viernes, 31 de enero de 2014

La pregunta del millón




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La escalada de los precios del petróleo que, como sabéis los que seguís este y otros blogs sobre el tema, ha sido provocada por una conspiración internacional de especuladores sudaneses, Al Qaeda y, claro… también ETA, con apoyo logístico de extraterrestres y reptilianos, debería haber producido una marcada tendencia alcista de precios, dentro de un entorno de estancamiento económico. Vamos, ni más ni menos que el fenómeno de la estanflación, que ya fue observado en los años 70, con motivo de otra crisis de oferta, por motivos diferentes.

Sin embargo, al menos en datos oficiales, no ha sido así. Aunque el estancamiento o la recesión están ahí (y mucho más profunda de lo que dicen), lo cierto es que no se observa una inflación de costes importante. Claro que el Índice de Precios al Consumo, ya lo he explicado en otras ocasiones, es algo parecido a las Mil y Una Noches, pero en zafio. Mirad sino el recibo de la luz. Sin embargo, es verdad que no se ha producido, al menos de momento, una escalada general y visible de los precios de productos y servicios. ¿Qué está ocurriendo? La respuesta, una vez más, la tenemos en el vendedor de humo, el profeta de los millonarios: Milton Friedman.

En octubre de 1973, los principales productores de petróleo decidieron no exportar más crudo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur. Y esta medida incluía a Estados Unidos y sus aliados europeos (por cierto aquí en Españistán, dada la política antisionista del innombrable, casi ni nos enteramos). La primera gran crisis del petróleo enseñó a Occidente que las reglas del juego habían cambiado, y que sus economías dependían totalmente de Oriente Medio.

Pero esta crisis significó algo más, que ahora estamos pagando caro. Significó el derrocamiento de las llamadas “economías mixtas” (Keynes), y el triunfo paulatino de la contrarrevolución monetarista (Friedman), con sus consabidos cánticos de sirena que llevan por título “libre mercado” y “desregulación”, eufemismos de “monopolio de cuatro amiguetes”, eso sí bien relacionados, y de “levantamiento de las cercas de los caimanes”, para que perpetren las correspondientes escabechinas. Así las cosas, los bancos centrales y las políticas monetarias tomaron el control de la economía y de nuestras vidas, y los objetivos de pleno empleo fueron subordinados a las metas de inflación.

A tres décadas de la entronización del estropicio, el mundo se encuentra nuevamente en serios aprietos. Aunque no lo digan en los telediarios, sabemos que el pico de producción de petróleo convencional tuvo lugar en el año 2006, y como no podía ser de otra manera, la economía global, dependiente de las energías fósiles, se derrumba. Pero esta vez, y fruto de años de infiltración sutil de las estructuras políticas y productivas, el remedio mágico del antieconomista norteamericano ha evitado la pérdida de valor del dinero. Eso sí, a costa de los empleos de millones de personas. Para obtener respuestas adecuadas, hemos de aprender a plantear las preguntas precisas. Como, por ejemplo, ésta. ¿Quién gana con el control de la inflación?

Durante años se vendió el discurso interesado de que la inflación era el mayor de todos los males. Gregory Mankiw habla incluso de los “costos de menú”, que es el gasto asociado a cambiar los precios en las tiendas y en los menús de los restaurantes. Y es cierto que las alzas en los precios son un mal, una lacra social. Pero no es la única, ni tampoco la más importante.

El incremento de los precios afecta a quienes viven de un sueldo fijo, pues reduce su poder adquisitivo. Pero, ¿y qué pasa si se pierde el empleo? Pues que te quedas con un cero de poder adquisitivo, y te consuela muy poco que los precios no suban demasiado. Es por ello que la inflación no puede ser el único factor a tener en cuenta.

Yo os digo a vosotros que me escucháis, o mejor dicho leéis. La próxima vez que os manifestéis que no sea por mamandurrias como la sanidad pública, la educación o las preferentes. Aprended a apuntar. Exigid INFLACIÓN. ¡¡¡Más inflación por favor!!! Ya estoy viendo a los líderes sindicales detrás de esta peculiar y sorpresiva pancarta. ¿Qué aún no lo entendéis? Claro, porque han dedicado lustros a desinformaros.

El control de la inflación sólo beneficia a los propietarios del capital, para dejároslo más claro, a los “filántropos” que nos gobiernan en la sombra, a los millonarios más visibles, porque no les queda otra, y a los bancos depredadores con los que tenéis firmada la hipoteca. La inflación socavaría enormemente el valor real de su dinero ficticio, y el alza de los tipos de interés no compensaría la pérdida, y llevaría a las nubes las tasas de morosidad, poniendo en serios aprietos las finanzas de los detentadores de numerario digital. ¿Empezáis a ver un poco más claro ahora?

La economía es una ciencia muy simple, pero funciona como lo hacemos los humanos, esto es, de forma bastante azarosa. Por eso muchos premios Nobel y listillos bien pagados no dan una. Es como el chiste de aquel médico, a la salida del quirófano, cuando le preguntan por la operación: “Magnífica. Ha sido una intervención perfecta. Lástima que el enfermo haya muerto”.

Las políticas neoliberales se han preocupado del control de precios a costa de estrangular la economía. Y, claro, no les preocupa que haya más desempleo. Así tienen al trabajador dispuesto a dejarse la piel por el salario mínimo. El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y como muestra de ello, basta revisar los datos de distribución de renta en los países que han tomado la medicina: en todos se ha ampliado enormemente la brecha entre ricos y pobres.

¿Queréis preocuparles de verdad? ¿Queréis acabar con la base de su control económico, político y social? Pues no os importe pagar un poco más por un café. Reventad el valor real de las montañas de deudas que se han inventado, y que no son sino los eslabones de la cadena que os aprieta el cuello. ¿A alguien le importaría pagar dos euros más por un kilo de tomates, a cambio de conservar el empleo?

Os adelanto que intentarán asustaros con fotos de una señora llenando la estufa con billetes, en la Alemania de los años veinte. Es el espantapájaros que habitualmente utilizan. Pero aparte de que tal inflación fue creada artificialmente, con una finalidad política muy concreta y muy perversa, de la que puede que me atreva a hablar algún día, os ocultan los resultados reales del proceso: los que tenían se arruinaron, y los que estaban endeudados hasta las cejas, salieron a flote.

Y si resulta que la cosa se sale de madre y salta todo por los aires, pues mejor que mejor. Al fin y al cabo, el sistema sólo les beneficia a ellos. Salid y gritad conmigo: ¡INFLACIÓN! Y luego lo que sea.

Saludos,

Calícrates

Adenda.- Me adelanto a la siguiente pregunta: ¿cómo ayudarían tasas de inflación elevadas a limitar la precariedad laboral, si asumimos que el crecimiento ya no es posible? Pues porque permitirían un reparto solapado del empleo ya existente, al que muchos trabajadores activos no se avendrían de forma voluntaria.