domingo, 19 de octubre de 2014

Dinero, la más real de las mentiras



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Magnífico post, una vez más, del Archidruida, titulado “Economía: riqueza alucinada”, centrado en una de mis temáticas decrecentistas favoritas: la función del instrumento de intercambio, del dinero, verdadera piedra de toque de cualquier análisis económico que no se otra cosa que un publirreportaje prepagado (especie, por desgracia, bastante más frecuente de lo que pensamos).

John Michael Greer habla de los juegos pseudomonetarios de su niñez, cuando él y sus amigos confeccionaban billetes de elevado nominal, que no tenían otra función que adquirir galletas o, imagino, otras chucherías infantiles. Como la creación de semejante numerario era discrecional, y por tanto abundante, la única manera de escardar el sistema para que no hubiera dulces insuficientes para proveer la demanda era que cada cierto tiempo la lavadora de mamá destruyera ingentes cantidades de capital, de forma que pudiera continuar al juego, creándose nuevas notas de valor que permitieran la armoniosa circulación de la mercadería.

Se malicia el Archidruida que es exactamente esto lo que sucede ahora, especialmente desde que los recursos planetarios han empezado a emitir síntomas de agotamiento, y barrunta que las sucesivas crisis y quiebras corporativas tienen por objeto precisamente facilitar el escardado del sobrante monetario, para que el resto del circulante mantenga su valor. Aquí discrepo profundamente del autor del artículo que, a mi juicio, incurre en un error bastante generalizado, incluso entre los profesionales del mundo económico, que confunden (deliberadamente o no, según su perspicacia) los conceptos de dinero efectivo y valor monetario. Me explico.

Constantemente, ante recias ofensivas de los osos bursátiles o las desvalorizaciones masivas de activos se oye en la prensa interesada la frase mágica de que “se han volatilizado miles de millones de euros, dólares, o lo que sea…”. Es completamente falso. ¿Por qué? Pues porque, estimados lectores, al contrario que los billetes del monopoly de la niñez del Archidruida, el dinero real, sí, incluso el creado a resultas de derivados ficticios de deuda abusiva, el más deleznable e insulso que os podéis imaginar ES ABSOLUTAMENTE INDESTRUCTIBLE (salvo que queméis billetes físicos o los tiréis por el váter, lo que, convendréis conmigo, no es frecuente). No, querido John, las depresiones masivas no sirven para esto que tú me dices, sino para algo muy distinto: para que toda la riqueza real fluya a manos de los depredadores financieros que dirigen la ruleta monetaria, como bien explico aquí.

Os pondré un ejemplo que os permitirá entender de qué hablo. Imaginémonos que antes de la presente crisis que no acaba un avispado agente inmobiliario, con el irrebatible argumento de que los pisos nunca bajan, os consigue vender un lujoso dúplex en el Passeig de Gràcia de Barcelona, al ajustadísimo e irrepetible precio de 800.000 euros. Son tiempos de plenitud económica, las cosas van bien, y el futuro apunta aún mejor, así que pensáis, como en el anuncio egotista de L’oreal, que os podéis permitir el capricho porque “yo lo valgo”. Claro, también porque hace poco habéis vendido, en plena burbuja que, por entonces, no existía, un viejo caserón situado en Sarrià, procedente de una herencia de un tío lejano, lo que os ha proporcionado abundante liquidez, la que unida a vuestros ahorros os permite afrontar el dislate, quiero decir, el dispendio. Escrituráis y os instaláis en el elegante piso pensando que el porvenir solo puede deparar nuevos avatares venturosos, en un planeta de ensueño (en el primer mundo, claro) que permite a sus habitantes saciar sus incesantes demandas materiales hasta el infinito y mucho más.

Pero de repente todo se derrumba. El sistema económico revienta, quiebra Lehman Brothers, se instala la crisis y los rescates bancarios, pierdes a los inquilinos de tus locales arrendados, baja el valor de tus acciones y, como colofón, te ves envuelto en un desagradable ERE que termina con tus huesos en la calle, con una reducida indemnización por despido. Al principio aguantas como puedes, pero has consumido tus ahorros en la compra de tu principesca residencia, a la que empiezas a coger un poco de ojeriza, y el mantenimiento de tu ritmo de vida te exige imperiosamente liquidez a corto plazo. Decides vender el dúplex, aunque sea con algo de pérdida. Pero todo el mundo está como tú, hay exceso de inmuebles a la venta, y los  precios caen en picado, tanto que después de tres años de infructuosos esfuerzos consigues a duras penas una oferta por el piso, del género lo tomas o lo dejas, de 250.000 euros que, apesadumbrado, te ves obligado a aceptar. La noticia en las bocas torticeras de los voceros oficiales rezaría así: “se han volatilizado 550.000 euros”. De ninguna manera chatos. El despabilado que te vendió el piso, el agente inmobiliario que te embaucó, el registrador de la propiedad y el notario que cobraron sus servicios, la gestoría que gestionó el papeleo, el Estado y la Generalitat, que te sacaron un chorro de impuestos: todos ellos cobraron, y el dinero que tu pagaste, pobre infeliz, está en algún sitio, eso sí, bien lejos de tus bolsillos. ¡Eres tú el que ha perdido un pico, por creerte los cuentos de la lechera de los que nunca buscaron otra cosa que saquearte!

Tal vez entendáis mejor con una historia real, que me ha llegado de oídas, ocurrida en un pueblo de la provincia de Tarragona, cuyo nombre no mencionaré para no hacerlo identificable. Empresa constructora (sí estas que tanta riqueza y bienestar se supone que crean) inicia la construcción de un ambicioso proyecto residencial. Consigue de una conocida entidad de ahorro un préstamo de ocho millones de euros (ya nos vamos enterando de cómo y porqué se concedían estos créditos). Pues bien, sus gerentes transfieren inmediatamente la mitad del capital indicado, cuatro millones de euros, a una cuenta en Luxemburgo. Con los cuatro millones restantes, a base de mano de obra semiesclava, regular e irregular, construyen el complejo inmobiliario, que resulta finalizado justo cuando comienza la crisis. Resultado: no se vende ni un piso. La empresa entra en concurso (voluntario o forzoso, qué más da). Ya me estoy imaginando la vista de la pieza de calificación penal, con Letrados encorbatados alegando imponderables resultado de la inesperada situación económica, que han conducido a la insolvencia de una mercantil de “acreditada reputación comercial” (que probablemente se había constituido ad hoc para llevar a cabo la promoción, en este punto leer “Los donuts sin agujero”, contener el vómito y seguir leyendo).

Sí, ha habido una gran pérdida, especialmente para todos nosotros, contribuyentes, que hemos acabado cargando en nuestras espaldas con el rescate de bancos que permitieron tales desmanes (tarjetas black mediante o no). ¿Se perdió el dinero? De ninguna manera, hasta el último marroquí sin papeles que trabajó en la obra cobró hasta el último euro y lo volcó al circuito económico. Como no los arquitectos, aparejadores, empresas subcontratadas, ayuntamiento ávido de impuestos, y demás ralea. Y el grueso del botín, los cuatro millones de euros que eran, en definitiva, el verdadero objetivo de la “ilusionante empresa comercial” siguen en su sitio, en Luxemburgo y, por supuesto, no vuelven.

Lo dice Michael Douglas en Wall Street, la película que enseña más economía real que cuatro masters en los institutos elitistas más pijoteros: “el dinero ni se gana ni se pierde (es indestructible), simplemente pasa de una mano a otra como por arte de magia (yo, que soy penalista, lo calificaría de otra manera). El carácter indeleble, diamantino e inalterable del numerario hace inevitable en un futuro la inflación masiva que he vaticinado repetidas veces en este blog, y que también augura el Archidruida. Ya he dicho cuál es la única forma de retrasar lo inevitable: que los inmensos capitales desconectados de su función original de ordenar la distribución de recursos sean acumulados por los que ya los poseen en abundancia (y ya hemos visto como se hace), para que los dediquen a naderías caras y trapicheos alejados de la economía real, o los depositen en compartimentos estancos off-shore completamente opacos al fisco (desde donde, no nos engañemos, se implementa el lavado masivo de fondos procedentes de tráficos ilegales, un impuesto invisible más sobre los sufridos habitantes del planeta).

El remedio es temporal, y este juego insensato solo puede acabar con el colapso del sistema, única forma de limpiar las caballerizas de Augias que acumulamos desde hace décadas, en lo que no es sino un elefanteásico síndrome de Diógenes financiero global.

Pero claro, los que manejan el cotarro saben que tal resultado es insoslayable, y procurarán que la nueva partida, el reset, se verifique también conforme a sus reglas. Una frase de Pablo Iglesias en la Asamblea de Podemos me impactó: “El cielo no se gana por consenso, sino por asalto”, gran verdad, de reminiscencias que han querido dejarse en marxistas, pero que también tienen algo de ascéticas, de llamada del Espíritu a sus elegidos, de estricta disciplina iniciática. Estamos ante un proceso donde la victoria exige una conducta activa. Quien se quede parado será arrastrado por la corriente.

Siempre habrá castas, esta es la cruda verdad, y en ocasiones basarán su poder en el control del sistema de distribución de recursos: en el dinero (no es el único procedimiento). Pero de momento lo que resulta perentorio es apartar a las vigentes oligarquías corruptas del juego de las galletas (especialmente aquí en Españistán, donde están ligadas a los vencedores de la mentirosa “guerra civil”). Así lo que vendrá después podrá ser lo que fuere, pero entonces será algo verdaderamente nuevo y no, como suele ser habitual, una nueva partida organizada por los de siempre, con los perdedores determinados de antemano.

Saludos,

Calícrates

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