miércoles, 3 de junio de 2015

Las ciencias de la salud

Fuente: es.wikipedia.org


Había resuelto pasar un tiempo sin meterme con científicos, técnicos, físicos teóricos y prácticos, ingenieros de todo pelaje, y demás cofrades de ciencias colindantes, caracterizados todos ellos por el análisis sesudo de laboratorio (con rostros que a veces me recuerdan a los de aquel noble rucio aparentemente meditabundo), el estudio empírico, y la confirmación analítica de hipótesis preconcebidas, con lo cual antes de experimentar ya saben, de puro sesgo, lo que van a descubrir. Pero la cabra tira al monte, y como decía aquél, después de minutos y segundos de esclavitud decidí que ya no podía más.

En el mes de octubre de 2014 (ya ha llovido) acudí a un dentista y le supliqué que me sacara una muela, con una amalgama desgastada, que después de cuarenta años de servicios pedía a gritos la jubilación. Pero claro, la extracción pura y dura era demasiado fácil, y además la tengo gratis por mutua, así que tocaba recorrer el largo vía crucis de empastes fallidos, con sucesivos recortes de puntas, endodoncia dolorosísima a la boca y al bolsillo, panegíricos de alguna dentista borde por molestarla con mis tonterías cuando estaba a punto de irse de vacaciones de Navidad, y finalmente el rile del endodoncista (que dentro de lo que cabe al menos dio la cara), reconociendo que “su ciencia acababa allí” (como tantas otras), y dejándome, por fin, expedito el camino para conseguir lo que hacía ya cinco meses que había implorado.

Para mayor humillación hacia un habitante de Tarragona capital, a que me sacaran la muela me tuve que ir a Reus, pues el dentista que debía realizar la extracción visitaba aquél día allí, y luego no podía atenderme porque tenía un curso, pues no se trataba de esperar más, me daba algo… Esto fue en febrero.

Bueno, pues como explico en otro post, tanto tiempo de dolor me exigió un largo tratamiento con ibuprofeno (otro veneno “saludable” gentileza de la farmacopea “científica” moderna, que o te sube la tensión o te destroza las tripas, o ambas cosas al tiempo), y entonces empezaron los problemas gástricos. No recordaba estar tan desesperado desde hacía mucho tiempo. Llegué a pesar setenta kilos, que en mi caso suponen una auténtica debacle.

Me hicieron un test del aliento, en busca de la temida helicobacter pylori (temida por nosotros, ellos viven de la puñetera bacteria), un TAC, al parecer por un tema de riñón que no tenía nada que ver con los síntomas iniciales, un análisis de sangre concienzudo y, finalmente, un gastroscopia con sedación, pasando, claro por ecografía, palpación, recetas, radiografías, electrocardiograma, visitas varias a urgencias nocturnas y madrugadoras, belmazol, omeprazol, motilium, bicarbonato, almax,...

Entretanto acabé harto del primer digestivo, que directamente pasaba de mi estómago y de mis síntomas en una acumulación absurda de pruebas delirantes, y acudí a otro diferente, que las retomó a su vez, aunque por lo menos me dio la pista de lo que verdaderamente me ocurría.

No os lo vais a creer, pero después de ocho meses de perrerías, calificadas así, utilizando esta misma palabra, por el segundo digestivo al que acudí, (como digo mucho más decente que el primero) me he curado solito tomando ¡caramelos de anís a razón de 1,60 euros los cien gramos! Para que os hagáis una idea de lo absurdo del proceso y del inmenso quebranto económico que ha supuesto, solamente el TAC y la gastroscopia debieron costar más de quinientos euros a mi sociedad médica.

No se trata de frivolizar con un tema tan grave, pero es evidente que nuestro sistema de salud está, valga el sarcasmo, profundamente enfermo, y no solo por los recortes. Se ha producido una mercantilización absoluta .de las relaciones médico paciente, y al mismo tiempo sospecho que existe un contubernio solapado entre médicos, laboratorios de análisis y centros de diagnosis por la imagen, entre otros, que se hacen favores recíprocos con vistas a mantener girando la rueda de los pingues beneficios (por prudencia me quedaré aquí, el que tenga imaginación entienda), actuando las sociedades médicas privadas como recaudadores para dotar de liquidez al sistema. Nuestra salud, que es lo que está en juego, supongo que es lo que menos importa.

Claro, ellos siempre tienen dos excusas: la primera es que todas las “malifetes” con las que te abruman son “para descartar”. La segunda es más grave, y tenemos la culpa los juristas (reconozco haber llevado como abogado alguna demanda de responsabilidad civil contra médicos). Reza algo así como “si no le hago a usted esta prueba, me expongo a que me demanden por mala praxis”. Todos somos responsables, y tendremos que poner nuestro granito de arena para detener esta espiral del absurdo que, como la misma sociedad tecno-industrial de que depende, resulta absolutamente insostenible (la sanidad es uno de los sectores de actividad más exigentes en consumo de energía).

Hubo un tiempo, hoy vilipendiado, en que las personas vivían con dignidad, y morían también con ella. No se trata de irse a combatir al Medio Oriente con un cuchillo entre los dientes, pero tampoco de agarrarse a la vida como desesperados, puesto que nuestro destino lo tenemos marcado en la frente desde el día del nacimiento. También hay un tema de racionalidad y gestión de medios disponibles. No es lógico que se le cambie la sangre a una persona de 97 años para que viva seis meses más, a costa de los recursos que son necesarios para personas mucho más jóvenes y activas.

Sin embargo, y como en todos los problemas que genera el insoslayable decrecimiento que nos espera, no serán los argumentos los que nos convenzan para asumir una mentalidad nueva, sino la cruda realidad.

Saludos,

Calícrates

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