lunes, 21 de abril de 2014

Crónica de un viaje (I)



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Quien esto escribe cacarea mucho, pero a la hora de la verdad, y a la vista de que el BAU sigue su curso, aunque sea a tirones, hago algún que otro viaje, entre otras cosas porque tengo la convicción de que pronto no será posible, o al menos no tan sencillo y asequible. Normalmente no hablo de ello, pero en esta ocasión sí lo haré, excepcionalmente, pues existe motivo. Pero será a lo largo de varios posts, porque lo que he visto, a la luz del problema que nos ocupa, la inviabilidad energética de la civilización industrial, da para bastante, y por otro lado porque he descubierto que la capacidad de atención de un ser humano empieza a resentirse a partir de la página tres de un texto en Times New Roman 14, y eso aunque lo que te cuenten sea interesante, lo que espero que así sea. Los hechos que voy a narrar son absolutamente reales, si bien los nombres de las personas que en ellos intervinieron, y que tienen derecho a su privacidad, serán rigurosamente ficticios, como el mío.

Aproximadamente las 14:30 horas de un día cualquiera en fechas recientes. Llego al impresionante y excelentemente diseñado aeropuerto de Frankfurt, en vuelo procedente de Barcelona. Allí mi fino olfato de economista amateur descubre inmediatamente porqué Alemania no tiene miedo a la deflación: una botella de agua mineral de 0,75 litros, 3,80 euros. También descubro para que sirve tanto jaleo con la seguridad y la prohibición de introducir líquidos en la zona de embarque. Temblando todavía de la clavada me dirijo a la puerta indicada en los paneles para mi siguiente destino, con la vista puesta en el pavimento, a fin de no verme tentado por ninguna otra compra compulsiva, o por si aparece súbitamente, tras una esquina, el cobrador del volumen de aire inspirado.

Tras un nuevo agradable vuelo, en otro insostenible avión, llego a la ciudad polaca de Cracovia. Kraków en polaco, y la o acentuada se pronuncia u, al contrario que en catalán, para que luego nos llamen como nos llaman. La persona que me espera lleva un cartel, algo ostentoso, con la mención previamente fijada. Pero habríamos podido prescindir de tal ceremonia, pues me reconoce enseguida, y yo a él. Mi ángel de la guarda, a quien conoceremos con el nombre de “Braulio” es un hombre de casi dos metros que me ofrece una mano enorme. Salimos rápidamente a la calle. Me doy cuenta rápidamente de que en este país alguien se ha olvidado de poner la calefacción, o se ha dejado puesto el aire acondicionado, que es lo mismo. Cuatro grados en abril a las cinco de la tarde. No está mal.

Braulio es un hombre inteligente. Me cuentan de él que estudió derecho, pero para ejercer la profesión, en su día, tenías que ser miembro del partido comunista, así que se tuvo que dedicar a otros menesteres. También que, aparte los odios tradicionales de los polacos a los rusos y alemanes, por este orden, tiene una especial animadversión a los ingleses, que en su día prometieron proteger las libertades polacas y luego dejaron que Hitler ocupara el país en una semana. Con ello demuestra que es un hombre despierto, capaz de ver más allá de las apariencias. El que pueda entienda.

Mi anfitrión me conduce a través de un parquing elevado, hacia un Volkswagen grande de segunda mano. He de decir que Braulio no habla ninguna lengua digamos “convencional” de comunicación entre personas acostumbradas a moverse por el ancho mundo, esto es, viajadas. Pero para mi sorpresa chapurrea el italiano, lo que permite un remedo de conversación, bastante pedestre. Al parecer vivió en Roma algún tiempo, por motivos tan misteriosos como él mismo, y que yo, evidentemente, no pregunto. Me sorprendo de mis inmediatos progresos en una lengua a la que nunca había prestado atención alguna.

Braulio conduce también un poco a la italiana, como todo el mundo por aquí. Lo importante, diríamos, es llegar a tiempo, lo que, dadas las características de la vía, impone tirones, cambios inopinados de carril y maniobras imposibles. Pero se le nota que está acostumbrado y es un buen conductor. Él no lo sabe pero a partir del momento en que enfilamos la autovía en obras que conduce a Cracovia tengo puesto en marcha el escáner Peak Oil, para descubrir cualquier signo físico o económico en relación a la declinación petrolífera que nos acecha. Una larga caravana de vehículos en ambos sentidos de la circulación desde que iniciamos la ruta me indica que mi labor va a ser ardua. Pero es posible que todo tenga una explicación lógica, no hay que desanimarse.  Continuará…

Saludos,

Calícrates

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