martes, 27 de enero de 2015

Más dinero



Fuente:es.forwallpaper.com

No abráis el cava. Esta descomunal cantidad de euros que Draghi ha decidido inventarse de la nada, y largar desde el helicóptero que le prestó Bernanke, y que realmente no dejara nunca de ser mucho más que vacío cibernético (no chatos, ni siquiera hay apenas impresión, son asientos contables en un programa informático), ese pastizal no es para vosotros. Es para tapar agujeros de los actores privilegiados de costumbre, para rescatar autopistas encargadas a conocidos con la garantía (claro) del Estado (vosotros); es madera para que siga el juego del Monopoly entre los de siempre (Ibex 35) y, sobre todo, tela para enjugar el roto que va a suponer la más que probable quita griega. Nada que celebrar. Se trata, una vez más, de poner otro clavo de emergencia en el estribo del tigre que cabalgamos desde que comenzó esta crisis que no se acaba y que, más pronto que tarde, conseguirá dar con nuestros huesos en el pavimento.

El que dicha barbaridad de efectivo no llegue a la economía real no debe sorprender al que ha leído algunos de mis posts, si es que ha comprendido que desde el año 2008 Europa y Occidente entero (Japón aún lleva más tiempo) están en trampa de liquidez, y también si se ha llegado a interiorizar en que consiste exactamente la teoría económica neoliberal que, como sabemos, no busca maximizar la satisfacción de las necesidades de los agentes económicos y distribuir adecuadamente los recursos sino apuntalar con torniquete un sistema capitalista demencial que después de alcanzar los límites del mundo físico, en su necesidad voraz de crecimiento, ahora pretende continuar su camino devastador en el hiperespacio financiero.

Se trata, una vez más, de lanzar toneladas de dinero a quienes juegan en la primera división de la riqueza (money for the rich), esto es, los que tienen una propensión marginal al consumo mucho más exigua (por unidad de aumento de renta), respecto al paquete de abajo, con lo cual se mantiene controlada la inflación y la fiesta puede continuar un rato más. Y el resto, claro, a competir, con lo que se les mantiene distraídos, divididos (¡venga, al mercado a morder!), y además (el factor psicológico es muy importante) se consigue que se autoculpabilicen de su precariedad (no he sido lo suficientemente competitivo). Chapeau por Milton Friedman que sigue ganando batallas, que digo batallas, auténticas guerras sin armisticio, aun después de muerto (como el Mío Cid, otro personaje peculiar de cuyas artimañas y andanzas chaqueteras puede que hable algún día, aunque duela a los guardianes de las presuntas esencias patrias). ¡Qué fáciles de manejar somos!

Todo este montón de detritus putrefactos que en estos momentos golpean nuestras fosas nasales, no vienen de ahora. Empezaron a galopar durante las dos malsanas presidencias de Ronald Reagan (reaganomics), que se coordinaba a la perfección con la seca matrona británica de hierro que le secundaba (o mejor monitoreaba) desde el otro lado del océano. Una película, he hablado muchas veces de ella, Wall Street, cuyo visionado y comprensión cabal equivale a hacerse las carreras de económicas y empresariales al unísono, y al tiempo también varios masters de primer nivel, nos anunciaba, allá por el año 1987, cuál iba a ser nuestro tormentoso futuro. Unos se iban a dedicar a hacerse perrerías en bolsa los unos a los otros, a comer en restaurantes de lujo con mesas reservadas para un mes, a hacer competiciones con vehículos anfibios en la playa, a intercambiarse ligues y a hacer filosofía barata en la sauna del squash. Y claro,… el resto al mercado, a aquello de la “competencia”. ¿Y con quién compite la casta política y corporativa? ¿Consigo mismos?

La clave del misterio sacramental miltoniano la enuncia claramente Michael Douglas en la escena central de la película. “Yo no creo riqueza, la poseo”. Y claro, de esta manera el dinero, ese material que tan bien nos viene (sobre todo a ellos) y que ya no se sabe muy bien lo que es “ni se gana ni se pierde, sino que pasa de una mano a otra como por arte de magia”. Somos un barco mal estibado, que hace agua por todas partes y que terminará hundiéndose. Lo lógico sería llegar a dique seco y cambiar de embarcación (de sistema), por mucho sacrificio personal y económico que suponga pues, como es de razón, nos jugamos mucho en ello. Pero a los que están tomando Gin Tonics en la piscina de la cubierta superior el tema no les interesa, no vaya a ser que tengan que arremangarse y componer cabos o, todavía peor, mezclarse con la plebe, a la que tratan como ganado trashumante, y atender algunas de sus más razonables pretensiones. Ni parlar-ne. Viento en popa, ¡más dinero! Si tenemos que hundirnos nos hundiremos todos. ¿Seguro?

El símil marinero trae a mi memoria un suceso increíble, que se publicó con algo de sordina en la prensa generalista, que ilustra a las mil maravillas la situación que vivimos y que espero no sea premonitorio de lo que puede llegar a ocurrir. Corría el mes de abril del año 2014 y un ferry surcoreano, el MV Sewol, naufragó con casi quinientas personas a bordo, la mayor parte jóvenes estudiantes de secundaria de un instituto de la periferia de Seul. La investigación de las causas del siniestro reveló detalles escandalosos. El barco transportaba 3.600 toneladas de carga, cuando sólo estaba certificado para llevar 987. Además la nave no estaba debidamente lastrada, y la naviera le había añadido en fechas recientes dos cabinas superiores, para embutir más al pasaje, desplazando el centro de gravedad del buque hacia arriba, lo que favorecía el vuelco.

La propietaria del cascarón de nuez era también para echarla de comer aparte. Se trataba de la respetable mercantil Chonghaejin Marine Co, controlada por la “famiglia” del exclusivo multimillonario y presunto artista (como el Emperador Nerón) Yoo Byung-eon, más conocido como Ahae, quien fue, o tal vez todavía es (no se sabe muy bien) líder de una secta evangélica de infausto recuerdo, conocida por el suicidio en masa de 32 de sus seguidores en 1987 (el año de Wall Street). Pues bien este personaje, a pesar del luctuoso suceso referido, se fue de rositas, y mantiene unos 20.000 seguidores en Corea. Naturalmente niega tener nada que ver con la compañía armadora del MV Sewol, dice que es cosa de sus hijos, aunque las autoridades competentes surcoreanas no son de la misma opinión.

A partir de aquí empieza una alucinante historia que mezcla inextricablemente el drama, la bajeza personal y el heroísmo. En esos instantes anteriores al siniestro, claro, el capitán descansaba en su camarote y un oficial novato estaba al frente del navío. A las 8:48 el buque viró bruscamente y se escuchó un fuerte sonido metálico. Como la gobernanza del barco seguía a por uvas sobre las 8:52 uno de los estudiantes del pasaje, ante la evidencia de que algo no iba bien, logró llamar con su teléfono móvil al número de emergencias (se encontraban bastante cerca de la costa), y les comunicó que el barco se está ladeando peligrosamente (este estudiante pereció también en el naufragio.) Los de emergencias le pasaron la llamada al Servicio de Tráfico Marítimo regional, donde pensaron que se trataba de una broma adolescente, hasta que el capitán (por fin) se puso en contacto por radio para decir que bueno,… que puede que tuvieran algún problemilla…

El Servicio de Tráfico Marítimo despachó inmediatamente una patrullera, e indicó que la nave debía ser evacuada, pero el capitán informó de que no era posible la maniobra pues la inclinación de la nave era ya del 50% a babor. Entonces se le ordenó que indicara al pasaje que debían colocarse los chalecos salvavidas, a lo que se contestó que no se podía transmitir la orden a los pasajeros porque la megafonía no estaba operativa. Se trataba, claro, de una burda mentira, pues funcionaba, y a las mil maravillas, pero lo que se le estaba anunciando al pasaje, chavalería bien educada y obediente, era que debían permanecer en sus camarotes, que no pasaba nada, esto es, que se metieran en ratoneras, el lugar más peligroso donde podían encontrarse en aquella tesitura. No contentos con tamaña felonía (necesaria para lo que ahora veremos), cuando se dió por fin la orden de abandonar el barco el pasaje no se enteró (que casualidad), y cuando llegó un helicóptero de rescate fue el capitán y casi toda la oficialidad (solo un oficial quedó a bordo) los que se largaron vergonzosamente.

A partir de aquí fueron el resto de los componentes de la tripulación, entre ellos la camarera empleada a tiempo parcial Park Ji-young, los que, comprendiendo lo que ocurría, tomaron el control de la megafonía y avisaron al pasaje de que había que abandonar el barco. Por desgracia, para la mayoría era ya demasiado tarde: todo el lado de babor estaba sumergido y resultaba muy complicado escapar. En la banda de estribor aún quedaba mucha gente, y con el barco de costado, y la pared convertida en suelo, una puerta abierta constituía un foso infranqueable que cortaba el paso. Pues bien Ji-young se las ingenió para cerrarla con extraordinaria habilidad, ayudó a los que pudo a ponerse los chalecos salvavidas y encontrar salidas mientras el agua subía sin parar. Y cuando se quedó sin chalecos corrió a la siguiente cubierta para conseguir más. Logró socorrer a unas cincuenta personas, casi un tercio de los 172 supervivientes. Con el agua en el pecho algunos estudiantes le preguntaron qué porqué no se iba con ellos. Les contestó que la tripulación se tenía que quedar hasta el final. Murió ahogada. Su cadáver fue uno de los primeros que encontraron los servicios de emergencia cuando consiguieron penetrar en el barco hundido, tres días después. No llevaba puesto chaleco salvavidas. Al parecer entregó todos a los pasajeros y no se quedó ninguno.

Ella y otros miembros de la tripulación subalterna que habían quedado a bordo salvaron decenas de vidas a fuerza de valentía, habilidad, responsabilidad, y sentido del honor, hasta que el mar les arrebató el aliento. Y mientras tanto los dueños de la armadora, percatándose de la magnitud de la fechoría, buscaban la protección de sus habituales políticos y medios de comunicación de cabecera.

Creo que es difícil verbalizar una moraleja adecuada para tanta tragedia absurda, para tanta ignominia y también para tanto heroísmo, juntos y revueltos, como siempre en la vida, que resultan de los crudos hechos relatados. Bueno tal vez sí. No os fieis de la megafonía (prensa corporativa) hasta que caiga en las manos adecuadas.

La cuestión es si Mario Draghi (Goldman Sachs) y sus secuaces van a poder, en su momento, escapar de la tragedia que se masca en helicóptero, sí ese mismo con el que lanzan toneladas de euros al parqué para que siga la fiesta de sus acaudalados amigotes. La respuesta está en manos de los que todavía saben donde estamos, por qué, y cual es nuestro destino, de continuar el rumbo de la presente singladura. Son más de los que parece. Deseémosles la mejor de las suertes. Pero a nadie se le puede exigir que sea un héroe.

Saludos,

Calícrates

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