domingo, 12 de octubre de 2014

Cartillas de racionamiento



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No comprender qué es y cómo funciona el dinero constituye una dificultad muy seria que te aboca, tarde o temprano, a tomar decisiones desacertadas. Y el caso es que noto que el problema afecta a una inmensa mayoría de la población, incluso a algunos de aquéllos que por su formación “económica” deberían estar protegidos de tales desbarres. Se han creído la película que proyectan los amos del sistema, y se exponen a sí mismos, y a las personas a las que, desde la buena, regular o directamente mala fe asesoran, a profundas decepciones.

He hablado en alguna ocasión del sistema de provisión centralizada, articulado en torno a documentos oficiales de disponibilidad de existencias. Pues bien, aunque no lo sepáis, estimados lectores, el hecho es que ya manejáis cartillas de racionamiento, lo que pasa es que ahora han adoptado otro formato. Se llaman cuentas corrientes.

El modelo antiguo, que te autorizaba a adquirir a precio tasado 100 gramos de mantequilla, aunque no está del todo descartado como complemento otoño – invierno en un futuro, de momento no es necesario, y su manejo resulta muy engorroso. En efecto, la escasez clara y palpable queda, de momento circunscrita al tercer y cuarto mundo, muchas veces por inducción del primero, que necesita depredar recursos como sea para continuar su alocada carrera a ninguna parte.

Es mejor el sistema actual, en el que se nos concede a cada uno unos números de acuerdo con nuestra clasificación profesional y social. Así habría varios tipos de tarjeta, desde la Platinium, hasta la denominada “calderilla recogida pidiendo en la calle”. Esta última, por cierto, es la única que no suele documentarse en apertura de cuenta bancaria, sino en libretas de fiado, y da derecho, además, a la utilización de los comedores sociales (para que luego digan).

Dejamos de lado la legalidad de los documentos de disposición a los que aludimos, pues desde el punto de vista económico las categorías valorativas morales o penales no tienen gran importancia. Me refiero, claro, a las tarjetas Platinium Black, que por lo visto manejaban los consejeros de Bankia, que dudo mucho fuera la única mercantil potente que remunerara de tal guisa a sus altos ejecutivos (son ellos los que se lo guisan, y desde luego los que se lo comen), y que por cierto son una demostración gráfica más del universal Principio de Calícrates. Pero ya es sabido que la distribución centralizada siempre acaba produciendo un exacerbado mercado negro, incluso de cartillas fraudulentamente adquiridas.

Se me argüirá que el dinero siempre ha sido un factor limitante para el acceso a los recursos, pues éstos por definición, para ser de interés económico, han de ser escasos. Sin embargo ahora, a consecuencia de la crisis energética anunciada desde hace décadas, y que hoy es una realidad debidamente ocultada por la censura oficial, la cuestión es muy diferente.

En aplicación de la doctrina secreta de la Escuela de Chicago, creada en previsión a una situación como la presente, el dinero actualmente se distribuye de forma parecida al aparato circulatorio humano, es decir, en un doble circuito, uno superior y otro inferior. La parte del león deambula por la parte alta del sistema, a disposición de los Platinium (Black or White), Gold y Silver. El otro, mucho más real dentro de su inanidad, circula por abajo, en poder del resto de los ciudadanos, que incluye a los detentadores de la cartilla “no es está mal, pero no es para tirar cohetes”, pasando por las “quiero y no puedo” y la “manifiestamente mejorable”, hasta aquella en que sobra mes al final del sueldo.

Para que el sistema indicado funcione correctamente es necesario que los gastos importantes acometidos por las personas adineradas se dirijan a adquirir bienes de otras que también lo sean, de lo contrario aumentaría la masa monetaria en manos de desfavorecidos con capacidad de gasto de porcentajes muy elevados de sus ingresos (hasta el 100 %), se incrementaría la velocidad de circulación y la tensión inflacionista. De todas formas no hay peligro ¿Quién te puede vender un aeroplano, un yate o una residencia exclusiva en Bali?

Desde tal punto de vista podréis comprender que entre los sujetos económicos existe un género determinado que era considerado por los neoliberales extremadamente perturbador: los estados soberanos. Aunque por el volumen de efectivo que manejan puedan ser considerados entre los agentes privilegiados, sin embargo sus obligaciones de pasivo los convierten en enormes sumideros de redistribución económica, y por tanto de potencial inflación. Friedman no podía con ellos. Es por tal motivo deben ser infiltrados por esbirros de los guardianes del sistema (Goldman Sachs), demolidos desde dentro, corrompidos y endeudados. Es por eso también que debe procurarse que en sus constituciones figure, si el Estado en cuestión es lo suficientemente inútil como para dejarse mangonear hasta tal extremo, el compromiso de abonar sus deudas de diverso cariz (muchas ilegítimas, otras discutibles) a los tiburones financieros, antes que dar de comer a sus ciudadanos. Y hay que reconocer que tienen mucho éxito.

Hay que tener presente que tal sistema, innovador y ocurrente (por eso los elitistas apreciaban tanto a Milton Friedman), solo sirve en situaciones de decrecimiento muy limitado. Cuando la caída de la producción y de la actividad económica es fuerte, las tensiones sociales van en creciente aumento, y el castillo encantado de los neoliberales cae si estuviera hecho de lo que está, de naipes. Puede que entonces entren en aplicación otras directivas, también secretas, y de cariz no estrictamente económico, cuyo examen excedería del estrecho marco del post.

¿Cuándo el dinero ficticio caerá sobre la parte de abajo y ocasionará que nos enteremos  que es lo que de verdad vale un euro, un dólar o un renminbi? A mí se  me ocurren tres escenarios, y a Mario Draghi también, por eso está trabajando en que no sucedan.

El primero es muy claro, y poco se puede hacer para prevenirlo: la escasez. El segundo es menos claro, más complicado, pero aún concebible por personas con mínimos conocimientos económicos. Es el supuesto de que el deterioro masivo de las condiciones sociales en Europa lleve al poder a gobiernos “bolivarianos” en bastantes países de la Unión, siendo al menos dos de ellos de los grandes (Gran Bretaña, si aún sigue, Alemania, Francia e Italia). En este caso la disciplina monetaria se relajaría peligrosamente, y las tensiones inflacionarias irían, en cambio, en franco aumento. Estoy hablando del escenario europeo, habría que anotar la influencia de lo que pudiera ocurrir fuera, especialmente en USA y Japón, pero las premisas son las mismas y no parece que la situación vaya a ser muy diferente.

Hay un tercer escenario. Pero este lo sabemos pocos y no voy a dar muchos detalles. Tiene que ver con el destino que dan a sus “cartillas de racionamiento” los que las tienen Platinium y Gold, pues son tan caritativos que suelen sacarlas a pasear por destinos exóticos y tropicales, auténticos paraísos. También se relaciona con una propiedad física, aplicable especialmente a los líquidos, que es el efecto embudo, que sucede cuando el expresado líquido fluye (o se escapa) por un lugar grande, pero tiene que salir a la fuerza por otro mucho más estrecho, con lo cual aumenta la presión de salida (velocidad de circulación). Este tercer escenario, cuyo planteamiento requiere de saber no solo economía, sino básicamente de cómo funcionan de verdad las finanzas globales, se relaciona igualmente con el posible acceso al poder de gobiernos populistas, si no da tiempo a comprarlos y acometen medidas algo efectivas de control de la evasión fiscal.

Una última consideración. ¿Quién teme a la inflación, con mayúsculas, hiperinflación? En principio todos, pero especialmente los que se llevaron cartillas de racionamiento de muchos números fuera de sus bases de operaciones (no digo sus países porque esta gente no tiene lealtad territorial alguna), en los años que precedieron al estallido de las sucesivas burbujas de deuda. Si pasa lo que tiene que pasar se observará una cosa. En realidad no se llevaron nada, solo cartillas de racionamiento, números, de muchos ceros sí, pero números al fin y al cabo, que sólo tienen valor si hay algo que adquirir con ellos. Al final tendrán lo mismo que se llevaron, puro vacío, y comprobarlo les supondrá una desilusión bastante traumática, pues por una curiosa pirueta del destino en esta ocasión, y para variar, perderán más quienes más acumularon con sus rapiñas.

Por eso, y aunque nada volverá desde luego a ser igual, como con el lobo que nunca acababa de venir por las ovejas y al final vino, no hay que temer a la inflación, que pone siempre las cosas en su sitio. ¿Por qué otro motivo los delegados de las élites financieras que controlan la economía europea (BCE) podrían tenerle tanto miedo?

Saludos,

Calícrates

P.S.: otro anticipo de la distribución centralizada lo constituye la proliferación de grandes superficies alrededor de las grandes ciudades, siempre llenos de voluntariosos ciudadanos que no comprenden que acudiendo con su vehículo a estos emporios del consumo están en realidad ahorrando importantes gastos logísticos a estas empresas, lo que por cierto no suele tener su reflejo en los precios. Pero esta es otra historia que puede que quede para otro post.

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