martes, 27 de enero de 2015

Más dinero



Fuente:es.forwallpaper.com

No abráis el cava. Esta descomunal cantidad de euros que Draghi ha decidido inventarse de la nada, y largar desde el helicóptero que le prestó Bernanke, y que realmente no dejara nunca de ser mucho más que vacío cibernético (no chatos, ni siquiera hay apenas impresión, son asientos contables en un programa informático), ese pastizal no es para vosotros. Es para tapar agujeros de los actores privilegiados de costumbre, para rescatar autopistas encargadas a conocidos con la garantía (claro) del Estado (vosotros); es madera para que siga el juego del Monopoly entre los de siempre (Ibex 35) y, sobre todo, tela para enjugar el roto que va a suponer la más que probable quita griega. Nada que celebrar. Se trata, una vez más, de poner otro clavo de emergencia en el estribo del tigre que cabalgamos desde que comenzó esta crisis que no se acaba y que, más pronto que tarde, conseguirá dar con nuestros huesos en el pavimento.

El que dicha barbaridad de efectivo no llegue a la economía real no debe sorprender al que ha leído algunos de mis posts, si es que ha comprendido que desde el año 2008 Europa y Occidente entero (Japón aún lleva más tiempo) están en trampa de liquidez, y también si se ha llegado a interiorizar en que consiste exactamente la teoría económica neoliberal que, como sabemos, no busca maximizar la satisfacción de las necesidades de los agentes económicos y distribuir adecuadamente los recursos sino apuntalar con torniquete un sistema capitalista demencial que después de alcanzar los límites del mundo físico, en su necesidad voraz de crecimiento, ahora pretende continuar su camino devastador en el hiperespacio financiero.

Se trata, una vez más, de lanzar toneladas de dinero a quienes juegan en la primera división de la riqueza (money for the rich), esto es, los que tienen una propensión marginal al consumo mucho más exigua (por unidad de aumento de renta), respecto al paquete de abajo, con lo cual se mantiene controlada la inflación y la fiesta puede continuar un rato más. Y el resto, claro, a competir, con lo que se les mantiene distraídos, divididos (¡venga, al mercado a morder!), y además (el factor psicológico es muy importante) se consigue que se autoculpabilicen de su precariedad (no he sido lo suficientemente competitivo). Chapeau por Milton Friedman que sigue ganando batallas, que digo batallas, auténticas guerras sin armisticio, aun después de muerto (como el Mío Cid, otro personaje peculiar de cuyas artimañas y andanzas chaqueteras puede que hable algún día, aunque duela a los guardianes de las presuntas esencias patrias). ¡Qué fáciles de manejar somos!

Todo este montón de detritus putrefactos que en estos momentos golpean nuestras fosas nasales, no vienen de ahora. Empezaron a galopar durante las dos malsanas presidencias de Ronald Reagan (reaganomics), que se coordinaba a la perfección con la seca matrona británica de hierro que le secundaba (o mejor monitoreaba) desde el otro lado del océano. Una película, he hablado muchas veces de ella, Wall Street, cuyo visionado y comprensión cabal equivale a hacerse las carreras de económicas y empresariales al unísono, y al tiempo también varios masters de primer nivel, nos anunciaba, allá por el año 1987, cuál iba a ser nuestro tormentoso futuro. Unos se iban a dedicar a hacerse perrerías en bolsa los unos a los otros, a comer en restaurantes de lujo con mesas reservadas para un mes, a hacer competiciones con vehículos anfibios en la playa, a intercambiarse ligues y a hacer filosofía barata en la sauna del squash. Y claro,… el resto al mercado, a aquello de la “competencia”. ¿Y con quién compite la casta política y corporativa? ¿Consigo mismos?

La clave del misterio sacramental miltoniano la enuncia claramente Michael Douglas en la escena central de la película. “Yo no creo riqueza, la poseo”. Y claro, de esta manera el dinero, ese material que tan bien nos viene (sobre todo a ellos) y que ya no se sabe muy bien lo que es “ni se gana ni se pierde, sino que pasa de una mano a otra como por arte de magia”. Somos un barco mal estibado, que hace agua por todas partes y que terminará hundiéndose. Lo lógico sería llegar a dique seco y cambiar de embarcación (de sistema), por mucho sacrificio personal y económico que suponga pues, como es de razón, nos jugamos mucho en ello. Pero a los que están tomando Gin Tonics en la piscina de la cubierta superior el tema no les interesa, no vaya a ser que tengan que arremangarse y componer cabos o, todavía peor, mezclarse con la plebe, a la que tratan como ganado trashumante, y atender algunas de sus más razonables pretensiones. Ni parlar-ne. Viento en popa, ¡más dinero! Si tenemos que hundirnos nos hundiremos todos. ¿Seguro?

El símil marinero trae a mi memoria un suceso increíble, que se publicó con algo de sordina en la prensa generalista, que ilustra a las mil maravillas la situación que vivimos y que espero no sea premonitorio de lo que puede llegar a ocurrir. Corría el mes de abril del año 2014 y un ferry surcoreano, el MV Sewol, naufragó con casi quinientas personas a bordo, la mayor parte jóvenes estudiantes de secundaria de un instituto de la periferia de Seul. La investigación de las causas del siniestro reveló detalles escandalosos. El barco transportaba 3.600 toneladas de carga, cuando sólo estaba certificado para llevar 987. Además la nave no estaba debidamente lastrada, y la naviera le había añadido en fechas recientes dos cabinas superiores, para embutir más al pasaje, desplazando el centro de gravedad del buque hacia arriba, lo que favorecía el vuelco.

La propietaria del cascarón de nuez era también para echarla de comer aparte. Se trataba de la respetable mercantil Chonghaejin Marine Co, controlada por la “famiglia” del exclusivo multimillonario y presunto artista (como el Emperador Nerón) Yoo Byung-eon, más conocido como Ahae, quien fue, o tal vez todavía es (no se sabe muy bien) líder de una secta evangélica de infausto recuerdo, conocida por el suicidio en masa de 32 de sus seguidores en 1987 (el año de Wall Street). Pues bien este personaje, a pesar del luctuoso suceso referido, se fue de rositas, y mantiene unos 20.000 seguidores en Corea. Naturalmente niega tener nada que ver con la compañía armadora del MV Sewol, dice que es cosa de sus hijos, aunque las autoridades competentes surcoreanas no son de la misma opinión.

A partir de aquí empieza una alucinante historia que mezcla inextricablemente el drama, la bajeza personal y el heroísmo. En esos instantes anteriores al siniestro, claro, el capitán descansaba en su camarote y un oficial novato estaba al frente del navío. A las 8:48 el buque viró bruscamente y se escuchó un fuerte sonido metálico. Como la gobernanza del barco seguía a por uvas sobre las 8:52 uno de los estudiantes del pasaje, ante la evidencia de que algo no iba bien, logró llamar con su teléfono móvil al número de emergencias (se encontraban bastante cerca de la costa), y les comunicó que el barco se está ladeando peligrosamente (este estudiante pereció también en el naufragio.) Los de emergencias le pasaron la llamada al Servicio de Tráfico Marítimo regional, donde pensaron que se trataba de una broma adolescente, hasta que el capitán (por fin) se puso en contacto por radio para decir que bueno,… que puede que tuvieran algún problemilla…

El Servicio de Tráfico Marítimo despachó inmediatamente una patrullera, e indicó que la nave debía ser evacuada, pero el capitán informó de que no era posible la maniobra pues la inclinación de la nave era ya del 50% a babor. Entonces se le ordenó que indicara al pasaje que debían colocarse los chalecos salvavidas, a lo que se contestó que no se podía transmitir la orden a los pasajeros porque la megafonía no estaba operativa. Se trataba, claro, de una burda mentira, pues funcionaba, y a las mil maravillas, pero lo que se le estaba anunciando al pasaje, chavalería bien educada y obediente, era que debían permanecer en sus camarotes, que no pasaba nada, esto es, que se metieran en ratoneras, el lugar más peligroso donde podían encontrarse en aquella tesitura. No contentos con tamaña felonía (necesaria para lo que ahora veremos), cuando se dió por fin la orden de abandonar el barco el pasaje no se enteró (que casualidad), y cuando llegó un helicóptero de rescate fue el capitán y casi toda la oficialidad (solo un oficial quedó a bordo) los que se largaron vergonzosamente.

A partir de aquí fueron el resto de los componentes de la tripulación, entre ellos la camarera empleada a tiempo parcial Park Ji-young, los que, comprendiendo lo que ocurría, tomaron el control de la megafonía y avisaron al pasaje de que había que abandonar el barco. Por desgracia, para la mayoría era ya demasiado tarde: todo el lado de babor estaba sumergido y resultaba muy complicado escapar. En la banda de estribor aún quedaba mucha gente, y con el barco de costado, y la pared convertida en suelo, una puerta abierta constituía un foso infranqueable que cortaba el paso. Pues bien Ji-young se las ingenió para cerrarla con extraordinaria habilidad, ayudó a los que pudo a ponerse los chalecos salvavidas y encontrar salidas mientras el agua subía sin parar. Y cuando se quedó sin chalecos corrió a la siguiente cubierta para conseguir más. Logró socorrer a unas cincuenta personas, casi un tercio de los 172 supervivientes. Con el agua en el pecho algunos estudiantes le preguntaron qué porqué no se iba con ellos. Les contestó que la tripulación se tenía que quedar hasta el final. Murió ahogada. Su cadáver fue uno de los primeros que encontraron los servicios de emergencia cuando consiguieron penetrar en el barco hundido, tres días después. No llevaba puesto chaleco salvavidas. Al parecer entregó todos a los pasajeros y no se quedó ninguno.

Ella y otros miembros de la tripulación subalterna que habían quedado a bordo salvaron decenas de vidas a fuerza de valentía, habilidad, responsabilidad, y sentido del honor, hasta que el mar les arrebató el aliento. Y mientras tanto los dueños de la armadora, percatándose de la magnitud de la fechoría, buscaban la protección de sus habituales políticos y medios de comunicación de cabecera.

Creo que es difícil verbalizar una moraleja adecuada para tanta tragedia absurda, para tanta ignominia y también para tanto heroísmo, juntos y revueltos, como siempre en la vida, que resultan de los crudos hechos relatados. Bueno tal vez sí. No os fieis de la megafonía (prensa corporativa) hasta que caiga en las manos adecuadas.

La cuestión es si Mario Draghi (Goldman Sachs) y sus secuaces van a poder, en su momento, escapar de la tragedia que se masca en helicóptero, sí ese mismo con el que lanzan toneladas de euros al parqué para que siga la fiesta de sus acaudalados amigotes. La respuesta está en manos de los que todavía saben donde estamos, por qué, y cual es nuestro destino, de continuar el rumbo de la presente singladura. Son más de los que parece. Deseémosles la mejor de las suertes. Pero a nadie se le puede exigir que sea un héroe.

Saludos,

Calícrates

domingo, 18 de enero de 2015

Las claves del juego



Fuente: imágenes.4ever.com

Dicen que un tonto y su dinero nunca están mucho tiempo juntos, y es fácil encontrar el sentido más superficial a esta frase que sin embargo oculta mucha más enjundia y sabiduría de la que aparenta a primera vista. Claro que para llegar al fondo de la cuestión hay que tener una idea clara de qué es en realidad el dinero. He intentado, a través de varios posts, insinuar la respuesta a este misterio, sin dar, lo reconozco, toda la información al respecto, aunque sí desde luego mucha más de la que habitualmente se encuentra en los abrevaderos habituales (si es que se encuentra alguna).

Lo cierto es que si posees algo valioso, ya sean activos importantes, conocimientos o el mismo dinero, si se le quiere considerar como tal, todo el mundo convendrá conmigo en que no conviene tirarlo al borde de un camino. Y también porque dicen que no resulta inteligente tirar perlas a los cerdos (los de cuatro patas), no vaya ser que las pisoteen y luego se lancen a por ti. En definitiva, el que quiera beber de la fuente clara y fresca de la verdad (que pese al relativismo imperante dicen que existe) deberá asumir el esfuerzo intelectual correspondiente, y llegar a sus propias conclusiones.

Y es que la realidad es siempre más compleja de lo que imaginamos. De hecho a veces puede resultar conveniente que el tonto se encuentre en posesión de algún dinero, también sobre esto he hablado, y también a medias, al referirme a los verdaderos objetivos de la creación de deuda, que todo el mundo reconoce, claro, ahora, cuando evidentemente es demasiado tarde, lo que no impedirá que muchos vuelvan a caer en el lazo de nuevas celadas financieras más complejas que puedan ponerse en marcha en un futuro volátil y no apto para tontos, el único posible en un mundo de recursos y retornos decrecientes.

Hay varias recetas que todo el mundo recuerda cuando ya no sirven para gran cosa. No dar nada por sentado. No comprar nunca caro apalancándose, ni siquiera lo que pensamos que pueda producirnos grandes réditos futuros. Y sobre todo, no invertir jamás en un negocio gestionado, y menos aún diseñado, por otra persona. Si tu enemigo es vanidoso, halágalo, si es colérico irrítalo, si esta cohesionado, divídelo, si está debilitado atácalo, y si es más fuerte que tú, entonces descansa y recapacita (Gordon Gekko en Wall Street y, claro, Sun Tzu).

Sin embargo, como bien dice Max Keiser la clave se encuentra en el juego del Monopoly, que curiosamente fue popularizado durante la Gran Depresión. El objetivo de la banca, ama y señora del tablero de principio a fin y aliada del jugador que definitivamente gane (no importa mucho de quién se trate), consiste en dotar a los jugadores de la liquidez suficiente para que el juego pueda llegar a sus límites, que no son otros que conseguir que las cantidades que se intercambian adquieran dimensiones de vértigo, tanto en velocidad como en volumen. Pero posteriormente, a fin de dotar al envite de todo su dramatismo, es necesario revertir la tendencia y generar sensación de escasez, de forma que los incautos, los temerarios o los poco afortunados (de todo hay) vayan cayendo en la bancarrota y tengan que malbaratar sus activos más valiosos.

Además cuentan los manuales al uso, algunos incluso de pública difusión, que si en alguna ocasión necesitas liquidez (a veces ocurre) tienes que procurar utilizar dinero ajeno y nunca el propio. Aquí sí que he sido más explícito, puesto que mi condición de profesional de derecho me confiere un amplio conocimiento de los fines últimos de las sociedades mercantiles, así como de los muchos instrumentos legales y semilegales que son utilizables para crear la apariencia de dinero (inflactar) y posteriormente para perseguir de forma implacable a los morosos (deflactar y saquear).

En realidad, y aunque pueda resultar paradójico, las personas que llamamos ricas, a las que erróneamente se aplica también el calificativo de adineradas, no dan gran importancia a la posesión de dinero, puesto que conocen su verdadera naturaleza de muñeco trampa para mantener distraídos y afanosos a los desinformados, futuros perdedores en el juego de la ruleta trucada. Esto no quiere decir que no puedan, efectivamente, disponer de todo el dinero que en cada momento necesiten, pero en general no consideran al dinero como una medida de su fortuna, sino como un termómetro de que están tomando las decisiones económicas y de inversión más adecuadas en cada momento. Y aquí, lo lamento, no puedo ser más explícito. Pero quien haya entendido todo lo anterior, y reconozco que tengo el día un poco espeso, asentirá en este momento levemente con la cabeza, y comprenderá cuales son las claves de la partida que tenemos en este momento entre manos. Os puedo asegurar que todos nos jugamos mucho en ello.

Liquidez o iliquidez, ortodoxia o pragmatismo, creer o no creer en la capacidad del sistema para navegar a barlovento, en largas bordadas, en el temporal de la triple crisis, energética, ecológica y de recursos que constituyen, como cada vez va quedando más claro, los verdaderos motivos del extraño tiempo económico que vivimos. Todas son dicotomías que en definitiva parecen resolverse en una sola: keynesianismo o monetarismo. Expansión económica o maltusianismo económico no declarado y vergonzante. Seguir al maestro, claro y preciso, inteligible, cuyos modelos permitieron soslayar los desastres de la Gran Depresión y la Guerra Mundial, o bajar la cabeza para enfilar la recetas de los tahúres de la Escuela de Chicago, que se pusieron a trabajar a partir de que estuvo claro que el planeta Tierra no podía soportar la carga del crecimiento permanente, en los años 70, crisis originaria de la que realidad nunca hemos terminado de salir del todo. Se trata nuevamente de una dicotomía falsa. Ni Keynes ha sido abandonado del todo, que se lo digan a los brotes verdes de Zapatero, ni el ideario neoliberal es lo que pretende ser, y tampoco, pese a haber demostrado cierta eficacia para mantener en pie el sistema depredatorio imperante (verdadera causa de todos nuestros problemas), podrá contener durante mucho tiempo el embate de las sucesivas oleadas decrecentistas.

¿A dónde quiero ir con todo esto? Pues, aunque no lo parezca, a Grecia. Quien entiende, a carta cabal, que es el euro y cuáles son sus verdaderos objetivos no podrá menos que emocionarse ante lo que está en juego en las elecciones de próximo domingo 25 de enero. Europa occidental es una tierra depredada, sobrepoblada, y sobre todo excesivamente mimada, que constituye el verdadero vientre blando de la maquinaria capitalista que asola el globo terráqueo desde que los calvinistas decidieron que si te forrabas estabas dando culto a dios (al dios Mammon, claro), lo que fue causa de grandes infortunios para todos los habitantes del planeta. En tal contexto el euro no sirve para otra cosa que para disciplinar (con la herramienta de la deuda) el decrecimiento forzoso de un continente envanecido, empobrecido y peligroso, especialmente de sus áreas más escasas de recursos materiales e industriales (la periferia sur y atlántica). Los problemas que a tal diseño geoeconómico estratégico puede causar el avance de las posiciones “populistas” te producen, quieras o no, una cierta complacencia.

¿Significa esto que creo en el programa económico de Syriza y de Podemos? En absoluto, porque éstos son (o no les queda otra que parecer) keynesianos, y el modelo de expansión económica a través de la inversión pública nunca pretendió otra cosa (al menos inicialmente) que capear un temporal concreto en un tiempo determinado que ya pasó. El mismo Keynes sabía que sus herramientas de crecimiento solo eran utilizables en tal marco temporal y no eran extrapolables en el tiempo y el espacio, razón por la que el “largo plazo” le resultaba tan escaso de interés.

Pero ocurre que todavía creo menos en los mentirosos monetaristas, que son plenamente conscientes de lo que está sucediendo y han puesto en marcha un programa oculto para que no sea posible la reforma global de un sistema demencial que solo favorece a los grandes tiburones capitalistas (los mismos que apadrinaron a Friedman), manteniendo estructuras productivas absurdas de multiplicación de capital ficticio, e impidiendo la transición realista a otro modelo económico que, de todas formas, será cada vez más insoslayable. Entre la sinceridad equivocada y la mentira dolosa (por muy práctica que sea a corto plazo) es preceptivo al hombre honorable, incluso desde el punto de vista meramente táctico, apoyar lo primero, eso sí, asumiendo toda la responsabilidad que ello supone (nada será fácil) y sobre todo tomando las medidas adecuadas para lo que pueda traer el porvenir.

Saludos,

Calícrates

domingo, 11 de enero de 2015

Actualidad financiera

Fuente: es.forwallpaper.com
Sí, no iba tan bien. El Banco Santander digo. Y aquí me voy a apuntar un tanto. En un post que lleva fecha de 30 de septiembre anuncié las dificultades de la entidad financiera (que solo eran un secreto para quién quería seguir mirando a otro lado) y mencioné la necesidad de la ampliación de capital. Pero no todo fueron aciertos. Supongo que no creí que fueran capaces de hacer lo que han hecho, y por ello califiqué la ampliación necesaria, ya no para sanear debidamente el banco sino solo para salir del paso un rato más, de “imposible”. Desde luego ni a quien escribe, a pesar del mordiente que muestra cuando toca, queda exento de cierta ingenuidad (lo mejor de tener un blog es que te proporciona la posibilidad de hablar de ti en tercera persona). Vaya si se han atrevido. Ello me lleva a diversas consideraciones sobre el futuro que nos espera, ya no dentro del mundo financiero, sino como sociedad.

En efecto, después de la andanada que propinan a los pequeños ahorradores accionistas del banco (los grandes ya habrán salvado la tocata de alguna manera), por resumirlo en pocas palabras, saquearles el 14% del valor de sus acciones, y recortarles severamente el dividendo del ejercicio, con vagas promesas de mejora para el futuro, lo único procedente sería forzar una asamblea extraordinaria y mandar a la calle a la Sra. Botín (solo es titular nominal del 1% del accionariado) y a todo su Consejo de Administración, máxime cuando en anteriores ampliaciones, a las que los accionistas sí pudieron acudir, la mayor parte de éstos prefirieron el pago en acciones, para preservar el valor de la inversión, mientras la “heredera” y acólitos, por lo visto, prefirieron el pago en efectivo (¿qué sabías Patricia que no reflejaran tus libros, más creativos que la última entrega de Harry Potter?).

Pero no habrá rebelión, porque la mayoría de las acciones del banco se encuentra en manos corporativas, y se ignora quienes son, a ciencia cierta, los verdaderos accionistas. Tengo para mí que Banco Santander ni siquiera es realmente un banco español, aunque reconozco que no puedo probarlo. En este contexto, la abuelita que tiene ochenta mil euros en acciones del banco no pinta, evidentemente, nada, por lo que la revuelta del cuerpo social de la entidad ni está ni se la espera (ingenuidad, sí, pero no tanto).

Extrapolando lo visto, y lo que queda por ver en el Santander, mi reflexión sobre la política patria tampoco va a ser muy favorable. Por razones parecidas a las del banco meritado, aquí tampoco veremos una revolución en toda regla, pase lo que pase, que os aseguro que no os llega la imaginación para lo que puede llegar cuando apriete la necesidad. ¿Por qué motivo? En primer lugar porque los accionistas de la marca España tampoco somos nosotros, y es probable que, como en el caso de la financiera cántabra, tampoco sean siquiera españoles. En segundo lugar porque como colectividad, como masa bruta, somos perfectamente controlables, divisibles y manipulables. La ingeniería social (la más importante de las disciplinas técnicas, sin serlo) ha avanzado mucho. Ahora lo hacen todo ordenadores, de forma que hasta Arriola se puede ganar la vida con ello. Puede que algún día me atreva a acometer un post sobre lo que opino de la “democracia”, tal y como se articula en los estados artificiales modernos, que podría sorprender a los que han leído algunos de mis posts más “de izquierdas”. No hay salida colectiva, solo individual. Como para el accionista del Santander tampoco había otra salida que poner el oído y vender a tiempo.

Por cierto que en el post indicado al comienzo de este artículo no solo me refería al Banco Santander. También a El Corte Inglés, que recientemente ha anunciado, a bombo y platillo, la colocación de bonos por valor de 500 millones de euros, la décima parte de lo que debe que, claro, no desaparece en el hiperespacio sino que se convierte en “más deuda”. También aquí habrá que estar atento mientras se esté a tiempo, aunque la estructura accionarial de la empresa, que no cotiza en bolsa, es muy diferente de la del Santander.

Lo he dicho muchas veces. La verdadera finalidad de la mayoría de las empresas mercantiles, con acciones admitidas a negociación bursátil o sin ella, no es ganar dinero para los accionistas sino derivar efectivo hacia las cuentas corrientes (convencionales o secretas) de sus gestores y luego dejar quebrar la entidad (o que la rescaten en nuestros lomos). Es el conocido Principio de Calícrates. Esto lo sabe hasta el que lleva el libreto. El capitalismo no es que sea bueno o malo, es que sencillamente es un cuento chino.

Esto es bien sabido incluso a los niveles más bajos de la pirámide corporativa. Una vez trabajé para una compañía de seguros, donde al empezar me pusieron bajo la tutela de una trabajadora de la empresa, de bastante poca categoría, al menos en sentido laboral. Pues bien un día llamó alguien por teléfono preguntando por otro empleado, y le dije que había salido a su reglamentario almuerzo. Cuando colgué mi mentora me miró severamente, y me recriminó por haber dado tantas explicaciones. Me fui, otra vez ingenuo, por lo del servicio al cliente. Y entonces, recuerdo las palabras exactas pero no las reproduciré porque no son políticamente correctas, me dijo algo así como “¿pero es que no sabes la jerarquía que hay que respetar en la empresa? Empleados, tontos severos y, por último, mutualistas”. Vamos que los que sostienen el tinglado con su dinero lo más que tienen derecho es a tener un seguro barato y poco más. Y claro, cuando llegaba la asamblea general conminaban a cada empleado a llevar diez representaciones (no era obligatorio, claro, pero sí lo era) para así controlar la junta, a la que se daba, como es natural, la menor publicidad posible. Despertad. Las masas no pintan nada ni a nivel corporativo ni político. Y la cuestión a plantearse es si deben llegar a pintar algo, sobre todo a la vista de su adormecimiento, que no es más que un síntoma de debilidad moral.

El negocio financiero en una sociedad en decrecimiento solapado, vuelvo a decirlo, no tiene ningún futuro. Tampoco muchos otros, como el que representan los grandes almacenes antes citados, por su particular filosofía de empresa. Claro que, al menos a los bancos, nunca les dejarán quebrar, por la sencilla razón de que los verdaderos amos, los que tiran de las marionetas políticas, tienen sus bases operativas en el mundo de las finanzas. ¿Por casualidad? No en absoluto, porque dinero es control social, y la creación originaria de dinero, sorprendentemente en manos privadas, incluso aquí en Europa, no os engañéis, es el mayor poder que existe en una sociedad compleja, incluso diría que el único poder real, para ir llevando al sujeto colectivo adocenado a donde corresponda e ir eludiendo los imponderables de un mundo afectado por el decrecimiento de recursos. ¿Queréis un ejemplo?

Veo muchas intervenciones (ingenuas) en algún foro sobre la necesidad de reducir nuestra dependencia energética y producir nuestra comida. ¿Pero qué ocurre en realidad? Pues que todos llenan el Mercadona para adquirir productos industriales baratos, los únicos que muchos pueden pagar. La distribución centralizada abierta queda muy fea. Hay que recurrir a  sucedáneos. ¿Cómo hacerlo? Pues sí, racionando adecuadamente la distribución del efectivo. Y que no nos hagan también una “quita” como a los accionistas del Santander por necesidades aumento del core capital institucional. Propósito para el año que comienza: dejar la ingenuidad en el contenedor adecuado para su reciclaje; el medio ambiente te lo agradecerá, y tú a la larga, también.

Saludos,

Calícrates