domingo, 22 de febrero de 2015

Abrir y cerrar de ojos

Fuente: moonmentum.com


Eyes wide shut, otra película interesante, no de mis favoritas, pero llena de un simbolismo digno de meditar. En primer lugar sobre el título, respecto al cual se han dicho y se siguen diciendo un montón de tonterías. Pretender que significa ojos totalmente cerrados, en un pretendido juego de palabras bastante abstruso, es resignarse a aceptar que el filme no es más que una sucesión ininterrumpida de naderías, como su mismo frontispicio, lo cual, a tenor de su contenido, es, tal vez, decir demasiado, y hablar por hablar.

La expresión eyes wide shut no existe, claro, en inglés, pues la palabra wide exige inmediatamente una expresión que indique apertura, y no cierre. Una puerta puede estar wide open, como una ventana, o unos ojos… Por otra parte, y en sentido contrario, la expresión shut debe referirse a algo que se torna, o debe tornarse, repentinamente rígido o angosto, algo que se cierra, como por ejemplo una boca, shut up!

Es evidente que el título de la película no puede traducirse literalmente, y por eso en la versión castellana no se ha acometido tan ilusoria tarea. La frase debe descomponerse en las dos alocuciones que es susceptible de asimilar sin complicaciones, eyes wide y eyes shut, esto es, ojos muy abiertos y ojos cerrados, o lo que pudiera ser lo mismo, abrir y cerrar de ojos. La película pretende dar al ingenuo espectador un vislumbre de la realidad que normalmente queda fuera del alcance de su vista, pero solo durante un breve instante, pues una exposición a semejante material durante demasiado tiempo podría resultar deslumbrante, desconcertante e incluso abiertamente enloquecedora.

Y la cinta, desde luego, consigue plenamente su propósito. Llevo mucho tiempo estudiando el tema de las sociedades secretas y discretas, y lo que insinúa la película, o dice abiertamente, va mucho más allá de lo que se ha dicho o dejado entrever jamás en ninguna obra de exhibición pública. Dicen que Stanley Kubrick fue asesinado mientras se completaba el montaje, y que la pieza original fue severamente censurada. No sería tarea fácil, evidentemente, encontrar pruebas ni de lo primero ni de lo segundo, pero desde luego ambas presuposiciones no resultan descartables en absoluto, especialmente la segunda.

La realidad última de las cosas, ya lo he dicho muchas veces, no puede ser presentada abiertamente a las masas. Es como la tramoya de un teatro, que si llega a verse por un momento a través del decorado estropearía definitivamente la función. Solo se puede sugerir a los que tienen todavía los ojos abiertos, lo que supone, no ya un ejercicio de esfuerzo planificado, como el de quien corre ocho kilómetros todos los días, sino una especial capacitación del individuo: es un don. Lo que sí es posible, insisto respecto de sujetos con especiales condiciones para ello, es ayudar a encontrar el significado correcto, a través de hitos mudos, de palabras calladas, de objetos dejados a la vera del camino, aparentemente carentes de importancia, que son, sin embargo señales directas e inequívocas que apuntan hacia el sol radiante de la verdad sin velos, la que suele simbolizarse como una mujer desnuda (como aparece Nicole Kidman en la primera escena de la película, que inmediatamente pasa a negro, eyes wide shut).

Hablé en otro lugar, en uno de esos post en los que dudo y cambio muchas veces el texto antes de clicar el botón de “publicar”, que convendría estudiar más a fondo la historia de la Serenísima República de Venecia, el estado sin el cual resultaría incomprensible la baja Edad Media y el Renacimiento europeo, el reino secularizado de la intriga, las conjuras sangrientas y la inteligencia de Estado que marcó y todavía marca, no nos engañemos, al continente y al mundo entero. Supongo que la recurrente presencia de máscaras venecianas a lo largo de toda la película, y especialmente en la apabullante escena mezcla de orgía, aquelarre o ritual satánico, o tal vez un poco de todo, donde absolutamente todos los presentes las llevan, no significará nada relevante para quien crea que todo aquello de lo que hablo no es más que una sarta de casualidades, excentricidades, esteticismos o fantasías sofisticas, dirigidas a llenar unas cuantas cuartillas y poder así publicar otro post delirante en un blog conspiranoico (otro más). Sin embargo lo dice absolutamente todo a quién sabe ver más allá de las apariencias, que no son tales, puesto que la propia escena tiene una fuerza tan profunda que ni siquiera necesita ser glosada. Y desde luego no será quien escribe quien lo haga, porque no soy tan valiente como Kubrick. Basta mantener los ojos bien abiertos y no dejarse distraer por objetos, estos sí, secundarios, como un supuesto erotismo de la escena, que no existe en absoluto porque las impresionantes mujeres que aparecen por doquier están pasadas por tales trazos de hieratismo y luminotecnia que lo mismo podrían ser estatuas etruscas. Lo que hay que ver es otra cosa. Quienes son los amos del mundo, de donde proceden, quien los dirige, como borran sus huellas, cuáles son sus procedimientos y sus objetivos. Y todo está allí, delante del que todavía puede ver, pero solo durante un breve instante. Luego vuelve la monótona cotidianeidad, esto es, la realidad de orden inferior, con sus miserias. Una obra maestra, digno sello (en sentido musulmán, rubrica final) de un gran Maestro (un poco macabro, eso sí, en ocasiones). Tan solo sobra en la película, desde el principio hasta el final, una persona: el cienciológico Tom Cruise, actor frio y sin carisma que, sin embargo, puede también ser, a su manera, un nuevo acierto de director, puesto que su inexpresivo rostro es el reflejo de los de millones de espectadores que, como él, verán sin comprender, y volverán de nuevo a la triste rutina de sus existencias sin tener siquiera conciencia (salvo tal vez lejana y vaga) del privilegio, desde luego inmerecido, que por un momento fugaz les ha deparado el destino.

Mientras la crisis que comenzó el 2008 (en realidad el 2006) sigue su pavoroso trote, maquilladas sus cicatrices de reciente cirugía (como en otra película grandiosa, Brazil) bajo toneladas de espesa pasta de purpurina preelectoral, y con un nuevo colapso financiero en ciernes, algunos seguimos clamando en desierto sobre sus verdaderas causas, que exigen, no ya de medidas cortoplacistas y cosméticas, sino de poner en marcha un nuevo proyecto civilizatorio para evitar la debacle económica y social. Pero, al menos de momento, todo es inútil. Lo único que nos quedará, tal vez algún día, es un sutil reconocimiento, algo así como ¡vaya, estos locos tenían razón!, pero ni de esto estoy muy seguro.

Pues bien, el hecho de que algunas personas con abundantes posibles y bastante bien informadas estén fijando sus residencias en lugares tan inverosímiles como Nueva Zelanda, los últimos al parecer los Pujol, que por lo visto están en ello a la callada y poco a poco, sin atropellarse, puede también que a algunos no les diga nada, pero a otros, unos pocos, les hablará a las claras de que algo muy fuerte nos aguarda en un futuro próximo e inquietante. Y todo ocurrirá de repente, en un abrir y cerrar de ojos.

Saludos,

Calícrates

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