domingo, 8 de marzo de 2015

Universos que no merecen tal nombre



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A través de Facebook me ha llegado una referencia interesante, un artículo curioso, relativo a un experimento que me era del todo desconocido.

No creo gran cosa en las ciencias experimentales, pues los datos empíricos proceden, muchas veces, de mecanismos de causación muy diversos, y es difícil encontrar investigadores libres de prejuicios para interpretarlos correctamente, sobre todo en materias que superan su concepción de la realidad, como es el caso de las observaciones del comportamiento, que tienen un componente que excede, por definición, de lo meramente material, al adentrarse en las sutilezas del psiquismo animal o humano, para las que, digámoslo claro, tales “ciencias” no están preparadas en absoluto, por defecto de constitución.

En cualquier caso, parece demostrarse a través de la interesante peripecia investigadora que ahora reseñaré que la sobrepoblación es un factor estresante en sí mismo, en relación a individuos sometidos a tal circunstancia. Esto podría explicar los desequilibrios psíquicos evidentes que son detectables en elevado número de modernos urbanitas, especialmente en las grandes ciudades, y que eran del todo desconocidos en los antiguos asentamientos rurales. Y digo antiguos porque prácticamente, a día de hoy, no se puede decir que contemos con un “medio rural” en sí mismo, puesto que los pueblos, aún los más pequeños y remotos,  se han convertido en una suerte de prolongaciones de lo urbano, con lo cual los efectos de la presión autodestructiva de las megalópolis llegan hasta ellos, a veces incluso amplificados, por la sensación de desplazamiento y soledad que acompaña necesariamente a quien tiene como referencia lo que está lejos y fuera de su alcance.

Pero entremos en harina. El etólogo norteamericano John B. Calhoun estuvo varias décadas estudiando los efectos adversos de una población descontrolada, utilizando para ello ratones de laboratorio. Para ello Calhoun creaba lo que él llamaba “universos”, esto es, pequeños mundos en miniatura en los que los roedores disponían de toda la comida, agua e infraestructuras que requería su bienestar físico, se encontraban totalmente libres de depredadores y enfermedades, y a cubierto de las inclemencias estacionales y meteorológicas. ¿Quién pudiera pedir más? Bueno, existía una única limitación: el espacio.

El más conocido de los mundos que creó Calhoun fue, sin duda, el denominado Universo 25, que diseñó y puso en práctica a partir de 1968, a lo largo de cuatro largos años, ofreciendo resultados sorprendentes y, sería de añadir, también desconcertantes.

En un pequeño recinto de dos metros y medio de superficie y casi un metro y medio de altura, creó lo que debía ser un auténtico paraíso terrenal para sus ratones, con todo el alimento que pudieran necesitar, agua y estructuras de nidificación prácticamente ilimitadas. Durante todo el tiempo que duró el experimento las condiciones de temperatura y humedad se mantuvieron a niveles idóneos para los animales, y el recinto se limpiaba a conciencia regularmente.

Se inició la experiencia introduciendo cuatro parejas de ratones perfectamente sanos. Durante una primera fase los animales estuvieron algo alterados, mientras se iban familiarizando con su nuevo entorno, pero enseguida se acostumbraron y empezaron a reproducirse. Se inició la fase de crecimiento rápido; la población se duplicaba cada 55 días. Pasados poco más de diez meses, más de 600 ratones vivían ya en Universo 25, organizados en 14 grupos sociales, con un macho dominante y roles sociales bien definidos para cada uno de sus individuos.

Sin embargo, a partir de tal momento, la tasa de crecimiento se redujo y la población pasó a duplicarse cada 145 días. Los problemas de espacio comenzaban a ser evidentes. Más de 300 machos competían ya por mantener una parcela de territorio y reproducirse. El estrés asociado a la situación llevó a muchos machos a tirar la toalla y apartarse, por lo que perdieron su atractivo ante las hembras y la tasa de reproducción se redujo considerablemente. El colapso comenzaba.

Las hembras fértiles trataron de ocupar el rol abandonado por los machos para proteger los nidos, volviéndose más agresivas, con lo que las nuevas camadas de ratones tuvieron periodos de lactancia cada vez más cortos, o fueron abandonadas, atacadas e incluso devoradas por sus propias madres. Por su parte, los machos más débiles quedaron acorralados en el centro del hábitat, lejos de los comederos y de los recursos, y se rindieron a una desidia e inactividad prácticamente absolutas, aunque, en ocasiones, y de forma del todo impredecible, estallaban en pura cólera y atacaban salvajemente a los demás ratones del recinto.

Pasados dieciocho meses vivían en universo 25 unos 2.200 ratones, en un mundo anárquico, violento y prácticamente carente de sexo. Poco tiempo después el crecimiento se detuvo. Ya morían más ratones de los que nacían. A partir de aquél momento empezó el caos. La violencia entre los grupos rivales llegó al paroxismo, y el canibalismo de las crías se hizo habitual. Esto es curioso. Un grupo de machos se atrincheró en una zona determinada, dedicándose en exclusiva al cuidar su cuerpo, acicalando su pelaje todo el día, mostrando una total apatía por cualquier otra actividad, como pelear y, por supuesto, aparearse. Calhoun los bautizó como “los guapos” porque no mostraban, como es lógico, heridas ni cicatrices.

La mayoría de las hembras que nacieron entonces ya no se quedaban embarazadas, ni tenían comportamientos maternales. Además, de las escasas crías nacidas, muy pocas alcanzaban la edad adulta. De hecho, el día 600 nació el último ratón que se convirtió en adulto. A partir del día 920, la tasa de nacimientos se clavó, literalmente, en cero. Llegados a este punto, la edad media de la población era de 776 días, el equivalente a 70 años de vida humana. El día 1471 Calhoun, imagino que aterrado, dio por finalizado el experimento. Sólo quedaban vivos 27 ratones, de los cuales 23 hembras y 4 machos. El más joven de todos, tenía el equivalente a los 90 años de un ser humano.

Lo más llamativo del experimento es que en todo momento los ratones tuvieron recursos de sobra. Incluso en el máximo de población, nunca faltó agua, comida o lugares de nidificación (no había desahucios). Sin embargo, la masificación poblacional destruyó la estructura social y, lo que es más importante, psíquica de los ratones, empujándolos hacia comportamientos absurdos, violentos y asociales. Imaginaos, por tanto, un colapso en el que converjan sobrepoblación, envejecimiento masivo de los individuos, encanallamiento de la lucha social por la negativa de las élites dominantes a perder el control, incongruencia en las relaciones entre sexos y, sobre todo, escasez. Bueno, mejor no lo imaginéis, no quiero estropearos la digestión.

Y aquí viene lo más importante. Aunque diversos ratones del Universo 25 fueron extraídos y recolocados en nuevos ambientes sanos, su comportamiento no cambió. Esto es lógico, puesto que su psiquismo enfermo e irrecuperable, y su avanzada edad, no les permitían volver a desarrollar una vida normal. Pero es que además, y aquí está lo más sorprendente, cuando se introdujeron ratones sanos y normales, en edad de procrear, en el recinto del Universo 25, tampoco mostraron conductas reproductivas.

Esto último dato es probablemente el más llamativo del experimento. La ciencia mecanicista no tiene respuesta para él, sencillamente porque sus causas exceden de los parámetros en que se mueve. En definitiva lo que ocurría es que el lugar, por mucho que se limpiara, desinfectara y adecentara materialmente, había quedado contaminado con los residuos psíquicos de sus antiguos habitantes, que resultaban altamente tóxicos debido a las situaciones de estrés, violencia y sinsentido en que degeneró el experimento. Tales excrementos sutiles, dejados por los habitantes anteriores del lugar y absolutamente inseparables de la propia estructura del recinto, eran percibidos por los nuevos residentes sanos, los cuales, podían sentir el dolor y angustia que se había vivido allí, y mostraban inmediatamente los mismos instintos autodestructivos.

Esto no solo les pasa a los ratones, aunque sean más sensitivos que los humanos. También puede ocurrirle a los bípedos. ¿No habéis sentido, al entrar en un lugar, en ocasiones, como una sensación extraña, sin saber por qué? Consejo personal: por muchas reformas que hagáis en vuestras viviendas, no residáis nunca en lugares donde se hayan vivido momentos de dolor y estrés emocional, donde se haya padecido mucho, física o psíquicamente. Me lo agradeceréis. Y no estoy hablando de fantasmas o poltergeist, sino de cosas mucho más banales, aunque no por ello de menos imperiosa necesidad de eludir.

Quien escribe sintió algo de lo que vengo relatando, muy claramente, al entrar en los sótanos de la llamada Torre de Pilatos, aquí en Tarragona. Se trata del antiguo Pretorio romano (gobierno militar), y se llama de la forma antedicha porque cuenta la leyenda que el referido personaje histórico nació allí. Probablemente es cierto, porque su padre fue gobernador militar en Tarraco (ya se practicaba la endogamia para el acceso a los cargos públicos). Y todas estas construcciones debían ser parecidas, pues junto al fuerte se puede todavía observar un Litóstrotos (pavimento de piedra) idéntico a aquél que se encontraba en la Torre Antonia de Jerusalén donde, como narra el Evangelio de San Juan, fue juzgado Jesús.

El caso es que todavía me preguntaba que podía haber en aquél lugar para parecerme tan siniestro, pese a que estaba perfectamente arreglado, limpio y adecentado, cuando el guía explicó que durante mucho tiempo allí estuvo la prisión de Tarragona, y que se vivieron momentos particularmente traumáticos después de la carnicería desatada por los militares golpistas en los años 30 del siglo pasado (eso que algunos llaman Gloriosa Cruzada) cuando cada noche el alguacil aparecía en la puerta y recitaba los nombres de los que iban a ser fusilados al amanecer.

Todos los seres vivos se mueven continuamente no solo en el mundo físico, sino también en el psíquico, donde sus pensamientos, sensaciones, emociones, dejan su impronta. El mundo psíquico es mucho más vasto que el físico, pero se rige, como éste, por leyes inmutables, bastante diferentes, claro de las que gobiernan el mundo material. Esto es importante. Pese a encontrarse fuera de nuestra capacidad “oficial” de experimentación, y poder dar lugar a efectos que ni siquiera sospechamos, auténticos prodigios a los ojos del común, contrariamente a lo que muchos piensan, y predican, el mundo psíquico no tiene nada de espiritual, puesto que todavía no se ha abandonado el mundo de la forma, que persiste, eso sí, más rarificada.

La confusión entre el mundo psíquico y espiritual (pneumático) es una constante en el mundo moderno, bastante peligrosa en sí misma, puesto que lleva a muchos a ilusionarse sobre lo que son meros fenómenos que parecen extraordinarios, auténticos milagros, porque pertenecen a un mundo que nos es prácticamente desconocido, y que pueden ser utilizados, y sin duda lo serán en el futuro, para manipular a las masas, hasta el punto de hacer aparecer a determinados individuos, lugares o situaciones como sobrenaturales, cuando no serán otra cosa que “mágicos”, en el sentido más grosero del término. La magia (y no estoy hablando del ilusionismo), en Oriente, era considerada una ciencia de la naturaleza, y de las más inferiores, a la que se libraban charlatanes y vagabundos de la peor ralea, absolutamente irrecuperables para la vida espiritual; pero ¿cómo convencer de esto al occidental moderno, fascinado por el “fenómeno” a consecuencia de su formación “empírica”?

Es conocido que el milagro lo realizan tanto el Santo como el mago, y es aquí donde la superchería puede llegar a ser perfecta, puesto que es difícil observar cuales son las fuerzas que de verdad intervienen, que quedan, por definición, fuera del campo de experimentación del observador.

Lo que acabo de decir es un importante aviso para el futuro, y me lleva, a modo de inciso, a hacer mención de otra curiosa creencia del Extremo Oriente, las temidas “influencias errantes”. Lo curioso es que, según las leyendas orientales, determinadas personas, con conocimientos para ello, podían “fijar” tales influencias en algún lugar u objeto y lanzarlas hacia donde les fuera conveniente. Y esto podía hacerse respecto a un individuo o una colectividad determinada, más o menos grande. Los acontecimientos que se vivieron en Europa a partir de los años 30 y hasta el final de la Gran Guerra tal vez puedan ser leídos de otra manera a partir de estos someros datos, y puede que alguien llegue a pensar que, quienes por entonces vivieron, fueron objeto de un experimento emocional colectivo digno de estudio, pues los que verdaderamente nos gobiernan en la sombra decidieron que había sonado la hora de una nueva carnicería (entre otros motivos, porque sobraban ratones; pues imaginaos ahora).

Sé que muchos torcerán el gesto ante todo lo que acaban de leer, que no es realmente “científico” en el sentido que normalmente se da al término, esto es, investigación tecnológica de laboratorio, a base de microscopio y gráficos de colorines, a la mayor gloria de la supuestamente esencial I+D, que nos sacará a todos de la crisis, y especialmente a los que se beneficien de tales proyectos de investigación, lleguen o no a buen puerto. Me hace mucha gracia. Lo que importa es “investigar”, como sea, ponerse una bata blanca y ser un “científico”, un sumo sacerdote de la sociedad industrial.

Sí, con eso se vive muy bien, ya lo comprendo, hasta que determinados cambios en el mundo que nos rodea nos hagan ver a todos que tal vez se nos había escapado algo, en lo que todavía no habíamos reparado y que, lo mismo que la corriente de un río cambia con el tiempo, así también puede que el mundo en que vivimos, y que tan sólido nos parece, no lo sea en realidad, y empiecen a mostrarse cambios que asombrarán a muchos. Los más materialistas y creyentes en la “objetividad” de las ciencias duras, serán, sin duda, los más ilusionados.

Pero volvamos al mundo conocido. Se podrían hacer bastantes paralelismos entre muchos de nuestros problemas contemporáneos y los padecidos por los incautos roedores de Universo 25, pero se los dejaré al lector inteligente y perspicaz, en primer lugar porque la demagogia no es uno de mis puntos fuertes, y también porque hay pantanos en los que no me quiero meter.

Lo que sí diré, es que Españistán, estructura de Estado con poco más de 300 años (antes no está claro que se encontrara definida como tal), es una suerte de Universo 25, pero no con carácter de experimento sino de cruda realidad. Como en el recinto de la investigación descrita, aquí también se ha sufrido mucho, especialmente entre los años treinta y sesenta del siglo pasado, y los restos psíquicos resultantes de tanto padecimiento los llevamos todos encima, aunque no los veamos, e influyen fuertemente nuestro comportamiento individual y colectivo.

En estas condiciones, y aunque a algunos les pueda doler en un malentendido “patriotismo”, es evidente que el mantenimiento de la referida superestructura afecta seriamente a nuestra calidad de vida, y aun afectará más si empiezan a faltar agua, alimentos y estructuras de nidificación. A partir de tal momento solo aguantarán el tipo los “guapos” (vinculados a las altas finanzas, al Ibex 35 y la oligarquía local nacida de la mal llamada Guerra Civil). La más elemental prudencia y el dictamen de los expertos aconsejarán, sin duda, el desguace controlado.

Saludos,

Calícrates

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