domingo, 29 de marzo de 2015

La universidad más auténtica

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Son las 1:00 horas, bueno, nunca sé si con esta hora concreta se ha de emplear el singular. Es la noche del pasado jueves 26 de marzo. Con dos amigos y la esposa de uno de ellos, propietario del coche, nos desplazamos por las cercanías de la Plaza de Colón de Barcelona, para enfilar la Ronda litoral, cerca de Montjuïc, y volver a Tarragona. Vamos relajados, algo achispados, acabamos de dar cuenta de unas cuantas botellas de vino en un restaurante del centro de la Ciudad Condal, en un emotivo acto con personas importantes, entrantes variados y sabrosos, cola de merluza o bacalao, que las confundo, tarta y champán. Nuestro vehículo es de alta gama, un Mercedes y no de los más pequeños. Vamos encorbatados, de traje oscuro; la esposa de mi amigo, situada en la parte delantera derecha, lleva un llamativo collar de perlas,… Y claro, ni nos lo imaginamos, pero hay quien nos observa, calibrando, calculando, planificando,… Todo en tiempo record, el que estamos parados en un semáforo, antes de que se ponga en verde y mi amigo arranque de golpe. Unos 25 segundos…

Pero estoy empezando por el final, retornemos unas horas más atrás, a las 19:30 horas, esta vez sí, en claro plural. Importante acto académico. Vivos colores en los birretes y las togas de los doctores, según su rama del saber, rojo para derecho, verde para económicas, algunos entremezclados, tienen varias carreras y así, en ocasiones, los tonos no pegan ni con cola; una señora de amarillo, medicina, y claro, los técnicos, no pueden faltar, de azul celeste. Uno de ellos es otro amigo que nos ha invitado, y que luego nos convida a cenar, según dice, porque hemos tenido la gentileza de “aguantar el rollo”. Sin embargo a mí el tema me interesa, y mucho: "Geologia i clima: una aproximació...". Yo ya sé lo que piensa mi amigo del cambio climático. He hablado muchas veces con él del tema. Sin embargo, me sorprende acogiendo parcialmente algunas tesis de los creyentes acervos en el calentamiento global, el factor antropogénico. Debe ser porque es un acto institucional y hay que cubrir todos los frentes.

A pesar de lo cual, la idea principal de la exposición es que son muchos los factores que inciden en la temperatura planetaria, que ha pasado por períodos de intenso enfriamiento, y otros de calor tropical, que se sucedieron en ciclos con la apariencia de una montaña rusa. Me sorprende uno de los argumentos. Al parecer la galaxia donde nos situamos tiene brazos, una suerte de espirales incompletas a partir de un centro muy luminoso, y el planeta Tierra, en fases regulares, pasa por uno de estos corredores de mayor radiación cósmica. Pero, en definitiva, parece demostrado que la temperatura terrestre ha subido unos 0,6 grados de media en los últimos cien años. La contestación de la tesis va por el mismo camino, e introduce otro factor: los cuatro cambios básicos que ocurren en la órbita terrestre: variaciones de excentricidad, de oblicuidad, de precesión y oscilaciones del plano de la eclíptica, que inciden en el clima, produciendo variaciones en la sucesión de las estaciones.

Termina el acto académico, y cantamos. Nos regocijamos porque somos jóvenes, cuando muchos de los presentes y oficiantes peinan canas, y se dan vivas a la academia y a los profesores, con gesto un tanto irónico. Nunca he entendido este himno. Me quedo con una impresión agradable, el saber debe tener cierta solemnidad, colores, que sirvan de envoltorio al contenido y lo realcen. El formato en cuestión te ayuda a mantener la atención, y hace que atiendas con soltura alocuciones que igual te producirían un sonoro bostezo si las escucharas en la radio del coche. Y aunque comprendo que la ciencia no debe precipitarse en sus asertos, encuentro a faltar un tanto más de concreción en las exposiciones. Se observa el problema, se buscan las causas, muchas y variadas, pero al final se produce una suerte de exceso de información que termina por dejar al espectador en un estado anímico de total apatía. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Se puede hacer algo? ¿Cuál de los motivos del calentamiento que se observa es el más significativo?

Salimos al vestíbulo. Para llevar la contraria a los oradores, está refrescando. Menos mal que me he traído el chaquetón. Mi amigo Quim, que ha optado por el cuerpo gentil, las va a pasar canutas. Veo pasar, camino de la puerta, a los eminentes doctores que antes iban embutidos en sus mantos coloreados, y así, en traje de calle, me parecen personas distintas de aquellos a quienes he escuchado disertar desde la tribuna. A la cena. El tinto y la conversación nos hacen olvidarnos de la influencia de los derroteros galácticos sobre nuestro acalorado planeta.

Pero la noche nos reservaba una última lección, que para mí fue la más importante de la velada. Sin embargo, no nos adelantemos y sigamos el relato. Las mesas están perfectamente asignadas en un prontuario que hay a la entrada de la sala. Me cuesta encontrar mi nombre. Me alegro de estar al lado de Quim. Luego recuerdo que la esposa del homenajeado, que por lo visto se ha encargado de la distribución, dijo de broma que como Quim y yo nunca vamos a estas cosas con nuestras respectivas esposas, pues que en este evento iríamos “de pareja”. Sin embargo la conversación de mi compañero de la derecha (no es política) también me resulta de gran interés. Es un psicólogo, de origen argentino (claro), pero que lleva un montón de años en Cataluña. Me dice que su madre salió embarazada de Sicilia rumbo a Argentina, y que durante sus años de la infancia hablaba, no ya italiano normativo, sino dialecto siciliano, que al parecer tiene muchas palabras griegas. Un galimatías. Su padre se tuvo que poner firme para que aprendiera castellano. Ha pasado mucho tiempo, y ahora, a pesar de las décadas que lleva por estos lares, sigue notándosele el acento argentino. De hecho le adivino su origen antes de que me lo diga.

Mi nuevo amigo, conocido ya lo era, lo había visto alguna vez, me cuenta historias fascinantes. Por ejemplo el origen de la palabra Mafia. Pensaba que era una alocución sarracena alusiva a grupo o clan. Pero me dice que no. Al parecer la tropas napoleónicas en Sicilia se dedicaban a violar mujeres (también aquí), y sus madres, desesperadas, salían a la calle a dar la voz de alarma gritando “mi hija”, que suena algo parecido a la alocución mafia (mafilla). Me quedo de una pieza, y me sorprende no haberme dado cuenta antes, porque en catalán se dice prácticamente igual.

Pero me interesan más sus habilidades profesionales. La psicología social me apasiona. Me dice que cuando llegó al país era prácticamente el único con su especialidad, aunque luego surgieron psicólogos clínicos como setas. Me habla de las excentricidades de algún paciente millonario. Me cuenta, también, algún chiste de psicólogos bastante gracioso. A mí me interesan las claves para producir emociones a las masas. Conozco algunas de ellas, provocar miedo, rabia, ira, inventarte un enemigo colectivo, interno o externo, verdadero o imaginario, exógeno o creado de propia mano; pero me falta la clave de bóveda de la temática. No lo llevo, pese a todo, a este terreno, la noche va pasando y llega la hora de las despedidas. Pero la vida me iba a dar la respuesta a mis inquietudes, muy poco después...

Subimos, por fin, al Mercedes. Éramos carne de cañón. Aparentemente pudientes (en mi caso que se consideren estafados), elegantes, con automóvil a juego y recién salidos de la farándola barcelonesa, esto es, con los reflejos bajos por la parranda. Tampoco debió pasar desapercibido a los que nos observaban la presencia de una mujer en el vehículo, muy bien vestida y enjoyada, y presumiblemente portadora, claro, de un depósito de valores personales de mayor envergadura que el de los varones (de un bolso, vamos). Incluso es posible que se tuviera en cuenta que la placa bajo la matrícula indicaba una dirección de concesionario de otra ciudad.

El caso es que, entrando el semáforo en fase verde, ruge el motor, y en ese mismo momento veo que una persona, montada en algún tipo de velocípedo, probablemente una bicicleta pequeña, nos impacta en el lateral derecho (en mi lado, pero delante). Observo algo que cae al suelo, oigo unos gritos y veo a un sujeto que levanta las manos y vocifera. El conductor,  mi buen amigo Manel, tiene un momento de vacilación, pero no se la dan con queso. No en vano ha tenido, entre otras profesiones, la de taxista en Barcelona, hace muchos, pero muchos años. Total que vuelve a pisar el acelerador, y nos vamos del lugar a escape. Claro, por mi mente de jurista pasan muchas cosas, tramoya de leguleyo: nos han tomado la matrícula, testigos, omisión del deber de socorro, no sabemos cómo está el ciclista, podría simular alguna lesión para denunciarnos… Pero nadie dice nada en favor del viandante, así que callo. Mi amigo Quim, a mi lado detrás, adivina mis cábalas, y me dice simplemente: “es una táctica”, veo la luz,… ¡cándido de mí!

Menos mal que mi amigo Manel no se ha dejado cautivar por la añagaza. En otro caso, el avispado ciclista provocador nos habría enseñado la bicicleta rota (que claro, ya lo estaría previamente) y nos habría pedido cien euros por los daños y por alguna que otra lesión imaginaria, para que todo quedara en un susto. Eso por lo bajo. El otro escenario es que habríamos salido del coche y, mientras estuviéramos distraídos en la conversación, uno o varios compinches habrían desvalijado el vehículo.

Camino de casa medito sobre los profundos conocimientos de psicología de aquellos salteadores urbanos, y doy con la clave para determinar el comportamiento ajeno, individual o colectivo: la culpa. Un material extremadamente tóxico. “Debo pararme, pues he hecho daño a una persona”, imperativo categórico, que es poco más o menos lo mismo que “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, o “os endeudasteis absurdamente y ahora debéis pagar el rescate de los que os embaucaron” y, claro, “no os ganáis decentemente la vida porque sois unos vagos”. Mientras tanto, ellos tiraban de tarjetas opacas, y hacían la siesta... Y en estos mimbres la crisis continúa, digan lo que digan, y sus causas, como las de este repentino calor en el mes de marzo, siguen siendo difusas, y las teorías se acumulan, para dar prestancia y rigor a actos académicos.

Pero cuando me pongo a pensar, otra vez, en aquel individuo de la bicicleta, en su arrojo, en la cantidad de factores que procesó su cerebro antes de lanzarse contra nuestro coche, en el poco tiempo que dispuso para ello, en la rapidez y maestría de su maniobra, efectiva, precisa, concisa, quirúrgica, que, al menos a mí, me convenció de su factibilidad por su ejemplar ejecución (menos mal que iba acompañado de gente más sabida), me doy cuenta, a carta cabal, de que, independientemente de nuestros títulos, hipótesis, juicios y convicciones, de mayor o menor fundamento, la universidad de verdad, la que no se pierde en los meandros del conocimiento, la más auténtica, tal vez esté en la calle.

Saludos,

Calícrates

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