sábado, 28 de febrero de 2015

El oro



Fuente: es.forwallpaper.com

En la blogosfera, en prensa digital, o tal vez en cualquier ciberartículo económico a lo largo y ancho de la world wide web, qué más da, he sentido hace poco un rebuzno muy severo. No recuerdo donde ha sido, y no por caridad, sino porque realmente no guardé la referencia. Pero ocurre una cosa. Otras afirmaciones del mismo artículo estaban muy bien enfocadas y fundamentadas, desde el punto de vista económico, por lo que me ha dado el pensar que la mencionada barbaridad muy bien pudiera ser deliberada. No sería nada extraño. Es sabido que el ejercicio del derecho fundamental a opinar, especialmente en la prensa especializada, se encuentra altamente sicarizado. ¡Hay que comer!

Lo que he leído era algo así como que “el oro era muy mal dinero, porque aparte de ciertos usos industriales muy específicos, no servía absolutamente para nada”. A quien no haya perdido un solo minuto de su vida en intentar comprender algo tan útil como la ciencia económica, le parecerá que la afirmación anterior está llena de buen sentido, y probablemente es esto lo que se busca. Pero de todas maneras hay que estar muy despistado para tragarse este anzuelo tan simple y tosco. Basta, por ejemplo, pensar, puestos en términos de utilidad práctica, que es lo que pretende expresarse en este caso con la expresión “servir”, sobre para qué sirve, en dicho sentido, una moneda de un euro. Y la respuesta está muy clara: para obtener un carro en el supermercado, y aun así tiene sustitutivos, que se venden con ciertos tipos de llaveros.

Empecemos por el principio. La afirmación objeto de análisis es absurda, sí, pues supone un severo desconocimiento de la función del dinero, luego veremos porqué. Pero es que además es absolutamente falsa. ¿Es posible que haya alguien en este planeta que no haya oído hablar de las joyerías? Aquí el engaño se dirige a las personas con carreras técnicas, que suelen tener una visión bastante pacata de la “utilidad”. Claro, todo eso de hacer brazaletes abocinados, collares de volutas o medallas con bajorrelieves, es arte, es “de letras” y por lo tanto no tiene valor alguno, porque no puedes utilizar tales objetos para arrancar el coche, desatascar una cañería o escardar los cebollinos de tu huerto. Y sin embargo ¡no veas como se pagan esas naderías en las boutiques especializadas! Bastante más caras, al peso, que las dovelas de hormigón pretensado, que evidentemente no constituyen arte bajo ninguna circunstancia, ni creo que lo pretendan.

Pero vayamos con el primer inconveniente antes dicho, que tiene mucha más relevancia económica. Vimos en el post relativo al dinero, que cuando el oro o la plata constituían el material de monetización, el aumento de la demanda de joyas en los períodos de expansión económica conducía a la deflación y a la crisis. Y eran precisamente los joyeros, utilizando monedas en circulación, los que detraían liquidez y causaban la deflación y el estancamiento económico. Así pues, es absolutamente al contrario de lo que afirma el sesudo articulista. Un buen dinero, desde el punto de vista meramente instrumental, es, precisamente, el que emplea un material que no tiene ninguna utilidad práctica (como el que manejamos ahora), y si a la monetización del oro se le podía hacer algún reproche, éste, lejos de provenir de la falta de “utilidad” material del precioso metal, procedía en cambio de que sí la tenía, y aún la tiene. Aunque quisiera pensar que ningún economista digno de tal nombre pueda no entender lo que acabo de exponer, con lo cual puede directamente coger su título académico y ponerlo en el triturador de basura, la verdad es que, en ocasiones, tengo mis dudas de que no exista alguno que no lo vea claro. Sigamos.

El oro. El sol mineral. El más noble de los metales. Para algunos, el verdadero dinero. Para otros una reliquia bárbara. Los antiguos que, como actualmente muchos articulistas en prensa salmón, andaban un tanto justos de economía, debían pensar que el metal dorado tenía propiedades mágicas. Lo ponías en circulación y automáticamente se disparaba la actividad económica. No comprendían lo que ocurría. Y era muy sencillo. Al aumentar el circulante (medio de pago) lo hacían las transacciones, y por tanto la demanda bienes y servicios. Pero vayamos a lo esencial. ¿Era el oro un buen dinero o no? Aquí, ocurre a veces, bueno y malo son, más que opuestos, complementarios. Se trata, en suma, de una cuestión no de punto de vista, sino de finalidad (esta vez sí) práctica.

Así que la respuesta correcta es ni sí ni no, sino “depende”. Depende de lo que quieras conseguir con el dinero que concibes. Si lo que pretendes es expoliar un planeta entero, y crecer ilimitadamente en un mundo material finito, objetivo plausible pero poco recomendable, pues entonces el oro es un dinero nefasto, de lo peor. Pero si lo que buscas es otra cosa, organizar cabal y justamente las transacciones económicas, facilitar la seguridad de la negociación comercial, evitar las arterías de los usureros, acomodar los ritmos de crecimiento o decrecimiento social a los recursos materiales y energéticos existentes y, sobre todo, maximizar el goce de la vida y la felicidad de los seres humanos, facilitándoles tiempo libre y no induciéndoles la absurda obsesión productiva, la respuesta puede que sea muy diferente.

Sí, en este caso el oro es un buen dinero, es el mejor dinero. Y la clave de que lo sea no se encuentra ni en su relativa inutilidad práctica, ni en su ductilidad, ni siquiera en su incorruptibilidad y dorado brillo. Se encuentra en su forma de generación.

En los tiempos antiguos, no podías poner en circulación todo el oro que querías. Tenías, primero que obtenerlo, no se podía crear de la nada (como las volanderas actuales). Podías robarlo en sangrientas guerras, sacárselo a tus súbditos a través de impuestos o trapacerías (obligándoles a aceptar dinero fiduciario) o, y esta era la forma básica de obtención, la menos cruel, extrayéndolo de las entrañas de la tierra, por minería. En todo caso, la cantidad de metal dorado que cada año entraba en circulación (a salvo grandes guerras de pillaje o gobernantes munificentes) se mantenía sumamente estable, lo que limitaba el crecimiento económico. Sí, el oro era escaso. Muy poco material nuevo era producido, y en cambio había pérdidas incesantes, por naufragios, incendios, terremotos, catástrofes, calamidades, comercio con imperios extranjeros o acumulación de tesoros olvidados.

He visto a personas de gran capacidad técnica y discursiva, que mantienen blogs de calidad en materia de declinación energética,  y a quienes admiro profundamente, errar aquí hasta el corvejón, por falta de conocimientos históricos (que también son de letras). En efecto, a salvo algún acierto aislado, poco común, muchos analistas avezados en nuestros apuros económicos presentes piensan que el imperio romano pereció por falta de recursos materiales “útiles”. Ello supone trasplantar nuestros problemas actuales a la situación existente hace dos milenios, que era bastante diferente de lo que nos pensamos, no sólo en lo material sino también en los psíquico, esto es, en la mentalidad de sus habitantes.

Roma no colapsó por falta de trigo, cebada, uvas, madera o piedra. Lo hizo por falta de oro. Y creo que no fue el único imperio de la antigüedad que declinó por dicha causa. Al no concebirse prácticamente otro medio de pago (al menos para mercaderías de gran valor), los recursos abundantes de un mundo exuberante y escasamente poblado quedaban sin explotar, y la actividad económica se venía abajo retroalimentando la espiral de deflación y falta de materias primas disponibles. Esto puede parecer malo o negativo, pero es la vida misma. Mirad vuestros cuerpos, o cualquier tipo de empresa o actividad humana. Cualquier ser viviente. ¿Están hechos para existir siempre? No, claro que no, puesto que son falibles y perpetuarían sus errores de planteamiento. Crecen, estancan su crecimiento, dejan su huella en el mundo, y desaparecen, dando paso a otras formas. Así ha de ser, y así será siempre. Este es un mundo de paso, y el mejor dinero que puede existir es el que no puede crecer exponencialmente, porque ninguno de nosotros lo haremos. Y tampoco la pomposa sociedad industrial en la que vivimos que, al contrario que el parroquiano común, sí se siente indestructible.

La batalla entre los metales preciosos y el dinero fiat siempre ha tenido el mismo ganador. Mejor que, cuando llegue el momento, os encontréis entre los vencedores.

Saludos,

Calícrates

P.S.: como detalle accesorio, el bitcoin intenta reproducir digitalmente el sistema de producción del oro, a fin de articular una base monetaria más equilibrada. Se genera por minería cibernética, y la cantidad de bitcoins a obtener se encuentra fijada de antemano. El crecimiento monetario, y por ende económico, no es posible pasado el punto de detención. El problema es que, la verdad sea dicha, no me fío mucho de las minas digitales.

domingo, 22 de febrero de 2015

Abrir y cerrar de ojos

Fuente: moonmentum.com


Eyes wide shut, otra película interesante, no de mis favoritas, pero llena de un simbolismo digno de meditar. En primer lugar sobre el título, respecto al cual se han dicho y se siguen diciendo un montón de tonterías. Pretender que significa ojos totalmente cerrados, en un pretendido juego de palabras bastante abstruso, es resignarse a aceptar que el filme no es más que una sucesión ininterrumpida de naderías, como su mismo frontispicio, lo cual, a tenor de su contenido, es, tal vez, decir demasiado, y hablar por hablar.

La expresión eyes wide shut no existe, claro, en inglés, pues la palabra wide exige inmediatamente una expresión que indique apertura, y no cierre. Una puerta puede estar wide open, como una ventana, o unos ojos… Por otra parte, y en sentido contrario, la expresión shut debe referirse a algo que se torna, o debe tornarse, repentinamente rígido o angosto, algo que se cierra, como por ejemplo una boca, shut up!

Es evidente que el título de la película no puede traducirse literalmente, y por eso en la versión castellana no se ha acometido tan ilusoria tarea. La frase debe descomponerse en las dos alocuciones que es susceptible de asimilar sin complicaciones, eyes wide y eyes shut, esto es, ojos muy abiertos y ojos cerrados, o lo que pudiera ser lo mismo, abrir y cerrar de ojos. La película pretende dar al ingenuo espectador un vislumbre de la realidad que normalmente queda fuera del alcance de su vista, pero solo durante un breve instante, pues una exposición a semejante material durante demasiado tiempo podría resultar deslumbrante, desconcertante e incluso abiertamente enloquecedora.

Y la cinta, desde luego, consigue plenamente su propósito. Llevo mucho tiempo estudiando el tema de las sociedades secretas y discretas, y lo que insinúa la película, o dice abiertamente, va mucho más allá de lo que se ha dicho o dejado entrever jamás en ninguna obra de exhibición pública. Dicen que Stanley Kubrick fue asesinado mientras se completaba el montaje, y que la pieza original fue severamente censurada. No sería tarea fácil, evidentemente, encontrar pruebas ni de lo primero ni de lo segundo, pero desde luego ambas presuposiciones no resultan descartables en absoluto, especialmente la segunda.

La realidad última de las cosas, ya lo he dicho muchas veces, no puede ser presentada abiertamente a las masas. Es como la tramoya de un teatro, que si llega a verse por un momento a través del decorado estropearía definitivamente la función. Solo se puede sugerir a los que tienen todavía los ojos abiertos, lo que supone, no ya un ejercicio de esfuerzo planificado, como el de quien corre ocho kilómetros todos los días, sino una especial capacitación del individuo: es un don. Lo que sí es posible, insisto respecto de sujetos con especiales condiciones para ello, es ayudar a encontrar el significado correcto, a través de hitos mudos, de palabras calladas, de objetos dejados a la vera del camino, aparentemente carentes de importancia, que son, sin embargo señales directas e inequívocas que apuntan hacia el sol radiante de la verdad sin velos, la que suele simbolizarse como una mujer desnuda (como aparece Nicole Kidman en la primera escena de la película, que inmediatamente pasa a negro, eyes wide shut).

Hablé en otro lugar, en uno de esos post en los que dudo y cambio muchas veces el texto antes de clicar el botón de “publicar”, que convendría estudiar más a fondo la historia de la Serenísima República de Venecia, el estado sin el cual resultaría incomprensible la baja Edad Media y el Renacimiento europeo, el reino secularizado de la intriga, las conjuras sangrientas y la inteligencia de Estado que marcó y todavía marca, no nos engañemos, al continente y al mundo entero. Supongo que la recurrente presencia de máscaras venecianas a lo largo de toda la película, y especialmente en la apabullante escena mezcla de orgía, aquelarre o ritual satánico, o tal vez un poco de todo, donde absolutamente todos los presentes las llevan, no significará nada relevante para quien crea que todo aquello de lo que hablo no es más que una sarta de casualidades, excentricidades, esteticismos o fantasías sofisticas, dirigidas a llenar unas cuantas cuartillas y poder así publicar otro post delirante en un blog conspiranoico (otro más). Sin embargo lo dice absolutamente todo a quién sabe ver más allá de las apariencias, que no son tales, puesto que la propia escena tiene una fuerza tan profunda que ni siquiera necesita ser glosada. Y desde luego no será quien escribe quien lo haga, porque no soy tan valiente como Kubrick. Basta mantener los ojos bien abiertos y no dejarse distraer por objetos, estos sí, secundarios, como un supuesto erotismo de la escena, que no existe en absoluto porque las impresionantes mujeres que aparecen por doquier están pasadas por tales trazos de hieratismo y luminotecnia que lo mismo podrían ser estatuas etruscas. Lo que hay que ver es otra cosa. Quienes son los amos del mundo, de donde proceden, quien los dirige, como borran sus huellas, cuáles son sus procedimientos y sus objetivos. Y todo está allí, delante del que todavía puede ver, pero solo durante un breve instante. Luego vuelve la monótona cotidianeidad, esto es, la realidad de orden inferior, con sus miserias. Una obra maestra, digno sello (en sentido musulmán, rubrica final) de un gran Maestro (un poco macabro, eso sí, en ocasiones). Tan solo sobra en la película, desde el principio hasta el final, una persona: el cienciológico Tom Cruise, actor frio y sin carisma que, sin embargo, puede también ser, a su manera, un nuevo acierto de director, puesto que su inexpresivo rostro es el reflejo de los de millones de espectadores que, como él, verán sin comprender, y volverán de nuevo a la triste rutina de sus existencias sin tener siquiera conciencia (salvo tal vez lejana y vaga) del privilegio, desde luego inmerecido, que por un momento fugaz les ha deparado el destino.

Mientras la crisis que comenzó el 2008 (en realidad el 2006) sigue su pavoroso trote, maquilladas sus cicatrices de reciente cirugía (como en otra película grandiosa, Brazil) bajo toneladas de espesa pasta de purpurina preelectoral, y con un nuevo colapso financiero en ciernes, algunos seguimos clamando en desierto sobre sus verdaderas causas, que exigen, no ya de medidas cortoplacistas y cosméticas, sino de poner en marcha un nuevo proyecto civilizatorio para evitar la debacle económica y social. Pero, al menos de momento, todo es inútil. Lo único que nos quedará, tal vez algún día, es un sutil reconocimiento, algo así como ¡vaya, estos locos tenían razón!, pero ni de esto estoy muy seguro.

Pues bien, el hecho de que algunas personas con abundantes posibles y bastante bien informadas estén fijando sus residencias en lugares tan inverosímiles como Nueva Zelanda, los últimos al parecer los Pujol, que por lo visto están en ello a la callada y poco a poco, sin atropellarse, puede también que a algunos no les diga nada, pero a otros, unos pocos, les hablará a las claras de que algo muy fuerte nos aguarda en un futuro próximo e inquietante. Y todo ocurrirá de repente, en un abrir y cerrar de ojos.

Saludos,

Calícrates

domingo, 15 de febrero de 2015

Piedra de toque



Fuente: joyaspiedrasycristales.blogspot.com

Dicen que los antiguos, para conocer la pureza del material de una pieza de metal noble, generalmente oro o plata, utilizaban un instrumento singular: la piedra de toque. Y supongo que tal procedimiento debe también ser aplicable al entarimado político. ¿Queréis la piedra de toque del pacto que se está muñendo en la oscuridad entre PP y PSOE para la próxima legislatura? Pues ni más ni menos que la defenestración de Tomás Gómez.

Recuerdo, cuando escuché la noticia, que enseguida me vino a la cabeza: ¡es por esto! ¿Qué otro sentido tiene una destitución tan arriesgada y fulminante? Gómez no estaba imputado, y no le podía ir en las encuestas mucho peor que a Pdr Snchz. Además la increíble portada subsiguiente de El País (que bajo ha caído este diario) enjabonando la operación no dejaba mucho sitio a la duda. Gómez podía poner en peligro la alianza de salvación del régimen que Franco dejó tan bien atado (he llegado a la conclusión de que incluso dejó redactado un esbozo de la constitución vigente).

Pues bien, mis sospechas se han ido confirmando. Ayer lo insinuaban en El Confidencial, y hoy lo dice abiertamente Beatriz Gimeno en Público. Además Madrid, aparte el carácter simbólico de la capital, está presta a ser escenario de un par de grandes pelotazos: que si un magnate chino que va a construir un remedo de Eurovegas, que si la operación Chamartín,… Y claro, estas cosas dejan mucha tela, y no se puede permitir que caigan en manos de Podemos. Y no porque dicho partido vaya a poner muchos palos en sus ruedas, no seáis ingenuos, sino porque puede adquirir aún más fuelle electoral (dígase claro, liquidez) y poner aún en más aprietos la ya complicada operación de cohabitación (por interés nacional, claro) de los dos partidos dinásticos.

Dicen que el formato elegido será un ejecutivo del PP, con el apoyo explícito y puntual del PSOE en “grandes temas”, es decir, en los negocietes de las aseguradoras, lobbies sanitarios, tiburones financieros y bancos que controlan ambos partidos. No me lo creo. A Pedro Sánchez el enjuague no le sale a cuenta si no es para ser Vicepresidente del Gobierno. Claro, a partir de entonces, es de suponer, las tropelías no serán del calado de lo que hemos padecido estos últimos cuatro años, pues el partido socialista, por muy comprado que esté, no podrá pasar por ciertas ruedas de molino, pues de lo contrario se quitaría la careta y dejaría claro lo que es: el rostro un poco más amable del producto nauseabundo que representa el PP en estado puro. Aunque nunca se sabe, la matemática inexorable de los recursos planetarios no da tregua, y cualquier cosa puede pasar.

Y qué queréis que os diga, he llegado, desde la simple astucia estratégica, a una conclusión sorprendente. ¡Quiero que les salga! Quiero que sigan gobernando, de la manera más precaria posible, a partir del 2016. Veréis.

El declive de la energía neta disponible por la espeluznante sociedad industrial, que es la verdadera causa de la crisis, aboca no a uno, como he visto opinar en ciertos foros, sino a varios colapsos financieros sucesivos, separados por lapsos temporales cada vez más cortos. El primero fue el año 2008, y el próximo, agotados todos los malabarismos de rescates bancarios, intereses cero y quantitative easing, tiene que estar al caer.

Ya os he indicado repetidamente que el dinero no está a salvo en los bancos, porque sencillamente no se encuentra allí. Ha sido succionado por el mecanismo de la deuda, y está en el lugar donde se lo inventaron, puesto que, como imponen las tablas ocultas de las finanzas y la metafísica más elemental, todo debe volver, tarde o temprano, a su origen. Por eso intentan evitar que dispongáis de liquidez, endeudándoos, obligándoos a consumir en forma desaforada y arrastrándoos a productos financieros averiados o de vencimiento diferido (como los finiquitos de la Cospedal). Pues bien, viene marejada, y los acontecimientos se precipitarán, con toda probabilidad a lo largo de la siguiente legislatura. La caldera de la deuda está a punto de reventar, y quiero verla explotar (metafóricamente hablando) en la cara de Rajoy, de Sorayita y de su compinche Pedro Sánchez. Imaginaos como se pondrá la gente con lo que está por venir: echando las muelas. Van a perder hasta el Barrio de Salamanca madrileño. No les votarán ni en Serrano. Hay que dejar que el régimen pierda hasta el último atisbo de legitimidad, hay que tener paciencia.

Es por ello que debe evitarse toda premura en el objetivo de alcanzar cuotas significativas de control institucional antes de tiempo, porque puede tratarse de una emboscada. Aquí Iglesias se equivoca con sus prisas, o finge hacerlo. Mis estudios sobre la Segunda República me llevaron al convencimiento, como ya he indicado en alguna ocasión, de que se trató de una celada, para hacer recaer sobre una estructura política débil, falta de apoyo financiero y debidamente saboteada desde dentro, la responsabilidad de la “guerra civil” (que encima provocaron ellos) y, claro, el nacimiento de las “hordas marxistas” que no fueron sino el inevitable reflejo de la execrable violencia, depravación y cinismo que exhibieron las oligarquías patrias para salvar a cualquier precio sus intereses, con la ayuda inestimable de la Iglesia Católica bendiciendo tales barbaridades. No caigamos otra vez en la trampa: esperad. Dejad que a los Alfonsostrece, a los Primoderiveras, a los Berenguer y demás familia se les pudra el invento en las manos.

Socavad con vuestro voto al régimen corrupto del 78 desde dentro, pero no tengáis prisa, que todo llegará. La declinación de nuestras disponibilidades de hidrocarburos fósiles no permite otro desenlace.

Saludos,

Calícrates