domingo, 27 de septiembre de 2015

Dos caminos hacia la misma cumbre



www.todopueblos.com

Parafraseando la obra maestra de Ananda Kentish Coomaraswamy, que recomiendo (no es lectura fácil), voy a hacer un formidable ejercicio de dialéctica económica. Os voy a demostrar como nuestro denostado neoliberalismo y lo que se ha dado en llamar, con razón o sin ella, el discurso bolivariano, que sería como un neokeynesianismo pero a lo bestia, pues conducen exactamente al mismo lugar, si bien atravesando paisajes muy diferentes, lo que en todo caso conviene tener muy en cuenta.

He explicado, junto con algunos otros blogs, cada uno en su camino, unos más técnicos, otros de contenido más social, y otros que se atreven a tantear el pulso económico, que esta crisis no es como las demás, y que estamos en un callejón sin salida energético, ecológico y sistémico. El crecimiento no puede continuar, lo que supone que el sistema capitalista debería ser desguazado, en los plazos que diera de sí el limitado abasto de recursos geológicos del planeta que nos son accesibles en términos de lógica económica (esto es, de verdadera rentabilidad, no como el fracking), lo que, en cualquier escenario, no debería demorarse mucho más allá de treinta años.

Pero aquí empiezan los problemas. Gente de copete tiene mucho que perder, así que nació la morralla randiana neoliberal. Ya he explicado muchas veces en que consiste: en dividirnos. Al menos al paquete de abajo, que los de más arriba, de momento, son una piña. Dirigiendo enormes cantidades de liquidez hacia actores privilegiados se genera una falsa ilusión de crecimiento puramente especulativo. Al mismo tiempo, mediante propaganda sebosa debidamente distribuida por políticos y medios apesebrados, se convence, a quien se deja convencer, por andar un poco justo en economía, de que los recortes y sacrificios salariales volverán a reactivar el crecimiento económico, con lo que se consigue deflactar la base del sistema monetario, de forma que nos ponemos todos a competir unos contra otros, y a echarnos la culpa de nuestras penurias, hasta el punto que no escuchamos la risa a mandíbula batiente de quienes tiran de los hilos de tan siniestro teatro de polichinelas.

El resultado es el previsto. Realmente la economía real se estanca o empieza el lento e insoslayable declive, generándose de forma solapada, aunque cada vez más indisimulable, la exclusión social de un número creciente de ciudadanos. Pero los datos oficiales falseados dicen otra cosa, y los que aún tienen trabajo no acaban de notar del todo (ya lo notarán, no tengan cuidado) el terremoto que abre la tierra bajo nuestros pies. Así que, a la espera de un final de crisis que todavía muchos creen posible, y que el sistema alimenta desde sus voceros preferidos, se genera una estabilidad engañosa, y por otra parte, y esto es lo principal se mantiene el valor adquisitivo de la unidad monetaria. Esto puede pareceros algo grandioso, y lo es verdaderamente, pero especialmente, convendréis conmigo, para los que disponen de grandes capitales, que serían los primeros en notar, por pura aritmética porcentual, la depreciación del dinero. Esta es la verdadera razón por la que los bancos centrales, lacayos de los meritados, abominan de la inflación, bestia negra, peluda y peligrosísima, cuyos desmanes conocemos de oídas, porque en Europa occidental, al menos en fechas recientes, apenas la hemos vivido (a salvo situaciones puntuales de inestabilidad política, como los años de la llamada “transición”, aquí en Españistán), dejando aparte en todo caso el experimento económico teledirigido desde Londres de la República de Weimar, del que tanto habría que hablar….

En definitiva huimos atropelladamente de un monstruo que no conocemos. Claro, todo el mundo puede entender que una inflación diaria del 7%, y digo diaria, y cosas así se han llegado a vivir, pues es muy engorrosa. Pero ¿es mucho mejor lo que estamos viendo en los paraísos del neoliberalismo Friedmaniano? Que le pregunten al parado de larga duración que lleva años sin cobrar prestación, que acaba sintiéndose un trasto inservible tirado en el sofá de su casa, si es que tiene sofá y casa. Sencillamente Mario Draghi y sus estabilizaciones monetarias (que consisten una vez más en sacar por abajo lo que se enchufa hacia arriba) le vienen completamente al pairo, y los desvelos del mencionado y sus secuaces encorbatados por el control de la inflación le producen risa, o llanto de rabia, según se mire.

Vayamos a otra forma de hacer las cosas. Fijémonos en la valiente República Bolivariana de Venezuela. Aquí no tienen neoliberales, dichosos ellos, y por tanto le dan a la rueda del dinero, y cada vez más porque, por diversos motivos cuyo examen requeriría de otro post, la producción e ingresos petroleros están en caída libre. Y lo hacen con alegría, y hacia abajo, que se fastidien los acaudalados, como toca. Claro, hay inflación, sí, pero el índice de desempleo está en el 6 por ciento, y en cambio por estos sufridos lares ronda el 25 por ciento. ¡Ya les gustaría a muchos tener un trabajo aún a costa de sufrir una inflación de dos dígitos! Por lo menos saldrían de casa a tener una ocupación digna, por mucho que hubieran luego que salir corriendo a cambiar por habichuelas esos tristes papelajos que pierden enseguida su valor (aumento de la velocidad de circulación que dispara exponencialmente la espiral de la inflación, pero al mismo tiempo incentiva el consumo, y por tanto la inversión productiva).

No, el problema de Venezuela no es la inflación, sino precisamente el miedo que le tienen, que les ha hecho caer en el viejo error de los emperadores romanos de la decadencia, o del mismo Robespierre durante la dictadura del Comité de Salud Pública: el sistema de precios máximos. Supongo que ni a mis avezados lectores, imbuidos de teoría económica, ni tampoco a cualquier persona con cuatro dedos en la frente, les costará mucho comprender por qué la escasez afecta precisamente a los productos regulados. Se dirá que si no se controlan los precios muchos no podrían ni comer, pero ¿no es esto lo que vemos en el primer mundo controlado por Goldman Sachs (armada neoliberal) y nadie pone el grito en el cielo?

Insisto, y quien me haya seguido hasta aquí también lo entenderá, que estamos ante dos caminos que solo aparentemente resultan antitéticos. En realidad la economía no es otra cosa que asignación de recursos, y donde no hay alguien tiene que sufrir la escasez, aunque hay muchos modos de distribuir los sacrificios, nunca lo olvidemos. Puestos a elegir la vía que nos conducirá a la ruina de la medida de valor, y de vuelta al trueque (a muy largo plazo), elegiría viajar en un vagón decente y confortable, diseñado para la comodidad del pasajero, y no en el departamento de las cabras (por mucho que se me diga que esto último resulta más “competitivo”) mientras los que dirigen el tren brindan en primera con champán del bueno.

Entre una sociedad hiperinflacionada con unos índices racionales de desempleo (y recordemos que el sufrimiento psíquico de no sentirte útil es a veces más lacerante que la penuria económica), y otra de moneda de valor estable con decenas de personas cayendo en la exclusión social, personalmente, y lo digo alto y claro, me quedo con la primera. Además, no lo olvidemos nunca, la caída del valor económico, e incluso la desaparición física (poco lamentable) de los grandes patrimonios, supone también, para sus titulares, una enorme pérdida de control político… e influencia social. ¿Me siguen?…

Si lo hacen comprenderán también cual fue el objetivo real de la creación del euro: hacernos perder la capacidad de depreciar nuestra moneda. Lo que unido a la burbuja consciente y deliberadamente diseñada que inauguró su perversa existencia, y que nos mantiene uncidos al yugo del “os lo merecéis”, “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, “los sacrificios os llevarán al crecimiento”, puede hacer que algunos, amantes como quien escribe de las conspiraciones, empiecen a hilar y deshilar una madeja que conduce, sin duda, a nuestro inexorable destino, para conseguir que nos dejen elegir nuestro camino. Lo dicho. ¡Viva Venezuela!

Saludos,

Calícrates

domingo, 13 de septiembre de 2015

Juan Nadie



Fuente: www.monologos.com

Juan Nadie se levanta, como cada mañana, en algún destartalado paisaje urbano industrial (no importa el nombre, todos son muy parecidos), situado en un lugar donde posiblemente antes había bosques, prados de verde hierba y aire limpio, y ahora solo quedan cucarachas, arribistas, cobradores de impuestos, políticos de apariencia (solo apariencia) cavilante y basura, mucha basura.

Juan Nadie, como cada día, antes de acudir al tugurio donde trabaja, va a la panadería a comprar el pan. En su día, antes de renunciar a sus sueños para poder comer, curso estudios de ingeniería industrial, y tiene conocimientos básicos de física teórica. Por eso cuando ve las barras de pan ordenadamente dispuestas en el establecimiento, el horno humeante, no puede dejar de pensar que todo lo que adquiere, de una forma u otra, no es otra cosa que energía, y singularmente petróleo, la materia prima básica a través de la cual el sistema obtiene la mayor parte de la energía primaria implicada en los procesos de producción. Se imagina los campos de trigo cuidadosamente roturados con enormes tractores, las labores de plantación y recolección del grano, el procesado de la harina, el envasado del producto, el transporte hasta el lugar de distribución, el horneado,…

Sí, todo es petróleo, al menos en esta sociedad post industrial donde, por lo visto, deberíamos estar muy felices de vivir, según rezan todos los telediarios. Por eso cuando Juan Nadie desliza al panadero una moneda de un euro para pagar el pan, tiene la impresión de que en realidad está manejando una unidad energética, una unidad de petróleo (en adelante UP), y casi puede sentir, entre los dedos, su tacto viscoso, gomoso, negro, sucio y maloliente. Claro que el tendero no parece tener las mismas sensaciones, coge muy alegre la moneda y devuelve el cambio. Otra vez la extraña sensación de tocar aceite crudo de las profundidades infernales, amplificada por la menudencia y ubicuidad de las fracciones de UP, parcas piezas esmaltadas de falso oro, e incluso de falso cobre.

A las 9:00 horas Juan Nadie llega a la oficina, donde desempeña toscos quehaceres mecánicos de auxiliar administrativo, un siervo más del dictatorial sistema informático al que nutre de datos, que tiene el cinismo de arrancar dándole los buenos días. Una vez más se pregunta si es feliz realizando aquéllas tareas absurdas, de utilidad indefinida, perdón, conocida sí, pero únicamente por esos señores de trajes oscuros que fuman puros y tienen amplios despachos en la parte alta del inmueble, donde cohabitan con el monstruo cibernético que tiene en sus manos el control absoluto del sistema, y que ocupa aún más espacio que los susodichos. Se contesta, claro, que no, bueno que sí, que peor se está en la mina, y una sensación de calor le sube por el pecho al notar la seguridad que le ofrece el sobre cerrado de su nómina, que obra sobre la mesa, mientras piensa en los desgraciados que se hacinan a las puertas del Servicio de Empleo Estatal, todo ello, sin embargo, empañado por una sombra de temor, debido a los sucesivos EREs acometidos en la empresa, facilitados por las reformas del actual partido en el gobierno (al que tuvo la imprudencia de votar pensando que acabaría con la crisis), los que le cogieron muy de cerca, y tal como están las cosas podría caer en el siguiente, aunque ya le han asegurado sus jefes que tal eventualidad no se producirá (nota del traductor, lo mismo dijeron antes de los anteriores expedientes de regulación de empleo).

Mientras agota el café insípido que tiene entre las manos, Juan Nadie mira distraído hacia la calle, aprovechando que el responsable de la sección se encuentra perdido por la casa (dicen que tiene un lío con la secretaria de dirección de uno de los mandamases). Una multitud abigarrada se extiende caótica por las aceras, por el asfalto, por los cafés y establecimientos comerciales; asciende ordenadamente al transporte público, o se sienta al volante mientras habla por el teléfono móvil, mirando con un ojo a la caravana de vehículos, y con otro al tendido por si viene un polizonte. Tristes pensamientos invaden a Juan Nadie. Esta crisis tan extraña, que no acaba de superarse ¿no se deberá a que hay demasiadas personas en el mundo? Mueve la cabeza, como temiendo haber llegado demasiado lejos, pero el hilo mental de sus razonamientos no puede pararse. Hubo otro tiempo, del que sabemos poco (entre otras cosas porque no interesa que se sepa mucho de él) en el cual la gente vivía con menos artificios, y en cualquier momento una epidemia, unas fiebres, una infección de poca monta te podían llevar al otro barrio de un día para otro. Entonces la gente vivía el presente, lo único que existe, porque ninguna nómina les garantizaba el día de mañana, que también podía verse afectado por otras calamidades: una mala cosecha, una guerra, o la arbitrariedad de la autoridad constituida (que, mejor no nos engañemos, no difería gran cosa, en tal particular, de la actualmente vigente). Pero claro, llegaron las “luces”, la “ciencia”, con sus antibióticos, sus TACs, su seguridad social, sus medicamentos de apariencia milagrosa, y la gente empezó a vivir muchos años, aunque fuera una vida arrastrada y miserable, a costa de vivir enchufados a máquinas, de no poder prácticamente ni moverse, e incluso de no conocer a sus más cercanos y no saber ni quienes son ellos mismos. A aquello le llamaron progreso. Y entonces empezaron a poblarse las grandes urbes, eso sí, de personas cada vez de menor interés, más preocupadas de su perfil de Facebook que de las grandes preguntas que debe afrontar un ser humano digno de tal nombre. También se inició una presión salvaje sobre todos los recursos del planeta, de forma que el paisaje natural comenzó a resultar casi una anomalía, que había que proteger confinada en lugares muy concretos, reservas naturales, las que albergaban a los comanches, como si se tratara de una sección de un museo. Las crisis anteriores se debían a motivos estrictamente humanos: conflictos bélicos, abuso del crédito, falta de mano de obra cualificada, escasez de metales preciosos que hacían la función de dinero,… Pero siempre quedaba la esperanza de un mañana mejor, al menos en términos estrictamente materiales, porque el mundo era grande. Ahora parecía tan empequeñecido que podría caber en la pantalla del escritorio, de hecho ¡míralo, allí está!, “hasta luego”…

La algarabía de la hora de marcharse (en Cataluña plegar, como si se tratara de un tenderete) distrae a Juan Nadie de su ensimismamiento. Bueno, también la mirada torva del jefe de sección que ha vuelto de forma inopinada y le ha debido ver perdiendo el tiempo con sus divagaciones. A la calle. Es la hora de adquirir recursos verdaderamente básicos. ¡Qué cara está la vida! Una bolsa de lechuga preparada 1,5 unidades de petróleo (UP). Una pizza envasada, maleada y precocinada 3,5 UP. La ternera, en bandeja de poliuretano sobre plástico, a 14 UP el kilo. Y lo que es peor, el agua (la del grifo es imbebible) a 1,65 UP la garrafa de ocho litros. Por no hablar de otras cosas igualmente necesarias: jabón mediocre a 1,15 UP, y se trata de 750 cl., el detergente del lavavajillas a 4,50 UP, paquete de 26 pastillas (debe tratarse de un número cabalístico), o el desodorante a 3,25 UP un frasco mínimo,… Lo que cuesta ganar una pocas unidades de energía para poder vivir, y lo rápido que se te van. Bueno, peor se está en el Centro de Internamiento de Extranjeros.

Es jueves. Juan Nadie tiene cita el banco. Está harto de vivir de alquiler en un cuchitril, tirando el dinero, cuando puede acceder a la propiedad. Hay que aprovechar el momento, porque un agente inmobiliario amigo le ha dicho que los pisos han bajado ya todo lo que tenían que bajar y empieza la recuperación de ventas y precios. Y Juan Nadie se lo cree, porque es tonto del todo. Así que ha concertado un préstamo hipotecario. Es curioso. Con lo que parece costar ganar las unidades de petróleo que costosamente vienen de Nigeria, Oriente Medio, e incluso de Irán, y resulta que el empleado de la financiera pasa sus dedos por el teclado y ¡zas! 200.000 unidades de petróleo aparecen en la pantalla. ¡Cualquiera diría que las ha sacado de la nada! La estulticia de Juan Nadie no le permite saber que eso es exactamente lo que ha hecho, inventárselas, de forma que él tendrá que trabajar toda su vida para devolver con unidades de petróleo reales las que la financiera acaba de teclear en un mero apunte contable. Se habrá convertido en un esclavo, gracias mecanismo de la deuda, de forma que antes se quedará sin comer que dejar de devolver unas unidades de petróleo que nunca le han prestado realmente, pues de lo contrario perderá su más importante “activo” de inversión, en el que ya lleva metidos tantos y cuantos esfuerzos. Y eso sin contar los impuestos que le quedan por pagar, y no solo en el momento de escriturar la adquisición, sino durante todo el tiempo de titularidad, e incluso en la liquidación, si es que encuentra a algún despistado a quien endosarle el marrón… ¡Y siguen diciendo que el alquiler es un ruina! ¿Para quién? La estupidez humana es indudablemente una gran oportunidad de negocio, pero no precisamente para quien la padece.

Juan Nadie no lo sabe, porque vive en babia. Pero mientras concierta su crédito y el banco le da unas UP que no existen, y no está claro que vayan a existir en el futuro, en el despacho de al lado otro diligente empleado suda tinta para cuadrar el cierre. Este sí que sabe que la crisis no se ha acabado, y que los índices de morosidad continúan disparados. Hay que hacer encaje de bolillos. Es mejor renegociar préstamos a cualquier precio que declararlos incobrables y tener que provisionar. Es evidente que el banco se inventó UP que no acaban de llegar a nuestras refinerías. Pero no hay problema, papá Draghi está en todo y les prestará a interés prácticamente cero lo que necesiten para saldar las cuentas a martillazos. ¿Cómo? Pues inventándose desde su sala de máquinas del BCE otras unidades de petróleo tan irreales como las que en su día prestó la financiera, las que la han llevado a su actual situación de zombi comercial demasiado grande para caer. Además muchas de las UP inventadas fueron a caer en los bolsillos de políticos corruptos que siempre mirarán hacia otro lado.

Así las cosas, y como la economía es una ciencia bastante más complicada y relevante que la que estudia los principios de la termodinámica, Juan Nadie puede salir feliz de su encuentro con los vampiros, sin saber nada de los terribles presagios que se acumulan sobre su inversión, su salario y sus ahorros. La ignorancia es fuerza. Cultivémosla con alegría, elegancia y mimo.

Gracias Juan Nadie, porque pronto volverás a las urnas y volverás a hacer el idiota, por la constancia que manifiestas en tus (inexistentes) convicciones, en fin, por mantener la antorcha que nos ha llevado hasta donde estamos, y hacia donde pronto nos encontraremos, desde el puerto deportivo de Reus (¡pelacanyes!), siempre tuyo,

Calícrates