domingo, 20 de noviembre de 2016

Tribulaciones bancarias



Otra vez en una conocida caja de ahorros de la milenaria nación Catalana, en proceso de desconexión. No debo tener importancia suficiente para que me reciba el director. Lo hace el subdelegado, que una vez más me dice que tengo que pensar en mi futuro. No le desvelo que lo hago con más frecuencia que él, con toda probabilidad. También, y no sé si esto va igualmente en el lote de mi futuro o en un compartimento estanco aparte, me intenta colocar PIAS, fondos de inversión y otros chicharros volantes no identificados, maravillándose de que, una vez más, no vuelva a picar la carnada.

Para ver si lanzo alguna lagrimita, y me creo eso de la “obra social”, me coloca la película, de riguroso estreno, de que la entidad en la que trabaja fue la única que mantuvo el valor de los depósitos en pesetas republicanas después de la guerra. Para orinar y no echar gota. Un detalle de gran valor que no saquearan a los depositantes que, como todos sabemos, pudieron decidir con gran antelación en que lugar de la piel de toro querían pasar y ver la película de la asonada cruel, sanguinaria y brutal de Francisquito y acólitos, a la que luego le pusieron el apelativo cariñoso de Guerra Civil. Por cierto que en unas conferencias recientes, aquí en Tarragona, nos hemos enterado que el susodicho alargó deliberadamente la contienda para forrarse el riñón, por lo que viniera después. Tuve en Madrid un cliente que decía que, bajo todas esas alocuciones grandilocuentes a las que tan aficionados somos en estos tiempos mecanicistas y crepusculares, “somos todos unos cabrones”. Se podría añadir que, tal vez, unos más que otros, pero la competencia es tan dura que no puedes quedarte muy atrás, porque sientes en el cogote el aliento de la Bestia.

Pero volvamos a mi docto contertulio oficinista bancario. Entramos en discusión económica, pero él me dice que lo que tiene es la carrera de derecho. O sea, que es todo mío. Efectivamente, le hago una pregunta con mala uva y veo que patina en derecho tributario. Lo tengo que consultar. Me dice que nunca ha ejercido de jurista. Traducción simultánea. Lo enchufaron bien jovencito en la caja y la carrera es de adorno para poder ser subdelegado. Intenta averiguar a que me dedico. No digo nada, y en el extracto de cuenta (lo saben todo) sale un recibo de nómina con un nombre técnico de profesión que no sabe como descifrar, pero que suena muy bien. Probablemente, pensándoselo mejor, se arrepiente de haberme revelado sus pañales jurídicos.

Tiene el valor de entrar a valorar el panorama económico y financiero, en mi presencia. No le doy muchos datos, aunque sí le deslizo que no veo mucho futuro al negocio bancario, a ver si se hace él el Plan de Pensiones y de paso guarda filigrana, rollos de papel higiénico y las joyas de su abuela debajo del colchón.

Me enseña en la pantalla, con displicencia autosuficiente, el Euribor del día, y todos los demás, hasta los diez años. Sólo las dos últimas líneas están en positivo. ¿Y a mí que? Los depósitos de ahorro se están retribuyendo al 0,02 % (como en tiempos del oscuro y tenebroso reinado de Witiza, un ancestro de Felipe VI). Todo tiene que hacerse por internet. No me das miedo chato. Recibo un mensaje en el móvil del fulano, que se columpia y me llama por el segundo nombre, que nunca uso, bien empezamos. Ya han autorizado la operación. Ni que fuera un préstamo sindicado a Florentino Pérez para alicatar hasta el techo la Torre de Madrid. En fin, hay que tomárselos como vienen.

Entro en la aplicación. La cantidad no es la correcta. Además, me encuentro una cláusula, de la que no me ha hablado, que sale por defecto, en el sentido de que cualquier disposición anticipada supone una penalización del ¡1,5 %! ¡En un plazo con un interés del 0,02¡ Acabáramos. Cierto que luego dice que el interés a aplicar nunca será negativo. Pero no me sale de las entretelas firmar aquel bodrio submarino. Rechazo le operación, le llamo por teléfono.

Se arrepiente profundamente, con tacos, para parecer más natural, de haberse equivocado en la cifra. Se arreglará enseguida. Le hablo de la cláusula. Me dice que eso lo ha dispuesto así una asesoría jurídica muy importante que ellos tienen (supongo que reclutada también por cooptación, como él, aunque es un alivio que no sepan lo que significa el vocablo). Le rebato que es un absurdo cósmico y metafísico poner semejante penalización a un contrato con un interés jibarizado hasta los cojinetes, y que aunque luego ponga lo que pone, pues que no se me queda buen cuerpo de firmar aquello. No sé en que quedamos porque se enrolla más que un vendedor de alfombras (de esas que son de lana pura, pero no te dejan que les acerques el mechero). Vuelve a enviarme la operación, tras otra sesuda deliberación en Barcelona sobre si conviene darme de intereses, en un depósito a un año, el equivalente a un café con un chorrito (corto) de coñac. Debe ser la asesoría jurídica esa de la que me habla siempre el susodicho. No deben dar para más. Veo que mantiene la clausula y vuelvo a rechazar la operación.

Es jueves. Voy a verlo en persona por la tarde. En un momento de la intrincada conversación, con más vueltas de pirulo sobre lo mismo, el sexo de los ángeles y la cuadratura del círculo, aparece un señor alto, todo él sonrisa. Es el director. Me habla en catalán, que echaba en falta y le devuelvo gustoso. En un momento todo se arregla. Me firmará de puño y letra las seguridades que busco. Mi interlocutor inicial se queda en estado de cuelgue cibernético con ribetes de stand by. Murmura algo así como que donde hay patrón no manda marinero. Vuelve a ponerse en marcha la operación. Y la cantidad, según se mire, es de risa.

Vuelvo al día siguiente, por la mañana, ya no de campo y playa, como la tarde anterior, sino, como decía aquél, de corbata hasta la bola. Paso directamente al despacho del director. Es la contraparte del oficinista pseudoleguleyo. Aún más amable que ayer, cercano, ensenándome constantemente la pantalla del ordenador, u ofreciéndome la tablet que contiene el disco duro para seguir la operación. La cláusula en cuestión directamente ya no está, ni se la espera. ¿Tan difícil era?

Hablamos de muchas cosas. En un momento dado baja la voz. Coge una hoja de papel. Empieza a escribir, bajando la cabeza, para dar más aire de confidencialidad. Mira Calícrates, el sistema esta quebrado. Las prestaciones contributivas a las clases pasivas se calcularon sobre tres premisas. Sueldo medio de mil quinientos euros, que ya está en mil doscientos. Media de supervivencia de 73 años, que ya está en 75. Y paro del 10 %, que hace cinco años que no baja del 20 %. Se queda parado. Necesitamos un pacto de Estado para modificar la legislación de la Seguridad Social. Esto no se tiene en pie. Esbozo una ligera sonrisa.

Con Mariano al timón, antes veremos desnudarse en televisión a Donald Trump a lo Rita Hayworth, empezando por el guante largo hasta el codo, que ese pacto de Estado. No se si soy un poco ingenuo, me dice mi amable conferenciante. Un hombre sincero, a carta cabal. Merece el mismo trato. Creo que sí, le confieso. ¿Pero entonces? Salgo de la oficina. Es un nuevo día y hay que volver al tajo. Los autobuses aún funcionan. ¿Dónde nos puede llevar no mirar más que lo que tenemos delante? Doy un paso por la acera, luego otro. Sí, el momento presente es lo único que existe. Y el futuro, una ilusión. Hasta que llega.

Saludos,

Calícrates