martes, 7 de junio de 2016

Grease is the word


 
Fuente: Grease Paramount Pictures
Una de las pocas cosas verdaderamente útiles que tiene el mundo moderno es el cine. Ciertas realidades no pueden expresarse directamente con palabras, de forma lineal. Los antiguos lo hacían recurriendo a historias ejemplares, las famosas parábolas. Pero no se contaba con medios, salvo el boca a boca, para hacer llegar tales relatos a quienes tenían oídos para escucharlos, y menos aún para asegurar su transcripción completa y no distorsionada, al menos en sus elementos más esenciales. De vez en cuando, alguien revelaba el verdadero sentido de una de estas parábolas, y entonces ocurría que a todos parecía que les hubieran quitado una venda que les cubría los ojos.

El séptimo arte, y más desde la difusión de internet, nos permite tener a un código de  imágenes y diálogos accesible a todos, que en algunas ocasiones, eso sí pocas, contienen enseñanzas de enorme profundidad intelectual, en el verdadero sentido de este término, que excede en mucho de la simple razón (para el razonamiento estricto no haría falta aparato tan sofisticado).

He utilizado películas que considero auténticas joyas, por la profundidad de su simbolismo, y también alguna otra que acierta, pero no por el verdadero conocimiento de sus guionistas sino por simple intuición (a veces no sabes si quien escribe el libreto es verdaderamente consciente de la simbología que vehicula). Y os voy a hablar de una más.

Comprendo que reivindicar Grease como una película profunda pueda parecer, ab initio, una suerte de chiste sin gracia, pero su éxito continuado, no solamente en su versión cinematográfica sino también teatral, en la que tiene sus orígenes, durante más de treinta años, y el carácter mítico adquirido por la película, no habrían sido posibles si no contuviera algo muy diferente de lo que pudiera indicar su apariencia banal. Y añadiré que, en este caso, creo que la versión cinematográfica es superior a la teatral, por contener elementos específicos, ahora veremos, que no pueden ser en absoluto casuales, y que demuestran que alguien quiso contarnos mucho más de lo que parece a primera vista.

Lo primero que hay que decir es que, contrariamente a lo que escuché hace muchos años opinar a un crítico cinematográfico (el típico experto), en el sentido de que en Grease es una película donde de principio a fin sobra un hombre, John Travolta, he ido descubriendo que es todo lo contrario, pues el mencionado fue un activo colaborador en el rodaje, ya que se sabía de memoria el libreto original por haberlo interpretado en teatro desde los 17 años (sí como lo oís, y no hacía de protagonista sino del personaje de Doody), así que todo el mundo recurría a él para efectuar el relleno del guion. Además, fue también él quien convenció a Olivia Newton – John para aceptar su papel, otro gran acierto como veremos.

Influenciado por el experto antedicho (son muy peligrosos) pensé durante mucho tiempo que Grease había sido una consecuencia del éxito de su anterior película, como una secuela a la que se vio arrastrado. Y sin embargo ahora me doy cuenta de que no fue así en absoluto. Desde el principio fue Grease la película que Travolta quiso hacer, pues a ella dedicó sus primeros esfuerzos como actor, y ahora creo que si accedió a protagonizar el bodrio absurdo, inmoral y sin sentido de Saturday Night Fever (tan solo salvado por sus dotes de bailarín y la música de los Bee Gees) fue para poder realizar el sueño de ver su obra adorada en el celuloide (de hecho fue contratado prácticamente a la vez para ambos papeles, pues el uno suponía el otro). Tan solo le sobró un tanto de ego, al no ceder la canción Greased Lighting a su compañero Kenickie (era suya al inicio, y es lógico porque también lo era el coche en cuestión), lo que, aparte del juicio que pueda hacerse del particular, demuestra una vez más quien hacía y deshacía durante el rodaje, aunque dudo que fuera el cienciólogo Travolta quien dotó a la película de sus elementos más profundos. Era un simple buen obrero que, al menos en tal ocasión, y por pura experiencia, conocía su oficio. ¿Quién fue entonces? Puede que el director, Randal Kleiser, a quien no gustaba, con gran criterio, el final del guion, la canción You are the one that I want, pero nunca lo sabremos a ciencia cierta, y tal vez sea mejor así.

Claro que Grease no solo enseña muchas cosas provechosas, también, si te fijas atentamente, revela las marrullerías que desde el lenguaje visual sirven para generar determinados pensamientos y asociaciones. Observad esta imagen.


Cuando veis a este ángel cantar una de las baladas de amor más bonitas que jamás se hayan compuesto, pura poesía incluso traducida (supongo que el mío no es el primer corazón roto, ni mis ojos los primeros que lloran), es posible que no os deis cuenta de que en la caja de botellas que tiene detrás, con una grafía borrosa, dice textualmente Pepsi Cola (la patrocinadora del filme), aunque os aseguro que vuestro sistema límbico sí lo detecta. Así es como diariamente, y hoy más que hace treinta y tantos años, los ingenieros sociales (los únicos realmente interesantes) susurran a vuestro subconsciente a diario aquello de lo que os quieren convencer. Y aunque algunas técnicas, muy burdas, inicialmente empleadas, como la introducción de un fotograma fijo, han sido prohibidas (en un episodio del mítico Colombo se recurre a tal método para coger al culpable) siempre quedan otras que no por sutiles son menos efectivas. Lo que acabo de decir puede ser útil para interpretar lo que sigue, puesto que tales “artificios” pueden utilizarse incluso en contra de los propios manipuladores, para poner a disposición de los que sepan apreciarlo, información que normalmente debe permanecer oculta. Todo es una cuestión de conocimiento y oportunidad. Fijaos ahora en esta imagen.


¿Por qué resulta tan atractiva esta pareja? ¿Por qué son relativamente jóvenes y guapos? No puede ser solo por eso. ¿Por qué son muy distintos? Tampoco, si la pareja de Sandy fuera oriental o de raza negra no sentiríamos lo mismo, y sin necesidad de prejuicios raciales. Ocurre, simplemente, que un occidental nativo, pese al lastre de algunos siglos de “modernidad”, reconoce aun vagamente algunas señas de identidad del origen de su cultura, e intuye en una pareja formada de un joven de inequívoco aspecto italiano (su padre era nada menos que siciliano), y una chica inocente, rubia y de clarísimos rasgos germánicos (tiene ascendencia alemana y checa), la esencia y el resumen de lo que fueron las señas de identidad de la vieja Europa, cuando aún era depositaria de una Tradición auténtica, y podía legítimamente llamarse Civilización, con mayúscula. Aquí la película, con enorme acierto, se desvía notoriamente, y de propósito, del libreto teatral, donde ambos componentes de la pareja son de origen eslavo (lo que aún se adivina en el incongruente apellido Suko).

Retrocedamos un poco en el tiempo del devenir humano, y de la película. Cuando os cuentan que un personaje histórico que reinaba en grandes extensiones de la península ibérica, podía ser, a la vez, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, probablemente no entendáis mucho, o penséis que se trata de una broma pesada de aquellos “atrasados” medievales. Sin embargo, quien sabe escarbar adecuadamente, encuentra una estructura social muy diferente de la que surgió de las revoluciones y el “nacionalismo” (que no por ser utilizable con propósitos económicos deja de ser una sandez, eso sí, sea cual sea su procedencia).

Europa Occidental, tras las grandes invasiones, siempre fue esencialmente alemana. Pero al mismo tiempo incorporaba un elemento de vertebración, poco entendible hoy en día, ligado a lo Sagrado (los reyes recibían el Óleo), y que provenía evidentemente del sur, que vio nacer y triunfar la religión cristiana, de la que luego se apropió parcialmente el poder político para sus específicas finalidades. Por cierto que la existencia de una doble vía de legitimación, la del poder temporal, ligado al Imperio Germánico, y la de la autoridad espiritual, a la Iglesia Romana, evidencia que en algún otro lugar, probablemente en Oriente y fuera de Europa, existió algún elemento que las unificaba. Las Cruzadas, cuya verdadera finalidad nunca estuvo totalmente clara, la institución Templaria, y el mítico reino de Preste Juan hacen pensar que efectivamente así fue.

Hay que tener en cuenta, y ya lo he explicado con enorme tiento en algún otro lugar, que el sur de Europa, la península italiana, escondió durante muchos siglos ciertos “residuos” provenientes de épocas anteriores, y notoriamente hostiles a la naciente Civilización Europea, que conveniente ocultos esperaron su momento para entrar en la historia.

Todos oímos, de muy pequeños, un cuento aparentemente anodino, Caperucita Roja. Sin embargo éste, como otros cuentos infantiles, aun recopilados por autores posteriores conocidos, eran muy antiguas historias, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, y que contienen, no ya solo enseñanzas profundas, sino incluso revelaciones proféticas. ¿Parece que me estoy alejando del tema principal, la película Grease? Solo en apariencia. ¿Queréis ver a Caperucita y al Lobo Feroz? Pues aquí los tenéis.


Es, en realidad, la escena central de la película, y no solo por su ubicación, sino porque es cuando se produce la primera y más auténtica reconciliación. Es donde ella (el alma germánica, el elemento vital de la vieja Europa), aun conociendo el carácter de Lobo del pandillero grasiento (greaser), no puede evitar caer en sus garras, porque evidentemente, incluso las adorables Princesas no pueden escapar del todo a su destino manifiesto. En realidad, aunque otra cosa piensen los que han estudiado disciplinas un tanto áridas, todo está escrito, y Sandy irá con el pandillero al baile, esto es, al ciclo de manifestación, donde se desarrolla el drama y la comedia de uno de los infinitos mundos que conforman la Posibilidad Universal.


De momento todo va bien. Fijaos en el impecable vestido blanco de Sandy. Parece una novia, y en cierta manera lo es. Pero pronto llegarán días fríos. Mirad que ocurre al fondo de la escena. La influencia corruptora de las “fuerzas” a las que anteriormente, y con mucho cuidado, he hecho referencia, se adivina en los diálogos iniciales (tal vez haya dos de nosotros, dice Suko en el original inglés la noche de la hoguera) y aparece definitivamente algo más adelantado el metraje, simbolizada en la caída de Travolta en la tela de araña de Cha Cha di Gregorio (su antigua novia, “la que tiene peor reputación”), al final del baile.

¿Quién es esa chica?, había preguntado Sandy. Solo una chica que conozco, eso es todo. ¿Dónde la conociste? Es una vieja amiga de la familia. Es difícil, para quien sabe algo de la historia real de Occidente, no quedarse boquiabierto ante la profundidad de las preguntas, y ante la claridad de las respuestas, aunque unas y otras puedan, inicialmente, parecer, respectivamente, superficiales y consecuencia de los inevitables celos, las primeras, y equívocas las segundas. Nada de eso. En realidad Travolta, contestando la segunda pregunta, dice una gran verdad, como suelen salir éstas casi siempre, esto es, bajo una apariencia absolutamente frívola.

Pero Sandy es inteligente, y termina por comprender que su más que amigo “sureño” guarda un terrible secreto. “Creo que Cha Cha y tú fuisteis novios” (salisteis juntos, en la versión original inglesa). Danny termina reconociendo (¿por qué habría de tener tanta importancia?) que estuvieron juntos, en el pasado. Lo que no evita, al final, que su pareja acabe lanzándole su anillo (símbolo de la Alianza), tras propinarle un severo golpe bajo con la puerta del vehículo. Aparentemente todo ha vuelto al punto de partida, si tal cosa fuera posible. Pero la historia es como las partidas de bolos, hay un momento en que la suerte está echada. Ya solo queda esperar el resultado.

Llegados a estas altura de la narración puede que haya quien siga creyendo que Grease es una mamonada para adolescentes, aderezada por melodías pegadizas y un lenguaje vulgar (el ideal para desorientar a los que solo ven la superficie de las cosas). Reconozco que para demostrar otra cosa solo dispongo de prueba indiciaria, aunque casi toda apunta en la misma dirección. De todas formas, aconsejo que se analice una escena concreta, casi al final de la película, que permite discernir, a las claras, que alguien continuaba empeñado en introducir imágenes de gran valor simbólico, por encima incluso de los imperativos del guion, a espaldas de quienes participaban en el rodaje y creían estar interpretando un musical intrascendente.

Tras la carrera del canal, remedo un poco estrafalario de Ben Hur, Sandy comprende que se podrán decir muchas cosas de su novio intermitente, pero que al menos es un valiente. Observad que no es su victoria lo que la atrae, no está especialmente contenta por el resultado, sino su coraje al sustituir a su amigo que, evidentemente, está asustado y no quiere correr. Aquí ella se autocontesta una pregunta que se hace al principio de la película: que ha visto, en realidad, en Danny Suko. Entonces viene a buscarla su amiga Frenchy, y ambas salen de la escena por un lugar aparentemente absurdo.

En efecto, Sandy ha llegado desde arriba, y se ha situado bajo una torreta de electricidad (una suerte de palco). Sin embargo, sale con su amiga en dirección opuesta, encaminándose al fondo del asqueroso canal (en sentido literal, el director contrajo una infección rodando) donde ha tenido lugar la carrera. Parece que vaya a manchar las zapatillas primorosamente blancas que se acaba de calzar, pero de pronto se observa un puentecillo de tablas, como dispuesto ex profeso para ella, por dónde atraviesa la corriente (¿a que no os habías fijado?). Se puede argumentar que la casa de Frenchy, hacia donde se dirigen, queda en esa dirección. Sin embargo el cine, como la vida, no admiten tantos razonamientos. La escena es, evidentemente, deliberada (habría sido más fácil resolver la secuencia por la parte superior, quedándose ella pensativa mirando un momento hacia abajo), y está absolutamente cargada de un simbolismo tan apabullante que no me atrevo ni a comentarla. Aconsejo verla dejando la mente en blanco.


La película se debe a su origen, y debe terminar como termina. Es sugerente que, respecto de la pareja protagonista, cada uno intenta acercarse al otro. En cualquier caso, lo de  menos es el final, porque lo principal ya está contado, y con cierto detalle. Tengo que decir que siempre preferiré esta Sandy, más arriba, a la que sale después, tal vez porque soy un romántico, aunque de todas formas, una vez más, conviene no perderse en las apariencias. El hecho de que la protagonista femenina baje al fondo de estercolero, pero sin chapotear en la mugre (como hacen todos un momento antes), es muy significativo, y hace concebir elementos de esperanza. Los juncos del camino enseñan que hay que dejarse zarandear por el viento para no ser derribado por el temporal. Solo el Quijote se dedicaba al absurdo arte de acometer molinos. La aceptación exterior de ciertas actitudes puede estar justificada por la conveniencia, y no puede afectarnos si conservamos internamente nuestras convicciones.

Además todo lo que se nos da no puede quedar en el limbo de lo posible. La “caída”, en términos teológicos, es inevitable, y su profundidad fija la “medida” de la manifestación. Los talentos se nos entregan, a cada cual sus sus necesidades, para ser usados y aunque para ello, muchas veces, haya que atravesar los oscuros cenagales de la existencia, descender a lo más bajo, para poder atisbar lo que está más allá de las palabras. Es por eso que, a pesar de su aspecto peludo, grasiento y pestilente, el Lobo Feroz del mundo moderno, y las ocultas manos que lo acunan, deben tener un sentido. En otro caso nunca habrían llegado a existir.

Hay que añadir que a este Lobo, cualquiera que sea la imagen que nos hagamos de él, le queda poco tiempo para completar sus planes (que, sin duda, los tiene). La grasa mineral que ha dado origen al mundo moderno empieza a ofrecer signos de agotamiento. La labor de infiltración de las instituciones más sagradas que aún se conservan de épocas pretéritas debe acelerarse (recordemos que el Lobo engaña a Caperucita haciéndose pasar por su “abuelita”, a pesar de que su aspecto grotesco no termina de convencerla). Sin duda nos esperan tiempos interesantes, lo que para el dicho chino es una maldición, aunque puede que también, con los ojos bien abiertos, constituya un privilegio.

Saludos,

Calícrates