lunes, 17 de noviembre de 2014

Ellos lo saben

Fuente: elperegrinodelcamino.wordpress.com


En su columna del diario Público, que lleva el controvertido nombre de “El socialismo es republicano” (qué más quisiéramos, de momento vota con el otro partido dinástico lo que le echen), Ana Barba, hermana de Juan Carlos Barba, otro de los pocos analistas que nos ha dado alguna sorpresa, nos regala un magnífico artículo titulado “Mi madre es decrecentista pero no lo sabe”, cuyas etiquetas (crisis energética, decrecimiento, energías renovables, peak oil) lo dicen absolutamente todo. Es agradable ver que lo que podría denominarse “atisbos de realidad” llegan a medios de amplia difusión, aunque ya me he explayado con mucha reiteración, por lo que no volveré a ello, acerca de la inutilidad de divulgar el mensaje.

El artículo es ciertamente interesante, especialmente cuando desgrana las cinco posibles actitudes ante la realidad de nuestras dificultades energéticas, a las que añadiría una sexta: estar quieto con los ojos muy abiertos, a fin de encontrar las oportunidades, incluso económicas, que ofrece la situación, pues información es poder, especialmente si lo que sabes es ignorado por gran parte de quienes te rodean en tu vida cotidiana. Se podrá llamar a lo expresado oportunismo, pero ¿es la vida algo diferente de la diaria supervivencia? Está bien hacer estrategias, pero a los oficiales de menor rango y tropa en general lo que les interesa es la táctica, esto es, sobrevivir en el día a día frente al enemigo dando respuesta a lo que te exige la situación sobre el terreno, que a veces te obligará a tomar decisiones contrarias a las directrices de Estado Mayor y a tus convicciones.

Discrepo eso sí, de la fe de la articulista en las energías alternativas, que sin embargo ella misma matiza, y también en el inciso final de su excelente trabajo. No Ana, nosotros, el pueblo llano, no tenemos el poder, no lo hemos tenido nunca. Es incluso discutible, como suena, que sea conveniente que lo tengamos, al menos como masa bruta, pues en tal estado mantenemos una peligrosa tendencia a cobijarnos en el engañoso corral de la demagogia. Es mejor fijarse en el individuo puro, dirigirte a los despiertos, que los hay, pues la apelación directa a la colectividad en bruto ha sido siempre bastante peligrosa, e incluso añadiría que es uno de los defectos “de fábrica” del “progresismo”, y de muy complicada superación al estar insertado en su hard disk drive.

El poder siempre ha pertenecido a élites, por la misma razón que no todas las células de nuestro cuerpo están preparadas para constituir masa gris cerebral, sin que ello suponga ningún tipo de menosprecio hacia las que se sitúan en el espinazo. Dicho lo cual debo añadir, como esoterista, que no considero que la Inteligencia, en su sentido más elevado, resida en el cerebro, que es sólo un receptor por reflejo de la Luz Verdadera (por eso se habla de reflexionar), sino en el corazón, cuyas funciones, aparte las estrictamente fisiológicas, es posible que vayan mucho más allá de lo que el sentimentalismo pacato nos quiere hacer creer.

El problema de las élites es que pueden ser verdaderas o falsas. Es la diferencia entre la aristocracia (el gobierno de los mejores, aristo, los optimates romanos) y la oligarquía, esto es, la caricatura del verdadero buen gobierno, que sobreviene cuando dinastías corruptas, formadas no por lo mejor sino por la hez de la sociedad, se perpetúan de forma parecida a como debería acontecer en una comunidad cabalmente organizada, pero en su exclusivo provecho, pues carecen de la honestidad y gallardía necesarias para ejercer una adecuada dirección social, y sólo aspiran a sobrevivirse y vampirizar la sociedad que parasitan.

El paradigma del gobierno oligárquico fue la República de Venecia, cuyos tentáculos, ya lo he explicado, se extienden hasta nuestros días, habiendo generado una pseudocivilización macabra, que ahora se encuentra con los límites que impone la física planetaria. Las verdaderas aristocracias las alumbran tiempos duros, las diversas “Edades Medias” (ha habido varias) que ha vivido la humanidad, en las que el pertenecer a la nobleza implicaba, junto al usufructo de determinados privilegios, la asunción de peligrosas obligaciones, basadas en el honor, la lealtad, y la obediencia, lo que hace inexplicable para los modernos el comportamiento de los Caballeros medievales, por absolutamente rocambolesco e irracional (es particularmente paradigmático, y digno de estudio para quien tenga tiempo, el caso del rey inglés Ricardo Corazón de León, cuyo solo nombre ya contiene evidencias simbólicas muy elocuentes, para quién sabe leer entre líneas).

A largo plazo, cualesquiera que sean nuestras pretensiones ilusorias, solo nos espera una nueva Edad Media. Y añadiría, que gracias al Cielo. Pero esto no es lo que nos interesa a los que vivimos ahora que, para nuestra desgracia, no lo veremos. Nosotros viviremos tiempos diferentes, y particularmente trágicos: el inicio de la transición. Es en este contexto, en el que el artículo que examinamos contiene un elemento inapreciable. Ana Barba nos dice, en un momento de su portentosa exposición, que los poderosos saben que esta crisis es irreversible. Sin duda alguna, ya lo he dicho en otro lugar. Pero pararse ante esta evidencia tiene mucha más trascendencia de la que parece a primera vista. La frase en sí es terrible, y aun resaltada en negrita no es posible en una primera lectura, y en el contexto del artículo, darse cuenta inmediatamente de todo lo que supone. Ellos lo saben. Sí, es tremendo. Ahora, que estamos en manos no de una aristocracia, sino de una insana oligarquía (basta leer los periódicos cada día para darse cuenta), ellos, nuestros amos, los dueños del dinero (elemento actual de control social) a los que no importamos nada, lo saben todo, y claro, callan. Y lo hacen porque están buscando su propia supervivencia, más que de sus personas, perecederas, de sus dinastías y del sistema que las ampara. ¡Terrorífico! Ahora veréis más claro el porqué.

He oído decir muchas veces, tal vez más de las que quisiera, que las sucesivas burbujas que hemos padecido han sido diseñadas deliberadamente. Sí, claro. Pero lo que no sabéis es para qué, obviando los objetivos inmediatos, que la economía creciera y ganar elecciones (aunque en el PP fueron tan torpes que ni esto último consiguieron), y atendiendo a los réditos previstos a más largo plazo. Las burbujas, especialmente la inmobiliaria, fueron desplegadas para que las oligarquías que he citado, a la vista de que llegaban tiempos nuevos y el crecimiento iba a resultar imposible, pudieran liquidar sus activos, especialmente los más problemáticos, a buen precio, y obtener capital para cambiar la estructura de sus carteras patrimoniales, a fin de adaptarlas a la nueva realidad que llamaba a la puerta.

Ahora nos hemos acostumbrado a una nueva situación. Lo importante es tener dinero, cuanto más mejor, a buen recaudo, e ir adquiriendo las gangas que ofrece la coyuntura deflacionista (también creada artificialmente). Puede que haya quien se de cuenta de que tampoco esta tesitura puede durar mucho, y que es posible que pronto cambie el tercio y, como antes dejó de ser rentable tener inmuebles, de repente nos hagamos cruces por tener una cuenta corriente con muchos ceros. ¿Ciencia ficción? No, pura estrategia. Aunque para el que nunca tuvo ni dinero, ni inmuebles, ni valores negociables, ni siquiera gran cosa que llevarse a la boca, todo aquello de lo que hablo no sea sino música celestial.

Saludos,

Calícrates

3 comentarios:

  1. Lo de corazón está muy bien,pero no menospreciemos el estómago
    http://vereda.ula.ve/gaccuv/wp-content/uploads/2009/11/Neurogastroenterologia_GACCUV_AACICAT_EstherMarti1.pdf

    ResponderEliminar
  2. Muy interesante artículo, Anónimo, no sabia que el aparato digestivo pudiera desempeñar tales funciones. Ahora entiendo porqué los nervios y alteraciones de ánimo afectan al tracto intestinal. Cuando hablaba del Corazón, me refería a que antiguas Tradiciones situaban en dicho órgano (tal vez no estrictamente físico) la sede de la Inteligencia, la intuición superior supraconsciente, que no se debe confundir con la razón, la luz fria que refleja aquélla como una de las facultades del individuo humano, como la luna refleja la luz del sol sin ser su fuente. No sé si estas consideraciones habrán dado más claridad a lo expuesto, pero en todo caso, gracias por el enlace. Saludos cordiales.

    ResponderEliminar
  3. Creo que en el fondo, la cuestión es un antropocentrismo que nos aporta buena parte de nuestra miopía tanto en el espacio como en el tiempo. Lo peor no es tanto el fracaso nuestra civilización sino no aprender nada de ello.
    El gobierno de las oligarquías solo puede sustentarse en los valores actuales de nuestra sociedad, donde no tiene mayor prestigio social quien mas aporta a la misma, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo.

    ResponderEliminar