domingo, 10 de mayo de 2015

Exceso de oferta

Fuente: www.tuswallpapergratis.com
Gail Tverberg nuevamente en la diana, con un artículo publicado en su blog el pasado 6 de mayo. Explica por qué, pasado ya el pico del petróleo convencional, el de la energía, y próximamente el de todos los combustibles líquidos, en lugar de escasez hay exceso de oferta de todo (petróleo, mano de obra, capital,…). Y es que muchos estudiosos del Apocalipsis por etapas que vivimos, incluso brillantes expositores del Peak Oil, llegaron a pensar que los límites físicos y energéticos del planeta traerían precios altos y exceso de demanda. Cuando lo que debe ocurrir, en buena praxis monetarista, es lo opuesto: bajos precios y demanda insuficiente. Ocurre, en las condiciones actuales, que los trabajadores no pueden permitirse determinados bienes y servicios, flaquea el consumo y se generan peligrosos excedentes en stock, por lo que los precios bajan.

Claro. Así es como generan la falacia del peak demand.

Por otro lado, y a causa precisamente de la baja demanda, los inversores no encuentran activos que les proporcionen un adecuado retorno de capital, puesto que los precios, desencadenado el jinete destructor de la deflación no dejan de bajar, y en tales condiciones acometer proyectos de inversión resulta descabellado.

Lo que Tverberg no dice, al menos expresamente, hay que leer entre líneas, es que tal operativa está perfectamente planificada.

Veamos cómo. El dato nos lo ofrece (hay que navegar mucho, y en los lugares adecuados) Max Keiser en su programa, cuando entrevista a Satyajit Das, un economista australiano de origen indio, que ofrece muy buenos argumentos sobre el destino de nuestra economía del desatino, adicta a la deuda. Hay que cazar al vuelo, y el indicado señor da mucha información, tal vez incluso demasiada. Tampoco hay que pasarse. Dice que en Foro de Davos de este año, se ha prestado mucha atención a todos esos multimillonarios en busca de refugio, que suelen acabar comprando propiedades en Nueva Zelanda (ya se dijo aquí en un post), y construyen incluso pistas para poder aterrizar con sus aviones privados. El tema es preocupante. No solo porque parecen sospechar que algo va a pasar y por ello ponen a sus personas y capitales a buen recaudo. Es que la elección del lugar es muy curiosa. Os voy a poner los pelos de punta. Nueva Zelanda, por su posición geográfica, es uno de los pocos lugares que quedaría relativamente a salvo, junto a la Patagonia (pero allí hace demasiado frío), de los efectos de un eventual conflicto nuclear mundial a gran escala (ahora toca tragar saliva).

Estos elitistas, según Das, manejan la teoría de que el globo acabará perteneciendo a un grupo de personas muy pequeño (estoy seguro de ello), que controlará al 20 o 30 % de la población, para mantener esclavizada y exangüe de hambre al resto. La idea no es nueva. El especulador Jay Gould ya planteó el brillante y contundente plan de contratar a la mitad de la población para matar a la otra media.

Vivimos, concluye Das, en una depresión dirigida, o en una demolición controlada, añade Keiser. Aquí está la clave. Hace poco escuche, en el mismo programa, que se aludía a un whistleblower (persona que habla más de la cuenta), he perdido la referencia, que decía que sin recortes “acabaríamos como en Rusia”. No se trata de la Rusia actual, sino de la antigua Unión Soviética.

Los recortes, las bajadas de salarios, y la limitación drástica del poder adquisitivo del pueblo llano, permiten controlar el consumo y adaptarlo a las posibilidades de sostenibilidad de los recursos remanentes, que empiezan a enseñar el cartón. Por otra parte, desincentivar la inversión es esencial para evitar que determinados crédulos, que piensan que esta crisis es como las anteriores, acometan proyectos empresariales llamados de partida al fracaso, desviando recursos cada vez más escasos y necesarios en aventuras inútiles.

Están deflactando a idea, y creando, como explico en otro lugar, un doble circuito de distribución del dinero, uno por abajo, para el vulgo corriente, cada vez más escaso, a fin limitar el consumo y ajustarlo al decrecimiento de recursos en ciernes, y otro que circula por arriba, deliberadamente hinchado por las inyecciones de liquidez, que sirve para comprar voluntades, mangonear las políticas internas y externas de los países, hundir los activos propiedad de quien sepa demasiado y hable, devolver al redil a los díscolos (países, colectivos o individuos) que se resisten a nuestro único destino, la dictadura mundial, y en definitiva ejercitar todas las facultades inherentes al poder y al control (y también para jugar al golf en las Seychelles, comprar propiedades de lujo en lugares exóticos o resguardados, como ya se dijo, jugar a quitarse empresas en bolsa los unos a los otros -Wall Street movie- y practicar otras actividades que no relacionaremos pormenorizadamente por encontrarnos en horario de niños).

Es un dinero igual que el otro en esencia, pero completamente diferente en carácter (la diferencia está solo en el titular), que como veis no tiene por objeto principal intercambiar bienes y servicios, por eso no circula y no genera inflación, sino dominar a un mundo esclavizado, que cada vez tendrá que conformarse con menos porción del pastel, porque éste no puede crecer más, y deberán hacerlo con resignación, que puede ser voluntaria o inducida. Casi siempre es del segundo tipo. ¡Ah! Milton, eres como el Mío Cid, ganas batallas, montado en tu brioso corcel, incluso después de pasar a mejor vida.

Cada vez que oigo de la imposibilidad de crecer más sin subir los salarios, de lo absurdo de mantener al sistema en pie a base de deuda, o de la necesidad de incentivar el consumo, esbozo esa suerte de sonrisa ligera que, salvando las distancias, en las buenas películas de misterio, deja ver un hoyuelo gracioso en la comisura de los labios del protagonista. Me digo, tengo delante a alguien que no tiene ni puñetera idea de lo que está pasando. Pero en ocasiones pienso que también puede ser que se sepa mucho, y no se quiera hablar abiertamente. No todos contamos con la ventaja del anonimato. Entonces se dejan ver las incongruencias del sistema, y se espera que el receptor haga el esfuerzo final, y tenga una intuición genial sobre el auténtico propósito de esas políticas aparentemente absurdas (aunque para muchos es pedir demasiado, sobre todo si son economistas). Creo que ésta es la táctica de Keiser, también, seguro, la de Das, y por supuesto la de Gail Tverberg.

Saludos,

Calícrates


viernes, 1 de mayo de 2015

Un silencio muy revelador

es.forwallpaper.com

Dicen que los bancos centrales se mueven sobre un alambre y con una vara de latón en las manos. Y es bien cierto. Lo demuestra el comunicado de la Reserva Federal norteamericana, supuesto Banco Central de Estados Unidos, pero en realidad pool de entidades financieras locales que controlan el dinero, y por tanto la vida política, económica y social del indicado estado, y por ende del mundo entero. Han despachado la reunión de política monetaria de abril sorprendiendo a los que no entienden de que va la película, tras nueve años sin subir los tipos de interés, y más de seis con el precio del dinero congelado prácticamente al 0%. Sí, estimados lectores, las declaraciones altisonantes que debieran haber preparado el alza de tipos prevista para el mes de junio no se encuentra ni entre líneas, por lo que tal evento ya no se producirá, y los pronósticos de nuestros incansables desinformados retrasan el anuncio del repunte para septiembre.

¿Sabéis que? Tampoco me lo creo. Veamos la nueva retahíla de excusas, encontradas ad hoc, que justificarían, que no explicarían, la nueva reculada de la Sra. Yellen, que se sitúa ya en ese inconsistente limbo que separa el humor del patetismo. Al parecer la economía americana, sobre el papel, apenas creció un 0,2 %, por cuatro motivos fundamentales, que se declaran, eso sí, como estrictamente transitorios. A saber: la fortaleza del dólar, la caída del precio del petróleo (que debería ser fantástica pero no lo es para los trileros del fracking), la climatología adversa, y las huelgas en los aeropuertos. Y se añade, tal vez con algo de ingenuidad, especialmente por lo que toca al segundo motivo, que los dos primeros son permanentes, y los dos últimos temporales. ¿Pero no habíamos quedado que todo era transitorio?

Con estos mimbres, y aunque existen vibraciones positivas, provenientes de que los ingresos de los hogares subieron fuertemente los últimos meses (por la antes nefasta bajada del crudo), lo cierto es que el ritmo de creación de empleo se ha moderado, como también el consumo de los hogares, que por mucho que ingresen de más están endeudados hasta las trancas, la inversión empresarial se ha debilitado, por lo mismo, las exportaciones han bajado y la inflación se sitúa por debajo del 2 %, a consecuencia del descenso del precio de la energía y el abaratamiento de los productos importados, otra consecuencia de la revalorización del dólar, que se ha moderado en las últimas semanas.

En definitiva la Sra. Yellen quiere sentirse más cómoda antes de iniciar la denominada “normalización de las condiciones monetarias”, esto es, en un escenario de mayor crecimiento y con unos datos de inflación más próximos al esperado 2 % (la Fed la sitúa ahora por debajo del 1 %).

Hasta aquí la noticia, dentro de la normalidad de lo que podría denominarse “pasto de todo va bien, salpimentado de imprevistos”, para quienes precisan seguir desinformados, que en definitiva la verdad cruda tiene el efecto pernicioso de subir la tensión y provocar desordenes cardiovasculares.

La realidad es que la FED no puede subir los tipos de interés ni en junio ni en septiembre, ni probablemente nunca, de seguir subsistiendo tanto el sistema económico capitalista vigente como la actual política económica de “deuda y hacia delante” que no es sino su última boya de supervivencia. Los motivos son variopintos, pero se pueden resumir rápidamente en dos. Primero porque el crecimiento de los EEUU no es real, es una pirueta contable, y Yellen lo sabe mejor que nadie. El segundo es más trascendente. Si la Fed si sube los tipos, siquiera tímida pero firmemente, se vendrá abajo el castillo de naipes del gigantesco esquema Ponzi en que se han transformado las finanzas occidentales desde 2008, en una huida hacia delante que supone que los ahorristas están subvencionando a los deudores, única forma de mantener en pié un sistema que sigue su rumbo por inercia dando bandazos como un borracho, por haberse tanteado los límites de los recursos materiales y energéticos del planeta.

Plantear una economía que no tiene nada que ver con la realidad física tiene estos problemas. Repetidas veces te ves obligado a aterrizar de emergencia. Y lo que queda. La subida de tipos, anunciada a bombo y platillo desde ya he perdido la cuenta de cuándo, NO SE PRODUCIRÁ NUNCA, o al menos mientras no se recurra a soluciones más drásticas para sacar a la economía mundial de el pozo de donde, por taxativa necesidad, no puede salir.

Tal vez quienes sepan algo de economía y finanzas podrían dar un paso más, y pensar que cuando ya no sea suficiente sostener la viabilidad de la pirámide impagable de deuda afectando a los rendimientos de los tenedores de capital (los no privilegiados, que éstos siempre están a salvo) habrá llegado la hora de dar un paso más, el paso que podríamos denominar de “expolio directo”. Para enmascarar tal particular probablemente se haya de recurrir (esto es provocar) algún evento desastroso, en lo económico, político o militar, de lo que derivará la necesidad de replantear el sistema monetario global, y tal vez ir, como se insinúa con cada vez más fuerza en algunos abrevaderos bien informados, una nueva unidad de cuenta monetaria mundial.

Claro que para entonces, la Sra. Yellen y sus cábalas de mareo de perdiz sobre la siguiente subida de tipos, y la normalización monetaria de unas finanzas que abandonaron toda normalidad hace ya más de un lustro, probablemente ya no se encuentre calentando el mullido sillón que ahora ocupa, y en cambio tal vez se dedique, en su finca campestre, al digno quehacer de cultivar petunias, en un mundo que cada vez se parecerá menos al pasado reciente, y donde la normalidad, y no solo monetaria, habrá pasado a ser un recuerdo.

Saludos,

Calícrates