martes, 18 de febrero de 2014

Caleidoscopio



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La lectura del libro de David Ripoll, El Caleidoscopio, me ha hecho pensar. Normalmente siempre he partido de la base de que a la oligarquía financiero-industrial le interesa mantener intactos sus capitales (deudas a partir de dinero inventado) a fin de sacar el máximo rédito a sus activos. Desde este punto de vista siempre he previsto la llegada de la inflación masiva como una pérdida del control de la situación por parte de los amos del sistema económico. Y aunque efectivamente éste es inviable sin crecimiento, y el camino por el que discurre sólo puede conducir a la centrifugadora, me empiezo a cuestionar que los dueños del corral puedan permitirse “perder el control”, de forma que, a sabiendas de la inevitabilidad de la quiebra del sistema, se planteen causar deliberadamente el estallido, en el momento más favorable para sus intereses. Bien, sé que me ha salido un párrafo muy denso, procuraré explicarme.

Como explica Ripoll, la quiebra de un sistema monetario tiene tres fases esenciales:

- 1ª fase, deflación, en la teóricamente aún nos encontramos, aunque determinados costes vinculados a la energía ya están inflactando, basta ver la que se traen con el recibo de la electricidad. Durante esta fase, se detiene el crédito, y por la tanto la creación de dinero, con lo cual la actividad económica se contrae violentamente, cesa el crecimiento y comienza el calvario del desempleo. De esta forma se detrae la riqueza de los deudores, que son forzados a quebrar, con lo que los bancos se quedan con sus propiedades a precios de saldo (supongo que la lectura de la prensa diaria me exime de continuar glosando el tema). Pero no se vayan todavía, aún hay más.

- 2ª fase, inflación, agotado el saqueo de los económicamente más débiles, esto es, los endeudados hasta las cachas y sus avalistas, rematados sus bienes inmuebles como consecuencia de subasta hipotecaria o proveniente de embargo, y llevadas al límite las posibilidades de embargar con provecho el resto de sus activos (vehículos, cuentas bancarias, acciones,..) y de sangrar sus exiguos sueldos, pensiones o prestaciones por desempleo, las tasas de morosidad suben al infinito, con lo cual el mantenimiento de la deuda como activo empieza a perder sentido, puesto que, como sabemos, lo que caracteriza a un activo es precisamente su capacidad de generar ingresos por encima de los gastos que ocasiona su tenencia, ya que de lo contrario pasa a ser un pasivo.

Así las cosas el sistema económico, absolutamente dependiente de crecimiento, y su mastín bancario, nacido para el saqueo e incapaz de parasitar a una sociedad abocada a decrecer, deben buscar una nueva presa, y sólo quedan los que aún disponen de liquidez, esto es, los ahorradores. Desde este punto de vista puede que la fase inflacionaria no sea realmente resultado de una “pérdida del control”, como he dicho, sino una operación deliberada, dirigida a arruinar a los que todavía resisten, limitar al máximo el poder adquisitivo de los salarios (de los que aún trabajan) y depredar los restos salvados del naufragio antes de hacer sonar el bombo y los platillos.

En este sentido ya he advertido en algún otro post de la extraña prisa que hay por aprobar cierta normativa comunitaria que convierte a los depositantes en simples acreedores de los bancos, en caso de concurso, para el cercano año 2016. Y recordemos, por otra parte, que una de las consecuencias inmediatas de la declaración de concurso es la prohibición de la compensación de créditos, salvo en ciertas circunstancias tasadas. Lo digo porque puede ocurrir que haya quien tenga pendiente una deuda hipotecaria y al mismo tiempo sea titular de un depósito importante (lo que a veces ocurre). Se quedará sin sus ahorros, pasando a ser un acreedor más de la masa activa, a cobrar en el lugar que le corresponda, y tendrá que seguir pagando cuotas hipotecarias. Lo que oís. ¿A que son más malos aún de lo que parece? Y para los partidarios del colchón bancario (me refiero al de guardar la tela no a los mecanismos para salvar bancos a costa nuestra), que sepan que los billetes físicos guardados bajo la cama perderán su valor igual de rápido que sus equivalentes digitales.

- 3ª fase, colapso del sistema monetario. La moneda originaria no puede cumplir ya sus funciones como dinero, esto es, depósito y medida de valor, así como medio de intercambio. Es, por tanto abandonada, recurriéndose a patrones de trueque ad hoc, a nuevas monedas locales, y especialmente a minerales y metales preciosos. En estas condiciones ya sólo quien ha podido acopiar bienes valiosos en sí mismos, y especialmente oro y plata, tendrá capacidad económica, por lo que ya sabemos lo que están haciendo los que dirigen el operativo relatado.

Por otra parte, la hiperinflación habrá llevado a las deudas a su mínima expresión, lo que favorece algo a los deudores, aunque poco porque de todas maneras no habrían podido pagarlas, pero también, y sobre todo, una vez más, a los bancos, pues liquidado el apalancamiento precedente pueden recomenzar un nuevo ciclo de crédito (eso si nos dejamos volver a embaucar, y siempre dentro de las condiciones que resulten de la quiebra del sistema, sobre las que tan sólo podemos especular).

Lo que no debemos olvidar a la hora de imaginar escenarios futuros, es que en este caso la imposibilidad de continuar creciendo es estructural, proviene del agotamiento de los recursos, especialmente energéticos, por lo que no cabe esperar una “vuelta a la normalidad”, ya imposible, sino una transformación absoluta de nuestro sistema civilizatorio (excrecencia del económico), absolutamente insoslayable, aunque lo importante no es tanto ser consciente de su carácter ineludible, como conocer su dirección, y especialmente sus tiempos, que quien escribe ignora.

Digo lo anterior porque en el pasado se han producido situaciones de colapso inflacionario de manera, digamos, artificial, por coyunturas económicas o políticas, dirigidas a hacer caer un régimen o a colocar en el poder a algún fantoche previamente adiestrado en secreto. A ver si algún día me atrevo a contar quien era Adolfo Hitler (recomiendo el minuto 46 del documental enlazado) y quien le encargó la misión de destruir Alemania. Pero esta vez la situación es diferente. No se trata de un experimento o una operación de inteligencia. No hay salida, y quien pretenda volver al pasado será arrastrado por la corriente. Estáis avisados.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. Dicho así suena un poco aséptico, probablemente veremos todo esto amenizado con revueltas, criminalidad disparada y la insustituible guerra. No podían faltar los fuegos artificiales.
    Un saludo

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