lunes, 5 de septiembre de 2016

Pride and Prejudice

Pride and Prejudice 2005. Universal Studios



Va a parecer que escribo un blog sobre crítica cinematográfica, más que sobre el tema de que se trata, y bastante grave, como es la absoluta insostenibilidad material del sistema económico y de gestión de recursos en que nos encontramos sumidos. Sin embargo, como las cosas siguen en un impasse recalcitrante, y no solo político, tal vez la calma que precede a las más terribles tormentas, pues me dedicaré a comentar otra película que, como es habitual, me permitirá una reflexión final.

Aunque no lo parezca, es bastante difícil que una cinta me “embruje”, esto es, que tenga que verla una media de tres veces al día hasta que se me pasa, como cuando te enamoras perdidamente de una mujer bonita. Y sin embargo últimamente me sucede con bastante frecuencia (lo primero no lo segundo). Me ocurrió con Leap Year, el pasado junio y me volvió a ocurrir hace escasamente dos semanas, con otra película de género completamente diverso.

También debo decir que aunque mis interpretaciones “simbólicas” de ciertas escenas puedan a algunos parecer rebuscadas y artificiosas, no lo son en absoluto, pues por circunstancias personales de mi vida, de las que evidentemente nunca he hablado en post alguno, cuento, digamos con la “formación” adecuada para hacer consideraciones como las que formulo, que, como todo en la vida, requiere, ciertamente, de ciertas predisposiciones personales, aunque éstas de nada sirven si sólo quedan ahí y no son debidamente pautadas y desarrolladas.

Algunos “conocimientos” que fueron habituales en épocas pretéritas (convenientemente denigradas), y actualmente no reconocidos como tales por nuestros sesudos programas académicos, por exceder de los estrechos cauces de lo que actualmente se entiende como “ciencia”, pueden, aunque resulte increíble, llegar a constituir disciplinas tan “exactas” como la que lleva este paradójico nombre, aunque desde luego por caminos no “lineales” apartados de la operativa artificiosa y pacata de la mera “razón” humana, instrumento interesante para aprender a cortar puerros (habilidades puramente prácticas) pero que de nada sirve para enfrentar las más profundas cuestiones vitales que un ser humano, que merezca el nombre, no puede menos que plantearse.

El caso es que si hace un mes me hubieran dicho que una película basada en una novela de Jane Austen iba a causarme tanta impresión me hubiera reído hasta hacerme daño en la mandíbula. Aquí, como le advierten a la protagonista de la película que voy a comentar, y como le acaba sucediendo, conviene tener cuidado, no vaya a ser que lo que desprecias termine desbordándote, y tengas que acabar mordiéndote la lengua.

La versión de Orgullo y Perjuicio del año 2005, del director inglés Joe Wright (¿que habrá en Inglaterra que nos depara de lo mejor y de lo peor?) es absolutamente sublime, tanto por la calidad de las interpretaciones, la ambientación, banda sonora, la estructura de la trama, el casting, la fotografía, el encuadre y, claro, sobre todo, la profundidad de lo que pretende explicarnos, que excede, de mucho, de los ya meritorios mimbres de la novela en que se basa. Hasta el último milímetro de la cinta está “pesado, contado y medido”, nada tiene desperdicio. Pero es que, además, resulta increíble que se hayan podido mover de manera tan magistral a tantos actores. Algunas escenas son realmente multitudinarias, e incluso en ellas cada detalle, siquiera apartado y lejano, no deja de tener sentido y de estar absolutamente cuidado (me refiero básica, pero no únicamente, a las escenas de los bailes).

La clave de la película está convenientemente escondida para quien no es capaz de comprender, aunque resulta absolutamente diáfana al que sabe donde hay que buscar, hasta el punto de que, cuando eso ocurre, te golpea de tal manera en la testuz que puede hacerte caer de espaldas. Se trata de la primera estatua que observa la protagonista, Elizabeth Bennett, en la casa de Darcy (escena absolutamente original de la película, que no se encuentra en la novela ni en la versión de la BBC de 1995). Es una obra de Raffaelle Monti, por cierto posterior a la época en que se desarrolla la trama, que lleva el nombre de “Virgen Vestal Velada”, absolutamente impresionante (el mármol sobre el rostro de la sacerdotisa parece transparente). Al contemplarla empiezas a comprender que es lo que verdaderamente ha ocurrido en la escena central (otra vez el Centro) de la película, a la que luego me referiré, lo que te obliga a “volver hacia atrás” para verla de nuevo, interesante lección vital pues, en efecto, aunque el pasado pueda determinar en cierta forma el futuro, no es menos cierto que acontecimientos por venir pueden cambiar radicalmente nuestra perspectiva sobre ciertos sucesos del pasado.

Pero empecemos por el principio. Inglaterra, la base del Reino Unido, es un lugar muy curioso, donde se ha padecido mucho, y no solo por el pueblo llano, y que solo milagrosamente consiguió generar una personalidad propia, consecuencia de préstamos de todas las culturas de Europa (como su mismo idioma que tiene un doble vocabulario germánico y romance), y que ha conseguido convertir lo que debía haber sido una sopa de letras ilegible en una cultura propia con una personalidad inagotable. Allí, de siempre, incluso actualmente, aunque no lo parezca, la jerarquización social es inapelable. El que manda, manda. La “nobleza” sin embargo, tiene un origen variopinto, que para facilitar la comprensión podemos dividir, artificiosamente, en tres categorías, todas las cuales se encuentran perfectamente dibujadas en la película de la que hablamos.

En primer término, existe una “nobleza” baja, la más antigua, de origen céltico o, más específicamente “romano”. Es a esta a la que pertenece la familia que centra la historia de la cinta, la formada por el matrimonio Bennett (de Benedictus), que intenta mantener las formas de su posición social, pero a la que sus escasos recursos obligan a encargarse casi directamente de las faenas del campo, y que, por la misma razón, no consigue casar a su descendencia, todas mujeres, nada menos que cinco. Con estos datos, observad el magnífico casting de la protagonista principal, la hija segunda de la familia, Elizabeth Bennett, aguda e inteligente, lectora incansable, la favorita de su padre que no quiere separarse de ella, una mujer morena de profundos ojos oscuros (no parece inglesa y lo es incluso en la vida real), una belleza “romana” a la que la cámara sigue desde los primeros compases de la cinta, y cuyas tribulaciones, consecuencia de su carácter perspicaz, voluntarioso y testarudo, la conducirán, como no podía ser menos, a un auténtico callejón sin salida, del que sólo la sacará la mano invisible, pero firme, de la providencia.

Las vírgenes vestales son, claro, además de ella, sus hermanas. Observad en la escena después el primer baile como habla en el lecho con su hermana Jane, su confidente, y ambas tienen la sábana sobre la cabeza (cubierta como las sacerdotisas de Vesta). Ambas se prometen que solo se casarán por amor, y no guiadas por la conveniencia (conservarán el Fuego Sagrado), a pesar de lo precario de su situación económica.

Existe en el país una segunda nobleza, que podíamos llamar intermedia, de origen sajón, representada por el Sr. Bingley, presunto pretendiente de la referida hija mayor Jane Bennett, y por su perniciosa hermana Caroline. Observad que ambos tienen un aspecto mucho más nórdico. Pero, en cualquier caso, debéis saber, que la verdadera nobleza, la de toda la vida, desde tiempos de Guillermo el Conquistador, los que poseen las propiedades más extensas, los castillos más esplendorosos, y las rentas más boyantes, es la de origen normando, fácilmente reconocible por sus apellidos franceses. Es a esta nobleza “desmesurada”, por decirlo de alguna manera, a la que pertenece el protagonista masculino, el Sr. Darcy (de D’Arcy), dueño de la mitad de Derbyshire (la mitad miserable según Elizabeth), y especialmente su tía, la imperativa y despótica Catherine de Bourgh.

La película insinúa que Elizabeth, la sacerdotisa romana, y el poderoso normando Sr. Darcy se atraen inmediatamente, aunque él, debido a su talante, le cuesta darse cuenta. Es la hermana de Bingley, que también quiere atraer a Darcy, la que en una maniobra poco meditada (paseando con Elizabeth por la habitación con aire majestuoso) consigue lo que quiere, pero en la dirección equivocada. Darcy queda prendado del porte de la vestal, lo que apenas se adivina cuando mantiene la mirada hacia donde ella acaba de dirigirse (y donde ya no está).

Unos momentos antes tiene lugar la anticipación profética de la película, que anuncia la impresionante escena central. Darcy, hablando con la hermana de Bingley, recita y hace recitar el vademecum de lo que debe ser la mujer perfecta, la que él busca, extremadamente exigente, añadiendo que sólo conoce a unas seis damas que se acerquen a tales requerimientos, uno de los cuales es que cultive su intelecto mediante la constante lectura. Elizabeth cierra de golpe el libro que tiene entre las manos (la Letra Sagrada), y le dice que le parece raro que conozca al menos seis mujeres que se acerquen a tal ideal, pues no debería conocer a ninguna, ya que nunca ha visto una mujer así, y de llegar a existir el encuentro con ella podría ser terrible (“fearsome”).

Pronto se hará realidad tal premonición, y Darcy se dará cuenta de los terribles castigos que merece quien sorprende a la sacerdotisa de Vesta en su diligente cuidado del Fuego Sagrado. En efecto, el poderoso normando acude a la residencia de su tía, la aún más poderosa Catherine de Bourgh, que habita un impresionante castillo, donde, por diversas circunstancias, largas de meritar, Elizabeth ha sido invitada, con el solo objetivo de declararle su amor que, como le ocurre a los que constriñen reiteradamente sus emociones, se ha salido de su cauce y convertido en un torrente irrefrenable.

La escena que sigue es absolutamente irrepetible, y original de la película. No tiene nada que ver con lo que sucede en la novela y destila un simbolismo desbordante y digno de meditación que procuraré desvelar, en la medida de lo posible. Antes de lo cual, y para los que no se encuentren habituados al pensamiento simbólico, decir que el acto de “cruzar un puente” tiene un significado muy profundo, especialmente en la antigua Tradición romana (recordemos que el Papa es el Pontifex Maximus, un título que ya llevaban los antiguos emperadores). También que las sacerdotisas de Vesta llevaban un velo, que sólo se quitaban en la intimidad de sus aposentos, u oficiando en el recinto del Templo. Sorprender a una sacerdotisa sin velo, o profanar el recinto sagrado era considerado un acto sacrílego.

Pues bien. Elizabeth, en teoría, ha dejado de interesarse por Darcy a causa de una extraña historia (rigurosamente falsa) que le cuenta un teniente que se ha criado con él (aquí se equivoca ella). Pero es que además, mientras escuchan un sermón muy divertido en una iglesia, un coronel amigo de Darcy le revela que éste ha inducido a su amigo Bingley a rechazar a su hermana, por no creerla adecuada para él (aquí se equivoca él).

Despechada por lo que acaba de descubrir Elizabeth sale de la iglesia, atraviesa un puente (se aproxima un cambio de estado) llega a un curioso templete circular (el Templo de Vesta), se quita un pañuelo que lleva en el cuello (retira el velo) e intenta serenarse. Entonces aparece Darcy, ajeno a lo que sucede, le manifiesta sus sentimientos y le pide la mano. Evidentemente es rechazado, y con extrema virulencia. Los motivos “exteriores” de tal rechazo son realmente lo de menos, la letra que mata el Espíritu. En realidad se ha producido una “profanación”, en el sentido más literal del término (ved el susto que ella se lleva al verlo cuando cree estar sola), y el culpable debe ser castigado con severas penas. Elizabeth Bennett, la guardiana del Fuego Sagrado, sólo se casará por amor. Rechazará a cualquier hombre que le sea indiferente (ya lo ha hecho), y también, evidentemente, a aquél para el que sólo tiene odio, por su talante altanero y su aparente desprecio por los sentimientos de los demás,... Aunque en esta ocasión ocurre algo extraño. En lo más duro del combate dialéctico los labios de ambos se aproximan, y parecen anhelar besarse... La escena es tan brutal que no merece más comentario. Hay que verla.

Lo que quiero deciros, una vez más, es que algunas películas (muy pocas), como esta, de forma absolutamente deliberada, contienen alegorías (si lo que expresan no excede del mundo psíquico), o símbolos (si van más allá). Cuando se trata del segundo caso, como el que nos ocupa, es indiferente que el espectador sea consciente de lo que se expone, porque el símbolo, que es aformal, se dirige inmediatamente a lo más profundo de la conciencia, su lugar de origen, donde deja su impronta. Aunque, evidentemente, es siempre más fructífero verlo.

También es posible que una alegoría, legítima en su lugar, pretenda ser un símbolo (hacerse pasar por lo que no es). Entonces nos encontraremos ante un “diábolo”, fenómeno bastante más frecuente de lo que pudiera parecer en nuestra vigente cultura eminentemente visual. En fin no sé si lo que acabo de decir aportará más o menos oscuridad a lo que digo. Pero sigamos.

El caso es que Darcy, para el que la sacerdotisa de Vesta ha proferido la maldición de los "dioses" (cualesquiera que pensemos puedan ser las consecuencias, siempre muy reales), y deberá penar para salir del enredo en que su inconsciencia y desconocimiento de las leyes (exactas) del universo cosmogónico le ha conducido, intentando enderezar los dos reproches que Elizabeth le ha realizado, tarea que se antoja extremadamente difícil.

Pero entonces la casualidad (que nunca existe) juega a la vestal (que tampoco anda muy fina en alguna de sus consideraciones) una mala pasada. Durante un viaje con sus tíos tienen un problema con el carruaje justo junto al castillo de la familia Darcy, un impresionante edificio que se refleja en un lago límpido (lo que también tiene un simbolismo profundo en el que no me puedo detener). Sus tíos, claro, aprovechando el infortunio, quieren visitar la propiedad, que se encuentra abierta a visitantes. Ella, por razones obvias, no quiere ir, pero termina cediendo. Al fin y al cabo Darcy siempre está en Londres.

Cuando Elizabeth entra en Pemberly queda absolutamente fascinada. Es allí donde ve la estatua de la Vestal en la que se reconoce a sí misma, otra de Aquiles retirándose la saeta del talón (Darcy sufriendo las consecuencias de su imprudencia). También más adelante, una figura pequeña, que casi no se ve, con gorro frigio, a Jano, el dios de los misterios romano, el lago... Escucha la melodía que acompaña la cinta desde su inicio, que la lleva a una habitación donde una joven rubia toca con gran destreza. Entonces aparece Darcy, que abraza a la intérprete, y ambos descubren que Elizabeth les está observando.

Grave problema para la vestal, tocada de un primoroso peinado prerrafaelista. Debe huir, porque ahora es ella la que ha sido sorprendida en flagrante sacrilegio (violando la intimidad de Darcy), no tiene explicaciones (o muy forzadas) para justificar su presencia en el lugar, y no quiere que piense que está jugando con él. Sin embargo Darcy la llama, y la trata muy amablemente. Al día siguiente le presenta a su hermana, Georgiana, que la recibe con igual afecto.

Lo que sigue no es más que la historia, de todo punto esperada, del gradual, elocuente y muy clamoroso derrumbe de Elizabeth Bennett, a quien las circunstancias hacen comprender que, como le dice el pendón de su hermana pequeña, a veces resulta más altanera incluso que el poderoso normando que la pretendió (es lo que tiene ser sacerdotisa). Lo dicho también contiene una profunda enseñanza. Es necesario escuchar también al loco, que entre sus desvaríos puede soltar una gran verdad. A veces el personaje más superficial y anodino puede ser el que te saque, sin pretenderlo, del más profundo de tus errores. Y por otra parte es posible, incluso probable, que el más malvado, del que nada deberías esperar, sea el que más te ayude a salir del agujero que tú mismo te has cavado, si eres lo suficientemente perspicaz. Pronto lo veremos.

El caso es que, como es bien sabido, al final resulta que Elizabeth, a través de Darcy, arregla la boda de dos de sus hermanas y salva a la familia, que resulta bendecida (Bennett, en catalán la palabra es muy parecida) por la providencia. Pero se queda sola, y pensando junto a un árbol enorme (alegoría de la magnitud de su problema) que se merece el triste destino que le ha deparado su ceguera. Pero entonces los hados se conjuran abiertamente para favorecerla (en realidad siempre lo han hecho, aunque ella no se dejaba), utilizando, es importante, para ello al personaje que el espectador poco avisado menos podría esperarse: la despótica tía de Fitzwilliam Darcy, Catherine de Bourg.

La meritada, desde los torreones de su fabuloso castillo, ha escuchado alguna campana sobre lo ocurrido entre su sobrino y Elizabeth (estas cosas se acaban sabiendo por mucha tierra que les eches), y viene a oir de labios de la vestal que se trata de un rumor sin fundamento y, en caso contrario, a amedrentarla para que renuncie a cualquier veleidad que no estaría en correspondencia con su posición social.

La escena que sigue es también proverbial. Elizabeth, en un rasgo de inusitada lucidez, comprende que aquel siniestro personaje, aquel monstruo de soberbia y desdén por sus semejantes que viene a atropellarla es un problema, pero también una gran oportunidad, la última con la que cuenta para hacer saber a Darcy (que se va a Londres al día siguiente) que se le ha caído la venda de los ojos y sus sentimientos han cambiado radicalmente.

Observad la extraordinaria inteligencia de Elizabeth, su gesto mientras conversa con la gran señora, con la cabeza baja, pero sin ceder ni un ápice, llevándola constantemente a su terreno, y diciendo solo lo que le quiere decir, sin mentir en ningún momento. La suerte está echada. La ofuscación de la Sra. de Bourgh puede llevarla a cometer el error que Elisabeth espera, hablar de lo sucedido con su sobrino, que sabrá entender muy bien lo que de verdad le ha dicho entre gestos y palabras. Al fin y al cabo ella tiene toda la información, y la prepotente dama normanda una parte muy exigua. Solo queda esperar.

Sin embargo el trance resulta muy duro para la vestal, que ha tenido que enfrentarse a cara descubierta con quien representa el poder absoluto, llegando a echar a la gran señora de su casa (cuanto mayor sea el desaire, más posibilidades de que muerda la carnada). Acabado el encuentro, Elizabeth, la hermana serena y razonable, la sacerdotisa de Vesta, completamente desbordada por los acontecimientos y su propio estado anímico, pierde por primera vez en su vida los papeles delante de su familia, en cumplimiento de una vieja profecía de su hermana Jane (“someone will catch your eye and then you’ll have to watch your tongue”).

Entrada la noche Elizabeth se levanta, pues no puede dormir. Sale fuera. Raya el alba. Casi no se puede ver, pero al final de un arroyo junto al que camina, entre la maleza, hay un puente, otro, que atraviesa. Ya sabemos sobre el tema. Algo importante va a suceder. Entonces ve a Darcy, que viene de lejos. Su tía, en efecto, en su absoluta inconsciencia (cavando su propia fosa), le ha contado lo ocurrido, lo que le ha echo concebir esperanzas que antes a duras penas se permitía. Le dice que sus sentimientos no han cambiado, que le ha embrujado en cuerpo y alma (los dos mundos formales), pero que una palabra de ella lo callará para siempre. Y ella, ahora, no dice nada (la Palabra no se pronuncia, el Silencio siempre supera la expresión formal), le mira fijamente y lo acepta. En ese momento sale el sol. Las manos de Darcy no volverán a estar frías. Ha accedido al recinto del Fuego Sagrado.

Poco se puede añadir un argumento tan contundente. Cada cual crea lo que quiera, incluso que divago. Es evidente que el director de una película que contenga lo que acabo de relatar no va a dar cuenta de sus verdaderas intenciones, ni siquiera a los actores principales. El que vea entienda, si puede. Grande es, reitero, el poder del Silencio, también utilizado por la vestal Elizabeth que no cuenta que se le ha declarado uno de los hombres más ricos de Inglaterra ni siquiera a su hermana Jane (lo que sí hace en la novela). Todo lo que es real, y permanece en un lugar oculto, no tarda en manifestarse con enorme fuerza. Por eso debemos observar constantemente lo que rebosa el “vaso” de nuestro corazón, porque tarde o temprano desbordará y delatará lo que llevamos en nuestro interior.

El Silencio, la confidencialidad, el Secreto, es el poder oculto que siempre han utilizado los hombres poderosos, en cualquier tiempo, mucho más en los actuales, para salvaguardar sus propósitos y hacer cumplir sus designios. Nunca he sido anarquista libertario. Siempre he pensado que cualquier sociedad organizada necesita élites, y de hecho nunca se ha conocido ninguna que no las tuviera y durara mucho tiempo. Lo asambleario queda muy bonito, pero es muy poco efectivo y fácilmente manipulable, con lo que siempre conduce al caos. El problema de estas élites a las que me refiero es que tienen que ser verdaderas, y en los calorosos días que actualmente se levantan son completamente falsas, basadas únicamente en el poder de adquisición, control y coerción del dinero, a su vez obtenido a través de negocios ilícitos, de coimas fraudulentas, de servir fielmente a los que se lo inventan y tienen que hambrear países para que no se note nuestra escasez de recursos y dependencia de recursos finitos, o de tener el padre adecuado en el lugar preciso para aprobar oposiciones a un cargo supuestamente funcionarial que es el único del planeta que cobra con IVA por sus servicios.

Siempre ha sido el dinero poderoso caballero, pero observad que en el pasado el numerario estaba basado en algo real. Las rentas. Lo que producían tus propiedades rústicas y te permitían vivir en Londres a todo trapo. Observad como la riqueza de cada uno de los protagonistas de la película se cifra en sus rentas, pero rentas básicamente agrarias, las que resultan del arriendo o dominio directo de las tierras de sus señoríos: 10.000 libras, 5.000 libras… Entonces el dinero, sin ser nunca otra cosa que la representación de la riqueza, todavía tenía un cierto sentido. Actualmente, dependiendo de máquinas hasta para producir lo más básico, el alimento, con muchos propietarios rurales arruinados, el dinero no es más que una ficción que determina la distribución de los recursos que producen ingenios mecánicos desprovistos de razón, movidos por unos combustibles fósiles, o sucedáneos energéticos, que constituyen única verdadera fuente de poder real.

Por eso las “élites” actuales son mucho más corruptas que nunca. Nada comparado con los pobres diablos del siglo XVIII, que recorrían el mundo con sus carruajes para enamorarse de damas de menor alcurnia, alguna de las cuales resultaba ser una sacerdotisa de Vesta. No. Ahora no se enamoran de nadie, más que de sí mismos. Solo necesitan generarnos la necesidad permanente del dinero que ellos producen, desconectado de cualquier riqueza real que no sea la anteriormente expuesta, y mantenernos permanentemente al borde de la subsistencia, o distraídos con nuevos artilugios mecánicos que aspiramos a poseer, y que nos llevan a una nueva carrera por trabajar más, ser más esclavos que nunca, o enfrentarnos con el vecino para saquearlo en aras a la manida “competitividad”. Ni siquiera necesitan del mecanismo de la deuda. ¿Para qué? Draghi puede inventarse otro tanto de lo impagado mañana por la mañana antes de desayunar. Y mientras tales cantidades de números totalmente desvinculados de la realidad continúen en paraísos fiscales, cuentas secretas y cajas fuertes, no acudirán al mercado donde vamos los demás mortales con nuestros sueldos miserables y no generarán inflación. Genial.

El panorama podría parecer demasiado desalentador. Pero a mi me parece que hay muchos motivos para la esperanza. La película que he comentado lo demuestra cabalmente. Hay que actuar con inteligencia. Tal vez entonces, lo que consideramos malvado, y probablemente lo sea en su dominio relativo de existencia, en lugar de un obstáculo pueda llegar a ser una oportunidad, incluso un instrumento en nuestras supuestamente frágiles manos. No penséis que son tan listos. Por supuesto los gerentes visibles del sistema no lo son en absoluto. Deberían preocuparos un poco más los invisibles. Pero os daré una noticia bomba: éstos tampoco son muy despabilados. Es conocida la teoría teológica de la estupidez del Diablo, que creyendo oponerse al Plan Divino, en realidad es su primer servidor, un actor convencido, grandilocuente, histriónico, pero absolutamente imprescindible en la tragicomedia cósmica. Tal vez tantos siniestros personajes que pululan por los salones de la política, el mundo corporativo, y las finanzas, si actuamos con perspicacia, cada uno en su esfera de influencia individual, puedan llegar a ser providenciales instrumentos inconscientes que nos conduzcan a un futuro muy distinto del que algunos se imaginan.

Nada será rápido, pero todo ya está en marcha, y no por pura necesidad sino por la dinámica insoslayable del universo manifestado, que a su vez tiene su origen en lo que no lo está. Mantengamos nuestra capacidad de serena crítica e investigación, nuestra libertad de conciencia, nuestra intuición debida a muchas horas de investigaciones cibernéticas, de página absurda a otra inconsecuente, hasta encontrar una joya perdida entre las boñigas de vaca, que nos ayudará a navegar de bolina contra el viento en las procelosas aguas que nos aguardan. No quiero engañaros. Llegaran tiempos en que la luz quedará totalmente tapada bajo el celemín, y entonces estaréis completamente solos. Pero no importará demasiado. Solo necesitáis mantener el Fuego Sagrado y no caer en las burdas celadas del prepotente enemigo, para salir airosos.

Saludos,

Calícrates

Addenda. Posteriormente he tenido ocasión de estudiar este portentoso filme casi fotograma a fotograma, y he podido constatar, con gran sorpresa, que su Simbolismo (con mayúsculas) es aún más profundo del que había sospechado inicialmente. Es, a mi entender, la mejor película que se ha hecho jamás, y si en alguna ocasión he dicho otra cosa es porque aun no la había visto.