domingo, 26 de octubre de 2014

De ocho en ocho



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Hoy me voy a relajar, en el fondo y en la forma. En los esfuerzos de larga distancia tan importante es apretar la marcha como aprender a descansar y bajar el ritmo de la pedalada.

Son cinéfilo, y he dedicado algún post a mis inquietudes por el séptimo arte. Pero había una frontera que no osaba tocar bajo concepto alguno. El cine español siempre me ha producido sarpullido, y lo evitaba hasta lo indecible. Los motivos son, y lo reconozco, en primer término ideológicos. Mi desafección hacia esto que se ha dado en llamar España no la he ocultado en ningún momento, y procede más que de motivos nacionalistas (solo tengo tres apellidos catalanes) de la eterna sensación que ya he expuesto en algún lugar de que el Estado español nunca ha estado más que al servicio de determinadas dinastías que se remontan a los tiempos de los visigodos, y que no han tenido nunca demasiados miramientos a la hora de cometer verdaderas tropelías con tal de mantenernos a todos bien cogiditos del ronzal. Por eso siempre he visto las aspiraciones separatistas, en cualquier lugar, como una forma de romper de una vez por todas con el juego de la oca en el que siempre ganan los mismos, porque los dados están cargados.

Pero había otro motivo, y es que, objetivamente, la calidad del cine español es ínfima. Aunque a algunos les pueda parecer lo contrario desde las folkloradas pringosas de Carmen Sevilla, hasta la psicodelia obsceno gratuita de Pedro Almodóvar, pasando por la astracanada valleinclanesca de Berlanga, no hay, aunque parezca lo contrario, mucha diferencia. Sólo se salvaba Buñuel, pero la temática de sus películas me parecía demasiado tétrica, y tampoco era de mi agrado.

Así estaban las cosas, cuando los contrariados hados decidieron cambiar mi destino, y como no lo consiguieron de grado, pues tuvieron que recurrir a la fuerza viva. Desde principios de octubre parecía que me habían echado algún cenizo. Todo empezó con unas molestias molares que me produjeron unos dolores tremendos. Los empastes, al final no era una sino dos las muelas careadas bajo otro remiendo de amalgama de más de cuarenta años, inicialmente no me solucionaron el problema, y temí incluso la pérdida de una pieza, pues el dentista me dijo que había detectado una grieta y no había podido llegar a su final. Pero es que además el composite quedó muy alto, y como debo morder mientras duermo me fui magullando la encía alrededor de la muela. Tuve que volver tres veces más a la consulta. Entretanto los analgésicos que me tomaba para aguantar el dolor me produjeron una gastritis. Y por si fuera poco jugando a lampista en el lavabo de casa me produje un esguince intercostal. Ya no sabía que iba a ser lo siguiente. Tal vez la mordedura de una cobra, la coz de un burro o una llamada telefónica a medianoche de Cristóbal Montoro.

Pasé OCHO días terribles, y el fin de semana pasado resolví rendirme. Me recosté en la cama y decidí no moverme de allí por el tiempo que fuera necesario, y aceptar resignado mi destino. Pero no tenía ganas de leer, y menos aún de escribir, posts sesudos sobre nuestras penurias económico - petroleras. Quería dejar de sufrir y, si no era posible, distraerme con algo ligero que llevara mi atención lejos de mis dolencias. Me tumbé cuan largo era con el portátil pequeño sobre mi dolorido pecho (apenas podía incorporarme) y decidí cometer el sacrilegio: ver OCHO apellidos vascos.

Los sentimientos que experimente a partir de entonces son difíciles de explicar, tal vez incluso embarazosos: primero me intrigué, luego me sorprendí, más tarde me reí con ganas, y finalmente me emocioné como hacía mucho tiempo. No me lo podía creer. ¿Quién había enseñado a esta gente a hacer cine?

Escenas ágiles, ambientación escénica y musical fascinante, guion ocurrente y bien hilvanado, personajes creíbles interpretados con esmero pese a las tonterías que se han dicho de contrario (el mejor el cura, es insuperable lo de este hombre, te dan ganas de confesarte nada más verlo). El tema vasco, que ha provocado algún revuelto de esófago en ambos lados del espectro, pues es simplemente un decorado de fondo tratado de forma exquisita, para no ofender a nadie. La escena de la boda y su imprevisible desenlace, criticada por muchos, lejos de ser absurda tiene todo el sentido dentro de la estructura de la historia, y es la clave de la película, pues es el momento (tiempo/espacio) donde se produce la “ruptura de nivel” (observad las miradas y gestos de la novia) que da lugar a algo diferente, un mundo nuevo, producto de la tensión acumulada hasta entonces por la trama. Me pregunto si la vida tiene algún otro sentido que la consecución de tal resultado. De todas formas es cierto que, aparte mis interpretaciones siempre personalistas y esotéricas, la cinta no pretende ninguna profundidad metafísica, pero es tremendamente efectiva, y te hace pasar un rato muy agradable.

Al final del visionado me sentí, salvadas las distancias, un poco como el personaje que interpreta Clara Lago. Después de OCHO meses resistiéndome a la evidencia (a ver la película), había tenido que aceptar lo inevitable, para entonces descubrir que había estado haciendo desde el principio el gilipollas, y que solo una casualidad de la fortuna (o de infortunio) había conseguido deshacer el maleficio a que me sometían mis absurdas ideas preconcebidas.

Pero quedaba una cosa. Había algo que no cuadraba. Enseguida resurgieron mis prejuicios (¡la chapuza española de siempre!). Un detalle de la acción no me parecía comprensible, y me resultaba extraño que un libreto tan preciosista tuviera una falla tan evidente (ojo a estos guionistas que, o les ha salido de churro el trabajo de su vida o darán mucho que hablar). No comprendía las razones del cabreo gigantesco del protagonista masculino Rafael Quirós (este será andaluz, pero tiene apellido catalán en la realidad y en la ficción), que le lleva a querer marcharse por tercera vez a Sevilla (con muchas más ganas que en las anteriores). Y el detalle no es baladí, porque es precisamente tal desafección repentina por su, hasta entonces, idolatrada amiga la que desencadena el interés verdadero de ésta hacia él, cuando hasta entonces lo ha utilizado como a un guiñapo de feria (este tipo psicológico femenino no es descabellado en absoluto, muchas mujeres actúan así, solo les preocupa un hombre cuando lo ven difícil).

Tuve que ver la cinta hasta OCHO veces. Y al final lo entendí. Y nuevamente me asombró lo original del argumento. No quiero estropear la película a quién no la haya visto, o a quien habiéndola visto aún no lo haya entendido. Aquello de lo que hablo es muy sutil pero absolutamente razonable, y no explícitamente verbalizado (como debe ser, para que el espectador mueva el cerebelo). Se deduce de un detalle de la escena de la despedida en el puerto, y tiene que ver con el sobre que el padre de Amaia le quiere entregar en las últimas escenas de la película (siempre el dinero, claro).

Acostumbramos a pensar de nosotros mismos como librepensadores y abiertos de mente, pero si nos fijamos con atención observaremos que siempre terminamos faenando en los mismos caladeros. Nos levantamos por la mañana a descubrir cosas nuevas, pero sin darnos cuenta lo hacemos constantemente en los pesebres donde estamos habituados a pacer, y evitamos aquello que no nos gusta o no comprendemos. Es como si buscáramos una mina de oro, y dijéramos que somos tolerantes y estamos dispuestos a explorar nuevas técnicas de explotación, cuando lo que ocurre es que la veta del lugar donde excavamos está agotada, y el mineral restante se encuentra en un campo cercano que sólo creemos apto para sembrar patatas.

Los inquietantes momentos que vivimos, con el precio del petróleo bajando sospechosamente, lo que ha sido interpretado por algunos de forma absolutamente errónea (especialmente por el de siempre, que ha llegado a decir que los gastos de asistencia social de los países productores son puramente “discrecionales”, vivir para leer), nos conducen a una nueva fase de la espiral descendente en que entramos hace ya seis años, y a una renovada y probablemente mucho más dura recesión, especialmente porque los recursos retóricos de los mangantes que nos gobiernan, y la paciencia de muchos están llegando al unísono a su final. La ruptura de nivel no puede estar muy lejana, y los OCHO meses que tenemos por delante, especialmente aquí en Españistán, van a ser fascinantes. Creo que veremos cosas que ni la fantasía cinematográfica más desbordada sería capaz de imaginar. Seamos capaces de ir más allá de las anteojeras que nos hemos autoimpuesto. No hagáis como el sabio griego Calícrates, que llevado por su soberbia y terquedad intelectual estuvo a punto de perderse una gran película.

Saludos,

Calícrates

domingo, 19 de octubre de 2014

Dinero, la más real de las mentiras



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Magnífico post, una vez más, del Archidruida, titulado “Economía: riqueza alucinada”, centrado en una de mis temáticas decrecentistas favoritas: la función del instrumento de intercambio, del dinero, verdadera piedra de toque de cualquier análisis económico que no se otra cosa que un publirreportaje prepagado (especie, por desgracia, bastante más frecuente de lo que pensamos).

John Michael Greer habla de los juegos pseudomonetarios de su niñez, cuando él y sus amigos confeccionaban billetes de elevado nominal, que no tenían otra función que adquirir galletas o, imagino, otras chucherías infantiles. Como la creación de semejante numerario era discrecional, y por tanto abundante, la única manera de escardar el sistema para que no hubiera dulces insuficientes para proveer la demanda era que cada cierto tiempo la lavadora de mamá destruyera ingentes cantidades de capital, de forma que pudiera continuar al juego, creándose nuevas notas de valor que permitieran la armoniosa circulación de la mercadería.

Se malicia el Archidruida que es exactamente esto lo que sucede ahora, especialmente desde que los recursos planetarios han empezado a emitir síntomas de agotamiento, y barrunta que las sucesivas crisis y quiebras corporativas tienen por objeto precisamente facilitar el escardado del sobrante monetario, para que el resto del circulante mantenga su valor. Aquí discrepo profundamente del autor del artículo que, a mi juicio, incurre en un error bastante generalizado, incluso entre los profesionales del mundo económico, que confunden (deliberadamente o no, según su perspicacia) los conceptos de dinero efectivo y valor monetario. Me explico.

Constantemente, ante recias ofensivas de los osos bursátiles o las desvalorizaciones masivas de activos se oye en la prensa interesada la frase mágica de que “se han volatilizado miles de millones de euros, dólares, o lo que sea…”. Es completamente falso. ¿Por qué? Pues porque, estimados lectores, al contrario que los billetes del monopoly de la niñez del Archidruida, el dinero real, sí, incluso el creado a resultas de derivados ficticios de deuda abusiva, el más deleznable e insulso que os podéis imaginar ES ABSOLUTAMENTE INDESTRUCTIBLE (salvo que queméis billetes físicos o los tiréis por el váter, lo que, convendréis conmigo, no es frecuente). No, querido John, las depresiones masivas no sirven para esto que tú me dices, sino para algo muy distinto: para que toda la riqueza real fluya a manos de los depredadores financieros que dirigen la ruleta monetaria, como bien explico aquí.

Os pondré un ejemplo que os permitirá entender de qué hablo. Imaginémonos que antes de la presente crisis que no acaba un avispado agente inmobiliario, con el irrebatible argumento de que los pisos nunca bajan, os consigue vender un lujoso dúplex en el Passeig de Gràcia de Barcelona, al ajustadísimo e irrepetible precio de 800.000 euros. Son tiempos de plenitud económica, las cosas van bien, y el futuro apunta aún mejor, así que pensáis, como en el anuncio egotista de L’oreal, que os podéis permitir el capricho porque “yo lo valgo”. Claro, también porque hace poco habéis vendido, en plena burbuja que, por entonces, no existía, un viejo caserón situado en Sarrià, procedente de una herencia de un tío lejano, lo que os ha proporcionado abundante liquidez, la que unida a vuestros ahorros os permite afrontar el dislate, quiero decir, el dispendio. Escrituráis y os instaláis en el elegante piso pensando que el porvenir solo puede deparar nuevos avatares venturosos, en un planeta de ensueño (en el primer mundo, claro) que permite a sus habitantes saciar sus incesantes demandas materiales hasta el infinito y mucho más.

Pero de repente todo se derrumba. El sistema económico revienta, quiebra Lehman Brothers, se instala la crisis y los rescates bancarios, pierdes a los inquilinos de tus locales arrendados, baja el valor de tus acciones y, como colofón, te ves envuelto en un desagradable ERE que termina con tus huesos en la calle, con una reducida indemnización por despido. Al principio aguantas como puedes, pero has consumido tus ahorros en la compra de tu principesca residencia, a la que empiezas a coger un poco de ojeriza, y el mantenimiento de tu ritmo de vida te exige imperiosamente liquidez a corto plazo. Decides vender el dúplex, aunque sea con algo de pérdida. Pero todo el mundo está como tú, hay exceso de inmuebles a la venta, y los  precios caen en picado, tanto que después de tres años de infructuosos esfuerzos consigues a duras penas una oferta por el piso, del género lo tomas o lo dejas, de 250.000 euros que, apesadumbrado, te ves obligado a aceptar. La noticia en las bocas torticeras de los voceros oficiales rezaría así: “se han volatilizado 550.000 euros”. De ninguna manera chatos. El despabilado que te vendió el piso, el agente inmobiliario que te embaucó, el registrador de la propiedad y el notario que cobraron sus servicios, la gestoría que gestionó el papeleo, el Estado y la Generalitat, que te sacaron un chorro de impuestos: todos ellos cobraron, y el dinero que tu pagaste, pobre infeliz, está en algún sitio, eso sí, bien lejos de tus bolsillos. ¡Eres tú el que ha perdido un pico, por creerte los cuentos de la lechera de los que nunca buscaron otra cosa que saquearte!

Tal vez entendáis mejor con una historia real, que me ha llegado de oídas, ocurrida en un pueblo de la provincia de Tarragona, cuyo nombre no mencionaré para no hacerlo identificable. Empresa constructora (sí estas que tanta riqueza y bienestar se supone que crean) inicia la construcción de un ambicioso proyecto residencial. Consigue de una conocida entidad de ahorro un préstamo de ocho millones de euros (ya nos vamos enterando de cómo y porqué se concedían estos créditos). Pues bien, sus gerentes transfieren inmediatamente la mitad del capital indicado, cuatro millones de euros, a una cuenta en Luxemburgo. Con los cuatro millones restantes, a base de mano de obra semiesclava, regular e irregular, construyen el complejo inmobiliario, que resulta finalizado justo cuando comienza la crisis. Resultado: no se vende ni un piso. La empresa entra en concurso (voluntario o forzoso, qué más da). Ya me estoy imaginando la vista de la pieza de calificación penal, con Letrados encorbatados alegando imponderables resultado de la inesperada situación económica, que han conducido a la insolvencia de una mercantil de “acreditada reputación comercial” (que probablemente se había constituido ad hoc para llevar a cabo la promoción, en este punto leer “Los donuts sin agujero”, contener el vómito y seguir leyendo).

Sí, ha habido una gran pérdida, especialmente para todos nosotros, contribuyentes, que hemos acabado cargando en nuestras espaldas con el rescate de bancos que permitieron tales desmanes (tarjetas black mediante o no). ¿Se perdió el dinero? De ninguna manera, hasta el último marroquí sin papeles que trabajó en la obra cobró hasta el último euro y lo volcó al circuito económico. Como no los arquitectos, aparejadores, empresas subcontratadas, ayuntamiento ávido de impuestos, y demás ralea. Y el grueso del botín, los cuatro millones de euros que eran, en definitiva, el verdadero objetivo de la “ilusionante empresa comercial” siguen en su sitio, en Luxemburgo y, por supuesto, no vuelven.

Lo dice Michael Douglas en Wall Street, la película que enseña más economía real que cuatro masters en los institutos elitistas más pijoteros: “el dinero ni se gana ni se pierde (es indestructible), simplemente pasa de una mano a otra como por arte de magia (yo, que soy penalista, lo calificaría de otra manera). El carácter indeleble, diamantino e inalterable del numerario hace inevitable en un futuro la inflación masiva que he vaticinado repetidas veces en este blog, y que también augura el Archidruida. Ya he dicho cuál es la única forma de retrasar lo inevitable: que los inmensos capitales desconectados de su función original de ordenar la distribución de recursos sean acumulados por los que ya los poseen en abundancia (y ya hemos visto como se hace), para que los dediquen a naderías caras y trapicheos alejados de la economía real, o los depositen en compartimentos estancos off-shore completamente opacos al fisco (desde donde, no nos engañemos, se implementa el lavado masivo de fondos procedentes de tráficos ilegales, un impuesto invisible más sobre los sufridos habitantes del planeta).

El remedio es temporal, y este juego insensato solo puede acabar con el colapso del sistema, única forma de limpiar las caballerizas de Augias que acumulamos desde hace décadas, en lo que no es sino un elefanteásico síndrome de Diógenes financiero global.

Pero claro, los que manejan el cotarro saben que tal resultado es insoslayable, y procurarán que la nueva partida, el reset, se verifique también conforme a sus reglas. Una frase de Pablo Iglesias en la Asamblea de Podemos me impactó: “El cielo no se gana por consenso, sino por asalto”, gran verdad, de reminiscencias que han querido dejarse en marxistas, pero que también tienen algo de ascéticas, de llamada del Espíritu a sus elegidos, de estricta disciplina iniciática. Estamos ante un proceso donde la victoria exige una conducta activa. Quien se quede parado será arrastrado por la corriente.

Siempre habrá castas, esta es la cruda verdad, y en ocasiones basarán su poder en el control del sistema de distribución de recursos: en el dinero (no es el único procedimiento). Pero de momento lo que resulta perentorio es apartar a las vigentes oligarquías corruptas del juego de las galletas (especialmente aquí en Españistán, donde están ligadas a los vencedores de la mentirosa “guerra civil”). Así lo que vendrá después podrá ser lo que fuere, pero entonces será algo verdaderamente nuevo y no, como suele ser habitual, una nueva partida organizada por los de siempre, con los perdedores determinados de antemano.

Saludos,

Calícrates

domingo, 12 de octubre de 2014

Cartillas de racionamiento



www.burbuja.info

No comprender qué es y cómo funciona el dinero constituye una dificultad muy seria que te aboca, tarde o temprano, a tomar decisiones desacertadas. Y el caso es que noto que el problema afecta a una inmensa mayoría de la población, incluso a algunos de aquéllos que por su formación “económica” deberían estar protegidos de tales desbarres. Se han creído la película que proyectan los amos del sistema, y se exponen a sí mismos, y a las personas a las que, desde la buena, regular o directamente mala fe asesoran, a profundas decepciones.

He hablado en alguna ocasión del sistema de provisión centralizada, articulado en torno a documentos oficiales de disponibilidad de existencias. Pues bien, aunque no lo sepáis, estimados lectores, el hecho es que ya manejáis cartillas de racionamiento, lo que pasa es que ahora han adoptado otro formato. Se llaman cuentas corrientes.

El modelo antiguo, que te autorizaba a adquirir a precio tasado 100 gramos de mantequilla, aunque no está del todo descartado como complemento otoño – invierno en un futuro, de momento no es necesario, y su manejo resulta muy engorroso. En efecto, la escasez clara y palpable queda, de momento circunscrita al tercer y cuarto mundo, muchas veces por inducción del primero, que necesita depredar recursos como sea para continuar su alocada carrera a ninguna parte.

Es mejor el sistema actual, en el que se nos concede a cada uno unos números de acuerdo con nuestra clasificación profesional y social. Así habría varios tipos de tarjeta, desde la Platinium, hasta la denominada “calderilla recogida pidiendo en la calle”. Esta última, por cierto, es la única que no suele documentarse en apertura de cuenta bancaria, sino en libretas de fiado, y da derecho, además, a la utilización de los comedores sociales (para que luego digan).

Dejamos de lado la legalidad de los documentos de disposición a los que aludimos, pues desde el punto de vista económico las categorías valorativas morales o penales no tienen gran importancia. Me refiero, claro, a las tarjetas Platinium Black, que por lo visto manejaban los consejeros de Bankia, que dudo mucho fuera la única mercantil potente que remunerara de tal guisa a sus altos ejecutivos (son ellos los que se lo guisan, y desde luego los que se lo comen), y que por cierto son una demostración gráfica más del universal Principio de Calícrates. Pero ya es sabido que la distribución centralizada siempre acaba produciendo un exacerbado mercado negro, incluso de cartillas fraudulentamente adquiridas.

Se me argüirá que el dinero siempre ha sido un factor limitante para el acceso a los recursos, pues éstos por definición, para ser de interés económico, han de ser escasos. Sin embargo ahora, a consecuencia de la crisis energética anunciada desde hace décadas, y que hoy es una realidad debidamente ocultada por la censura oficial, la cuestión es muy diferente.

En aplicación de la doctrina secreta de la Escuela de Chicago, creada en previsión a una situación como la presente, el dinero actualmente se distribuye de forma parecida al aparato circulatorio humano, es decir, en un doble circuito, uno superior y otro inferior. La parte del león deambula por la parte alta del sistema, a disposición de los Platinium (Black or White), Gold y Silver. El otro, mucho más real dentro de su inanidad, circula por abajo, en poder del resto de los ciudadanos, que incluye a los detentadores de la cartilla “no es está mal, pero no es para tirar cohetes”, pasando por las “quiero y no puedo” y la “manifiestamente mejorable”, hasta aquella en que sobra mes al final del sueldo.

Para que el sistema indicado funcione correctamente es necesario que los gastos importantes acometidos por las personas adineradas se dirijan a adquirir bienes de otras que también lo sean, de lo contrario aumentaría la masa monetaria en manos de desfavorecidos con capacidad de gasto de porcentajes muy elevados de sus ingresos (hasta el 100 %), se incrementaría la velocidad de circulación y la tensión inflacionista. De todas formas no hay peligro ¿Quién te puede vender un aeroplano, un yate o una residencia exclusiva en Bali?

Desde tal punto de vista podréis comprender que entre los sujetos económicos existe un género determinado que era considerado por los neoliberales extremadamente perturbador: los estados soberanos. Aunque por el volumen de efectivo que manejan puedan ser considerados entre los agentes privilegiados, sin embargo sus obligaciones de pasivo los convierten en enormes sumideros de redistribución económica, y por tanto de potencial inflación. Friedman no podía con ellos. Es por tal motivo deben ser infiltrados por esbirros de los guardianes del sistema (Goldman Sachs), demolidos desde dentro, corrompidos y endeudados. Es por eso también que debe procurarse que en sus constituciones figure, si el Estado en cuestión es lo suficientemente inútil como para dejarse mangonear hasta tal extremo, el compromiso de abonar sus deudas de diverso cariz (muchas ilegítimas, otras discutibles) a los tiburones financieros, antes que dar de comer a sus ciudadanos. Y hay que reconocer que tienen mucho éxito.

Hay que tener presente que tal sistema, innovador y ocurrente (por eso los elitistas apreciaban tanto a Milton Friedman), solo sirve en situaciones de decrecimiento muy limitado. Cuando la caída de la producción y de la actividad económica es fuerte, las tensiones sociales van en creciente aumento, y el castillo encantado de los neoliberales cae si estuviera hecho de lo que está, de naipes. Puede que entonces entren en aplicación otras directivas, también secretas, y de cariz no estrictamente económico, cuyo examen excedería del estrecho marco del post.

¿Cuándo el dinero ficticio caerá sobre la parte de abajo y ocasionará que nos enteremos  que es lo que de verdad vale un euro, un dólar o un renminbi? A mí se  me ocurren tres escenarios, y a Mario Draghi también, por eso está trabajando en que no sucedan.

El primero es muy claro, y poco se puede hacer para prevenirlo: la escasez. El segundo es menos claro, más complicado, pero aún concebible por personas con mínimos conocimientos económicos. Es el supuesto de que el deterioro masivo de las condiciones sociales en Europa lleve al poder a gobiernos “bolivarianos” en bastantes países de la Unión, siendo al menos dos de ellos de los grandes (Gran Bretaña, si aún sigue, Alemania, Francia e Italia). En este caso la disciplina monetaria se relajaría peligrosamente, y las tensiones inflacionarias irían, en cambio, en franco aumento. Estoy hablando del escenario europeo, habría que anotar la influencia de lo que pudiera ocurrir fuera, especialmente en USA y Japón, pero las premisas son las mismas y no parece que la situación vaya a ser muy diferente.

Hay un tercer escenario. Pero este lo sabemos pocos y no voy a dar muchos detalles. Tiene que ver con el destino que dan a sus “cartillas de racionamiento” los que las tienen Platinium y Gold, pues son tan caritativos que suelen sacarlas a pasear por destinos exóticos y tropicales, auténticos paraísos. También se relaciona con una propiedad física, aplicable especialmente a los líquidos, que es el efecto embudo, que sucede cuando el expresado líquido fluye (o se escapa) por un lugar grande, pero tiene que salir a la fuerza por otro mucho más estrecho, con lo cual aumenta la presión de salida (velocidad de circulación). Este tercer escenario, cuyo planteamiento requiere de saber no solo economía, sino básicamente de cómo funcionan de verdad las finanzas globales, se relaciona igualmente con el posible acceso al poder de gobiernos populistas, si no da tiempo a comprarlos y acometen medidas algo efectivas de control de la evasión fiscal.

Una última consideración. ¿Quién teme a la inflación, con mayúsculas, hiperinflación? En principio todos, pero especialmente los que se llevaron cartillas de racionamiento de muchos números fuera de sus bases de operaciones (no digo sus países porque esta gente no tiene lealtad territorial alguna), en los años que precedieron al estallido de las sucesivas burbujas de deuda. Si pasa lo que tiene que pasar se observará una cosa. En realidad no se llevaron nada, solo cartillas de racionamiento, números, de muchos ceros sí, pero números al fin y al cabo, que sólo tienen valor si hay algo que adquirir con ellos. Al final tendrán lo mismo que se llevaron, puro vacío, y comprobarlo les supondrá una desilusión bastante traumática, pues por una curiosa pirueta del destino en esta ocasión, y para variar, perderán más quienes más acumularon con sus rapiñas.

Por eso, y aunque nada volverá desde luego a ser igual, como con el lobo que nunca acababa de venir por las ovejas y al final vino, no hay que temer a la inflación, que pone siempre las cosas en su sitio. ¿Por qué otro motivo los delegados de las élites financieras que controlan la economía europea (BCE) podrían tenerle tanto miedo?

Saludos,

Calícrates

P.S.: otro anticipo de la distribución centralizada lo constituye la proliferación de grandes superficies alrededor de las grandes ciudades, siempre llenos de voluntariosos ciudadanos que no comprenden que acudiendo con su vehículo a estos emporios del consumo están en realidad ahorrando importantes gastos logísticos a estas empresas, lo que por cierto no suele tener su reflejo en los precios. Pero esta es otra historia que puede que quede para otro post.