lunes, 14 de abril de 2014

El aullido del lobo



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Pese a residir en Cataluña no me he posicionado en ningún momento sobre el contencioso en curso con el Estado. Tampoco lo haré en este post, al menos directamente.

Frente a lo que nos espera, nuestra situación aquí en Españistán no puede ser menos deseable. Aparte consideraciones sobre la obsolescencia de nuestro aparato productivo, intensivo en combustibles fósiles que no tenemos, disfrutamos de la oligarquía extractiva más peligrosa de Europa y probablemente del mundo. Y no porque lo diga el que estas líneas teclea, sino por un hecho perfectamente claro y contrastable: la guerra civil. Es fácilmente imaginable que los pocos millonarios con cierta conciencia, personal y social, fueron exterminados o exiliados al finalizar la contienda, y en todo caso, por supuesto, expoliados de sus propiedades, que fueron inmediatamente saqueadas por los vencedores.

Con lo cual, queridos lectores, vosotros mismos podéis juzgar que es lo que puede quedar. Es evidente que la mayor parte de la riqueza del país se encuentra en manos de las dinastías facciosas que, juntamente con la Iglesia no lo olvidemos, auparon al Caudillo de los Ejércitos, quienes, claro, ahora son demócratas, porque toca y porque así se lo ha aconsejado el sentido común y los servicios de inteligencia norteamericanos.

Hace algo más de ochenta años, muchos españoles, llenos de ilusión y alegría, acometieron un último intento de regeneración de España. Pudieron cometer errores, como todos, pero es un hecho que, en su gran mayoría, eran hombres íntegros y llenos de buenas intenciones. Pues bien, casi todos acabaron en cunetas y fosas comunes, y a los que sobrevivieron no les quedó ni el aliento para levantar la voz ante tanta bestialidad (hay que recordar que la “represión” no sólo incluyó fusilamientos, también violaciones y torturas).

¿Se merece España, después de aquello, seguir existiendo? Mi modesto criterio es que no, y ya no porque existan tal o cual nación o nacionalidad sin estado y con taparrabos que se sienta presa en una cárcel de pueblos, sino por la sencilla razón de que la indignidad no tiene derecho alguno, ni puede tenerlo jamás. Y menos aún salirse con la suya. ¿Os aconsejaré que sigáis el ejemplo de aquellos buenos republicanos, llenos de bonhomía, ingenuidad y buena fe? Sinceramente no puedo. Debo constatar, pues así lo compruebo día a día, y no sólo en relación a los acontecimientos de los años 30, que para ganar no se puede ser demasiado bueno.

Sé que habrá personas humildes, bienintencionadas, que se sientan españoles y que con buena voluntad querrían mantener con respiración asistida al autómata, un supuesto país que sienten como suyo. Están muy equivocados. No es suyo y nunca lo ha sido. El único momento en que estuvo próximo a pertenecerles nos vimos sumidos en el baño de sangre más impresionante por el que jamás haya pasado comunidad alguna en todo el globo, salvada la Camboya de Pol Pot.

En relación con lo dicho os pondré un ejemplo, entre tantos, relacionado con el apellido más denostado de entre los de todos conocidos. Se ha publicado que hace pocos años un nieto de Franco, al parecer titular de diversos paquetes de acciones de empresas de seguridad, molesto por no poder coger un AVE en Zaragoza, no paró hasta conseguir que despidieran al humilde trabajador que le había impedido, en cumplimiento de su deber, acceder al tren. Si así fuera, el testimonio es de propio perjudicado, ya no estaríamos ni ante el “derecho de pernada”, porque ninguna utilidad resulta de acción tan nefanda. Sería directamente crueldad.

No sé lo que va a pasar cuando la penuria asome con toda intensidad. Pero, visto lo ya visto, y sabiendo en que manos nos encontramos, me lo imagino. Solo tengo que hacer tres consideraciones, que no son realmente consejos, como pronto veréis, sino más bien instrucciones de combate:

1.- Hay que ser más astuto que ellos.
2.- Hay que ser más rápido que ellos, no darles tiempo para pensar y utilizar sus inmensos recursos. Este fue el error de los activistas de los años 30.
3.- Lo diré, hay que ser más duro que ellos.

España no tiene solución, porque España es el problema. No nos pertenece a nosotros, sino a los golpistas del 36, cuyos vástagos siguen ocupando despachos de maderas nobles, mesas de caoba y moquetas vistosas. Un futuro más halagüeño sólo puede conseguirse rompiéndoles el juguete, que por definición les aprovecha básicamente sólo a ellos. Es por eso que, pese a lo que se piensa fuera de Cataluña, no hace falta ser catalán “de la cebolla” para ser independentista. Lo constato a diario. E irá a más… Entretanto, dejemos que aúllen los lobos.

Saludos,

Calícrates

2 comentarios:

  1. Por nada volver al país de las tres mentiras: No era una, no era grande y decir que era libre es hablar de la impunidad de los asesinos.
    No creo que estos psicópatas permitan una transición sensata, cuando usaron la religión para arrebatarles a sus víctimas hasta el derecho a perdonar, ya se encargaba la Iglesia de tal menester.

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  2. Acertada reflexión. Muchas gracias.

    RoCa

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