viernes, 25 de abril de 2014

Crónica de un viaje (II)



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Es la mañana del día siguiente a mi llegada. Miro por la ventana sorprendido. Tengo ante mí un patio lleno de árboles y verdor, y a lo lejos un paisaje urbano muy distinto del que estoy acostumbrado. Me doy cuenta de la importancia que tiene el aislamiento de interiores. Con la temperatura que en estos momentos hay en el exterior, en Tarragona tendríamos los radiadores de aceite a todo trapo, además de los equipos de carga nocturna. Todo a la mayor gloria de esas compañías eléctricas a las que tanto preocupa nuestro bienestar y nuestro bolsillo. Aquí no hay encendido un solo calefactor, y la temperatura es agradable. ¿Cómo se consigue este milagro?

Pues muy sencillo. El dintel exterior tiene una anchura aproximada de treinta centímetros, y el interior otro tanto, contado el espacio que ocupa la sólida ventana de PVC, con cierres a presión y perfectamente hermética, por lo que el muro perimetral tiene más de medio metro. Además presumo, aunque evidentemente no puedo comprobarlo, que los huecos internos que forma la mampostería lejos de contener simplemente aire se encuentran rellenos de algún tipo de material aislante. Vamos que cualquier parecido con los acabados corrientes en las sucesivas burbujas inmobiliarias hispanas es pura coincidencia. ¿A qué vas a construir algo decente si puedes ahorrar costes para así llevarte más dinero a Luxemburgo? Y debo decir que el edificio donde me encuentro está construido en la época comunista, si bien es cierto que no en su período económicamente más problemático.

Buscando un lugar para cambiar dinero, un Kantor, me doy de bruces con la universidad politécnica, un templo pagano más del sistema tecno – industrial. Como es habitual en estos casos, los futuros sumos sacerdotes del sistema caminan semiingrávidos, levitando con cierto aire cansino, ebrios de ciencia, por estrechos paseos de piedra entre el césped.

He criticado mucho, en forma genérica, a los técnicos y con las carreras técnicas, aunque es bien cierto que para ellos es mucho más difícil reconocer la inviabilidad de la sociedad industrial, puesto que, en muchos casos, su porvenir laboral depende de proyectos megalomaníacos que pronto pasarán, felizmente, a dormir el sueño de los justos. Es por este motivo que los que de entre ellos son capaces de comprender, o de hablar claro, tienen mucho más mérito que los que nos dedicamos a otras disciplinas del saber. Justo es decirlo (gracias Antonio y mejórate).

Además, muchas barbaridades faraónicas absolutamente insostenibles que se han perpetrado en nombre de la ciencia (mecanicista) han dependido más de decisiones políticas que no del criterio de los especialistas. La nefasta influencia y el legado de décadas de cienciocracia, por desgracia, sigue siendo notable. Veamos un ejemplo.

Cerca de donde me encuentro se observan dos impresionantes chimeneas, y una tobera tipo nuclear, al otro lado del Vístula. No preocuparse. Por lo visto es una central térmica para calefacción y agua caliente, lo que me confirman unos tubos enormes, viejos y con el aislante desgastado, visibles a un lado de una avenida próxima. Lo había visto en algún otro lugar de Europa (Gotemburgo), e incluso cuando era niño recuerdo vagamente que el barrio donde vivía presumía de un armatoste industrial parecido, de menor escala claro, que enseguida cerró.

Sin necesidad de pisar un solo minuto una facultad de ingeniería industrial (salvo para alguna fiesta) es fácil suponer que tal sistema es ineficiente económica y energéticamente, por no decir absolutamente absurdo, por las pérdidas de calor, inevitables, e incluso de agua, a causa de filtraciones, durante la conducción. Eso sin hablar del coste de mantenimiento de semejante infraestructura, pues el material aislante ha de ser repuesto constantemente a tramos (otra cosa es que se haga), y también los tubos, porque el agua caliente los corroe. Y estamos hablando de kilómetros de tuberías.

Hasta un analfabeto funcional comprende que lo más eficiente en materia de calefacción y agua caliente son los equipos individuales por domicilio, incluso más que los comunitarios. Pero claro, de esta manera sólo das trabajo a los lampistas, y construyendo una central gigantesca se producen otras “deseconomías” y beneficios colaterales, aunque no ciertamente, como hemos visto, para la sociedad en general, sino para ciertos individuos y colectividades fuertemente restringidos, y fácilmente presumibles sin necesidad de grandes dotes de imaginación. En definitiva, como bien decía Leopold Kohr, nuestro problema siempre ha sido, y será mientras dure, el gigantismo.

Dídac, nuevamente el nombre es ficticio, es un buen hombre, un buen catalán, que hace años que vive y trabaja en Cracovia. Está casado con una polaca y habla el idioma a la perfección (me refiero al polaco eslavo, el otro, claro, también). Le pregunto si siempre hace este frío, y me dice que ésta es la temperatura corriente para estas fechas, y en invierno, por supuesto, el termómetro baja decenas de grados, aunque este año ha sido excepcional, y además no ha nevado (n. del a., carnaza para los del cambio climático).

Enseguida pasamos a los temas económicos, para mí más importantes que los climatológicos. Dídac es contundente. En Polonia no hay crisis ninguna. Y quien no trabaja es porque no quiere. No hace falta que me lo repita. Lo compruebo a cada paso. Obras en el aeropuerto, una estación de ferrocarril enteramente nueva, centros comerciales gigantescos, más grandes que ninguno que haya visto en Españistán, y sobre todo coches. Avenidas llenas de tráfico, vehículos por doquier y a todo trapo, con sus correspondientes corolarios: concesionarios, talleres, anuncios,… En pocos días vi no uno, sino hasta dos Hummer (la solución a nuestros problemas energéticos). Da la impresión de que los polacos han perdido el oremus por el automóvil. Esperemos que los cachivaches electrónicos y, sobre todo, los inmuebles no hagan el resto, en otro post hablaré de ello.

¿Qué está ocurriendo aquí? Enseguida Dídac me da nuevas pistas. Me habla de los salarios. Un trabajador de los más escasamente cualificados puede ganar trescientos euros (1.200 zlotis). Y uno de gran cualificación directamente es mileurista. Empiezo a entender por qué a los polacos, de momento, les dejan seguir la fiesta. También comprendo por qué siguen funcionando las factorías automovilísticas españolas, a pesar de las escasa demanda interna, pues muchos de los coches que veo deambular a toda prisa están construidos aquí. Y presumo que el vendaval consumista ligado a las cuatro ruedas debe estar desarrollándose igualmente en otros países del antiguo bloque soviético, con rentas del trabajo jibarizadas, pero sin desempleo de dos dígitos.

¿Pero entonces? Me asalta una tremenda duda. ¿Será que la Ministra de la melena convexa, como dice David Torres, la que quiere que nos encomendemos a la Virgen del Rocío para encontrar trabajo, la inefable Fátima Báñez, tiene razón cuando dice que los salarios tienen que bajar? ¿Será verdad que si trabajamos por la miseria que cobran los polacos las cifras del paro volverán a niveles razonables? Mi sincera opinión es que no, porque existe una diferencia macroeconómica fundamental entre los polacos y nosotros, que por otra parte ilustra muy bien cuál será el destino ulterior de la Polonia orgullosa e indomable, un destino no menos cruel que el nuestro, aunque sí más rápido. Continuará…

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. Elegir entre una dura y larga transición o un colapso suicida. Parece que sigue ganando el colapso.
    Un saludo

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