domingo, 18 de enero de 2015

Las claves del juego



Fuente: imágenes.4ever.com

Dicen que un tonto y su dinero nunca están mucho tiempo juntos, y es fácil encontrar el sentido más superficial a esta frase que sin embargo oculta mucha más enjundia y sabiduría de la que aparenta a primera vista. Claro que para llegar al fondo de la cuestión hay que tener una idea clara de qué es en realidad el dinero. He intentado, a través de varios posts, insinuar la respuesta a este misterio, sin dar, lo reconozco, toda la información al respecto, aunque sí desde luego mucha más de la que habitualmente se encuentra en los abrevaderos habituales (si es que se encuentra alguna).

Lo cierto es que si posees algo valioso, ya sean activos importantes, conocimientos o el mismo dinero, si se le quiere considerar como tal, todo el mundo convendrá conmigo en que no conviene tirarlo al borde de un camino. Y también porque dicen que no resulta inteligente tirar perlas a los cerdos (los de cuatro patas), no vaya ser que las pisoteen y luego se lancen a por ti. En definitiva, el que quiera beber de la fuente clara y fresca de la verdad (que pese al relativismo imperante dicen que existe) deberá asumir el esfuerzo intelectual correspondiente, y llegar a sus propias conclusiones.

Y es que la realidad es siempre más compleja de lo que imaginamos. De hecho a veces puede resultar conveniente que el tonto se encuentre en posesión de algún dinero, también sobre esto he hablado, y también a medias, al referirme a los verdaderos objetivos de la creación de deuda, que todo el mundo reconoce, claro, ahora, cuando evidentemente es demasiado tarde, lo que no impedirá que muchos vuelvan a caer en el lazo de nuevas celadas financieras más complejas que puedan ponerse en marcha en un futuro volátil y no apto para tontos, el único posible en un mundo de recursos y retornos decrecientes.

Hay varias recetas que todo el mundo recuerda cuando ya no sirven para gran cosa. No dar nada por sentado. No comprar nunca caro apalancándose, ni siquiera lo que pensamos que pueda producirnos grandes réditos futuros. Y sobre todo, no invertir jamás en un negocio gestionado, y menos aún diseñado, por otra persona. Si tu enemigo es vanidoso, halágalo, si es colérico irrítalo, si esta cohesionado, divídelo, si está debilitado atácalo, y si es más fuerte que tú, entonces descansa y recapacita (Gordon Gekko en Wall Street y, claro, Sun Tzu).

Sin embargo, como bien dice Max Keiser la clave se encuentra en el juego del Monopoly, que curiosamente fue popularizado durante la Gran Depresión. El objetivo de la banca, ama y señora del tablero de principio a fin y aliada del jugador que definitivamente gane (no importa mucho de quién se trate), consiste en dotar a los jugadores de la liquidez suficiente para que el juego pueda llegar a sus límites, que no son otros que conseguir que las cantidades que se intercambian adquieran dimensiones de vértigo, tanto en velocidad como en volumen. Pero posteriormente, a fin de dotar al envite de todo su dramatismo, es necesario revertir la tendencia y generar sensación de escasez, de forma que los incautos, los temerarios o los poco afortunados (de todo hay) vayan cayendo en la bancarrota y tengan que malbaratar sus activos más valiosos.

Además cuentan los manuales al uso, algunos incluso de pública difusión, que si en alguna ocasión necesitas liquidez (a veces ocurre) tienes que procurar utilizar dinero ajeno y nunca el propio. Aquí sí que he sido más explícito, puesto que mi condición de profesional de derecho me confiere un amplio conocimiento de los fines últimos de las sociedades mercantiles, así como de los muchos instrumentos legales y semilegales que son utilizables para crear la apariencia de dinero (inflactar) y posteriormente para perseguir de forma implacable a los morosos (deflactar y saquear).

En realidad, y aunque pueda resultar paradójico, las personas que llamamos ricas, a las que erróneamente se aplica también el calificativo de adineradas, no dan gran importancia a la posesión de dinero, puesto que conocen su verdadera naturaleza de muñeco trampa para mantener distraídos y afanosos a los desinformados, futuros perdedores en el juego de la ruleta trucada. Esto no quiere decir que no puedan, efectivamente, disponer de todo el dinero que en cada momento necesiten, pero en general no consideran al dinero como una medida de su fortuna, sino como un termómetro de que están tomando las decisiones económicas y de inversión más adecuadas en cada momento. Y aquí, lo lamento, no puedo ser más explícito. Pero quien haya entendido todo lo anterior, y reconozco que tengo el día un poco espeso, asentirá en este momento levemente con la cabeza, y comprenderá cuales son las claves de la partida que tenemos en este momento entre manos. Os puedo asegurar que todos nos jugamos mucho en ello.

Liquidez o iliquidez, ortodoxia o pragmatismo, creer o no creer en la capacidad del sistema para navegar a barlovento, en largas bordadas, en el temporal de la triple crisis, energética, ecológica y de recursos que constituyen, como cada vez va quedando más claro, los verdaderos motivos del extraño tiempo económico que vivimos. Todas son dicotomías que en definitiva parecen resolverse en una sola: keynesianismo o monetarismo. Expansión económica o maltusianismo económico no declarado y vergonzante. Seguir al maestro, claro y preciso, inteligible, cuyos modelos permitieron soslayar los desastres de la Gran Depresión y la Guerra Mundial, o bajar la cabeza para enfilar la recetas de los tahúres de la Escuela de Chicago, que se pusieron a trabajar a partir de que estuvo claro que el planeta Tierra no podía soportar la carga del crecimiento permanente, en los años 70, crisis originaria de la que realidad nunca hemos terminado de salir del todo. Se trata nuevamente de una dicotomía falsa. Ni Keynes ha sido abandonado del todo, que se lo digan a los brotes verdes de Zapatero, ni el ideario neoliberal es lo que pretende ser, y tampoco, pese a haber demostrado cierta eficacia para mantener en pie el sistema depredatorio imperante (verdadera causa de todos nuestros problemas), podrá contener durante mucho tiempo el embate de las sucesivas oleadas decrecentistas.

¿A dónde quiero ir con todo esto? Pues, aunque no lo parezca, a Grecia. Quien entiende, a carta cabal, que es el euro y cuáles son sus verdaderos objetivos no podrá menos que emocionarse ante lo que está en juego en las elecciones de próximo domingo 25 de enero. Europa occidental es una tierra depredada, sobrepoblada, y sobre todo excesivamente mimada, que constituye el verdadero vientre blando de la maquinaria capitalista que asola el globo terráqueo desde que los calvinistas decidieron que si te forrabas estabas dando culto a dios (al dios Mammon, claro), lo que fue causa de grandes infortunios para todos los habitantes del planeta. En tal contexto el euro no sirve para otra cosa que para disciplinar (con la herramienta de la deuda) el decrecimiento forzoso de un continente envanecido, empobrecido y peligroso, especialmente de sus áreas más escasas de recursos materiales e industriales (la periferia sur y atlántica). Los problemas que a tal diseño geoeconómico estratégico puede causar el avance de las posiciones “populistas” te producen, quieras o no, una cierta complacencia.

¿Significa esto que creo en el programa económico de Syriza y de Podemos? En absoluto, porque éstos son (o no les queda otra que parecer) keynesianos, y el modelo de expansión económica a través de la inversión pública nunca pretendió otra cosa (al menos inicialmente) que capear un temporal concreto en un tiempo determinado que ya pasó. El mismo Keynes sabía que sus herramientas de crecimiento solo eran utilizables en tal marco temporal y no eran extrapolables en el tiempo y el espacio, razón por la que el “largo plazo” le resultaba tan escaso de interés.

Pero ocurre que todavía creo menos en los mentirosos monetaristas, que son plenamente conscientes de lo que está sucediendo y han puesto en marcha un programa oculto para que no sea posible la reforma global de un sistema demencial que solo favorece a los grandes tiburones capitalistas (los mismos que apadrinaron a Friedman), manteniendo estructuras productivas absurdas de multiplicación de capital ficticio, e impidiendo la transición realista a otro modelo económico que, de todas formas, será cada vez más insoslayable. Entre la sinceridad equivocada y la mentira dolosa (por muy práctica que sea a corto plazo) es preceptivo al hombre honorable, incluso desde el punto de vista meramente táctico, apoyar lo primero, eso sí, asumiendo toda la responsabilidad que ello supone (nada será fácil) y sobre todo tomando las medidas adecuadas para lo que pueda traer el porvenir.

Saludos,

Calícrates

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