sábado, 9 de julio de 2016

Leap Year

Fuente: Leap Year Universal Studios


Como muchos estáis de vacaciones, aunque no es mi caso, y la actualidad política, geológica y, sobre todo, financiera, de momento, no ofrecen grandes novedades, me tomaré la libertad de comentar otra película inolvidable. Leap year, año bisiesto (año del salto), cuya traducción al castellano aquí en Españistán me ahorraré de mencionar, por puro asco (¿por qué no se ciñen un poco a los títulos originales?).

Como siempre que un filme es honesto consigo mismo, limpio y genuinamente simbólico, la crítica “experta” procedió al desguace controlado de la cinta, sin, claro, tomarse un solo minuto para comprenderla. A pesar de lo cual recaudó quince millones de dólares más de lo que costó (ya les gustaría a otras), y se nota en páginas especializadas que sube enteros conforme pasa el tiempo y muchos la descubren. A mí me pasó hace menos de un mes, a pesar de la cantidad de cine que veo. Y es que a veces las propias críticas interesadas nos alejan de lo que tiene valor, como una suerte de profecía autocumplida. Adelanto que acabará siendo película de culto, aun sabiendo el riesgo que asumo con tal afirmación. Añado, además, que observo que algunos elementos de una película española de gran éxito, algo posterior, ocho apellidos vascos, están inspirados en aquélla (sacar a un personaje de su ambiente habitual, el beso “forzado”, la banda sonora,…).

Y es que, seamos un poco serios, se trata de una cinta relativamente larga, de 100 minutos, aunque carece de tramas secundarias, y que, a pesar de su longitud te atrapa la atención casi inmediatamente, consiguiendo intrigarte con su acción perfectamente hilvanada y su ritmo cadencioso y bien estructurado, de forma que tu interés por la suerte de los personajes va in crescendo, y no te deja apartarte de ella hasta el mismísimo final. ¿Se puede pedir algo  más a una obra cinematográfica? Si además, como veremos, contiene elementos dignos de meditación, pues llegas a la conclusión de que o bien existe una conspiración, entre otras muchas, contra nuestro buen gusto, o simplemente se intentó deliberadamente parar la carrera profesional, definitivamente lanzada, de Amy Adams, una actriz que provenía del cine independiente, y que consiguió abrirse camino, a través de papeles secundarios, por su indudable mérito artístico.

Y es que algunos reproches ácidos sobre la película de la que hablo son muy curiosos. Alguno dice que la película es un refrito de otra inglesa de ¡1945!, I know where I’m going, sí justo lo que queremos ver, celuloide rancio. Aunque así fuera, que no lo es, sin perjuicio de que ninguna obra puede ser siempre perfectamente original, pues anda que no hemos visto filmes mediocres, inspirados en películas antiguas, eso sí, controlados por el establishment hollywoodiense, que no merecieron tanto acoso y derribo, al menos con un argumento tan peregrino.

Otras críticas vienen de "expertos" cinematográficos, a los que ya sabemos el caso que hay que hacer, o muestran un prejuicio visible para todos, menos para el propio “opinador”, que sin darse cuenta revela lo más íntimo de su personalidad, y de paso hace un rato el ridículo. Recuerdo una de un blog en especial. Ponían a bajar de un burro a la protagonista femenina, Amy Adams, y dejaban en solfa el pretendido carácter “profundo” de la película, pues bajo la apariencia de un definitivo cambio personal, de lo único que cambiaba la susodicha era de novio, de uno que, decía el post en cuestión, nadie querría ni de saldo, a otro más guapo que, por lo visto, es el único que salva el metraje. Increíble. Y eso que lo firmaba una mujer, que suelen analizar con más detenimiento las cosas antes de lanzar a los cuatro vientos opiniones, como poco, temerarias.

En realidad es todo lo contrario de lo que “opina” mi docta bloguera. El protagonista masculino fue, desde el principio, basta darse un paseo por la red, el enemigo oculto de la película. La razón es que se había dado a conocer rodando un bodrio previsible y superficial llamado Chasing Liberty, que no llega a la película que comento ni a la altura no ya del tacón sino de la suela, y se equivocó pensando que Leap Year era muy semejante, y un remedo malo de la anterior, cuando, como más adelante veremos, pese a lo que muestre la apariencia, se parecían como un escarabajo a un mandril.

Además, con una actitud muy poco profesional, el Sr. Goode, como perfecto inglés, no se ha recatado en sus críticas a la cinta, diciendo que siempre supo que la película no funcionaría, porque el guion no lo merecía, e incluso abonando la tesis de algunos descerebrados que llegan a opinar que fue la peor película del año 2010. Primero no se puede hacer eso cuando has trabajado para unos productores por una importante suma de dinero, a los que, como mínimo, debes lealtad. Y segundo, si era así ¿por qué aceptaste el trabajo? El mismo actor se retrata diciendo que, uno, por dinero, y dos, porque estaba cerca de casa y así podía ir a ver a su novia, con la que acababa de ser padre, todos los fines de semana. Por lo menos es sincero. Ignoro si es tan guapo como opina la bloguera a la que he hecho antes referencia, porque de hombres no sé nada, pero lo que sí está claro es que su interpretación es la más floja de la cinta. Actúa con desgana, pese a que su personaje, absolutamente cínico, estrafalario, reservado y falto de empatía, lo podría interpretar uno de los vigilantes de seguridad del edificio donde trabajo, sin preparación previa, y sin tan siquiera ducharse antes, a fin de quitarse un poco el aroma corporal. Cuando un guion no te gusta se te nota, actúas sin convicción, y para eso mejor que te quedes en tu casa con tu novia y tu bebé. Y si al final no lo haces, por lo menos deja de tocar las narices. De todas maneras, hay que decir que, dado el especial “carácter” del protagonista masculino, su abulia no llega a tener efectos catastróficos sobre la cinta, y solo sirve para que alguna bloguera desorientada pueda decir alguna que otra incongruencia.

Aquí, para distinguirme de la meritada, reconoceré abiertamente una cosa: nunca se habrá visto una Amy Adams como en esta película, esto lo reconocen incluso los detractores del filme. Ni en los bodrios Disney que protagonizó (mucho mejor recibidos por la “sana” crítica), ni en ninguna otra película suya anterior o posterior. Hace su personaje, un tanto estrambótico, absolutamente creíble, nunca sobreactúa y parece una mujer diferente de una escena a otra, con solo cambiar de peinado, sin dejar de ser absolutamente preciosa, aunque procuraré que tal opinión, totalmente personal, no sesgue mis comentarios sobre la película. Es su destreza personal, y lo austero del guion, lo que hace de la película una comedia romántica, aunque con más de romanticismo que de comedia, que, a pesar de su carácter, en ningún momento llega a ser empalagosa o relamida, lo que, teniendo en cuenta los antecedentes del cine americano, la hace prácticamente única en su género.

Además, existe un dato objetivo que no engaña: las fechas de contratación de quienes participaron en la película son elocuentes, y te indican quien creyó en la obra desde el principio, y quienes se subieron después a remolque. Amy Adams y el director Anand Tucker fueron el alma del filme, sobre un excelente guion original (ameno incluso de leer, te ayuda a entender la película) de Harry Elfont y Deborah Kaplan. Sin dejar de hablar de la otra gran protagonista del filme, la propia Irlanda, cuyo paisaje, y la excelente fotografía de Newton Thomas Sigel, nos fascina durante todo el metraje.

Además el director recurre a un recurso muy singular, pocas veces utilizado tan correctamente en la historia del séptimo arte: el paisaje cambia con los propios sentimientos que experimentan los personajes. Al principio es extremadamente duro y arisco, y según se aproximan a Dublin, y los protagonistas se van acercando, se torna más suave, hasta llegar a la escena final, que llamaría del “fin del mundo”, donde se desbordan las fuerzas de la naturaleza, y de la que todavía no quiero hablar, porque merece, como se dice vulgarmente, “darle de comer aparte”, dada su tremenda fuerza visual, ayudada por una banda sonora espectacular, y que muestra, una vez más, el carácter único de la película, y la genialidad del director y los exterioristas.

Pero lo que más nos interesa de la película, en razón a la temática de este blog, es su estructura, mérito casi exclusivo de los guionistas. Tres elementos:

- anticipación premonitoria. Uno de los recursos de la ficción cinematográfica consiste en que  un personaje, principal o secundario, relate una historia aparentemente anodina, que después resulta ser un resumen anticipatorio de todo lo que ocurrirá a continuación. En la película, cuando la pareja protagonista sube al castillo de Ballycarbery, el inexpresivo Declan le cuenta a Anna la leyenda del lugar, que no es sino lo dicho, una anticipación, casi literal, de lo que va a suceder en el resto del metraje. El espectador, claro, no sabe nada, y solo recuerda la historia cuando todo ha terminado. Puede, sin embargo que, alguno muy espabilado, pocos, lo capte, aunque sin imaginarse el alcance real del relato. Y la verdad es que las pistas son muchas, porque la propia protagonista femenina, cuando Declan acaba su historia, se pone tensa y le acusa de estar intentando seducirla (reconducir lo narrado en realidad).

¿A qué viene todo esto? Desde hace al menos ocho años muchos blogs, páginas web, y personas comprometidas, algunas de cierta relevancia en sus respectivas profesiones, están explicando el origen real de esta crisis que no se acaba, y que es lo que nos depara el porvenir, incluso a corto plazo. Tales esfuerzos se ven permanentemente torpedeados por la maquinaria “informativa” del sistema, que los silencia o les concede un espacio marginal en el capítulo de lo “curioso”. Muchos solo se darán cuenta de que les han estado recitando de memoria el angustioso cuadro de su próximo futuro cuando sea demasiado tarde y la película esté a punto de terminar. Algunos ni siquiera lo sabrán cuando baje el telón. Seguirán pensando que fueron los terroristas, los políticos corruptos, o los banqueros insaciables los culpables de la situación.

- centralidad, no me canso de decir, una y otra vez, que toda estructura coherente, un ser viviente, una piedra, una obra literaria, incluso un escrito de acusación penal, mucho más una película, necesita un centro, un lugar del que todo parte y al que todo debe regresar. Tal centro puede concebirse de forma simultánea o sucesiva. Si lo primero, se puede observar como la realidad en cuestión evoluciona a su alrededor, no siempre de forma simétrica. Si lo segundo, el centro supone el punto en el que se rompe el equilibrio inestable que supone toda manifestación cíclica, y a partir del cual, al principio de forma imperceptible, ya nada es igual.

El centro de la película que examinamos, es la escena del beso, un clásico en youtube y una de las piezas más logradas que jamás se hayan registrado en la historia del cine. Para los que no la hayan visto, Anna y Declan se alojan en una posada, y deben simular que están casados, dadas las profundas convicciones religiosas de la posadera. Durante la cena, los anfitriones se besan, y también una pareja de ardientes italianos, que, según el libreto original, recorren Irlanda en bicicleta. Animado por el vino y el ambiente festivo, el posadero le dice a Declan que bese a su mujer. Inicialmente éste le da un beso tímido en la mejilla. El posadero insiste. Que son jóvenes y enamorados y se les nota. Que la bese de verdad. Están acorralados. A partir de aquí lo que viene lo tiene desperdicio. Ella recibe inicialmente el beso fríamente, casi en estado de shock, pero al momento todo cambia, hasta el punto que debe ser Declan quien la pare. Luego ella intenta disimular su turbación tomando el vaso de vino y llevándose instintivamente la mano al corazón. Decir que tal situación “central”, en la ficción como en la vida real, nunca es del todo sorpresiva, y suele verse precedida de diversos indicios que, eso sí, solo los muy avisados son capaces de interpretar debidamente. En la película, poco antes de la escena relatada, Declan se ofrece para hacer la cena, apuntándose un gran tanto al ganarse a la posadera. Anna le felicita y se queda embobada mirándolo, cuando él no la observa, hasta el punto de darse de bruces con una puerta. Es increíble el lenguaje del cine. La película perfecta debería poder prescindir de las palabras, pues la imagen dice mucho más, y más rápido, de lo que se puede expresar verbalmente.

Después del beso el viaje sigue, pero la actitud de ambos, sobre todo de ella, cambia de forma radical. Hay otra escena muy elocuente. Anna y Declan se ven obligados a dormir juntos. Son muy curiosas las posiciones defensivas que ella adopta cuando recibe a Declan en su cama, con un codo sobre el edredón, primero, y ambos sobre el pecho, tumbada, después. Sin embargo no tiene nada que temer. El caballero Diarmuid no tocará a su dama Grainne, por respeto a su compromiso, al menos hasta que no lleguen a un lugar imposible, de extraña belleza, del que aún no es momento de hablar. Tras muchas vicisitudes, cuando cogen un autobús para Dublin, Anna se queda dormida sobre el hombro de Declan, mientras suena una canción muy elocuente, Only love can break your heart, que dice literalmente: What if your world should fall apart?

Sin embargo Anna no consigue romper el hielo impenetrable del irlandés hasta la despedida en el hotel. Allí, pese a que necesita el dinero para salvar su posada, Declan comprende que no puede cobrarle a Anna las cantidades (desorbitadas) que, en broma o en serio, tenían comprometidas. El viaje mismo ha sido la recompensa. Es el momento de separarse y Declan pierde, por fin, la compostura, pero es demasiado tarde. Aparece el novio de Anna. Es curioso observar cómo, después de una semana buscando desesperadamente encontrarse con él, cuando lo ve casi ni se inmuta, pues está esperando anhelante las palabras que Declan, finalmente, no tiene tiempo de pronunciar.

Aparentemente todo ha terminado, y Anna debe volver a Boston con Jeremy, que por fin le pide que se case con él. De todas formas tampoco importa demasiado. Ella ya no es la misma. La arquitectura climática, geológica y humana de la mítica e impredecible Irlanda la ha desbordado y derrotado, la ha roto por dentro. Empieza a sospechar que es inútil intentar controlarlo todo, que la vida tiene que fluir, y que a veces hay que dar sin esperar recibir nada a cambio. Una conversación trivial, y una situación que antes de su viaje habría aceptado sin pestañear, la hace inmediatamente derrumbarse y descubrir la inmensa superficialidad en la que vive. Tal vez no necesite un marido cardiólogo que solo le pide matrimonio para poder comprar un piso en un lugar exclusivo, sino algo y alguien diferente que la saque de su ensimismamiento, incluso por las bravas, y le permita cuestionarse de forma permanente a sí misma y a la realidad que la circunda, que nunca será sino un reflejo de su propio estado interior. Vamos, lo que tuvo, brevemente, en Irlanda, y ha perdido.

Nuestra alocada carrera económica a ninguna parte, bajo la engañosa batuta neoliberal, hace tiempo que anuncia un “centro”, un acontecimiento traumático e impredecible que cambiará, de una vez para siempre, nuestra percepción del mundo, y dará buena cuenta de nuestra vulnerabilidad, de nuestra dependencia de un mundo limitado al que, como el resto de las especies que habitan el planeta, debemos aprender a adaptarnos, y respetar sus reglas. Tal acontecimiento, es evidente, será financiero, y deberá ser súbito, puesto que el continuo enmascaramiento interesado, por parte de los responsables públicos y en aras de una supuesta “sensatez”, de nuestra delicada situación, nos abocan a un desenlace traumático. Las finanzas, aunque muchos no lo entiendan, no reflejan otra cosa que nuestra disponibilidad presente y futura de los recursos físicos que precisamos. La evidencia de que hemos llegado a los límites del crecimiento, y por tanto de la creación de numerario de la nada, solo puede conducir a un colapso inopinado, cuyo rumor de fondo se siente cada vez más cerca. Tal situación, que por razones obvias nunca será públicamente desvelada hasta que sea indisimulable a través del endeudamiento imposible o los intereses negativos, quebrantará la fe de todos en un sistema que hasta entonces parecía insumergible, y también hará perder, especialmente a muchos que se creían invulnerables, hasta la camisa. No surgirá de la nada. El amago de colapso del año 2008 fue un elocuente aviso, pese a no ser más que un pálido reflejo de lo que ocurrirá, porque por entonces aún se disponía de importantes artificios para parar los evidentes síntomas de desintegración del sistema, pero ya no queda ninguno. Y lo cierto es que las llamadas de alerta de los escasos medios e individuos honestos no se escatiman, a diario, aunque hay quien prefiere escuchar los cantos de sirena de los que tienen todo que perder de una posible anticipación del resultado, que son precisamente los que más se están preparando para su llegada. Y es que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

- apoteosis final, decíamos que Anna, definitivamente, entiende, como llega a decir textualmente, que había llegado a tener todo lo que quería, y nada de lo que realmente necesitaba. Pero aprender a vivir con el corazón puede ser muy duro, al menos para principiantes. Exige una cambio de perspectiva muy difícil de asumir para quien está habituado al análisis extremo y el cálculo interesado, un verdadero salto al vacío. Mirad si no el trompazo inicial que se pega Anna en la película cuando vuelve, por sorpresa, a la posada de Declan, lo que la lleva a un aparente callejón sin salida, a un lugar remoto donde no se puede ir más allá, un abismo insondable donde ruge un viento fiero y rompen olas gigantes, los acantilados de las Islas Aran, donde cada minuto el sol parece tener una tonalidad diferente, el “fin de la tierra”, el lugar límite que se levanta en las fronteras de lo conocido. Tal es la “noche oscura del alma” que se ve obligado a cruzar quien emprende un camino diferente a los que nos enseña el mundo lineal creado por la mente.

Pero el corazón, que no es la ubicación de la sentimentalidad pacata, sino de la Inteligencia y el acercamiento holístico a la realidad, el verdadero Centro del ser humano integral, siempre da frutos, y mucho más abundantes y duraderos que la razón, incluso a corto plazo. Observad como Anna, tras su ofrecimiento, aparentemente ilógico, a Declan de no hacer planes y dejar que las cosas evolucionen (sin reservas, ni condiciones) tras un momento inicial de incertidumbre recibe mucho más de lo que espera, y lo único que realmente ha precisado siempre, un promesa de amor inmediata y genuina, no basada en convenciones o estrategias. ¿Es esto una película poco profunda, Sra. bloguera? ¿De veras que la protagonista solo ha cambiado de novio? ¿Tiraría Vd. por la borda una vida de lujo para recorrer tres mil millas y declararse, sin condiciones, a un individuo enigmático, que no se sabe cómo va a responder, simplemente llevada por una intuición? Como mínimo debe reconocerme que hace falta mucho valor, y también una carencia absoluta de ego, que la protagonista muestra, y aquí está la grandeza del personaje, incluso cuando se encuentra totalmente perdida en su complicada vida bostoniana, atrapada por una red de necesidades autocreadas. Tal rasgo de carácter, que la lleva otra vez a Irlanda, su lugar de “origen” (otro elemento simbólico importante), será el que definitivamente la salvará, porque en realidad, y pese a las apariencias, nada cambia, y los acontecimientos que parecen acosarnos exteriormente solo buscan hacer la luz sobre lo que ya llevamos en nuestro interior, lo que siempre hemos sido y nunca podremos dejar de ser.

Nuestra absurda civilización industrial hace ya mucho tiempo que se encuentra inmersa en lo que quiere, y absolutamente huérfana de lo que verdaderamente necesita. Si las cosas pudieran permanecer así indefinidamente, dentro de lo absurdo de la situación, aun sería soportable. El problema es que, llegados a los límites del mundo físico, indefectiblemente pronto empezaremos a perder lo que, desde nuestra absoluta inconsciencia, queremos, y a observar que carecemos de lo que verdaderamente necesitamos. Tal vez no sea necesario cambiar de móvil cada año, tener el último Ipad salido al mercado, y viajar a la Riviera Maya, sino garantizar a las generaciones venideras un futuro sostenible, poder respirar aire puro, disfrutar de la naturaleza en una tarde soleada, o comer alimentos saludables, dignos de su nombre. Tal vez nos hayamos perdido en el camino, y nos encaminemos, imperturbables, al lugar del “fin del mundo”. En cualquier caso no es éste un punto donde se precise ser más claro. Aún queda un rato de película, y los que ahora vivimos probablemente no lleguemos a verlo. Por otra parte, además, lo verán muy pocos, y ya no en sentido figurado, sino estrictamente matemático. En cualquier caso es posible que, de entre estos escasos privilegiados, los que se atrevan a acercarse y mirar fijamente al abismo, sin pestañear, como hace Anna de Boston en la película, puede que se encuentren, como le ocurre a ella, con una grata sorpresa.

Saludos cordiales,

Calícrates