domingo, 26 de octubre de 2014

De ocho en ocho



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Hoy me voy a relajar, en el fondo y en la forma. En los esfuerzos de larga distancia tan importante es apretar la marcha como aprender a descansar y bajar el ritmo de la pedalada.

Son cinéfilo, y he dedicado algún post a mis inquietudes por el séptimo arte. Pero había una frontera que no osaba tocar bajo concepto alguno. El cine español siempre me ha producido sarpullido, y lo evitaba hasta lo indecible. Los motivos son, y lo reconozco, en primer término ideológicos. Mi desafección hacia esto que se ha dado en llamar España no la he ocultado en ningún momento, y procede más que de motivos nacionalistas (solo tengo tres apellidos catalanes) de la eterna sensación que ya he expuesto en algún lugar de que el Estado español nunca ha estado más que al servicio de determinadas dinastías que se remontan a los tiempos de los visigodos, y que no han tenido nunca demasiados miramientos a la hora de cometer verdaderas tropelías con tal de mantenernos a todos bien cogiditos del ronzal. Por eso siempre he visto las aspiraciones separatistas, en cualquier lugar, como una forma de romper de una vez por todas con el juego de la oca en el que siempre ganan los mismos, porque los dados están cargados.

Pero había otro motivo, y es que, objetivamente, la calidad del cine español es ínfima. Aunque a algunos les pueda parecer lo contrario desde las folkloradas pringosas de Carmen Sevilla, hasta la psicodelia obsceno gratuita de Pedro Almodóvar, pasando por la astracanada valleinclanesca de Berlanga, no hay, aunque parezca lo contrario, mucha diferencia. Sólo se salvaba Buñuel, pero la temática de sus películas me parecía demasiado tétrica, y tampoco era de mi agrado.

Así estaban las cosas, cuando los contrariados hados decidieron cambiar mi destino, y como no lo consiguieron de grado, pues tuvieron que recurrir a la fuerza viva. Desde principios de octubre parecía que me habían echado algún cenizo. Todo empezó con unas molestias molares que me produjeron unos dolores tremendos. Los empastes, al final no era una sino dos las muelas careadas bajo otro remiendo de amalgama de más de cuarenta años, inicialmente no me solucionaron el problema, y temí incluso la pérdida de una pieza, pues el dentista me dijo que había detectado una grieta y no había podido llegar a su final. Pero es que además el composite quedó muy alto, y como debo morder mientras duermo me fui magullando la encía alrededor de la muela. Tuve que volver tres veces más a la consulta. Entretanto los analgésicos que me tomaba para aguantar el dolor me produjeron una gastritis. Y por si fuera poco jugando a lampista en el lavabo de casa me produje un esguince intercostal. Ya no sabía que iba a ser lo siguiente. Tal vez la mordedura de una cobra, la coz de un burro o una llamada telefónica a medianoche de Cristóbal Montoro.

Pasé OCHO días terribles, y el fin de semana pasado resolví rendirme. Me recosté en la cama y decidí no moverme de allí por el tiempo que fuera necesario, y aceptar resignado mi destino. Pero no tenía ganas de leer, y menos aún de escribir, posts sesudos sobre nuestras penurias económico - petroleras. Quería dejar de sufrir y, si no era posible, distraerme con algo ligero que llevara mi atención lejos de mis dolencias. Me tumbé cuan largo era con el portátil pequeño sobre mi dolorido pecho (apenas podía incorporarme) y decidí cometer el sacrilegio: ver OCHO apellidos vascos.

Los sentimientos que experimente a partir de entonces son difíciles de explicar, tal vez incluso embarazosos: primero me intrigué, luego me sorprendí, más tarde me reí con ganas, y finalmente me emocioné como hacía mucho tiempo. No me lo podía creer. ¿Quién había enseñado a esta gente a hacer cine?

Escenas ágiles, ambientación escénica y musical fascinante, guion ocurrente y bien hilvanado, personajes creíbles interpretados con esmero pese a las tonterías que se han dicho de contrario (el mejor el cura, es insuperable lo de este hombre, te dan ganas de confesarte nada más verlo). El tema vasco, que ha provocado algún revuelto de esófago en ambos lados del espectro, pues es simplemente un decorado de fondo tratado de forma exquisita, para no ofender a nadie. La escena de la boda y su imprevisible desenlace, criticada por muchos, lejos de ser absurda tiene todo el sentido dentro de la estructura de la historia, y es la clave de la película, pues es el momento (tiempo/espacio) donde se produce la “ruptura de nivel” (observad las miradas y gestos de la novia) que da lugar a algo diferente, un mundo nuevo, producto de la tensión acumulada hasta entonces por la trama. Me pregunto si la vida tiene algún otro sentido que la consecución de tal resultado. De todas formas es cierto que, aparte mis interpretaciones siempre personalistas y esotéricas, la cinta no pretende ninguna profundidad metafísica, pero es tremendamente efectiva, y te hace pasar un rato muy agradable.

Al final del visionado me sentí, salvadas las distancias, un poco como el personaje que interpreta Clara Lago. Después de OCHO meses resistiéndome a la evidencia (a ver la película), había tenido que aceptar lo inevitable, para entonces descubrir que había estado haciendo desde el principio el gilipollas, y que solo una casualidad de la fortuna (o de infortunio) había conseguido deshacer el maleficio a que me sometían mis absurdas ideas preconcebidas.

Pero quedaba una cosa. Había algo que no cuadraba. Enseguida resurgieron mis prejuicios (¡la chapuza española de siempre!). Un detalle de la acción no me parecía comprensible, y me resultaba extraño que un libreto tan preciosista tuviera una falla tan evidente (ojo a estos guionistas que, o les ha salido de churro el trabajo de su vida o darán mucho que hablar). No comprendía las razones del cabreo gigantesco del protagonista masculino Rafael Quirós (este será andaluz, pero tiene apellido catalán en la realidad y en la ficción), que le lleva a querer marcharse por tercera vez a Sevilla (con muchas más ganas que en las anteriores). Y el detalle no es baladí, porque es precisamente tal desafección repentina por su, hasta entonces, idolatrada amiga la que desencadena el interés verdadero de ésta hacia él, cuando hasta entonces lo ha utilizado como a un guiñapo de feria (este tipo psicológico femenino no es descabellado en absoluto, muchas mujeres actúan así, solo les preocupa un hombre cuando lo ven difícil).

Tuve que ver la cinta hasta OCHO veces. Y al final lo entendí. Y nuevamente me asombró lo original del argumento. No quiero estropear la película a quién no la haya visto, o a quien habiéndola visto aún no lo haya entendido. Aquello de lo que hablo es muy sutil pero absolutamente razonable, y no explícitamente verbalizado (como debe ser, para que el espectador mueva el cerebelo). Se deduce de un detalle de la escena de la despedida en el puerto, y tiene que ver con el sobre que el padre de Amaia le quiere entregar en las últimas escenas de la película (siempre el dinero, claro).

Acostumbramos a pensar de nosotros mismos como librepensadores y abiertos de mente, pero si nos fijamos con atención observaremos que siempre terminamos faenando en los mismos caladeros. Nos levantamos por la mañana a descubrir cosas nuevas, pero sin darnos cuenta lo hacemos constantemente en los pesebres donde estamos habituados a pacer, y evitamos aquello que no nos gusta o no comprendemos. Es como si buscáramos una mina de oro, y dijéramos que somos tolerantes y estamos dispuestos a explorar nuevas técnicas de explotación, cuando lo que ocurre es que la veta del lugar donde excavamos está agotada, y el mineral restante se encuentra en un campo cercano que sólo creemos apto para sembrar patatas.

Los inquietantes momentos que vivimos, con el precio del petróleo bajando sospechosamente, lo que ha sido interpretado por algunos de forma absolutamente errónea (especialmente por el de siempre, que ha llegado a decir que los gastos de asistencia social de los países productores son puramente “discrecionales”, vivir para leer), nos conducen a una nueva fase de la espiral descendente en que entramos hace ya seis años, y a una renovada y probablemente mucho más dura recesión, especialmente porque los recursos retóricos de los mangantes que nos gobiernan, y la paciencia de muchos están llegando al unísono a su final. La ruptura de nivel no puede estar muy lejana, y los OCHO meses que tenemos por delante, especialmente aquí en Españistán, van a ser fascinantes. Creo que veremos cosas que ni la fantasía cinematográfica más desbordada sería capaz de imaginar. Seamos capaces de ir más allá de las anteojeras que nos hemos autoimpuesto. No hagáis como el sabio griego Calícrates, que llevado por su soberbia y terquedad intelectual estuvo a punto de perderse una gran película.

Saludos,

Calícrates

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