos jamás creados por el hombre, y prohibido en todo el mundo a partir de los años setenta. Monsanto lo fabricaba en Anniston, Alabama, contaminando el agua, al derramar el producto en canales de evacuación, y la tierra, al descargar residuos muy contaminantes a cielo abierto, ocultando sistemáticamente la peligrosidad del compuesto, a fin de no perder un maldito dólar, con la connivencia de las autoridades, que sabían y callaban. Finalmente Monsanto y su filial Solutia Inc. fueron condenados a pagar crecidas indemnizaciones y a descontaminar el lugar, pero tales responsabilidades supusieron una mínima parte de los ingentes beneficios de la empresa.

A partir de los años 90 Monsanto cambia de tercio y se orienta a la biotecnología. Previamente desarrolla su producto estrella, el Roundup, un herbicida no selectivo, o total, que destruye absolutamente todo lo verde que encuentra a su paso, excepto los organismos modificados genéticamente (OGM) patentados por la multinacional. ¿Cómo fue posible la creación de una planta resistente a semejante producto? Mediante ingeniaría genética. Pongamos el caso de la soja. El núcleo de cada célula contiene el ADN. Se seleccionó una bacteria que era resistente al Roundup. A continuación el gen de dicha bacteria se incorporó a micropartículas de oro con las que se bombardearon las células de soja, mediante un cañón de genes. El gen de la bacteria penetró en el ADN de la soja, y fabricó una proteína que permitía a la planta resistir el Roundup. Como veis, lo mejor para tener en la mesa durante el desayuno.

Pero centrémonos en el producto milagroso, el Roundup. Según los prospectos iniciales era biodegradable y no perjudicial para el medio ambiente. Sin embargo Monsanto fue demandada en Usamérica y en Francia, y condenada en ambas ocasiones por publicidad engañosa. En efecto, al parecer sólo el 2% del producto se degradaba en contacto con el medio ambiente. Pero es que además, resultó ser altamente tóxico (como podía deducirse fácilmente de sus efectos antes descritos, sin necesidad de un doctorado en biología). Al parecer provoca alteraciones en los mecanismos que controlan la división de las células, por lo que podría inducir las primeras etapas que conducen al cáncer.

Científicos que habían advertido de los efectos perniciosos de la biotecnología, fueron conminados a no hacer públicas sus investigaciones, bajo amenaza de acciones legales, o directamente apartados de sus trabajos. Además el primer aditivo modificado genéticamente introducido en el mercado (el L-triptófano) provocó una epidemia de una enfermedad desconocida, 37 muertos y más de 1.000 inválidos. A pesar de lo cual, durante años pareció que oponerse a los “avances” de la ingeniería genética era ser contrario al progreso, razón por la que las autoridades norteamericanas sufrieron serias presiones para permitir la comercialización de los OGM sin realizarse pruebas exhaustivas, ante las importantes inversiones que había acometido la industria en su desarrollo. Para conseguirlo se utilizó un truco legal. Se aplicaron normativas de seguridad ya existentes a los nuevos productos, con base en el denominado Principio de Equivalencia Sustancial, falacia legal que pontifica que una planta transgénica es similar a una tradicional, pues las proteínas que se inducen en las células genéticamente modificadas no son diferentes a las desarrolladas durante milenios por la agricultura convencional (átame la mosca por el rabo).

Con ello se evitaba considerar los transgénicos como lo que eran, productos totalmente novedosos, o aditivos alimentarios, que hubieran requerido de pruebas suplementarias para probar que no eran nocivos para la salud humana. La aplicación del “principio” aludido permitía una reglamentación en la que dichos controles eran soslayados, y Monsanto podía sacar sus productos al mercado sin injerencias gubernamentales y sin preguntas. La desregulación impulsada por los gabinetes republicanos ferozmente conservadores, desde Reagan, fue perfecta para los intereses de Monsanto. Pero hubo algo más de ayuda. El documental explica como la multinacional asaltó las estructuras de control sanitario (en USA, en la materia, representadas por la Food and Drug Administration, FDA), a través de una serie de títeres trajeados vinculados a la firma, que se infiltraron en los órganos reguladores. Se habla especialmente del caso de Michael Taylor, quien había sido socio de un despacho de abogados de Atalanta, King and Spalding, relacionado con Monsanto. Pues bien, se creo en la FDA un cargo específicamente para él, Jefe de la Comisión de Reglamentación, nada menos, que tenía por objeto, esto sí que es casualidad, la elaboración de normativas específicas para la regulación del mercado de productos trasgénicos. Ni que decir tiene que la nueva reglamentación consagró la aberración jurídica y biológica del Principio de Equivalencia Sustancial, dando pista libre a la comercialización de los OGM. No se trata más que del ejercicio de un deporte frecuente en las cúpulas corporativas y partitocráticas, muy practicado aquí en Españistan, que se denomina la política de las “puertas giratorias”, y que el meritado Sr. Taylor practicó repetidamente en ambas direcciones. Se trata de una manifestación más de otro conocido axioma empíricamente demostrado, el Principio de Calícrates.

No acaban aquí las hazañas de Monsanto. A partir del 1994 se empeñó en hacer producir más leche a las vacas y desarrolló la llamada Hormona del Crecimiento Bovino (RBGH en inglés), que se comercializó bajo en nombre de Posilac. Dicho producto provocaba a los animales mastitis (infecciones en las ubres) y problemas de reproducción. Una vez más los investigadores independientes fueron marginados o despedidos, o ambas cosas sucesivamente, y de propina amenazados por los abogados de Monsanto, para el caso de que se atrevieran a revelar datos confidenciales de la empresa, en el legítimo ejercicio de su derecho de defensa.

En cualquier caso se demostró que los cambios fisiológicos en los animales tratados con la hormona eran dramáticos. La leche se trasformaba en un producto diferente. Mostraba restos de pus, por la mastitis y de antibióticos, por el tratamiento. También un contenido elevado de la proteína IGF-1, con incidencia en el cáncer de mama, de colon y de próstata. Fue prohibida en Europa, normal, y también en Canadá, menos normal, puesto que las autoridades sanitarias de este país suelen calcar las decisiones de la FDA. Pero es que surgió, como no, el escándalo. Hubo acusaciones contra Monsanto por tentativa de soborno a funcionarios de la administración de consumo, a quienes se habrían ofrecido entre uno y dos millones de dólares. Monsanto no negó haber ofrecido la cantidad (no le quedó otra), pero dijo que lo había hecho para “acometer nuevas investigaciones sobre el producto”. Un detalle curioso, los investigadores que desenmascararon la trama fueron fulminantemente despedidos.

Sin embargo Usamérica, gracias al control absoluto de la FDA por parte de Monsanto (puertas giratorias otra vez) continuó liderando los avances de la biotecnología aplicados a la producción lechera, a costa, eso sí, de la salud de las vacas y de los consumidores.

Poco a poco los transgénicos fueron desembarcando en Europa, y aquí empezaron los problemas graves. Los estudios sobre la patata transgénica en el Instituto Escocés de Investigación Agrícola fueron concluyentes:

- proliferación de células en el estómago de las ratas utilizadas en el laboratorio, que favorecía el desarrollo de tumores.
- el sistema inmunitario del estómago de los animales resultaba alterado.

En definitiva el estómago de las cobayas trataba a las patatas como cuerpos extraños. La biotecnología no era neutra, como se pretendía. Además el problema no estaba en el gen insertado, sino en la técnica de inserción. Era una andanada sin paliativos a todo el entramado biotecnológico de Monsanto. El mayor “palo” que se habían llevado en mucho tiempo, que afectaba a la raíz misma del sistema de modificación genética, poniendo en entredicho no un producto específico, sino la totalidad del entramado de diseño biotecnológico.

Monsanto se dio cuenta enseguida de la gravedad de lo ocurrido. Más aún cuando el director del equipo de investigación Arpad Pusztai, dijo aquello de que no era justo utilizar a los ciudadanos como cobayas. Aquí empezó su calvario, perfectamente previsible por otro lado. El Instituto de Investigación Agrícola, que había recibido mucho dinero de Monsanto, le despidió y disolvió su equipo de investigación. Tiempo después, y por si fuera poco, se enteró de que Downing Street había llamado hasta dos veces al director del Instituto, presionando para detener la investigación.

Y es que Monsanto cuenta con el apoyo pleno de las empresas de alimentación y distribución, medios de comunicación, agencias estatales e incluso gobiernos. Entretanto los daños son irreparables. El 90% de las plantas de soja cultivadas son transgénicas, y el 70% de los alimentos vendidos en USA en los comercios contienen elementos transgénicos. El consumidor no puede elegir, porque está prohibido etiquetar los productos como transgénicos, como se hace en Europa.

Obstáculos administrativos, ocultación de informes, utilización de animales adultos para distorsionar los experimentos. Todo ha valido para garantizar el éxito de Monsanto, de forma que los cultivos transgénicos abarcan ya los 100 millones de hectáreas en todo el mundo.

Pero la piedra de bóveda del control de la agricultura por Monsanto se encuentra en lo que la empresa denomina la “propiedad intelectual”. Las patentes. Desde que el Tribunal Supremo de Usamérica, infiltrado por Monsanto, admitió nada menos que derechos de propiedad industrial sobre seres vivos (semillas), ya no se pueden guardar granos para plantar el año siguiente, si están registrados. Pero tampoco es fácil saber si alguien ha guardado semillas para plantar de nuevo, lo que nos conduce directamente a la “policía del pensamiento”. Detectives privados contratados por Monsanto recorren los campos y piden explicaciones. Se fomenta, además, la delación entre vecinos, poniendo incluso a su disposición una línea de atención telefónica.

El documental nos cuenta el caso de Troy Roush, agricultor de Indiana, al que de nada sirvió presentar facturas de compra de las semillas y el herbicida, e incluso datos de los establecimientos autorizados donde habían sido adquiridos. Entraron en su propiedad para recoger muestras sin su autorización y le demandaron. Es muy difícil aguantar cuando van a por ti abogados carroñeros, vergüenza de la profesión, y sabes que aunque ganes apelarán, y te harán la vida imposible durante años demorando el proceso mediante triquiñuelas legales. Y si gana Monsanto es el final. Lo pierdes todo, puesto que en ejecución del título judicial la jauría conseguirá el embargo y remate de propiedades que han pertenecido a una familia durante generaciones, para liquidar responsabilidades pecuniarias, intereses y costas. No es posible enfrentarse a ellos, y lo saben. Por eso acosan a los agricultores, que carecen de medios económicos para organizar su defensa, sabiendo de antemano que al final cederán. Este debe ser el “diálogo” que publicitan en sus panfletos. Roush tuvo que aceptar un acuerdo porque su familia estaba destrozada por el estrés. Así es como doblega a los agricultores la “policía de los genes”. Así Monsanto impone su ley en los campos. “Las patentes sobre semillas lo han cambiado todo, y especialmente la confianza entre vecinos. Hay miedo. No es posible defenderse de la compañía. Buscan apoderase de la base de nuestra alimentación”. Quedémonos con estas palabras, que nos ayudarán a entender lo que verdaderamente buscan quienes manejan en la sombra los hilos de Monsanto. Puede que no sea sólo dinero lo que está en juego.

Monsanto ha adquirido en la última década una cincuentena de compañías semilleras, lo que podría hacer desaparecer del mercado las semillas tradicionales. Aquí el documental se traslada al subcontinente Indio. El algodón modificado genéticamente BT, que teóricamente resiste el gusano americano (el algodón ya no puede cultivarse sin pesticidas, debido a este parásito) se introdujo en la India en 2002, con una enorme campaña de publicidad que hablaba, otra vez, de las ventajas de la biotecnología, que permitía producir más y no emplear productos tóxicos, todo con la habitual parafernalia de cielos azules, niños con dientes fluorados y plantas robustas de un verde eléctrico, habitual en Monsanto. Nuevamente la realidad superó a la ficción. Con la introducción de los transgénicos empezó a aparecer una nueva enfermedad que afectaba a los cultivos, que nunca se había detectado antes, y que además se extendió a las plantas cosechadas con semillas tradicionales. Ingenieros agrónomos indios que investigaron la plaga sospechan que pueda existir una interacción entre la planta y el gen insertado, que debilita a aquélla y atrae al parásito.

Pero es que, y aquí está lo grave, desde la llegada de Monsanto y sus BT a la India es muy difícil encontrar semillas que no sean BT, pues Monsanto controla el mercado de semillas, y vende las modificadas genéticamente cuatro veces más caras que las convencionales. Con ello los suicidios de agricultores (bebiendo pesticidas) se han convertido en una epidemia. Explica el documental que los cultivos transgénicos hacen que los agricultores dependan de préstamos y acaben fuertemente endeudados, pues las semillas se han encarecido, deben adquirir abonos y, esto es lo más grande, ¡no se reduce el uso de pesticidas! Es la segunda revolución verde, que no tiene por objeto vender químicos y aumentar la producción, como consiguió la primera, sino directamente aumentar los beneficios para Monsanto, permitiéndole explotar sus patentes sin dejar rédito alguno al agricultor. Aquí el documental vuelve a dejar caer otra importante pista. Se nos dice que “cuando Monsanto controle las simientes, controlará la alimentación”.

En Méjico, variedades transgénicas están contaminando cultivos tradicionales, que se practican desde hace 10.000 años. Méjico ha prohibido, claro, los cultivos transgénicos, pero no puede evitar la entrada en el país de maíz americano, en un 40% transgénico. Una vez que el polen transgénico entra en el medio ambiente no se puede evitar que polinice especies criollas. Esto ya se ha verificado sobre el terreno, con especímenes monstruosos que son resultado de cruces con plantas modificadas genéticamente. Se apunta en el documental que la contaminación ha podido ser causada de propósito, a fin de acabar con las variedades locales no contaminadas. Es tan simple como diseminar semillas transgénicas por el campo.

El profesor de la Universidad de Berkeley, Ignacio Chapela, autor del artículo que advirtió de la contaminación transgénica, fue objeto de una campaña de desprestigio que se inició, como se demuestra en el reportaje, en dos direcciones de correo electrónico controladas por Monsanto. Son capaces de destruir la reputación de quien se ponga en su camino. Definitivamente la coexistencia entre la agricultura transgénica y la tradicional no es posible.

Pero la clave del verdadero objetivo de Monsanto nos lo da la última parte del documental, que transcurre en Paraguay. Allí se nos explica como inicialmente sólo se permitieron los cultivos de soja transgénica en Argentina, pero posteriormente se introdujo de contrabando la semilla de la multinacional en Brasil y Paraguay. ¿Quién lo hizo? Pues no hace falta ser muy listo, porque una vez más el negocio ha sido redondo para Monsanto. Desde que el gobierno de Paraguay se ha visto forzado a legalizar los cultivos, ante el hecho consumado y las posibilidades que se ofrecían a la exportación, ha comenzado una guerra sorda sin cuartel entre los grandes terratenientes, en su mayoría extranjeros atraídos por el negocio de la soja, y los pequeños agricultores. El “desierto verde” como lo denomina el agricultor entrevistado, crece sin control, eliminando pacíficas comunidades de campesinos que siempre habían vivido en el lugar. La deforestación avanza implacable arrollando a las familias campesinas, que ven como, desde avionetas y tractores, se fumiga con Roundup hasta la misma puerta de sus casas, poniendo en peligro la salud de sus moradores. Es impactante la escena que muestra a un niño de unos diez años, que tiene que atravesar los cultivos fumigados, pues padece afecciones cutáneas y no quiere comer.

Tengo que decir, por si alguno encuentra material para decir que todo esto es solo cosa de los “gringos”, que la Unión Europea, pese a prohibir la mayor parte de los cultivos transgénicos, es corresponsable de la situación, puesto que sí permite la comercialización de OGM, con lo que la soja que se planta en Paraguay se importa como pienso para el ganado (y cabe plantearse si es efectiva la prohibición de cultivar transgénicos, cuando los animales que se consumen han sido previamente alimentados con ellos). También se utiliza para producir los biocombustibles (por ley los carburantes que se venden en las estaciones de servicio deben tener un porcentaje de esta pacotilla pseudoenergética).

En este punto del documental cuando queda meridianamente claro el objetivo de los transgénicos. Nos lo muestra uno de los entrevistados, que manifiesta que no quiere irse a la ciudad (como han hecho muchos ante el acoso del Roundup), porque allí tienes que pagar por todo, ¡hasta por la comida! que en el campo obtienen simplemente de su trabajo. Blanco y en botella. El objetivo de la biotecnología es el control social.

Al hacer desaparecer las comunidades autosuficientes, expulsando a los agricultores a los suburbios de las ciudades, donde como me decía un buen amigo limeño “sólo hay trabajo para prostitutas y traficantes de droga” (por cierto, otros grandes medios de financiación de sistema agro-democrático-industrial), los pueblos pierden su soberanía alimentaria y quedan inermes frente al capital financiero transnacional.

El concepto de soberanía alimentaria es básico, sobre todo en los tiempos que nos esperan de declinación de disponibilidades energéticas y también, por tanto, de producción de alimentos. ¿Pensáis realmente que una simple compañía mercantil puede llegar tan lejos en sus desafueros, sin que nadie la detenga? ¿Creéis que ostentaría el poder que obscenamente exhibe, si su único objetivo fuera obtener jugosos dividendos para sus accionistas? ¿Estimáis que es sólo la engrasada máquina de los billetes la que pone a los poderes públicos a sus pies? Pues si vuestra contestación a alguna de estas preguntas, o a todas a la vez, es afirmativa, es probable que estéis equivocados.

¿Dinero? ¿Para qué? Quienes financian y dirigen en la sombra a Monsanto tienen todo el que necesitan, y fichas bancarias para crear más de la nada, si fuera preciso. Los beneficios empresariales de Monsanto, pese a resultar de una realidad incontestable, puede que sean sólo una cortina de humo. Monsanto es un arma de guerra extraordinariamente sofisticada (recordemos su vinculación con la industria militar), que probablemente se encuentra en fase de experimentación, y cuya verdadera misión debe desarrollarse en un escenario futuro, puede que no muy lejano, desde luego ligado a los terribles días que nos aguardan cuando ya no se pueda ocultar la penuria energética, alimentaria y de recursos que desde hace décadas pende como una espada de Damocles sobre el insostenible conglomerado civilizatorio industrial global.

Recordemos que el poder político se conserva y regenera a través de la centralización absoluta. Y luego pensemos. ¿Hay forma más sencilla de poner de rodillas a una sociedad que la que supone el control de sus alimentos? Lo hemos explicado ya en alguna ocasión. La única forma de mantener la cohesión social en una situación de estrés económico por decrecimiento (la que inevitablemente tenemos por delante), resulta de implementar las siguientes medidas:

- hacernos vivir en grandes ciudades, para lo cual hay que destruir comunidades campesinas fuertemente enraizadas y solidarias, que producen su propio alimento y no son controlables (por ejemplo con fumigaciones de Roundup, en Paraguay).

- ligarnos indisolublemente al circuito del dinero, que controlan y se inventan a placer, a través de sus bancos centrales, y que permite modular la demanda de productos esenciales.

- predicarnos que tenemos que ser competitivos (esto es desequilibrarnos a base de trabajos angustiosos e inhumumanos), y vendernos las pastillas que necesitamos para mantener un atisbo de cordura.

- controlar, hemos dicho, los alimentos de que podemos disponer, de acuerdo con los imponderables que puedan resultar de una producción decreciente, por supuesto en grandes extensiones mecanizadas (la agricultura sin agricultor que denuncian los detractores de Monsanto), y su distribución también centralizada.

- envenenar los alimentos controlados con tóxicos invisibles, para que no vivamos mucho y tengamos problemas para reproducirnos (todo lo cual se complementa con restricciones en el acceso a los servicios sanitarios, ya se sabe, los recortes, pues vivíamos por encima de nuestras posibilidades).

Pese a todo lo cual, es evidente que muchos de los directivos de Monsanto, empleados de diversas categorías y secciones productivas, comerciales, carretilleros, chupatintas, testaferros togados y bien pagados de corbata Hermes, e incluso patrocinados políticos de primer nivel, no pueden, por definición, ser conscientes de los verdaderos objetivos de la empresa. Pero el hecho cierto de que ésta se encuentre tan perfectamente estructurada, dirigida y planificada hacia sus objetivos a medio y largo plazo, demuestra de forma infalible que quienes verdaderamente manejan los hilos de su trama sólo pueden ser los verdaderos amos del mundo “civilizado” (a los que nunca verás en un Telediario), que empiezan a enseñar sus armas y su verdadera agenda, en relación a la castigada humanidad que apacientan. Son los hombres despiertos, los que saben, el ojo que nos mira desde lo alto de la pirámide, ocultándose, en este caso, tras el telón oscuro de una marca corporativa, para que podemos lanzarle nuestras invectivas y luego ir a pelearnos entre nosotros por votar azul o colorado (como si hubiera diferencia).

Ahora que sabes algo más sobre ellos, ¿crees que tienes alguna posibilidad, siquiera remota, de contrariar sus planes?

Saludos,

Calícrates

lunes, 11 de noviembre de 2013

Demurrage




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La economía estacionaria o directamente decrecentista, que será la consecuencia inexorable de la declinación de nuestras disponibilidades energéticas, cambiará radicalmente nuestra concepción del mundo, las relaciones sociales, políticas y, sobre todo, económicas que constituyen el actual fundamento de la civilización industrial. Modificará irreversiblemente los elementos de disposición y control que habitualmente manejamos.

Pensemos que el dinero es un factor clave de cualquier sistema civilizatorio, y sería ingenuo esperar un cambio auténtico de la manera que vivimos, distribuimos la renta disponible y nos relacionamos en el mundo, que no implique a su vez un cambio fundamental en la estructura y funcionamiento del sistema monetario.

Antes de iniciar el complejo ejercicio de reflexión “profética” que acometo a través del presente post, debo dejar claro que las sorprendentes directrices que propongo no son en absoluto “ciencia ficción”, un apunte de un escenario posible, entre otros, o un ejercicio voluntarista de imaginación en relación a una de las posibles “salidas” que nos cabe esperar.

No, no es nada de esto. Es un mapa de carreteras bien preciso, en relación a un territorio por el que necesariamente transitaremos, aunque evidentemente no lo expliquen en los Telenoticias, porque no tenemo elección. No hace falta tener poderes “paranormales” para esbozarlo, como tampoco se requieren para saber que quien se tira a un río con toda seguridad saldrá mojado.

Quien conoce la ruta conoce el futuro, en términos generales. Es suficiente. Dentro de la carretera hay, es cierto, algunas posibilidades que están dentro de nuestro control. Si nos detenemos en un parador donde se come muy bien, o a poner carburante, si vamos más deprisa o más despacio, si ponemos música o contemplamos el paisaje. Pero el itinerario, el punto de partida y el de destino, son fijos e inexorables.

De hecho la razón por la que no “salimos de la crisis” (dentro de los parámetros que impone el decrecimiento) es porque utilizamos un dinero correspondiente a un sistema económico caduco, el del crecimiento, que ya no volverá. Continuando con el símil automovilístico, es como si el conductor de nuestro vehículo hubiera cargado en el motor un aceite inadecuado. Poner el lubricante correcto beneficiaría a casi todos los ocupantes del semoviente, pero exigiría sacrificios a unos cuantos (los de siempre), una minoría exigua y manipuladora, pero muy poderosa, que prefiere tenernos en la inopia (en el sentido literal del término), proponiendo y obteniendo, a través de gobiernos y medios de comunicación comprados, las políticas anticuadas que preservan el valor adquisitivo de sus capitales.

Porque lo primero que hay que entender, y quien entienda esto entenderá también lo que sigue, es que de esta crisis no se puede salir, no en términos económicos tradicionales (dos trimestres de crecimiento consecutivos), pero sí se puede hacer, y mucho, para paliar los sufrimientos de los que la están padeciendo en primera persona, afectando, eso sí, a los intereses de los que aún no se han enterado, o incluso están viviendo mucho mejor, por encima de sus posibilidades, y de las nuestras.

La pregunta del millón. ¿Es posible un dinero diferente del que manejamos? La respuesta de Mario Draghi (Gran Pontífice del sistema) y de los Sumos Sacerdotes que le rodean será indefectiblemente la misma: por supuesto que no. ¿Podemos creerles? Sí, podemos, como el ratoncito paralizado por la serpiente de ojos hipnóticos que aspira a devorarlo. Así enseguida caeremos dormidos, para no volver a despertar.

Lo que caracteriza al dinero actual es la usura, más conocida como el interés positivo. La usura destruye la sociedad, la impulsa a expoliar el entorno, y genera una ansiedad endémica, que nos subordina a los intereses egoístas de los detentadores del capital.

Para entender cómo funciona este sistema siniestro, ya lo he hecho en alguna ocasión, es necesario referirse a la famosa parábola de Bernard Lietaer sobre “el undécimo redondel”, de su libro, “El futuro del dinero”.

Hace tiempo, en un pequeño pueblo, la gente usaba el trueque para todas sus transacciones, y cada día de mercado recorría los puestos con gallinas, huevos, jamón y pan, se involucraba en prolongadas negaciones para obtener lo que necesitaba. Sin embargo, en períodos clave del año, como durante la cosecha, o siempre que alguien necesitaba hacer grandes reparaciones después de una tormenta, la gente revivía la tradición de ayudarse unos a otros. Sabían que de esta manera, si ellos tenían un problema, igualmente otros les ayudarían.

Un día de mercado llegó un extraño de brillantes zapatos negros y elegante sobrero de copa, y observó el proceso completo con un sonrisa sardónica en los labios. Cuando vio a un grajero corriendo para acorralar seis gallinas que tenía que intercambiar por un gran jamón, no pudo contener la risa. La mujer del granjero desafió al extraño. “¿Piensa que se pueden atrapar mejor las gallinas?”. “Hay una manera mucho mejor de eliminar cualquier inconveniente. Tráiganme un cuero de vaca, y se lo explicaré”. Así sucedió. Y el extranjero tomó el cuero y cortó redondeles perfectos, estampando en ellos un sello. Entonces dio a cada familia diez redondeles, y les explicó que representaban el valor de una gallina. “Ahora pueden comerciar y regatear con los redondeles, en lugar de con las incómodas gallinas”. Tenía sentido. Todos quedaron impresionados del hombre con zapatos y sobrero brillantes. “Oh, a propósito”, agregó éste, “de aquí a un año volveré, y quiero que cada uno de ustedes me traiga de vuelta once redondeles. Este undécimo redondel, que me abonarán, es un gesto de aprecio por la mejora tecnológica que he introducido en sus vidas. “Pero, ¿de dónde saldrá el undécimo redondel?”. “No se preocupen, ya verán” dijo el hombre con una sonrisa tranquilizadora.

Asumiendo que la población y la producción anual permanezcan exactamente iguales durante el año siguiente, es evidente que una de cada once familias tendrá que perder todos sus redondeles, aun si todos manejan bien los negocios, para que las otras diez puedan proveerse del redondel que les falta. De esta manera, cuando la tormenta amenazó la cosecha de una de dichas familias, la gente se volvió menos generosa a la hora de ayudarlos, pues si alguien no podía pagar, ellos quedaban a salvo, y eran otros los que resultaban excluidos del sistema. En definitiva, y como efecto secundario aparentemente no planeado, los redondeles fueron desalentando el espíritu de cooperación que era tradicional en el pueblo, y generando una competencia subyacente y despiadada entre sus participantes.

Es evidente que sólo de tres maneras puede terminar esta historia: inflación, bancarrota o crecimiento. Son las únicas opciones que enfrente una economía basada en la usura. Los pueblerinos podrán procurarse otro cuero de vaca, y hacer más monedas. Como alternativa, ya se dijo, una de cada once familias podría quebrar y ser expulsada del pueblo hacia un destino incierto en los bosques repletos de ladrones y fieras. La última posibilidad es que, al mismo tiempo que los redondeles, aumente el número de gallinas producidas. Observemos que, en este esquema satánico, cada una de las tres presiones actúa simultáneamente. La presión de la bancarrota produce una inseguridad sistémica, que a su vez lleva a la gente a producir a toda costa, llevando una vida penosa y estresante, en la permanente penuria de efectivo y la preocupación. Al mismo tiempo, la presión popular lleva a las instituciones a “hacer” más dinero, procurando al mismo tiempo que aumente la producción de gallinas. Es el imperativo categórico de “crece o muere”. Queda la solución de crear más redondeles para pagar al maldito extranjero, pero si no crece el producto del pueblo tal solución hará dispararse la inflación, que terminará por hacer quebrar el sistema, puesto que cada vez necesitaremos más redondeles para adquirir una gallina. Es posible que la mejor solución sea ésta última, pues el juego tiene truco y lo mejor es dejar que reviente, y al aprovechado de los zapatos relucientes sin negocio. Pero entonces, tendremos que volver a cambiar jamones por gallinas.

Desde hace ya varias décadas los economistas con conciencia ecológica (no confundir con los peakoilers natos, subespecie más agresiva) propugnaban, desde posiciones meramente conservacionistas y no de estricta necesidad, una economía estacionaria (de crecimiento cero), pues sería la única capaz de limitar el impacto humano en el mundo natural. Pero ahora sabemos que ni siquiera esto es posible. Los límites del mundo material exigen, ya no una economía que no crezca, sino incluso una que decrezca, en definitiva, que disminuya el pastel, porque no hay suficiente petróleo, gas natural, carbón, uranio, hierro, cobre, neodimio, tantalio, o simplemente agua dulce para mantener esta carrera irracional.

La idea de la materialización absoluta ha tenido un efecto paradójico. Ha disminuido la vida media útil de los productos. Como la economía neoclásica mide la riqueza generada en un año (PIB), mantener en uso un producto durante más de una anualidad se supone que no produce riqueza. Y es cierto que acortar deliberadamente (obsolescencia programada) la vida media de los bienes de consumo conduce a una desmaterialización relativa. Pero, en definitiva, usar productos desechables de materiales más livianos no compensa de ninguna manera los problemas de la materialización absoluta, pues aunque habrá una reducción del uso de recursos por unidad productiva, aumentará la presión sobre el medio ambiente en términos de uso de energía, generación de desechos, saturación de sumideros y contaminación de suelos, aguas y aire.

La única política económica sostenible es obligar a la inversión y al consumo a reconectarse con el ámbito productivo. En este contexto resulta revolucionaria la idea de Keynes de introducir, en tiempos de crisis, que son los únicos que tenemos por delante, tasas de interés negativas, para generar lo que se denomina una economía de “demurrage”, que podríamos traducir como de aplazamiento.

Tanto el interés positivo como el negativo representan el pago de un precio por el uso del dinero. Pero la diferencia real es que en el primer caso acrecienta el dinero de los que ya lo poseen, mientras en el segundo se cobra a los poseedores del dinero por su uso. Con el interés negativo, tener fortuna deviene costoso, y se desincentiva la acumulación. Mientras en un sistema basado en intereses positivos la seguridad se fundamente en la tenencia de dinero, en un sistema de intereses negativos, en cambio, la seguridad consiste en llegar a ser parte de una red de relaciones sociales donde se intercambian productos y servicios. En otras palabras, el centro de atención se pone en las relaciones humanas, y no en la posesión material de cosas. Se fomenta en definitiva el compartir, la reciprocidad y el bienestar real, que no tiene nada que ver con lo que muestran las estadísticas de PIB.

La tasa de interés negativo tiende a fomentar el consumo de productos duraderos. Si tenemos que escoger un producto con un valor de 20, que tiene una vida media útil de un año, o un producto que cumpla la misma función con un valor de 40, pero una vida útil dos veces mayor, en una economía con intereses positivos se escogerá el primer producto, ya que permite invertir el capital no empleado y obtener más dinero. En una economía de “demurrage” se optará, en cambio, por comprar el producto más duradero, puesto que el dinero, en el futuro, no valdrá lo que vale hoy.

En una economía con intereses negativos, cuanto más tiempo tarde una inversión de dinero en depreciarse, más éxito tendrá. Si el tiempo medio para sustituir la inversión necesaria se duplica, el dinero desembolsado para una nueva inversión productiva se reduce a la mitad. En términos monetarios implicará que la economía tiende a decrecer (justo lo que necesitamos), aunque los bienes en uso, más duraderos, mejoran notablemente el contenido vital cotidiano, trayendo mayor bienestar.

Mientras el interés promueve el descuento de futuros flujos de efectivo, el “demurrage” alienta el pensamiento a largo plazo. En la contabilidad actual, un bosque que tiene la capacidad de generar unas rentas de cinco mil euros por año, es considerado más valioso si es inmediatamente cortado por un beneficio de 120.000 euros (el valor neto actual del bosque sostenible calculado a una tasa de descuento del 5% es de sólo 100.000 euros). Este estado de cosas conduce a la conducta infame y cortoplacista de las grandes corporaciones internacionales, que sacrifican incluso su propio beneficio a largo plazo (y el de todos) por resultados a corto para el ejercicio fiscal. Tal conducta es perfectamente racional, aunque parezca increíble, en una economía basada en el interés, pero en un sistema de aplazamiento, el puro cálculo objetivo aconsejaría que el bosque sea preservado. Así la codicia ya no motivaría el robo del futuro en beneficio del presente.

El interés negativo reduce, pues, el asalto a los recursos naturales, y la agresión al medio ambiente. De esta forma la economía empieza a adaptarse a la capacidad reproductiva de la naturaleza, de forma que se liberan recursos para su uso posterior, o para el desarrollo de pueblos hasta ahora excluidos.

En realidad Keynes, él mismo lo reconoce, no fue el auténtico ideólogo de la utilidad de una economía de intereses negativos, que castigara la posesión ociosa del dinero, sino Silvio Gesell, economista alemán que defendió el sistema no solamente para un situación puntual de emergencia, como hacía Keynes, sino como solución de continuidad, a fin de generar una sociedad basada en criterios económicos, sociales y éticos muy distintos de los vigentes. Él fue el auténtico descubridor de los efectos taumatúrgicos del aplazamiento, que plasmo en su imprescindible obra “El Orden Económico Natural”.

Con el sistema usurario actual es mucho mejor tener mil dólares que diez personas que te deban cien dólares. En un sistema de aplazamiento ocurre justo lo contrario. Puesto que el dinero pierde valor con el tiempo, si tengo algo de dinero que no estoy usando me resulta útil prestarlo, de forma que si necesito algo de efectivo en el futuro puedo cobrar mis obligaciones o crear otras nuevas con alguien dentro de mi círculo próximo que tenga más dinero del que necesite para cubrir sus necesidades inmediatas.

Gesell, llama al dinero de interés negativo “dinero libre”, y lo describe así: “el dinero ha sido reducido al nivel de los paraguas. Amigos y conocidos se asisten unos a otros mutuamente, con toda naturalidad, con préstamos. Nadie acumula, o puede acumular, puesto que el dinero está bajo la compulsión de circular. Pero justamente porque nadie puede formar reservas de dinero, las reservas no son necesarias, pues la circulación del dinero es regular e interrumpida”.

En otras palabras, el aplazamiento redefine el dinero reforzando su función de medio de intercambio, desincentivando su uso cómo depósito de valor. El dinero, entonces, ya no es una excepción a la tendencia universal en la naturaleza a la oxidación, la putrefacción y la decadencia, esto es, al reciclado de los recursos. El dinero ya no perpetúa un reino humano separado de la naturaleza.

“Sólo el dinero que se desactualiza como un periódico, se pudre como las papas, se oxida como el hierro, se evapora como el éter, es capaz de soportar la prueba de ser un instrumento efectivo de intercambio. Este dinero ya no es preferido sobre otros bienes, ni por el comprador ni por el vendedor. Entonces intercambiaremos bienes por dinero, sólo porque necesitamos dinero como medio de intercambio, no porque esperemos tener una ventaja de su posesión”.

Y es que tal y como están las cosas, el poseedor de dinero, elemento que no sufre el paso del tiempo como las demás mercancías, tiene ventaja sobre los productores y distribuidores de productos de primera necesidad, puesto que puede marcar los tiempos y esperar una coyuntura favorable, razón por la que, para salir al mercado, exige una contraprestación, que es, precisamente, el interés positivo, que supone ni más ni menos que una extorsión.

Los poderes públicos deben ser conscientes de tal circunstancia y, en uso de sus atribuciones, regular la igualdad de las mercancías en su acceso al mercado, imponiendo a la que no se corrompe, el dinero, una tasa periódica, que supone una pequeña fracción de su denominación, cuyo abono se justifica mediante una estampilla que debe ser anexada al papel moneda para que éste conserve su validez como medio de pago.

Podemos pensar que hablamos de un proyecto utópico, permanentemente pendiente de implementación y que nunca podrá demostrar su eficacia. Sin embargo, y aunque ocultos poderes fácticos guardan celosamente el secreto, el hecho es que el sistema fue puesto en práctica, en concreto durante la recesión brutal resultado de la crisis de 1929 y, por cierto, con resultados que superaron en mucho las expectativas planteadas.

Fue en el pequeño pueblo de Wörgl, en Austria, en 1932. Se emitió numerario local, de forma que cada pieza, para seguir siendo válida, requería una estampilla mensual que costaba el 1% de su valor nominal. Esta medida antiacumulación instaba a los ciudadanos a gastar su dinero rápidamente, y llegó a darse el caso de que algunos pagaron incluso impuestos por anticipado. Por primera vez en muchos siglos, desde los tiempos de los pueblos arcaicos de cazadores-recolectores, la acumulación de riqueza se volvió una molestia. ¿Qué ocurrió? Pues que la economía de Wörgl despegó como nunca se había visto. La tasa de desempleo se desplomó, mientras el resto del país caía en una profunda recesión. Las obras públicas fueron completadas y una ola de prosperidad inusitada inundó el poblado, la que se contagió incluso a localidades vecinas. Además, como había pronosticado Gesell, los ciudadanos se ayudaban, y optaban por prestar dinero a sus familiares, amigos o vecinos, con lo que un espíritu colaborativo, ya olvidado, hizo súbitamente acto de presencia.

Inmediatamente sonaron las alarmas en los despachos de los usureros. La moneda de Worgl (y cientos de imitaciones) fueron implacablemente prohibidas en 1933, a petición del amenazado Banco Central Austriaco que exigió, y por supuesto obtuvo, que el uso de la moneda alternativa fuera tipificado como delito, y castigado con penas de prisión. Los desesperados habitantes de Wörgl recurrieron el caso ante la Corte Suprema, que por supuesto dio la razón a los lacayos de los especuladores. ¿Veis cómo no perdonan que veamos claro? ¿Veis cómo somos como borregos que llevan del ronzal al matadero? ¿Veis cómo nunca permitirán que tengamos el control real?

Y es que el experimento de Wörgl se había vuelto extremadamente peligroso al empezar a cruzar fronteras, océanos y continentes. En Checoslovaquia, un gran número de municipios decidieron introducir un sistema monetario similar. En el principado de Liechtenstein pensaron hacer también lo mismo. Y otro tanto ocurrió en el principado de Mónaco, París y Niza. En el reino de Yugoslavia (concretamente en Serbia), en Francia e incluso en España distintos municipios copiaron al del Tirol, entre 1934 y 1936. En Estados Unidos, con la Reserva Federal haciendo de las suyas, y la moneda nacional evaporándose en una auténtica epidemia de quiebras bancarias, centenares de ciudades americanas imitaron el ejemplo de la ciudad austriaca, nuevamente con resultados prometedores. En el Senado se presentó un proyecto de ley para efectivizar la introducción del “dinero menguante” de Silvio Gesell.

Pero los amos sacaron inmediatamente la artillería pesada. Suiza, donde algunas ciudades habían sido seducidas por el sistema de Worgl, prohibió incluso al alcalde de la localidad austriaca, Michael Unterguggenberger, la entrada en el país. El Gobierno federal norteamericano y, por supuesto sus bancos, no querían ni oír hablar de que la “fiebre monetaria de Wörgl” pudiera extenderse por el país. A pesar de la vigorosa defensa del sistema por parte del prominente economista Irving Fisher, Roosevelt prohibió inmediatamente las monedas de emergencia al lanzar el New Deal, llegando a confiscar todo el oro del país y a declarar un feriado bancario de cuatro días, en marzo de 1933, mediante la Emergency Banking Act, para acabar definitivamente con ellas, ante el pavor que causaba al establishment el efecto descentralizante de la moneda libre.

El dinero basado en el aplazamiento es solo parte de la transición necesaria. Existen otras vías, como la contabilidad del costo completo, los sistemas bancarios JAK, las monedas locales y de crédito mutuo, la economía de arrendamiento, de P2P y la ecología industrial. Pero en todo caso, el aplazamiento, y el ataque directo al control de la masa monetaria por los grandes operadores financieros y bancos centrales es la clave. Una economía que emula a la naturaleza, la única sostenible, no puede descansar sobre un sistema monetario que precisa del crecimiento exponencial. Visionarios, como Silvio Gesell, E. F. Schumacher, Paul Hawken, Herman Daly y muchos otros no han trabajado en vano. Han plantado las semillas de un nuevo tipo de economía que curará nuestra asolada tierra. El agotamiento de los recursos geológicos y energéticos acabará con el reino de los usureros, y nos permitirá encontrar vías accesibles para enviarlos a todos al infierno, de donde nunca debieron salir.

Saludos,

Calícrates