martes, 30 de diciembre de 2014

Llega el Año Nuevo



Fuente: 1zoom.me

Sí, llega el Año Nuevo, y lo que tendrían que ser fechas de Paz, Amor y buenas intenciones se transforman, por mor de la última perrada legislativa del PP (menos mal que queda poco) en una carrera contrarreloj para adaptar los posts de este blog a la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. En realidad no hay mucho que cambiar, y con una interpretación coherente de la Ley incluso no tendría que cambiar nada, pero poca coherencia puede esperarse de los que han perpetrado tal rebuzno legislativo, y además conviene a uno no fiarse ni de su sombra,  y aún diré más, tu sombra (lo que de ti no ves) es de lo que menos te puedes fiar en este mundo. Con lo cual tendré que invertir en la tarea unas semanas, que estaré sin publicar.

Pero no quería despedir el año sin contaros una anécdota que puede explicaros, como la imagen que vale más que mil palabras, hacia qué sociedad vamos y en qué compañía. Diversos compromisos sociales me hicieron trasladarme a Madrid para Navidad, en el absolutamente insostenible AVE. Días antes me había telefoneado desde allí una pariente, que conoceremos con el nombre en clave de Pepa, muy preocupada por saber si había actuado correctamente en relación a ciertas inversiones que le había aconsejado su “gestor personal” en la entidad de crédito “La Caixa”.

Claro lo normal es primero preguntar y luego actuar. Pero ella lo hizo a la inversa, seducida por la labia feroz del empleado de la oficina bancaria. Cuando me dijo que había contratado un plan de pensiones, en el que ya había invertido ya tres mil euros, y se había comprometido a invertir cien euros más cada mes, y un PIAS (Plan Individual de Ahorro Sistemático) no me llevé las manos a la cabeza por la sencilla razón de que estaba sujetando el teléfono y por tanto no tenía posibilidad física de hacerlo. Aquí me encontré ante un reto personal. Por una parte puedes decirle que no sabes nada del tema, que eres jurista y solo te ocupas de temas económicos en la categoría de aficionado. Y es la solución que hubiera adoptado de no tratarse de una pariente muy cercana. Pero ocurre que me consta, dentro de la más absoluta certeza, que el negocio financiero no tiene futuro alguno, por la sencilla razón de que las finanzas no son otra cosa que la depredación mediante aparato (por no decir engaño e industria en sentido quijotesco) del crecimiento económico real de una sociedad, crecimiento que, como hemos explicado repetidamente desde estas páginas ya no es posible por los problemas que plantea la finitud del mundo físico. El hecho mismo de que se promocionen con tanto énfasis tales productos para vehicular el ahorro es de por sí significativo, ya que por sus características permiten a las entidades bancarias diferir sus obligaciones de desembolso a corto plazo (plan de pensiones), y en caso de no ser enteramente posible (PIAS) se consigue trasladar el riesgo a un producto que no es verdaderamente financiero, con lo que mejoran sus ratios teóricos de solvencia ante las autoridades monetarias.

En definitiva no es que yo opine, a título de teoría contrastable, que darle dinero a mansalva a esta gente y confiar en que te lo devuelvan dentro de treinta años en cómodos plazos es una grave estupidez, es que estoy absolutamente seguro de ello, y mentir a una pariente cercana, siquiera por la vía del soslayo y escurrimiento de bulto, no me parecía ético. Además, y aun siendo persona a la que no puedes hablar del peak oil, existe un problema técnico que incluso ella podría entender con facilidad, y que atañe a la naturaleza del producto contratado. Es evidente que en ambos casos la inversión no se encuentra garantizada por el Fondo de Garantía de Depósitos. Pero es que además el PIAS es en realidad un seguro (de vida y de pensión vitalicia) y aunque parezca más benévolo que el otro (pues es rescatable, en principio, en cualquier momento) pudiera ocurrir que fuera incluso más arriesgado, puesto que ni siquiera estás bajo el paraguas de solvencia de La Caixa (al que cada cual dará el valor que merezca) sino de su aseguradora VidaCaixa. Claro te contarán que la entidad bancaria nunca dejaría quebrar a su compañía de seguros, y esto te lo puedes creer o te lo puedes no creer. Yo, que he visto caer muchas torres, no me lo creo en absoluto. Y recordemos que en el ramo de las aseguradoras no existe mecanismo público de garantía alguno, puesto que el Consorcio de Compensación de Seguros, al menos en tales funciones, solo cubre determinadas prestaciones en relación a seguros de vehículos, dentro de las coberturas de contratación obligatoria y con una franquicia.

Ante los argumentos vistos, más específicos, alejados del problema general de los recursos planetarios, pues ella no entendería de ninguna manera que tal cuestión “ecológica” pudiera afectar a su plan de pensiones, conseguí que reaccionara en la dirección correcta. Le dije que hablaríamos en Madrid, y para calentar el tema le envié por e–mail un  artículo de Claudio Vargas titulado “Emplumados como pollos”, donde precisamente ofrecen al articulista un plan de pensiones de “La Caixa”.

Llegado a la todavía capital de la todavía España Pepa pasó al contrataque, apoyada por otro pariente que argumentaba que los planes de pensiones se encontraban recomendados por algún experto que peroraba en… las manos a los mandos del aparato por favor, Intereconomia. Ni siquiera me paré a preguntar de quién procedía la inconsecuencia. Dejando aparte mi perjuicio ideológico respecto a la citada cadena, es evidente que si se hubiera tratado de un medio de comunicación en mejor situación económica, esto es, menos obligado a titular a golpe de talonario, pues igual me hubiera parado a estudiar los argumentos en contrario. Tratándose de quien se trataba no merecía la pena perder ni un solo segundo en la cuestión.

No iba a convertir aquello en una guerra. Simplemente quería que Pepa conociera mi opinión sobre el tema y luego que hiciera lo que creyese conveniente, pues todos somos ya mayorcitos. Tan solo pretendía descargar mi conciencia de la debacle financiera que sabía que le esperaba a largo plazo. Pero he aquí que la providencia había dispuesto que mi victoria fuera total. Y para ello hizo intervenir a un “allegado” de Pepa (tan allegado que mantuvo con ella una intermitente relación sentimental). Sobre la mencionada persona, que conoceremos con el nombre técnico de Agapito, concurre la especial circunstancia de que trabaja en Bankia (de momento, ha soslayado varias veces la calle), y anteriormente en la finiquitada Cajamadrid. No sé si Pepa pretendía darme una lección, encontrar fuerzas para continuar con su insensata inversión o simplemente informarse un poco más. En cualquier caso el tiro no le pudo salir más por la culata.

Yo estaba tranquilo, pues nada me venía en el lance, ya lo he explicado. Lo único que tenía que hacer era evitar que el empleado de banca cayera en la argumentación tendenciosa de Pepa y hablara claro, pues estaba en “familia”. Y vaya si lo hizo. En cuanto pude hacer las preguntas adecuadas soltó un “estamos quebrados” que dio gusto oírlo. Y no se refería solo, a mi entender, a la rescatadísima empresa para la que trabaja, sino a toda la industria bancaria en general. Entonces Pepa intentó de nuevo liar la cuestión, y tuve que hacerle la pregunta clave. “¿Agapito, meterías tu dinero en un plan de pensiones o en un PIAS?”. Su rápida contestación “NO” cayó como una erupción volcánica sobre la atmósfera densa de la sala en que nos encontrábamos, y como un jarro de agua fría sobre la intrépida inversora Pepa, que inmediatamente empezó a recriminarle con el consabido “¿y por qué no me lo dices antes…?, cuestiones de pareja en la que ninguna persona sensata debe entrometerse.

Pero faltaba la guinda del pastel. Agapito vino a decir, no recuerdo las palabras exactas, que todo aquello lo decía allí, en la intimidad, pero que evidentemente no lo repetiría delante de extraños, y menos aún en su sucursal. La verdad es que la explicación sobraba, pero no sé por qué me encantó oírla de sus labios.

Pero la cosa no había terminado. Pepa, es evidente, siguiendo el guion de cualquier película que se precie, debía entonces decir aquello de “entonces ¿dónde meto mi dinero?”. Aquí temí ir demasiado lejos y que Agapito me rebatiese. Pero me arriesgué. Opiné que había que comprar oro en piezas pequeñas, que sirvieran para obtener liquidez en tramos cortos y en cualquier momento, y guardarlo todo en casa, en una trampilla en el suelo con una llave simple, por si lo localiza la asistenta (las cajas fuertes no me parecen solución fiable, pues su instalación deja rastro en relaciones de clientes que no se sabe dónde pueden acabar). Añadí que sabía que existían máquinas que expedían oro desde diez euros (no sé dónde lo había leído, de momento no me he lanzado a tal inversión). Agapito no solamente no me contradijo sino que indicó que tales “máquinas” eran en realidad cajeros.

Realmente hay una amarga moraleja en toda esta historia. Cuando llueva lo que tiene que llover mucha gente, con menos suerte que mi pariente Pepa, no solo van a quedar con los calzoncillos (en su caso bragas) en la mano, sino que encima se les va a poner una cara de Pepito Grillo que no van a poder con ella. Otra cosa son las penurias que pasarán después, que probablemente serán menos divertidas.

Quedan unos pocos ejercicios fiscales, no muchos, y el tiempo de los despistados, los “expertos” y los cuentos de hadas habrá finalizado. Es el momento de actuar, y de dejar a los crédulos que se regodeen en su ignorancia. No se puede salvar a todo el mundo.

Entretanto, Feliz Año a todos.

Saludos,

Calícrates

No hay comentarios:

Publicar un comentario