lunes, 8 de septiembre de 2014

En Colliure



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Este verano, que prometía poco, ha terminado resultando realmente fructífero. Os contaré, si tengo tiempo, alguno de mis viajes, ninguno de los cuales estaba programado, y sin embargo terminaron, de una forma u otra, por hacerse realidad. Empecemos por el primero.

Un buen amigo, a quien conoceremos por el nombre artístico de Diderot, interesado en convertirse en crítico de arte, tenía que ir a Colliure para ilustrarse con vistas a elaborar un artículo sobre una exposición en el Museo de Arte Moderno de la ciudad. Por razones que luego entenderéis me propuso acompañarle, y yo accedí, con la condición implícita, no verbalizada, de que toda aquella fiesta inesperada, exenta de interés para mí, salvo el que pueda resultar de romper la rutina, y evidentemente no presupuestada en mis estadillos mensuales, no me debería costar ni un euro. Aceptada la susodicha premisa nos pusimos en camino, una mañana de julio.

Mi amigo, funcionario y poeta aficionado, buena persona, de amplísima cultura y acreditada generosidad, comprometido en lo político y lo social, tiene solamente dos problemas: habla demasiado y conduce pésimamente. Tiene un problema de visión y tendencia a escorarse ligeramente a la izquierda, lo que resulta bastante comprometido, sobre todo a las altas velocidades que se alcanzan en la autopista. En carreteras que ya tiene muy trilladas, por Tarragona, Reus y alrededores, pues no hay problema, pero en cuanto sale de la sota y el rey, pues sobrevienen extrañas casualidades. Hace poco tuvo un susto, sin intervención de ningún otro vehículo, y de forma sospechosa tuvo dificultades para que el seguro le abonara la reparación, pese a tener el vehículo asegurado a todo riesgo. Me contó una historia muy complicada, sobre la reflexión del sol a última hora de la tarde, que me recordó aquello que dicen en Astérix en los Juegos Olímpicos para justificar la derrota del deportista galo: “los jabalíes habían comido porquerías”.

En fin conociendo sus antecedentes, y sin perjuicio de que el viaje en sí me interesaba, sobre todo si era en el día y me salía gratis, el acompañarle tenía otro motivo: procurar que saliera vivo de entuerto. Mis sospechas pronto se hicieron realidad. Yo iba de copiloto, indicándole constantemente que debía corregir la trayectoria hacia la derecha (no tiene intención política). Hasta que en un momento dado, a la altura de Barcelona, el coche que nos adelantaba, a bastante velocidad se vio sorprendido porque invadimos inopinadamente su carril, lance que pudo salvar a base de dar más gas (él no nosotros, claro). Mi amigo ni se enteró. Decidí coger el volante en la primera área de servicio y no soltarlo ni con intervención de la fuerza pública, lo que me resultó fácil de conseguir porque mi buen Diderot, pese a todo, es plenamente consciente de sus limitaciones.

Aun con el volante en la mano los problemas no terminaron del todo. Tenía que seguir las indicaciones de mi amigo, que al fin y al cabo financiaba la expedición y ponía el coche, lo que me ocasionaba constantes cambios de sentido, no se orientaba como es debido, una parada antirreglamentaria en una rotonda que nos granjeó una monumental bronca por parte de un francés muy ordenancista (se ve que lo son todos), y una absurda entrada en el casco urbano de Figueres buscando a tientas el acceso a la autopista. Y eso que al final hacía lo que me daba la gana, dándole largas, y desatendiendo deliberadamente sus indicaciones, lo que siempre nos llevaba, mágicamente, a los precisos lugares donde queríamos llegar.

La visita a Colliure, al menos para personas comprometidas con la Divine Gauche, que suelen ser aquéllas que todavía no son conservadores porque tienen poco que conservar, implica necesariamente visitar la tumba del poeta por antonomasia. Aquí mi amigo Diderot, ya transportándonos a patita, me fue de gran ayuda, puesto que encontró de inmediato el cementerio, leyó ante la lápida un emotivo poema, y nos fuimos corriendo a comer y a atiborrarnos de arte abstracto, que más bien parecía la tabla de los oligoelementos, o un gráfico de barras sobre las expectativas electorales de Podemos. Sin embargo la vista de la sencilla tumba, colocada en un lugar de honor en el pequeño camposanto de la ciudad, me impactó profundamente, y me condujo a graves reflexiones.

Sí amigos, muchos de vosotros, y yo mismo, que conocemos las verdaderas razones de una crisis que, con los altibajos que sean de necesidad, no puede acabar nunca, podemos sentirnos tentados por patear la senda revolucionaria. ¡Acabemos con la casta! Es una opción legítima. Las estructuras sociales, faltas de engrase petrolífero, rechinarán cada vez más, y ello puede aportar al viandante avispado, muchas oportunidades que estarían fuera de su alcance en tiempos más serenos. Pero cuidado. El envite tiene sus riesgos.

Está estadísticamente demostrado que pocos revolucionarios tienen éxito. He incluso a veces los que parece que triunfan responden a intereses muy distintos de los que piensan sus admiradores (he hablado ya bastante del sospechoso caso de Napoleón Bonaparte). Es fácil resultar manipulado y terminar sirviendo a diseños tácticos del adversario, pues se bien sabido que en ocasiones quienes creen combatir al Diablo lo tienen directamente debajo del coxis.

Eso cuando el proceso revolucionario es real. He explicado lo que me parece que fue la II República Española: un escenario de cartón piedra que nos prepararon para darnos una lección, enseñarnos quien mandaba aquí e imponernos la dictadura más sanguinaria, dejando eso sí, a un lado e incólume de polvo y paja a la corona, que manejaba bajo cuerda los hilos de la trama, como símbolo físico y genético de la oligarquía que nos pastorea desde los tiempos de Witiza. Además no se puede acusar al régimen republicano, al menos en sus inicios, de verdaderamente “revolucionario”. Como mucho de radical o reformista. Pero esto basta para asustar a las ancianitas y a los soplagaitas (¡que viene el lobo!).

Es cierto que, después del golpe militar y a consecuencia del mismo, hubo un cierto proceso revolucionario en la España republicana, bastante caótico, aunque celebrado por algunas personas honestas y bienintencionadas, entre ellos Machado, que no se dieron cuenta de que tales desbarros fueron buscados e incluso promovidos por los alzados (a través de agentes infiltrados) para justificar su sangrienta “cruzada”, ante el avance imparable de las “hordas marxistas”. Esto podría demostrar que, en los lances que relatamos, la buena fe puede no ser suficiente en ningún caso.

Además hay una cuestión de punto de vista. Las situaciones historicas de alta tensión social (anomía, ausencia de normas) no se someten tampoco a las categorizaciones habituales. Os habrán dicho que los anarquistas perdieron la guerra civil. Y sin embargo conozco algún caso en que se llevaron al exilio unos cuantos copones y patenas de iglesias, invirtieron con sabiduría su pequeño capital, y vivieron como millonarios en Londres el resto de sus vidas. Su bando pudo perder la guerra, pero ellos la ganaron, vaya que sí, digan lo que digan los libros de historia, que siempre suelen tener muchas pelusas de polvo encima. No estoy incitando a cometer actos criminales o sacrílegos, sino explicando que a veces el discurso más real sobre los hechos históricos no resulta de lo que colectivamente se relata, sino como individualmente se vive. Lo subjetivo e individual, en últimas, es lo único que existe. Sólo los muebles, los científicos y los tontos del bote son objetivos.

En cualquier caso, repito, hay que andar con mucho tiento, porque los alardes revolucionarios pueden acabar en una muerte indigna, por muy heroica que resulte, o en el olvido de un exilio amargo, pues no todos componemos versos como el Maestro, ni llevamos con nosotros la aureola de la fama. Dicen los cuentos árabes que a veces “más vale un perro vivo que un león muerto”.

Como siempre será la Inteligencia (con mayúsculas: captación, desinformación e infiltración) la que marque la diferencia y garantice el éxito.

Espero que estas extrañas líneas no os sirvan nunca de gran ayuda, porque si llegan a serlo querrá decir que todo habrá llegado a un punto de deterioro más allá de lo razonable, y en estas condiciones la lírica deja rápidamente de tener sentido.

Saludos,

Calícrates

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