sábado, 29 de marzo de 2014

En la sala de máquinas del sistema




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Como todavía no me han hecho una oferta económica importante para que cierre el blog, y ya sabemos que la vida está cada día más achuchá”, voy a dar un empujoncito en la dirección citada mostrándoos la habitación oscura, el cuarto donde se guardan las máscaras, los gigantes y los cabezudos, el lugar mágico donde giran las bielas de la tramoya necesaria para el mantenimiento del fraude colectivo, el mayor perpetrado en toda la historia de la humanidad, que supone el actual sistema económico occidental, que es lo mismo que decir mundial.

Decía Henry Ford, otro al que no taparon a tiempo la boca con billetes grandes, que “está claro que la gente no entiende el sistema monetario y bancario, porque si lo entendiese creo que habría una revolución mañana por la mañana”. Algo tenía que saber del tema este señor, que fue el padre de las modernas cadenas de montaje, las que llevamos todos colgadas del cuello, pues convierten al ser humano en servidor de la máquina, y por tanto de los dueños del capital necesario para construirla, dando lugar a la fase más tenebrosa del denominado “reino de la cantidad” porque las cualidades personales del individuo han sido borradas por la potencia de los maxilares mecánicos de la producción y el consumo, donde todos hemos acabado engullidos.

Esto que voy a decir es importante. Luego veréis porqué. Ford era uno de “ellos”, uno de esos magnates que controlan el aparato plutocrático que ha generado la modernidad. Y que sin embargo en un momento dado, a consecuencia de alguna zancadilla que le debieron hacer por no ser lo suficientemente sumiso, tuvo la osadía de hablar más de la cuenta. Reveló muchas cosas, pero básicamente una: que el verdadero problema no eran los capitalistas industriales (como él) sino los capitalistas financieros.

Escribió un libro algo panfletario pero muy interesante, al que luego él mismo puso sordina, por puro miedo. En la susodicha obra se centra básicamente en un determinado pueblo o, por ser más precisos, en una confesión religiosa, popularmente asociada a la usura. Aquí discrepo un tanto de él. Si te focalizas en los judíos, probablemente por algún problema personal que tuvo con alguno de ellos, pierdes el hilo conductor de la trama. No es que el espíritu digamos “ahorrativo” hebreo no haya tenido cierta influencia en la expansión material y, sobre todo, psicológica del capitalismo depredador. Pero quien escarba un poco más, y llega a la zona de peligro, se da cuenta de que los judíos no son sino otra pantalla más, y que también ellos, lo sepan o no, están siendo utilizados. Y aquí me paro porque una cosa es querer, en serio o en broma, que te compren, y otra muy distinta hacer oposiciones a que te partan la boca.

A lo que íbamos. Si el problema son las finanzas, más que el capital productivo, la pirámide de dominación social capitalista quedaría más o menos así:

1º Élites financieras
2º Bancos Centrales Internacionales.
3º Bancos Centrales Nacionales
4º Grandes bancos
5º Grandes empresas
6º Gobiernos, políticos, parlamentos y demás morralla “representativa popular”
7º Sufridos ciudadanos

Por lo tanto Henry Ford se situaba en el nivel quinto, y aún se quejaba. El pueblo llano se ubica en el séptimo, y no solo tiene sobre sus espaldas a estos caritativos capitalistas (últimamente plantean que indemnices al empresario por darte trabajo), sino además, de propina, a la costosísima casta política, que para más “inri” existe con la presunta finalidad de “representarnos”. Más nos valiera un gobierno directo de financieros que se fueran cooptando unos a otros. Resultaría más económico.

Hemos visto en algún otro post cómo funciona el engaño en términos muy teóricos. Es fácil decir que el dinero es deuda y que se crea por las entidades financieras de la nada. Pero la cantinela ya se la ha aprendido mucho columnista y bloguero de diverso pelaje, y el propio sistema empieza a reciclarla (esto es a manipularla a su antojo), por lo que tenemos que ser más precisos, para mostrar el fraude en toda su crudeza. Aprended a apuntar.

La clave es plantearse que ocurre si ese “dinero deuda” inventado posteriormente no se hace efectivo, esto es, el deudor no puede pagar. Podríamos pensar que en este caso la entidad de crédito, y por tanto el sistema financiero en su conjunto, tienen un problema. Pero aquí tal vez nos estén cogiendo otra vez la espalda, entre otras cosas para conseguir rescates que nos empobrezcan a todos, al ritmo en que la declinación de recursos exige nuestra depauperación. El enemigo, no lo olvidemos, es ofídico (de ophis, serpiente), se mueve de forma sigilosa, ondulante y artera, y conviene tener siempre a salvo, con perdón, el trasero.

Pongamos que mi amigo Pepito me pide cien mil euros, cantidad que no tengo. Pero como es un buen compañero le libro un pagaré, que no podré pagar, y se lo entrego, de forma que consigue liquidez al descontarlo, y puede hacer frente a sus obligaciones. Parece una barbaridad, pero es lo que hacen los bancos todos los días, o lo que hacían, porque ya no fluye el crédito. Pero claro, ellos tienen ficha bancaria.

¿Habéis oído hablar de la cámara de compensación bancaria? Claro que sí, y os habréis imaginado a unos eficientes empleados, con camisas blancas arremangadas y tirantes, así como gruesas viseras de vivos colores en la frente, para no distraerse de su labor, con los dedos moviéndose con agilidad entre montañas de papeles timbrados, cotejando títulos valores con maestría, a velocidad de vértigo, para evitarnos a todos este tedioso trabajo, determinando por simplificación numérica la cantidad sumaria que haya de abonarse en cuenta a quienes obtengan a su favor los correspondientes saldos finales favorables. ¡Hay que ver que poco hace falta para engañarnos!

Pensadlo fríamente. Todos los bancos tienen morosos. Y todos por igual han prestado dinero que sólo existe en las pantallas de sus ordenadores. La compensación no es de saldos de efectivo real, sino de deuda inventada incobrable, y por lo tanto el problema no es tanto lo que pierdes (porque nunca lo has tenido) sino hasta donde llega el volumen de tus impagos, para ver si puedes esconderlo debajo de las alfombras llenas de sapos de tus “competidores”. En definitiva, el banco con buenas ratios de morosidad, aunque sean elevadas, no tendrá ningún problema, porque podrá “compensar” y hacer desaparecer su capital ficticio. Las dificultades surgirán para las entidades con ratios de impagados muy elevadas, que son las que se están liquidando por la puerta falsa. Lo dicho nos puede hacer entrever que en realidad el sistema se está salvando a sí mismo, a nuestra costa, puesto que en realidad estamos ante un juego de conejos y sombreros donde las deudas principales deben solventarse entre los supuestos acreedores.

Sé que puede parecer muy complicado, a pesar de que lo explico con palabras llanas. Pero es únicamente porque la maniobra es así de retorcida. Por supuesto que hay nomenclatura técnica para aturdir al personal y hacer mucho más digerible el “potaje”.

Y tal vez todo lo expresado nos permita dilucidar que son las llamadas “provisiones por morosidad”. Aquí también os habréis imaginado a un eficaz empleado bancario, reuniendo desesperadamente billetes de cinco euros a fin de tapar los agujeros que dejan en los balances esos desagradables morosos que no cumplen a tiempo con sus obligaciones financieras. ¿No se tratará, igualmente, de un artificio contable para “vender el burro viejo” a los devoradores de telediarios? Volvamos a Pepito. ¿Qué provisión tengo que hacer del dinero que no me devuelve, si me lo he inventado? Nuevamente me las tendré que ver con la entidad financiera titular última del crédito liquidado, que tendrá los mismos rotos, o mayores, e idéntico interés en echar gruesos terrones de tierra (y piedras) sobre el asunto. ¿Empezáis a comprender como funciona de verdad el negocio?

Si para los préstamos y operaciones nacionales existe la taumatúrgica “cámara de compensación” (clering house, los anglosajones son los que más saben de pufos bancarios), debería existir algo parecido en relación a las operaciones financieras internacionales. Y claro que existe. Se llama el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus iniciales en inglés). Daniel Estulín habla mucho de esta institución, que quizá fuera conveniente estudiar a fondo, pero mejor que lo haga él, al que os remito, que para eso está más protegido.

Claro, para que todo esto funcione hace falta que el también ficticio PIB crezca, de forma que las deudas, que no son sino representación de riqueza futura, como el dinero real lo es de la presente, puedan ser debidamente liquidadas. Y este crecimiento, por razones que ya hemos examinado muchas veces en este blog y afines, no volverá, salvo a base de burdas manipulaciones estadísticas, que a pesar de su ingenio apenas podrán componer resultantes de más allá de pocas décimas de punto. El sistema es insalvable y ellos lo saben. Lo he dicho muchas veces. El colapso financiero no ha hecho más que comenzar, y nos esperan sorpresas en nuestras cuentas corrientes de gran calado. Ni siquiera es posible resetear el equipo, porque iniciar un nuevo ciclo de crédito, siquiera desde cero, seguiría requiriendo de crecimiento, tal vez menor, pero sostenido, que no puede llegar y, como reza el pleonasmo taurino, además es imposible.

¿Qué queda por hacer? Pues recurrir a un nuevo sistema económico, basado en un medio de intercambio real, manejado por instancias políticas, y no por financieros particulares. Pero esto no lo pueden consentir, porque dinero es poder (de hecho les interesa más el segundo que el primero, aunque siempre van juntos), con lo que sólo acontecimientos realmente traumáticos para todos permitirán resolver la cuadratura del círculo.

Confío poco en las revueltas populares. No hay más que ver lo que ha ocurrido con las manifestaciones del 22M, ninguneadas y luego infiltradas para conseguir su criminalización. Pero hay un hecho que pasa frecuentemente desapercibido. Esas “élites” de las que hablamos en ocasiones, no son tan homogéneas como parece. Entre ellas hay conflictos de intereses, que se agudizarán cuando los problemas de recursos sean absolutamente inocultables. Estas “rebeliones” internas, como la que en su día intentó tímidamente Ford, constituyen las únicas ventanas de oportunidad de las que podemos esperar algún resquicio de esperanza.

Saludos,

Calícrates

domingo, 23 de marzo de 2014

La profecía



www.batiburrillo.net

2030. No sé porque motivo esta fecha me asalta constantemente. Y como veo, a tenor de las estadísticas de los dos últimos posts, que el hacer futuribles tiene gancho, pues vuelvo a ello. Además así aprovecho para dar un buen baño “de letras” a los que tengan la paciencia de seguirme, que con tanto pastel de cifras y gráficos que se ha perpetrado últimamente en la blogosfera peakoiler, a cual más angustioso, nos conviene un ligero cambio de tercio.

Para la concreción de los períodos históricos existe un método (no apto para científicos) llamado de la “determinación del centro”. Me explicaré con un ejemplo. Determinadas concepciones digamos “esotéricas” estiman, ya lo he explicado en alguna ocasión, que el desenvolvimiento humano se mueve en círculos, que determinan períodos de diversa duración, para la caracterización de los algunos de los cuales, los más decisivos, es necesaria la identificación del Millenium.

No, no se trata de un nuevo juego de ordenador, sino de la innegable evidencia de ciertos épocas en las cuales el pensamiento humano se estabiliza, y se vuelve digamos más interno, a fin de configurar un nuevo ciclo de manifestación, que posteriormente se externalizará dando lugar a una civilización “racionalista” (esto es, expoliadora de los recursos de su medio y absolutamente inviable a largo plazo). Si os interesáis por la comparativa histórica observareis que es frecuente, tanto entre Profetas verdaderos como entre lunáticos inspirados, anunciar un tiempo nuevo (Sanctum Regnum) que debe durar Mil Años (Milenarismo).

Vayamos al último de tales Milenios. Es nuestra Edad Media. Existen varios procedimientos para establecer el período temporal al que se refiere. Para la historia que podría denominarse oficial, la “Gran Noche” comienza con la deposición del último Emperador Romano en Occidente (476 a.C.) y termina con la caída de Constantinopla (1.453 d. C). Observemos que, en efecto, transcurren casi exactamente mil años. Sin embargo existen tesis discrepantes al respecto, que consideran que es más ajustado estimar que la nueva dispensación inició su andadura con la Era de los Mártires (282 d. C), hasta el fin de los Abasíes, del Reino de San Luis, y del imperio cristiano de Etiopía (1.260-1.270 d. C.), o  desde la creación de Bizancio (330 a. C.), hasta la peste negra (1.338-1.350 d. C). Y estas últimas hipótesis me parecen más acertadas. ¿Por qué motivo? Pues porque en ellas el Corazón del Reino, se encuentra mucho más centrado en relación con la periferia. ¿Y cuál es ese momento central, que determina, por indexación, los límites del Millenium? Pues el Reino de Carlomagno (768-814 d. C), periodo histórico en que se produjo la “ruptura de nivel” que dio lugar a algo completamente nuevo, constituyendo, por otra parte, la referencia de lo que había de venir después. El renacimiento carolingio es el Corazón el Sanctum Regnum, que permite delimitar el Millenium cristiano medieval.

Sé que estas consideraciones pueden resultar un tanto tediosas, para quien no está habituado a esta forma de pensar, pero pronto veréis adónde voy. El método de centrado del ciclo es aplicable a cualquier período histórico, y actúa en una doble dirección. Permite deducir los límites de la manifestación del ciclo, y también calcular donde se encuentra su centro, al que se dirige y del que parte en la fase de externalización, una vez conocidos sus contornos visibles.

En relación a la vigente crisis post pico petrolera, es relativamente sencillo fijar los límites precisos de su desenvolvimiento. Nadie en sus cabales, ni los cornucopianos más recalcitrantes, ni siquiera la AIE consideran que los combustibles fósiles nos vayan a dar juego más allá del año 2050. Claro que piensan que “se descubrirá algo nuevo”, lo que tal vez sea mucho pensar. Pero resulta evidente que la fecha citada las cartas estarán echadas, y por tanto el mundo físico, económico y energético no tendrán, para entonces, absolutamente nada que ver con lo que contemplamos hoy.

También es fácilmente identificable el inicio de la manifestación de los síntomas de agotamiento del sistema, que coinciden con los de la misteriosa crisis que padecemos, y que, en aras a la simplificación, fijaremos en el año 2010. Pues bien, el centro del ciclo menor que vivimos, entre 2010 y 2050, se sitúa, por pura aritmética simple, en los alrededores del año 2030. Y hay que tener en cuenta que si el centro de un período constructivo y de positiva transformación constituye un remanso de estabilidad y fuerza vital, el de uno de deconstrucción es, lógicamente, opuesto, enormemente conflictivo y convulso, pues se habrá llegado a un punto en que ya no se podrán dejar de tomar decisiones largamente postergadas, ya que los paliativos se habrán agotado, como los mismos recursos que constituyen la base del sistema productivo, por lo que se tendrán que atajar los grandes males con contundentes remedios.

Ferdinand Ossendowski, en su libro Bestias, hombres y dioses, narra la famosa “Profecía del Rey del Mundo”, datada en el año 1891. Aquí ya no se trata, evidentemente, de la aplicación del método histórico, ni de nada parecido, y por lo tanto el valor que se pueda dar al texto queda a la libre discrecionalidad del consumidor:

“Dentro de cincuenta años (1941) no habrá más que tres grandes reinos nuevos que vivirán felices durante setenta y un años (2012). En seguida vendrán dieciocho años de guerras y cataclismos. Luego los pueblos de Agharti saldrán de sus cavernas subterráneas y aparecerán en la superficie de la tierra”.

1891 + 50 + 71 + 18 = 2030

Y por si alguien me objeta que el año 2012 no ha empezado ninguna guerra, que repase otra vez la prensa con amplio criterio, pues es posible que las guerras actuales no sean como las de antes, al haber sido planificadas de otra manera (siempre se cocinan, es evidente, en algún sitio). Aunque de todas formas no debe perder la fe, porque puede que pronto las vea mucho más “clásicas”.

Saludos,

Calícrates