sábado, 17 de mayo de 2014

Crónica de un viaje (V)



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Quiero completar esta larga serie de posts sobre mi viaje a Polonia con un contrapunto, un ejercicio de voluntarismo un tanto masoquista, en fin, una entrada con un contenido radicalmente diferente a lo que se expone en las anteriores. Como en otros casos en que lo he hecho, pocos pero seguros, sin duda habrá quien no entienda lo que expongo. Esto puede deberse a dos motivos: a que lo que digo sean simplezas, posibilidad número uno, o por el contrario a que me refiera a conocimientos que requieren de un especial esfuerzo de comprensión y, por qué no decirlo, de cierta amplitud de miras, que no son corrientes en el  mundo en que vivimos, aunque muchas veces te llevas grandes sorpresas, por lo que no conviene desesperar.

Era de todo punto imposible que un medievalista como quien escribe se fuera de Cracovia sin visitar el castillo que domina la ciudad, ubicado en la legendaria colina de Wawel, emplazamiento simbólico depositario del alma de la nación polaca, en un promontorio a 228 metros sobre el nivel del mar, junto al río Vístula. Por los antecedentes del lugar, sabía que me iba a causar gran impacto, pero no me imaginaba hasta qué punto. A decir verdad, nada más entrar en el recinto me quedo literalmente anonadado, confundido, alucinado ante la magnificencia de aquella explanada ajardinada, el patio del Palacio (donde se dice que se encuentra enterrado el misterioso meteorito) y, en fin, de aquellos soberbios edificios, asimétricos y contundentes, que expresan al mismo tiempo majestad y sacralidad (alberga Catedral y Residencia Real). Es la antítesis absoluta de Nowa Huta.

Sí, a pesar de lo que muchos piensan, el mundo es mágico, pero hace falta acudir a los lugares convenientes para presentirlo. Aquél es sin duda uno de ellos, y no me extraña que desde tiempos inmemoriales se considere portador de una especial Baraka. Quien tiene la sensibilidad adecuada para ello lo detecta enseguida, incluso a pesar de que las construcciones actualmente existentes están muy restauradas, y datan de tiempos ya decadentes (Renacimiento), no quedando prácticamente trazas de las primitivas edificaciones medievales, que debieron ser mucho más expresivas e impresionantes.

En relación a los terribles tiempos que nos esperan oigo frecuentemente, incluso en blogs muy serios e interesantes, la misma cantinela: tenemos que reaccionar, porque si no llegará un nuevo feudalismo y todos seremos esclavos. Lo primero que habría que hacer es observar con cuidado cual es la índole de nuestra situación actual, antes de calumniar lo que no se conoce. Estoy seguro de que un porquero medieval no dependía de corporaciones manejadas por camarillas de elitistas, residentes a muchos kilómetros de distancia de su domicilio, para obtener algo tan básico como su comida y su bebida.

Eso sin contar con que, pese a lo dura que pudiese ser la vida en aquéllos tiempos, al señor feudal le interesaba que su súbditos estuviesen sanos y bien alimentados, pues sus ingresos y recursos dependían directamente de la productividad de aquéllos. En cambio, ¿importamos algo ahora, en un planeta justo de recursos, donde sin combustibles fósiles y otros refuerzos energéticos, ya casi todos en franca declinación, sobran como mínimo cuatro mil millones de personas (muy por lo bajo), y cuando la producción de alimentos está fuertemente centralizada, y basada en monocultivos intensivos dependientes de semillas, fertilizantes y pesticidas patentados?

Un gran amigo que me está enseñando muchos oficios manuales, que puede que algún día me sean de gran utilidad, me dice siempre que, antes de emprender cualquier tarea hay que dedicar más tiempo a planificar que a actuar. Siendo la dura labor de “opinar” una forma de manifestarse exteriormente (acción), es probable que requiera de un mayor tiempo de maduración antes de ponerla en marcha, y de mejores datos (herramientas) que los que proporcionan los medios corporativos, y sus aledaños, lo que incluye los textos de historia antigua, aparentemente neutros, pero que están redactados por los de siempre, y tienen sesgos muy peligrosos, precisamente por lo difíciles de identificar, incluso por personas cultas, y más allá, hasta por quienes se consideran expertos en la materia.

Como en todas las leyendas relativas a lugares mágicos, en la relativa a la colina sagrada de Wawel (nombre curiosamente idéntico a la mítica torre de la confusión de las lenguas), aparece un Dragón. Tal simbolismo es susceptible de múltiples interpretaciones, todas ellas válidas, si  bien jerárquicamente escalonadas, como corresponde a todo Conocimiento digno de tal nombre. En una de aquéllas, y no de las más profundas, la criatura legendaria que hecha fuego es el mítico Guardián del Umbral, que custodia la puerta que conduce a la Cámara del Tesoro Oculto. Y, claro, la proeza de traspasarla no está al alcance de cualquiera. Muchos caballeros fuertemente armados se han dejado la vida, la libertad o la pública consideración en el intento de matar al monstruo. Y resulta ser finalmente una persona de humilde condición quien resuelve el Misterio, con los medios más simples.

Tal vez la solución a nuestros problemas sea mucho más sencilla de lo que parece, pero los caballeros modernos, cargados de sus vastos conocimientos (pesadas armaduras) serán sin duda devorados por la Bestia, en razón a que no han sabido desprenderse de aquello que les sobraba, de sus medallas, títulos y reconocimientos, de lo da relevancia (les parece) a sus estruendosos egos, por lo que el Dragón milenario no les permitirá pasar por la Puerta, siempre estrecha, que conduce a un Mundo Nuevo.

Para dar este trascendente paso es necesario un gran salto que transforme completamente nuestra conciencia. Este cambio de perspectiva, no exento de peligros, y su correspondiente operativa práctica se muestran magistralmente por el cineasta Ridley Scott en una película muy especial, a la que dediqué un post (Blade Runner), cuando Harrison Ford intenta huir pasando de la azotea de un edificio a la de otro contiguo, del que le separa una distancia razonable pero, claro, también la posibilidad de una traumática caída. Resulta evidente que son pocos los preparados para semejante pirueta, debido al peso de los “cuidados de la vida” y la carga alienante de sus ideas preconcebidas, de forma que permanecerán aferrados a posiciones indefendibles, y sólo se atreverán a saltar cuando no les quede otra (sin planificación), con lo que su ineludible destino será el abismo.

Otra cosa conviene dejar clara desde el principio. Aunque estoy seguro de que nos dirigimos a una nueva Edad Media, no debemos engañarnos. Los que ahora vivimos, e incluso varias generaciones siguientes a la nuestra, no tendremos la suerte de vivir un tiempo así, sino que, muy al contrario, experimentaremos las convulsiones que producirán los primeros dolores de parto de su alumbramiento. El nacimiento de un Tiempo Medio requiere, aparte del derrumbamiento del mundo antiguo por sus propias contradicciones, y no sólo en relación a la obtención y distribución de recursos, de la manifestación de un nuevo Principio Espiritual, de una nueva alianza entre lo Incognoscible y lo manifestado. Este fue el papel del cristianismo en la época de la decadencia romana, muy ignorado por la historia oficial, de forma que podemos decir que fue la novedosa concepción cristiana del mundo la que creó la Edad Media germánica, y no las meras disfunciones productivas o energéticas manifestadas en el mundo romano, innegables, que aunque pudieron servir de coadyuvante negativo del nuevo rumbo, carecían de virtualidad para  dar contenido a una nueva civilizaciónTradicional. A ello dedicaré posiblemente un importante post futuro.

¿Cuáles son las claves para enfrentarse al Dragón? Básicamente tres (número simbólico): la Transversalidad, el Localismo y la Espera.

Transversalidad. Hay que entender de una vez que todas las disciplinas del saber son importantes, especialmente si asumen una transformación fundamental que las convierta en algo bastante diferente de lo que son actualmente. Un físico cuántico no entiende mejor el mundo que un poeta. Y no me duelen prendas por decir que el autor cuya lectura me ha resultado más transformadora y provechosa, Réné Guénon, de quien he hablado en alguna ocasión, era matemático, si bien comprendió pronto que la ciencia a la que había dedicado su juventud podía tener una lectura muy diferente de la puramente cuantitativa, y a explicarlo dedicó varias obras, especialmente la titulada “Los principios del cálculo infinitesimal”.

Sin embargo, en el ámbito social, la ciencia transversal por excelencia es la economía, que necesita algo de todas las demás a fin de interpretar adecuadamente la realidad y promover un sistema adecuado de producción y distribución de los recursos escasos, a través de complejos mecanismos sinérgico que coordinan la parte (micro) con el todo (macro). Por eso la aproximación al problema de la insostenibilidad energética de nuestra sociedad debe ser, ante todo, economicista.

No está de más, es cierto, conocer el ritmo de declinación de los pozos convencionales de producción de crudo, si bien ¿va a ser esto lo que realmente impacte de forma directa en nuestras vidas? ¿O lo será la precariedad laboral, la pérdida de poder adquisitivo, la deflación, la solapada inflación o los crecientes recortes en servicios básicos? Es cierto que esto viene de aquello, y que la magnitud de aquello nos mostrará la intensidad de esto. Pero una vez realizado el examen de las premisas de partida, siempre que éste sea cabal y certero, el problema resultante es siempre de asignación de recursos, puramente económico. Otra cosa será, como de hecho ocurre, que no se esté diciendo la verdad en relación a nuestras disponibilidades energéticas presentes o futuras, pero entonces serán una vez más variables económicas las que indiquen, sin lugar a dudas, a quienes sepan ver más allá de las mentiras y apariencias, la magnitud de las dificultades que afrontamos.

Otra ciencia de carácter eminentemente transversal, a tenor del tema que da origen al presente post, es sin duda la Arquitectura, a condición, una vez más, de respetarse a sí misma, considerando que su objeto fundamental es la ejemplificación de lo trascendente, mostrando a través de bóvedas y arquivoltas las profundas relaciones entre lo individual y lo universal, algo que resulta muy diferente de planificar centros comerciales o hacer cálculos de resistencia de materiales en proyectos de rehabilitación de urinarios.

Por otra parte, y esto es importante, la transversalidad debe ser no solo disciplinar sino también ideológica. Os pondré un ejemplo. Existe un blog muy curioso, de temática parecida a éste, denominado Hacia el colapso. Solo abrir la página os daréis cuenta de que la ideología de sus autores difiere mucho de la que inspira este blog. Y sin embargo, salvadas las diferencias y el criterio personal, reconozco que lo sigo con devoción, puesto que, por su carga ideológica, resulta mucho más vital que otros de contenido más técnico, por lo que su lectura es muy agradable y allí encuentro datos fundamentales que faltan en otros trabajos más neutros y sosegados.

Localismo. Es conveniente tener siempre presente que las estructuras gigantescas que fundamentan la vigente sociedad industrial se sirven únicamente a sí mismas, y a los que las usufructan, y no nos sacarán de apuros cuando las cosas se compliquen. Y no me refiero a organismos de ámbito territorial reducido empleados por los agentes del gigantismo para controlar el mundo local (Ayuntamientos y sus dependencias normalmente en manos de partidos gigantistas), sino a instituciones de carácter genuinamente localista: asociaciones, ateneos culturales, comunidades de vecinos, redes de amigos e incluso clubs gastronómicos, cualquier cosa que permita conocer a las personas de nuestro entorno cara a cara, pues de esta manera, y de forma imperceptible, se detrae riqueza y sobre todo poder de las estructuras megalómanas, dirigidas por individuos cuyos intereses son no ya diversos, sino francamente contradictorios con los nuestros.

Espera. No se trata tirarse de la moto antes de tiempo, de escaparse al campo con “una cabra mochales, una gaita y un tambor”. Es preciso aguardar el momentum. La espera no debe ser tensa y nerviosa, pero sí atenta y consciente. Se parece a la situación de quien espera un autobús. Es la actitud serena, pero expectante, de quien aguarda pacientemente la aparición de algo que necesariamente (salvo causa de fuerza mayor) ha de venir: una oportunidad. Requiere por tanto de una conducta activa, pero no, al menos inicialmente, de resolución sino de acopio y análisis incesante de información, de la manera antes vista  (transversalidad), a fin de reconocer la ocasión cuando efectivamente se presente.

Tales oportunidades serán muy diversas, tantas como individuos. Unas serán más complicadas que otras, y requerirán de un especial arrojo en sus protagonistas. Otras más sencillas. En todo caso quien busque con constancia encontrará su ventana de oportunidad, que probablemente se presentará con carácter puntual y de una sola vez, por lo que habrá de prestarse mucha atención y hacer acopio de valentía. Solo hay que tener bien claro que es lo que ocurre, cuáles son sus causas, que quimeras nos hay llevado al callejón tortuoso que transitamos y quiénes las han promovido, y especialmente cual es, a largo  plazo, nuestra única salida. Ningún esfuerzo en la buena dirección será vano.

Antes de dejar Polonia invito a comer a mis excelentes anfitriones, Dídac y Natacha, en un típico restaurante polaco, local, para gente local y con especialidades locales, siempre más sanas y baratas que las sofisticaciones exóticas. Pato asado, col fermentada y jarras de cerveza de litro. En el lavabo se puede observar un indicio claro de la rivalidad entre Cracovia (que fue capital de Polonia) y Varsovia. Dice así un cartel: “se recuerda a los habitantes de la actual capital, que existe la posibilidad de lavarse las manos”. No sé qué pasaría si pusieran un letrero así en los restaurantes de Barcelona.

Braulio, a quien conocimos en su momento, siempre atento a mi seguridad, como un verdadero Ángel de la Guarda, llama por teléfono para  avisar de que el tren que me propongo tomar para llegar al aeropuerto hace meses que no circula porque, como en tantas cosas en Polonia, de momento, se están realizando obras de mantenimiento y mejora del servicio. Así que cojo un taxi bastante económico.

En el avión de regreso me maravillo nuevamente de otra clase de magia, de naturaleza muy diferente de la que hablé antes: la que los combustibles fósiles, especialmente el petróleo, han generado en nuestras vidas. Visto con ojos de niño (fundamentales para percibir la realidad) resulta increíble como aquélla endiablada máquina asciende a lo más alto del cielo, a través de las blancas nubes (símbolo de lo Informe), lo que me permite descubrir que Alemania luce muy amarilla, tal vez incluso demasiado. El BAU sigue eludiendo su insoslayable destino gracias, entre otras cosas, a los biocombustibles, en una descompuesta escapada hacia delante (enseñando las enaguas). ¿Hasta cuándo? No desfallezcáis, seguiremos informando.

Saludos,

Calícrates

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