jueves, 18 de septiembre de 2014

Nuevos indicios inquietantes



Fuente: es.wikipedia.org

Este prolífico verano me llevó también a una urbanización situada en la madrileña Sierra de Guadarrama, un lugar idílico, una zona residencial de lujo, que te permite disfrutar de magníficas vistas sobre el pantano de Santillana, y tener el privilegio de ser vecino de Luis Bárcenas, que purga sus pecados, y los de otros, en un penal cercano.

El lugar en sí no tiene demasiada importancia, es perfectamente intercambiable. Apenas sería conocido de no ser por la insoslayable presencia del centro penitenciario antes dicho, cuyas luces nocturnas llenan el cielo serrano, como también por otra cuestión que salió de tapadillo a la luz pública, siendo inmediatamente enterrada de forma expeditiva bajo la celulosa insaciable de las hemerotecas, relativa a una misteriosa mansión situada al borde del pantano, pero no visible desde ningún punto libremente transitable del mencionado valle, la llamada Casa del Canal, donde al decir de la afilada lengua de Esperanza Aguirre el ínclito Ministro de Justicia Sr. Ruiz-Gallardón, siempre termina por aparecer éste en todos los guisados, durante su etapa como Presidente de la milenaria Comunidad de Madrid, celebraba algunas digamos “fiestas”.

No sé si algún día tendré el valor de explicaros cual es la función que la élites conceden a determinadas celebraciones, pero el tema me sugiere una anécdota. ¿Os acordáis de un señor aragonés de nombre Luis Roldán? Claro que sí. Y también recordaréis que en un momento de probable debilidad, llevaba muchos meses supuestamente en Thailandia con el capitán Khan y con Locomotoro, aunque como Humphrey Bogart en realidad nunca salió de París, vino a decir algo así como que iba a “tirar de la manta”. Ingenua criatura.

¿Qué pasó a continuación? Pues que una publicación muy conocida empezó a sacar unas embarazosas fotografías del susodicho, en principio en calzoncillos, aunque es probable que no se tratara más que de los primeros contraplanos de una larga serie de instantáneas mucho más escabrosas. Automáticamente la manta volvió a su sitio, e incluso adquirió cierta tendencia a convertirse en edredón… Puede que sea un poco malpensado, pero personalmente si me quisiera dedicar a la mala vida y tener certeza del silencio de mis cómplices, me ocuparía de tener argumentos convincentes para el caso de que quisieran un día hacer pinitos de tenores, para lo cual ya tenemos a Pavarotti. ¿Qué os parece?

Pero volvamos al tema principal. Hacía muchos años, creo que por lo menos cinco, que a causa de mi fuga a la periferia y mi conversión al catalanismo más cavernícola, no visitaba el lugar. Pues bien, me quedé atónito. Los síntomas de decadencia de una urbanización, oído al parche, de las más lujosas de la sierra madrileña, son tan evidentes que no requieren demasiada glosa, como tampoco su incuestionable relación con los apuros petrolíferos que atravesamos, por mucho que pese sobre ellos el silencio o el ninguneo de la prensa corporativa.

Lo primero que  llama la atención es el hecho de que se observan numerosas casas a la venta. Sin exagerar alrededor del diez por ciento de las propiedades existentes (casas o parcelas) tienen colgado el consabido cartel de “se vende” (aquí lo del alquiler, por diversos motivos, no es opción). La causa primera y principal son los problemas económicos de muchas familias. Si ya cuesta mantener una primera residencia, imagínate una segunda, y a 42 kilómetros de la Puerta del Sol. Cierto que se comenta que hay valientes que han trasladado su residencia aquí desde el conurbano madrileño, tal vez por necesidad, o porque no han leído jamás este blog ni otros parecidos, y por tanto no son conscientes de la enorme estupidez que de cara al futuro que nos aguarda supone vivir alejados de los centros estratégicos de distribución de mercadería, por mucho que las alondras te acaricien el bigote al amanecer.

Puede haber otros motivos de esta plaga de ventas. La edad de los compradores de todas estas propiedades era similar, lo que tarde o temprano supone la convergencia en el tiempo de decenas de herencias irresolubles (no somos eternos). Es lo de siempre. ¿Quién se queda con el chalet (aquí se llaman así) de la sierra? Pues yo no tengo dinero, estoy en el paro. Yo tampoco estoy pendiente de un ERE en mi empresa, lo que necesito es efectivo no ladrillos. A mí no me interesa, tengo otro más chulo junto a la casa de Belén Esteban,… En fin lo de siempre. Total que el inmueble termina saliendo a la venta, contribuyendo a la bajada de precios sin fin.

También se observa una notable desatención de las infraestructuras caras de mantener, y a cambio una inversión de lo más discutible en detalles preciosistas, vistosos pero de bajo costo (bancos de piedra en lugares inverosímiles), señal inequívoca de la voluntad de enmascarar la falta de parné. Lo dicho afecta especialmente a los servicios voluntarios, de los que claro hace tiempo que casi todo el mundo se ha dado de baja, como los de un fantasmagórico club deportivo que creo recordar en su día existió y no sé si subsiste, aunque no lo creo. Como una imagen vale más que mil palabras quiero que veáis el estado de unas pistas de tenis en las que recuerdo haber jugado hace poco más de treinta años.


A los que somos de letras, algo teníamos que tener, y estamos acostumbrados a batallar con conceptos abstractos del universo mental (habeas corpus, usucapión contra tabulas, garantías reales sumariamente ejecutables,…) que por su propia naturaleza son absolutamente inasequibles al deterioro, nos cuesta mucho trabajo darnos cuenta de la eficacia de la entropía, que como observamos no precisa realmente de siglos para poner contra las cuerdas cualquier megalomanía humana.

Sin embargo no son solamente los extras voluntarios los que muestran signos de fragilidad. Los servicios más esenciales también empiezan a resultar tocados, especialmente si requieren de insumos de liquidez importante. Cada vez que visito el paraje indicado paseo por la urbanización en mi viejo ciclomotor, el mismo con el que me desplazaba en mi juventud universitaria y que no me siguió en mi aventura catalana, aunque me espera paciente cada verano, a veces en vano, sin dar muestras de demasiada flaqueza.

Pues bien el estado del asfalto en todas las calles de la zona residencial es absolutamente penoso. Hay que pensar que se trata de una de urbanización acometida aproximadamente a finales de los sesenta, y los suelos, antes puro campo, están escasamente compactados, por lo que su mantenimiento es mucho más exigente que el de una carretera machacada por carros y carretas desde tiempos de los romanos. Es visible que el alquitrán está cuarteado en prácticamente todo su recorrido, con atisbos de vegetación en algunas zonas, que llevan años sin retocarse, ni siquiera con la chapuza del relleno puntual de grietas con alquitrán líquido, llegando el caso de observarse algún remiendo de cemento.

El caso es que me comentan que los cargos de la Entidad Colaboradora de Conservación (órgano titular de los elementos comunes, similar a la Comunidad de Propietarios de una propiedad por pisos) son ya demasiado elevados. Y claro, pensemos que la urbanización debe tener más de cinco kilómetros de viales. El repaso siquiera de la mitad de ellos con asfalto nuevo supondría un desembolso que directamente llevaría a la ruina a muchos comuneros, y aceleraría la venta de propiedades, hasta que los precios tocaran la antesala del infierno, escenario no completamente descartable en lustros venideros.

Claro que el tema jurídicamente es más peliagudo, porque por la recepción de la urbanización cabe la posibilidad de que el responsable de tal servicio sea el ayuntamiento correspondiente, que con lo que está cayendo estoy convencido de que no presupuesta tales gastos, y si tuviera que acometerlos seguro que los repercutiría a los vecinos afectados mediante alguna contribución especial, con lo que estaríamos otra vez en las mismas. Y cabe plantearse un último escenario devastador: que se promueba litigio quien es el obligado al pago, en cuyo caso solo ganarán los profesionales contratados por las partes y la urbanización estará sentenciada sin remedio, como en general lo están, a largo plazo, todos los suburbios periféricos de las grandes urbes.

Es evidente que nadie pensó en la amortización de la infraestructura. Se hizo a toda prisa, para poder vender parcelas, y luego “el que venga detrás que arree”. Se impuso, y se sigue imponiendo, el día a día. Ya mejorará la situación económica. Claro que sí.

El tema es preocupante, porque está a la vista que queda poco para que el pavimento de las calles de esta zona residencial, insisto de lujo, imaginaos como estarán otras, pues empiecen a convertirse en pura grava. Y cuando el proceso empieza se retroalimenta (las zonas afectadas incrementan el deterioro de las sanas, como la manzana podrida) de forma que el daño es exponencial y, por su propio fundamento, económicamente cada vez más irreparable.

Hablamos mucho de países que pueden ser “canarios en la mina”, y no nos damos cuenta de la pajarería retozona y martilleante que tenemos a la vuelta de la esquina, en la misma puerta de nuestras casas, salvo cuando tenemos datos para analizar la cuestión con cierta perspectiva.

Saludos,

Calícrates

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