domingo, 11 de mayo de 2014

Crónica de un viaje (IV)



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Seguimos en Polonia. Dídac me explica una curiosa leyenda. Se dice que la ciudad de Cracovia se construyó sobre una colina, donde actualmente se asienta el castillo, que alberga un misterioso meteorito, nunca descubierto, que actúa como una suerte de enorme y prodigioso talismán que protege la ciudad. Se ve que las autoridades comunistas se creyeron la historia, y decidieron que la burguesa, comercial y católica Cracovia era indestructible. Así que, en lugar de arrasarla, decidieron anularla, ningunearla, de forma que languideciera hasta caer en el olvido.

Para ello construyeron, a unos diez quilómetros de la urbe original una suerte de réplica obrera, la ciudad igualitaria perfecta, que debía ser el escaparate del idílico modo de vida comunista para el mundo, y de paso albergar a los 30.000 trabajadores del complejo siderúrgico de Huta im. T. Sendzimira, creado a su vera, modélica empresa que en su momento llegó a ser líder en producción de acero en Europa y hoy, se encuentra prácticamente abandonada, con algunas secciones subarrendadas a otras compañías privadas, habiendo sido finalmente adquirida por el grupo indio Arcelor Mittal.

Dídac quiere que su mujer, Natacha, nos acompañe a visitar Nowa Huta. Por razones misteriosas ésta se resiste a la excursión planeada. Dice que se trata simplemente de un suburbio de la ciudad que no debería visitarse como si se tratara de una atracción turística. Pero Dídac se muestra inflexible. Estaba escrito en las estrellas. Calícrates, sabio arquitecto griego ahora dedicado al estudio de las consecuencias económicas del Peak Oil, debe conocer la ciudad modelo que el socialismo real deparó a los habitantes de la Tierra.

Así que finalmente nos dirigimos allí en transporte público, rodeados de la habitual maraña de vehículos privados con los que los polacos se rinden sin complejos al capitalismo de casino globalizado, mientras dure. Eso sí, entrar un tranvía en Polonia es una experiencia mística, muy gratificante. Nadie habla. Todo el mundo se mira de soslayo, o contempla impávido la ininterrumpida sucesión de inmuebles que surgen como setas de las aceras. Es casi mejor sitio para retirarse que un monasterio. Debe ser la herencia de decenas de años en los que tu compañero de asiento podía ser un agente de la policía secreta, disfrazado de campesino, con dos gallinas y una cesta de cebollas recién cosechadas.

Nowa Huta es, en efecto, absolutamente perfecta. La primera visión del barrio es impresionante. Las primeras “fases” de la urbanización se componen de edificios parecidos a ministerios, grises, no muy altos, contundentes, de amplias ventanas, rodeados de verdor, avenidas rectas y grandes aceras. A pesar del tiempo transcurrido y de la falta de mantenimiento, el conjunto conserva algo de su antigua grandeza. También hay escuelas, centros de atención médica, comercios, teatros e instalaciones deportivas. Un universo de servicios para sus habitantes. Desde la plaza Central (Plac Centralny) salen cinco grandes avenidas formando una estrella. Una ciudad trazada con escuadra y cartabón donde, a pesar de la perfección geométrica, y de la planificación megalómana, desde el primer momento se advierte que falta algo: la asimetría de lo humano.

Además, los aledaños del barrio, construidos posteriormente, empiezan a mostrar rápidamente signos de decadencia. Los edificios son cada vez más altos, las estructuras y acabados más simples, y los materiales más endebles. El entorno urbano y de servicios se deteriora notablemente. En la culminación del lento declive, las construcciones más recientes podrían asentarse perfectamente en Benidorm, bueno, aquí quizás me pase un poco, no son tan malas. ¿Qué ocurrió? La respuesta siempre se encuentra en el remanente de energía neta disponible.

La historia de la decadencia de Nowa Huta es la del antiguo bloque comunista. Irónicamente las economías del eufemísticamente denominado “socialismo real” fueron las víctimas finales, y definitivas, de la crisis del petróleo de 1973. Ante la subida del oro negro la URSS, gran productora de la materia prima, pospuso ad calendas graecas las necesarias reformas económicas que requería su obsolescente sistema productivo, pagando sus crecientes importaciones de Occidente con la energía que exportaba. Además entró en una carrera delirante por emular al gigante norteamericano, que financió con nuevas exportaciones petrolíferas que ya no pudieron llegar a sus países satélites.

Por otro lado, la mayoría de las economías occidentales lograron reducir su consumo petrolífero en un 40 por ciento, mientras que las inflexibles estructuras económicas del bloque socialista sólo pudieron hacerlo en un 20 por ciento. Así las cosas, los costes de producción aumentaban, los pozos rumanos se agotaban, y las exportaciones de crudo seguían creciendo, a fin de conseguir desesperadamente divisas, con lo que la URSS y sus países satélites, se sumergieron en una crisis energética sin salida, que lastraría el bloque soviético durante su última década de existencia.

La estrategia norteamericana, en los años ochenta, de saturar el mercado petrolífero, con decisiva colaboración Saudí, hizo bajar el precio del oro negro por debajo de los costes de producción soviéticos, dando la puntilla a un sistema de producción y distribución absurdo, sí, pero solo un poco más que el denominado capitalista, que estaba, y está, destinado a colapsar algo más tarde aunque, claro, se resiste, y cuenta con medios más eficaces y arteros para sobrevivir. En ello estamos.

Natacha cuenta que llegó un momento en que sólo se permitía comprar un kilo de carne al mes por familia. Por eso las sopas polacas son como son, para aprovechar al máximo la proteína. Narra cómo los dueños de las tiendas decidían a quien vendían la escasa mercancía con gran prepotencia, lo que parece haberse trasladado a los comercios polacos actuales, pues algunos tenderos son bastante antipáticos.

Llegamos a un patio interior y Natacha tuerce el gesto. Dídac, que nos ha llevado al lugar deliberadamente, me revela que su mujer vivió allí algún tiempo con su familia, en un piso de cuarenta metros. Empiezo a comprender. Didac y yo podemos hablar alegremente de las bondades urbanísticas del barrio porque nos quedamos en la superficie. No valoramos el sufrimiento que se encuentra enterrado bajo sus losetas de hormigón. Continuará...

Saludos,

Calícrates

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