miércoles, 30 de julio de 2014

En la sombra

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“La historia de la civilización conocida es simplemente la punta del iceberg. Hay una economía en las sombras, una política en las sombras y también una historia en las sombras conocida por los conspirólogos (que no es lo mismo que los conspiranoicos). Son las fuerzas ocultas que actúan en el mundo, imposibles de detener incluso para los países y continentes más poderosos”. Tatiana Koriáguina, Investigadora Titular del Instituto de Investigaciones Macroeconómicas. Moscú, 12 de julio de 2001.

Por más que podamos pensar que en este planeta existen muy diversos tipos de razas, pueblos y naciones, blancos, negros, zambos, mulatos, rojos, amarillos o castaño claros, lo cierto es que la civilización humana se manifiesta básicamente en dos tipos esenciales:

- pueblos continentales, que expanden la vitalidad de la raza propia de una masa continental determinada (cada continente genera básicamente una raza, a salvo las periferias), ejerciendo el poder desde el interior hacia las zonas costeras, basando su economía, siempre diseñada en forma dirigista, y estrictamente regulada para asegurar el bien común, en la fecundidad de la tierra, mediante formas de explotación colectiva o comunal, considerando el comercio una actividad meramente complementaria, tolerada como necesaria para finalidades tangenciales, aunque despreciada, por estimarse que la ejercen seres marrulleros y liantes de poco fiar. Los ejércitos que presentan al combate son de ciudadanos libres, concienciados en los valores del honor, la lealtad y el sacrificio por la comunidad. Conscientes de lo limitado de la riqueza que producen, cuidan las fuentes de recursos, que saben que no son infinitas, a fin de mejorarlas para asegurar el crecimiento de la base poblacional, que constituye garantía de su poderío (guerreros, artesanos, agricultores…).

- pueblos ribereños, talasocráticos, favorecedores de la “libre empresa” (al menos de boquilla) y del préstamo usurario, siervos del dios dinero, necesario en las transacciones comerciales que constituyen la base de su actividad, que propugnan que la autoridad (poder político) se ejerce desde el puerto hacia el interior del continente, que ponen por encima de todo el lucro individual sobre las necesidades colectivas, por lo que engendran el genocidio, la explotación, el hambreo generalizado de poblaciones enteras en persecución del beneficio económico, y como es lógico la piratería, el agiotaje, el fraude comercial, la explotación laboral y el tráfico de esclavos. Presentan al combate ejércitos poco edificantes de mercenarios, reemplazables y poco seguros. Como no crean ninguna riqueza real sino que viven de su transmisión al extraperlo, piensan (erróneamente) que los recursos del interior del continente (que depredan) son inagotables. Eso sí, puesto que todo es dinero, y de esto sí que no hay para todos, tienden a crear oligarquías basadas en el poder patrimonial, y como el pueblo llano es intercambiable y revoltoso,  buscan limitar el crecimiento poblacional de las clases bajas.

Entiéndaseme bien, estoy tratando de tendencias, que en estado puro son muy difícilmente localizables en un pueblo determinado, aunque algunos se han acercado, y se acercan, bastante al ideal absoluto que constituye su más profundo carácter.

Quien haya entendido la esencia de lo que estoy narrando, se dará cuenta de que, por muchas batallas que el mundo haya conocido, en realidad todas han enfrentado a romanos y cartagineses, con diferentes nombres y diversos resultados.

Los romanos, pueblo originario de las llanuras del Danubio, de la zona que ya entonces se llamaba (digan lo que digan los historiadores oficiales) la “Romania” (y que aún se llama así en parte) emigraron hacia el sur y crearon una ciudad elitista, solo para romanos, pero se vieron empujados, por causas materiales, sociales y militares, a ir admitiendo entre ellos a personas mestizas de razas autóctonas de la península itálica, de morfología similar, aunque algo diferente de los indios americanos (rojos), los denominados “latinos” que finalmente, tras siglos de desprecios e incluso violentas guerras, fueron accediendo a la ciudadanía. Un detalle muy curioso de aquéllos tiempos es que ambas razas no se encontraban, por entonces, mezcladas del todo, y es de ver en algunos frescos de Pompeya (período ya tardío) a personas de piel muy clara junto a otras de aspecto más medioriental o egipcio, con las clásicas narices largas y rectas que después se llamarían, con razón o sin ella, romanas, rostros estrechos y largos, y labios finos (de tipo etrusco o vasco vaya, no entraré en el origen “atlántico” de tales subtipos étnicos por no liarla).

A pesar del inevitable y lógico mestizaje, las instituciones romanas conservaron su carácter continental, de pueblo observador de la ley, amante de las tradiciones rústicas de base agraria, como demostraba el célebre Lucio Quincio Cincinato (que da nombre a la ciudad americana) quien tras salvar a la República en sucesivas ocasiones en el ejercicio de la política y la milicia, volvía siempre a su hacienda a manejar el arado.

Pero los “rojos” puros por excelencia eran los fenicios, de Phoinos, rojo carmesí, que identificaba al pueblo cananeo y al tinte que extraían de un molusco, el múrex, con el que ellos comerciaban, entre otras muchas cosas, cubriendo sus cabezas con un paño de tal color, en forma de barretina (gorro frigio). Los fenicios detestaban la vida en tierra, no cultivaban, y construían sus ciudades en islas (como Tiro o Cádiz, que originariamente era una isla). Se dedicaban exclusivamente al intercambio comercial, en principio honesto, pero complementado con el tráfico humano (entonces lícito y aceptable) y otras prácticas mercantiles menos “delicadas”, como la piratería, el expolio de territorios colonizados, la destrucción de la estructura productiva de pueblos competidores en busca del mítico monopolio tan querido, en el fondo, por los amantes de la “libertad de los mares”, el exterminio directo de los países díscolos, y el engaño institucionalizado de pueblos felices e ingenuos, poco acostumbrados a las sutilidades del trueque mercantil, que entregaban oro a cambio de cuentas de vidrio y otras baratijas completamente inútiles.

Así las cosas, como ya advirtió el rey y general epirota Pirro, estaban puestos los mimbres para el sempiterno campo de batalla entre pueblos continentales e isleños. Ganó Roma, de milagro, después de múltiples disgustos proporcionados por el ubicuo oro cartaginés, que permitía la compra de voluntades propias y ajenas, cercanas y lejanas. Pero el sacrificio de la victoria fue tan grande que cambió en parte el carácter de la urbe itálica, que se volvió un tanto fenicia, por razones muy misteriosas, cuyo examen excede de la finalidad de este humilde post y que se insinúan aquí. Ello tampoco fue mal a la civilización grecorromana, llamada a gobernar un conjunto de tierras unidas por el mar, por lo que, conservando el derecho y el carácter continental, el poder romano se extendió por el Mediterráneo, mercantilizándose cada vez más, hasta constituir un imperio oligárquico regido por banqueros, y gobernado prácticamente en exclusiva por el más opulento de todos ellos, gracias al patrimonio privado de Egipto y al expolio de los que intentaban emularle en riqueza (es de estudiar con detenimiento la historia del patricio cordobés Sexto Mario, a quien se debe el nombre de Sierra Morena, que tenía minas por estos lares, así como sus relaciones con Tiberio, su fortuna inicial y su trágico destino cuando el emperador se encontró corto de efectivo).

Así las cosas, con el paso del tiempo un pueblo mucho más continental, los germanos, de costumbres sobrias y base agraria, amante de la guerra (cuando tocaba) e ignorante al principio del dinero, a consecuencia de grandes convulsiones originadas en las profundidades del continente (hubo desplazamientos de pueblos desde China hasta el norte de África), barrieron la civilización meridional (que empezaba a atufar a mercantilismo) y crearon, con inspiración cristiana, otra diferente. Es de ver, en las instituciones jurídicas provenientes del derecho germánico, la importancia de las comunidades en mano común (que no admitían división) y el aprovechamiento mediante aquéllas de montes comunales, pastos, leñas, que permitían una armoniosa vida rural, y la satisfacción de las necesidades mínimas de todos, y que, claro, fueron masacradas por las más que sospechosas tendencias liberales del siglo XIX. Esto es comprobable en legislación todavía vigente, en el código civil español, que permite a los vecinos en tierras de comunidades de pastos cercar su propiedad, conservando su derecho en los predios no cercados (tonto el último).

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¿Dónde se escondieron los oligarcas romanos esperando su momento? Muchos ingenuos amantes del arte y de la literatura romántica, consideran que las ventanas góticas de Venecia, la ciudad isla por antonomasia, se hicieron para que los enamorados contemplaran plácidamente las brumosas puestas de sol del Adriático, mientras exhalaban profundos y eternos suspiros amatorios. Lo que pasa es que luego te sientas a pensar en ello delante de una cerveza y no lo ves tan claro. ¿Qué sentido tenía una ciudad en una laguna? ¿Librarse de los ataques de los invasores germánicos? Bien, en ese caso se hubiera tratado de un emplazamiento provisional, en palafitos sobre el agua, mientras aplacaba el furor bárbaro, que no debió durar muchos años, puesto que los nuevos señores querían tener sus tierras defendidas y provistas de mano de obra que produjera alimentos y otros bienes básicos. ¿Qué sentido tuvo el mantenimiento de la ciudad anfibia durante más de mil años? ¿Qué es lo que se ocultó allí? ¿De dónde sacaron unos supuestos pescadores y tratantes de sal el capital necesario para inicial una expansión comercial que asombró al mundo? ¿Es casualidad que el negocio de la banca resurgiera de nuevo precisamente en el norte de Italia? Como veis, las cosas suelen no verse aunque se tengan delante de la cara, aunque a veces eso ocurre porque los que no quieren que veamos nos ponen una visera para que miremos hacia otro lado.

Venecia era una república oligárquica, guardiana de los arcanos de la inteligencia geoestratégica, que practicó durante siglos la piratería, el genocidio, incluso con su propia población, el tráfico de esclavos y la depredación comercial a gran escala. Es de ver el saqueo de Constantinopla, ideado por ellos. También que esa obra tan alabada de Los Viajes de Marco Polo, no es otra cosa que un informe de inteligencia comercial, a lo que hay que añadir que su autor fue excelentemente recibido por el kan porque Venecia venía proporcionando al imperio mongol información valiosísima sobre los estados europeos, la que había servido a Gengis Kan para arrasar media Europa.

Bajo la mirada oblicua del Consejo de los Diez (verdadero poder en la sombra que se valía denuncias anónimas depositadas en buzones pétreos y llenaba de cuando en cuando de cadáveres el canale degli orfani, para hacer saber a todos quien mandaba allí), la vida en la laguna era muy dura. Las aguas de los canales eran infectas, pues no eran sino cloacas al aire libre, y porque se enterraba a los muertos en islas que el agua lagunar anegaba regularmente. El vino era un producto estratégico, pues el agua teóricamente potable recogida en depósitos fluviales no estancos, era detestable. El que no lo podía comprar, o lo adquiría en las tabernas (que lo mezclaban con agua) no vivía mucho. La mayor parte de la población era extranjera y se renovaba permanentemente. Incluso los ricos visitantes foráneos, ávidos de exotismo, visitaban la ciudad caían enfermos de gravedad al poco de su llegada, algunos después de ser convenientemente saqueados y estafados por los ardides de los habituales defraudadores locales. Sólo los augustos miembros de las familias oligárquicas radicadas en la Serenísima desde tiempo inmemorial (poco más de una docena) sobrevivían y controlaban la “Signoria”.

Con el devenir de los siglos, y ante la inestabilidad reinante en Italia, la oligarquía en cuestión (que no es ni fenicia, ni romana, ni veneciana, en realidad), emigró hacia Holanda y, especialmente, a Inglaterra. Sabed que las familias reales que pastorean numerosos países europeos, bajo la presidencia (claro) de la Reina de Inglaterra, se agrupan en una misteriosa asociación elitista denominada el “Club de las Islas”. Fijaos en el parlamento británico junto al Támesis, y en su increíble parecido con el palacio Ducal de Venecia y el Campanile (por cierto, nadie sabe de dónde viene el nombre de la campana del reloj, se escribe Big Ben, con B, pero puede que inicialmente fuera Big Ven, con V; Londres es la gran Venecia, y muchos aristócratas isleños tienen extraños apellidos italianos). Además los hábiles británicos han conseguido convencer al mundo de que el verdadero poder se encuentra en un país de aluvión, ya totalmente esquilmado, y desde luego infiltrado hasta los cimientos por el mágico poder del numerario cartaginés, de forma que todos giramos nuestras iras hacia Washinton, y no en dirección a la verdadera capital de mundo, junto a las aguas turbias del rio antes citado, tan sucias como las de la putrefacta laguna veneciana (en todos los sentidos).

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Por cierto que el escritor inglés Cristopher Marlowe conocía muy bien los manejos de los colonizadores venecianos, y los expuso en algunas de sus obras, muchas de las cuales terminaron publicándose con el nombre de su amigo William Shakespeare. Es especialmente reveladora Otelo, sobre como las argucias psicológicas de un agente veneciano llevan a la ruina al protagonista, una persona de mentalidad frágil y fácil de embaucar. Marlowe tenía justos motivos para temer por su vida, y de hecho fue definitivamente asesinado, al parecer por orden del preboste de la Serenísima República Paolo Sarpi (dicen que se conserva un documento ordenando el asesinato).

Lo dicho podría ampliarse con algunas consideraciones sobre las tendencias geoestratégicas que convivían en la aparentemente monolítica Alemania nazi, entre los atlantistas (Hess) y los continentales (Ribbentrop) y en relación a como aquél personaje siniestro llamado Adolf Hitler (parece probado que visitó Londres para ser debidamente pautado) fue jugando con unos y con otros hasta quitarse la máscara y terminar atacando Rusia, lo que llevaría a Alemania (importante estado continental) a la derrota absoluta que buscaba la jauría angloveneciana. Es importante decir que dudo mucho de que una persona que les prestó tan inapreciables servicios muriera en un angosto bunker subterráneo en Berlín. Al parecer Stalin estaba de acuerdo conmigo.

Pues bien parroquianos, la Isla Mundial, los fenicios venecianos que controlan a nuestros amos angloamericanos, bien informados y conocedores de que el pico de producción del petróleo convencional llegó (como ya preveían) el año 2005, se encuentran muy preocupados, y desde las cercanías (antes y después) de la mencionada fecha, nos machacan con espectáculos globales inconmensurables, atentados, guerras de baja y alta intensidad, golpes de estado, revoluciones de colores, primaveras árabes, "accidentes" y otras muchas cosas más que no añadiré para que no se me tilde de absolutamente enajenado (recordad siempre que en el mundo de la inteligencia las casualidades no existen, sólo las operaciones bien hechas, indiscernibles, y las mal hechas, detectables).

Necesitan como agua de mayo los recursos (especialmente energéticos) de la Madre Rusia, el país continental por excelencia, sucesivamente atacado a lo largo de la historia por muy evidentes agentes venecianos (malas operaciones, a la ya vista hay que añadir la de Napoleón, para hacer con Francia lo mismo que luego con Alemania). El hecho es que el reciente acuerdo de suministro de gas ruso a China ha acabado con sus maleados nervios, siempre castigados por el té de las cinco en punto, adquirido antaño con el comercio del opio plantado en la India a costa de hambrear a la población, y también por otros productos menos saludables.

Puede haber algo más. El instituto Brookings de Washington, y el London School of Economics trabajaron durante años en un informe secreto que llevaba el anodino título de “Informe sobre el desplazamiento interno”. El presupuesto implícito de partida del estudio era que, en caso de catástrofe planetaria (básicamente climática o de otro tipo con afectación a los ecosistemas globales) la zona más estable para la población sería el norte de Eurasia (también la Patagonia Chileno-Argentina, pero sobre este tema hay más literatura). El caso es que las instituciones citadas, bastante serias y prácticas, poco proclives a perder el tiempo con trabajos teóricos, y menos con fantasías (el instituto Brookings se ocupó durante la primera guerra mundial de elaborar directrices sobre el abastecimiento alimentario) plantean la necesidad de trasferir grandes poblaciones desde la zona del atlántico norte al meritado septentrión euroasiático.

En definitiva lo que está sucediendo en Ucrania (investigad la biografía “oficial” del rey del chocolate) es mucho más importante de lo que nos imaginamos. No es una guerra más. Es la Guerra con mayúsculas. Otra vez Roma y Cartago. Es de hacer notar a los que no lean demasiado la prensa para atar cabos que, en la mejor tradición metodológica de inteligencia veneciana, en escasamente una semana a la Federación de Rusia, desde puntos aparentemente “inconexos” (fuego cruzado sobre el objetivo para desorientarlo psicológicamente) le han caído literalmente chuzos de punta: sanciones económicas y militares, alas a los antiguos saqueadores del país (Yukos) en tribunales internacionales, incluso acusaciones de violar tratados sobre pruebas de misiles atómicos,… Todo ello mientras los aliados de occidente machacan Donestk a diario con bombardeos sobre civiles (y de paso los israelíes se unen a la fiesta en Gaza). Tocarle las narices a esta gente sale caro, hay que mantener los nervios templados y la cabeza fría, mientras ellos demuestran prisas y cierta dosis de desesperación. Es natural. El tiempo que queda a angloamérica es el que tarden en completarse los gaseoductos con China. Tres años.

De momento Rusia tiene un liderazgo (bicefálico) fuerte, y no ha caído en las trampas taimadas de los fenicios (la astucia púnica). Putin proviene de lo que se ha dado en llamar la comunidad de inteligencia, y sabe de qué va el juego, y de cómo una palabra de más, un paso en falso, pueden costar muy caros. ¿Resistirá a los cantos de sirena del ejército mundial de la usura? Esperemos y deseemos que así sea, aunque nadie es eterno, y me temo que otros líderes que le sucedan, a él y a Dmitri Medvédev, no estén a su altura. En fin, si a través de este largo recorrido histórico os he podido dar un atisbo lejano de lo que realmente está ocurriendo en nuestro sufrido continente, y de quiénes son nuestros verdaderos amigos y enemigos, pues entenderé que no he perdido el tiempo.

Saludos,

Calícrates

P.S.: es cierto que comprendo que ciertos profesionales empleados en fastuosas colocaciones londinenses, como por ejemplo cierto comentarista económico presunto experto en fracking, pueden considerar legítimamente que sus enemigos están en otra parte. Además, ya hemos visto que Esperancita Aguirre se considera anglófila hasta sus últimas consecuencias. Alguien los cría, y ellos se juntan.

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