domingo, 7 de febrero de 2016

Casualidades de la vida



Fuente: paisajesbonitos.net

Amanece, que no es poco, en el lugar de la tierra donde se alumbró una de las invenciones humanas más útiles para llenar cunetas de cadáveres: el concepto de Estado, esto es, la concreción institucional de la vida pública en un cotarro burocrático al servicio de unos cuantos. No sé por qué se asombran de que los catalanes también se lo hayamos pedido a los Reyes Magos.

Si en el mes de julio pasado trabajaba lejos de casa, pues ahora todavía más. De tanto conducir me duele el empeine. En mi lugar de destino, donde ya trabajé hace muchos años, todos me recuerdan, y por mi nombre. Y sin embargo no puedo corresponder a la buena memoria de los que me saludan por los pasillos, aunque sus caras me son familiares. No han cambiado mucho las cosas. Es como si esta larga, inoportuna e inacabable crisis hubiera fosilizado las estructuras institucionales y hubiera obligado a todos a amarrarse a las sillas, a la espera de futuras vacas gordas, zanahoria inapreciable para engañar ilusos.

El trabajo es agotador, gracias a la inestimable ayuda de las últimas sandeces legislativas de este gobierno en funciones, del que lo único bueno que podremos decir es que le hemos sobrevivido. Y para colmo llega la guinda del pastel. Un acto institucional. No es obligatorio, claro, ninguno lo es a priori, pero no acudir sin una excusa apropiada es imposible, te haría caer en el submundo marginal de los raritos. Además vienen los superjefes…

Viernes. Llego al lugar en cuestión, un antiguo cine de una localidad de la costa, que evidentemente no nombraré. El pabellón está bastante lleno. Una joven de la recepción se equivoca al presumir, por la corbata, que soy alguien importante, y decide llevarme a un sitio libre de la primera fila. Que detalle. Y eso que hay bastante público. Juristas y policías, la mejor gente del mundo (ironic mode on).

Una compañera hace una introducción bastante anodina, como suelen ser todas las introducciones vamos. Y empiezan las ponencias. El tema es lo único que tiene, como se dice en catalán, cara y ojos: criminalidad organizada, el tráfico de estupefacientes. Hablan dos sargentos de mossos d’esquadra. Uno de ellos, de apellido donjuanesco, parece que está recitando de corrido un atestado. Se le nota molesto, y que la declamación ante tanta concurrencia excede de sus posibilidades oratorias, y probablemente también formativas. Sería mucho más divertido, parece pensar, un apostadero de cuarenta horas con el móvil bien cargado, para poder tener algo entre las manos.

El otro es muy diferente. Para empezar me desayuno de que tiene un Grado de Criminología. ¡Un policía universitario! ¡Válgame el Cielo! ¡Cuerpo a tierra todo el mundo! Habla muy despacio, se le nota que el catalán no es su lengua materna, pero lo que dice está lleno de buen sentido, y algo más, se adivina que sabría decir mucho más, pero no puede.

Después toma la palabra el compañero jurista, el esperado, con los habituales gestos marciales que deben esperarse de alguien habituado a hablar en público. Lo hace bien, aporta conocimiento y poder de convicción, no en vano son 25 años de profesión. Pero, como suele ser habitual también, demuestra una vez más ese problema que suele afectar a los leguleyos rodados: la autocomplacencia. Está de sobra alguna reconvención de carácter técnico que dirige a los gerifaltes del cuerpo de mossos d’esquadra presentes, casi nominalmente, volviendo la mirada hacia ellos, lo que además no cuadra nada bien con la premisa peloteril, aunque no por ello menos cierta, con la que inicia su largo discurso: que el trabajo policial es el más difícil del mundo.

Lo único que saco en claro de este importante cónclave, dato que desconocía, es la importancia de Guinea Bissau en el tráfico de estupefacientes a nivel mundial. Nuevamente el “Estado”, esta vez en su versión narco, una vez más llevando la miseria moral, el dinero sucio, la corrupción y la delincuencia organizada a la misma puerta de nuestras relucientes casas del primer mundo, mientras estamos viendo “Sálvame”.

Cuando estudias el tema a conciencia comprendes que lo raro hubiera sido que el país en cuestión hubiera tomado otro derrotero, porque los ingredientes para el desastre los tiene todos: infraestructuras destrozadas por una reciente guerra de la que casi no hemos ni oído hablar (1998-1999), empleados públicos que no cobran sus salarios desde hace meses, un territorio que incluye 82 islas del archipiélago Bijagos, con numerosas pistas de aterrizaje de la época colonial fuera de control, una marina con solo dos naves en funcionamiento y una fuerza aérea que existe exclusivamente sobre el papel, porque ni siquiera tiene un helicóptero. Vamos, el amistoso encuentro del hambre y las ganas de comer. Lo raro es que los narcos colombianos no hubieran dado con este paraíso mucho antes. Nos llevamos hipócritamente las manos a la cabeza, pero si estuviéramos en sus condiciones hubiéramos acabado igual.

Al parecer todo empezó en el año 2005, cuando pescadores de la región de Biombo descubrieron un bidón flotando en el agua empujado por la corriente. En su interior había un misterioso polvo blanco. Algunos nativos lo usaron para embadurnarse el rostro, pero sintieron extraños mareos. Otros prefirieron pensar que se trataba de un fertilizante, que acabó, inmisericorde, con sus hortalizas. E incluso hubo quienes lo emplearon para marcar las líneas de un campo de fútbol. Poco tiempo después a este desdichado rincón del África Occidental ya no lo conoce ni la madre que lo parió. ¿Y sabéis cómo terminará todo esto? Con una rápida intervención “humanitaria”, más o menos solapada, de la “comunidad internacional”, pero no para acabar con este estado de cosas, que va, sino para controlar mejor sus réditos.

Acaba el emotivo acto institucional. Y queda la comida. Me dan vahídos de pensarlo. Saludo a los mandamases y simulo que hablo por el móvil para no dar muchas explicaciones mientras me llego al parquing. En el comedor del hotel procuro alejarme de la mesa principal, y también de la que copan mis compañeros donde, por otra parte, tampoco queda mucho sitio. No tengo ganas de que me amarguen la pitanza con el artículo 324 de la ley de enjuiciamiento criminal. Me refugio al fondo, junto con la sufrida fuerza pública, y alguien me invita a sentarme en la silla más incómoda. Un acierto pleno. Sin darme cuenta me he ubicado junto al conferenciante policía culto. Nuestros mutuos estudios de criminología nos ponen enseguida en sintonía. Además noto que es, como quien escribe, un gran conspiranoico, lo que para unos es casi una injuria, y para otros un piropo para referirse a quien ve más allá de la montura de sus narices.

Intento sacarle información sobre las alusiones que ha hecho en la conferencia a diversas informaciones provenientes de “inteligencia”. Contesta, en principio, con un discurso muy técnico, aunque pronto deja entrever que entiende que aquello a lo que se refiere sobrepasa, con mucho, lo meramente policial, que no constituye, en definitiva, sino su coartada y tapadera. Voy al grano, y le digo claramente que la lucha contra las drogas en un cuento, y que tanto ellos como otros profesionales dedicados al particular no son otra cosa que comparsas que coadyuvan inconscientemente en la buena marcha del negocio, al elevar el precio del producto y acabar con la competencia no deseada. Que si de verdad quisieran acabar con dicha lacra bastaría con controlar, no ya a las bandas y los traficantes, sino las fábricas de los productos necesarios para el tratamiento y destilación del estupefaciente: precursores, solventes, reductores y catalizadores. Me sonríe y coincide al cien por cien. Me dice que el discurso oficial es el que es, y que hay cosas de las que es mejor no hablar. Evidentemente quien compra mil litros de acetona no tiene intención de esmaltarse las uñas. Pero por alguna razón no se utiliza apenas esta vía en la investigación. Se queja de los escasos medios con los que cuenta. A un confidente tan solo le puede ofrecer quinientos euros, mientras que otras organizaciones policiales ofrecen retiros dorados en Martinica. Me cuenta episodios de colaboración con la DEA americana y sus particulares métodos. Dice que en el comiso de materiales te dejan que te lleves la droga, pero siempre se quedan con el dinero. La pista del vil metal, que nos conduce a los manidos paraísos fiscales y a que, en definitiva, el tráfico de drogas sirve para mantener debidamente engrasada la estructura financiera del mundo occidental, y nadie en sus cabales va a acabar con el lucrativo negocio del lavado de fondos oscuros, porque sería lo mismo que quitarle el tapón a una bañera con la que nos dispusiéramos a cruzar un océano turbulento. Quedamos para vernos en Tarragona, donde viven sus suegros, y seguir departiendo sobre otros temas conspirativos poco aptos para una mesa institucional.

Sí estimados todos, la pista del dinero, la única fiable. Muchas veces, hablando del tema de la energía, del petróleo, de la Tasa de Retorno Energético, del iceberg con el que chocó el sistema narcocapitalista en que vivimos el año 2005, cuando a los pozos convencionales se les empezó a ver el fondo, no nos damos cuenta de que, independientemente de la causa última de nuestras tribulaciones, al final lo que contará es la cantidad y el valor real de esos números que nos llegan a la cuenta corriente, y que no son otra cosa que la energía útil de la que individual o colectivamente se nos permite disponer. Los recortes, las bajadas de salarios, la inflación solapada, la corrupción desmadrada, no son otra cosa que un aviso, de que los tiempos están cambiando, y de que si queremos vivir como antes nos veremos obligados, en la propia lógica del sistema, a comerle el terreno a dentelladas a nuestros competidores internacionales, sociales y profesionales.

Podemos y debemos rebelarnos, buscar un muy difícil cambio de operativo social, que solo se conseguirá a muy largo plazo, y que puede que acabe en una dirección muy distinta de la que todos esperamos, pero nunca debemos perder de vista que mientras juguemos con las reglas de los que reparten las cartas de la baraja corremos el riesgo de convertirnos en lo que, sin pretenderlo, es nuestro aparato policial y judicial: un soberbio activo inmaterial para los que manejan los grandes tráficos internacionales, y lo que es peor, para los que los amparan desde ciertas salas enmoquetadas de la tramoya política e institucional. Como me dijo, en la parte no desvelada, mi interlocutor en la comida: no te engañes, el Chapo, en definitiva, no es más que un peón. Ya lo suponía.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. No estamos enterados de lo que ocurre. Y lo que con frecuencia nos venden como error es tan solo la consecuencia del método.

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